Carlos Patiño, autor en Razón Pública
Foto: Twitter: presidente Biden

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El encuentro entre los presidentes de China y Estados Unidos sirvió para recordarnos que el problema geopolítico central es la puja entre los dos países más ricos y poderosos del mundo. Estas son sus diferencias.

Carlos Patiño*

Primer encuentro

Esta semana tuvo lugar la primera reunión personal entre los presidentes Joe Biden y Xi Jinping.

El encuentro se produjo en el marco del foro anual del Grupo de los Veinte (G20) en Bali (Indonesia). La conversación se prolongó durante unas tres horas, y ambas cancillerías mostraron su satisfacción por el tono positivo del encuentro y la autorización de los presidentes a sus altos funcionarios para restablecer las comunicaciones referentes al medio ambiente, el alivio de la deuda de los países más pobres, y otros temas menores de la agenda bilateral.

Las comunicaciones se habían interrumpido el pasado mes de agosto, a raíz de la visita a Taiwán de la presidenta de la Cámara de Estados Unidos, Nancy Pelosi, por sobre las duras objeciones de Pekín y la intensificación de sus ejercicios militares alrededor de la isla. Este evento a su turno había marcado el punto bajo del deterioro sostenido de las relaciones entre los dos países que se ha venido registrando desde hace varios años.

El encuentro alivió las tensiones inmediatas, pero estuvo lejos de acortar las distancias crecientes y peligrosas entre los dos países más ricos y poderosos del mundo, tensiones que podemos resumir en cinco acápites: influencia geopolítica, Taiwán, Ucrania, comercio y Corea del Norte.

Influencia geopolítica

La pugna geopolítica entre Washington y Pekín incluye su competencia por controlar las rutas para el intercambio comercial, inversión en infraestructura de los países menos desarrollados, y ejercicio de influencias políticas duraderas.

En ese sentido conviene recordar que la secretaria de Estado de Estados Unidos en 2012, Hillary Clinton, le había propuesto al ministro de relaciones exteriores de la India la creación de una nueva ruta de la seda impulsada por los países occidentales.

Pero esta iniciativa fue asumida por Xi Jinping tras su acceso al poder en 2013, y para 2018 ya se había extendido a más de 80 países, que sumaban alrededor de 4.400 millones de habitantes y representaban el 29 % del PIB mundial.

Taiwán

China considera que Taiwán es parte de su territorio, y esta isla tiene en duda su condición de Estado soberano, porque la reconocen apenas cerca de una docena de países en el mundo.

Estados Unidos mantiene una posición ambigua al respecto, aunque una ley de 1969 dice que deberá intervenir en el caso de una invasión militar ordenada por Pekín. Esta política de “ambigüedad deliberada” se encuentra cada vez más con la construcción de bases y el aumento de la presencia militar de China; para el Partido Comunista reinante, la reincorporación de Taiwán es un punto de honor que deberá cumplirse en un futuro no lejano y si es preciso por medio de la fuerza.

Xi trata de convencer al mundo de que China es un país pacífico y estabilizador, que promueve mecanismos de solución a los principales conflictos internacionales.

La intervención creciente de Pekín en la política interna de Hong Kong y su represión del movimiento a favor de la democracia es otra fuente de tensión con Occidente, frente a una China que cada día es más nacionalista.

Le recomendamos: ¿Guerra entre China y Estados Unidos?

Ucrania

A diferencia de Estados Unidos, China no critica abiertamente a Rusia. Se ha comportado como su aliado, aunque hasta este momento no le haya suministrado equipos ni asistencia militar.

La diferencia de posiciones es clave por dos razones.  Por un lado, la invasión rusa a Ucrania es un crimen de agresión internacional, al que se le han sumado serias acusaciones de crímenes contra la humanidad. Por el otro, al parecer, el gobierno de Beijing ha estado muy atento a lo que pueda suceder en Ucrania para aprovecharlo en el caso de Taiwán.

Comercio

Las sanciones comerciales comenzaron bajo el gobierno Trump, pero siguen vigentes y se han reforzado bajo el gobierno Biden. Este conflicto tiene tres vertientes principales:

  • La competencia tecnológica aunada al espionaje industrial;
  • Las restricciones para una competencia abierta por parte de las compañías estadounidenses dentro de China, y
  • La falta de transparencia de los entes reguladores chinos en materia financiera, control de los monopolios y otros temas relacionados.

El gobierno de Biden estableció nuevos mecanismos para vigilan y limitar la capacidad de las compañías chinas para invertir en las tecnologías claves de Estados Unidos, particularmente los microchips. Además, Estados Unidos viene tomando decisiones de fondo para reducir su dependencia de Taiwán, principal productor de microchips en el mundo.

Por eso Biden quiere demostrar que Estados Unidos sigue teniendo el músculo financiero, tecnológico y militar para liderar los asuntos globales, como la pandemia o la guerra en Ucrania.

Corea del Norte

El Estado de Corea del Norte surgió debido a una guerra apoyada por Stalin.

Desde hace varias décadas, Corea del Norte es un Estado tapón que le sirve a China para mantener alejado a Estados Unidos, el aliado de Corea del Sur, que es protegido además por Japón. La existencia de este país como Estado soberano es un hecho atribuible de manera exclusiva al interés geopolítico de China.

La lucha por el liderazgo

En este contexto, es comprensible que ambos mandatarios traten de mantener o aumentar su liderazgo en el escenario internacional.  

Xi Jinping ha reforzado su poder interno y ha ampliado su margen de maniobra, como se hizo evidente en el reciente Congreso Nacional del Partido Comunista, del cual fue expulsado de manera humillante su predecesor Hu Jintao.

Xi trata de convencer al mundo de que China es un país pacífico y estabilizador, que promueve mecanismos de solución a los principales conflictos internacionales. En Estados Unidos por su parte toma fuerza la idea de que China es una potencia en consolidación con un serio carácter agresivo, que además está dispuesta a las acciones militares, como en el caso de Taiwán.

Foto: Commons Wikimedia: Oficina Presidencial de Taiwán - Las comunicaciones entre Estados Unidos y China se habían interrumpido por la visita de Nancy Pelosi a Taiwán. Una visita que refleja que el uso militar de China para mantener a Taiwán anexada a su territorio es un punto de diferencia entre los dos poderosos países.

Puede leer en Razón Pública: La política exterior de Biden (y el lugar de la América Latina)

Biden se esfuerza en abrir diálogos diplomáticos, especialmente comerciales, para recuperar el protagonismo internacional pateado por Donald Trump en medio de un grotesco aislacionismo. Por eso Biden quiere demostrar que Estados Unidos sigue teniendo el músculo financiero, tecnológico y militar para liderar los asuntos globales, como la pandemia o la guerra en Ucrania.

Simultáneamente, China siente que tiene el poder necesario para recuperar el papel que le corresponde en el orden internacional asiático y en el orden mundial.

En conclusión, si bien el encuentro fue un asunto diplomático importante, la realidad se aparta de la posibilidad de llegar a acuerdos entre los dos países.

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Carlos Patiño

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Carlos Patiño

* Profesor titular de la Universidad Nacional de Colombia.

Foto: Wikimedia Commons

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La visita de Nancy Pelosi a Taiwán tensionó las relaciones entre Estados Unidos y China. ¿Cuál es el fondo del problema? ¿Estamos ante el comienzo de una guerra de grandes proporciones?

Carlos Alberto Patiño Villa*

La herencia de Trump

La relación entre Estados Unidos y China durante la última década ha estado marcada por una serie de tensiones sobre diversos temas.

Los temas en cuestión van desde el respeto de los derechos humanos y las libertades individuales por parte del Estado chino, hasta problemas referidos a la competencia industrial, el espionaje o la disputa por la primacía científica y geopolítica en el mundo.

Bajo el manejo personalista de las relaciones internacionales por parte del presidente Trump, las relaciones con Beijing llegaron a un punto tan crítico como no se había venido desde que Nixon restableció las relaciones diplomáticas en 1971.

Los asuntos que más le importaban a Trump eran tres: el desacople comercial, el retorno a suelo estadounidense de las inversiones industriales radicadas en China, y establecer puntos de confrontación en asuntos que a Trump y sus asesores les parecían claves (medio ambiente, derechos de propiedad intelectual…).

Entre los temas clave se encontraban además un pretendido acuerdo con Corea del Norte (Trump se reunió dos veces con Kim JONG Un) o el anuncio de reforzar las capacidades de defensa de Taiwán. Este segundo asunto se tradujo en la reanudación de las visitas a Taipéi por parte de altos funcionarios de Estados Unidos.

En el panorama del debate político internacional Trump aparecía, y en efecto actuó, como un rupturista, desconociendo las organizaciones y los mecanismos de la diplomacia interestatal. En esa medida, sus logros para detener el avance de China, o para ubicar a la sociedad norteamericana en una posición segura, fueron aparentemente pocos.

La herencia de la Revolución de 1949

El problema de fondo proviene de la Revolución de 1949, cuando Mao Zedong toma el poder en la China continental, pero Chang Kai-shek -el presidente apoyado por Estados Unidos- se refugia en la isla de Taiwán y establece su propia república.

El problema empezó a manifestarse desde el comienzo de la Guerra Fría, cuando Henry Kissinger era un funcionario medio del Departamento de Estado, hasta lograr, ya bajo el gobierno de Richard Nixon, en 1971, establecer un acuerdo de cooperación con Beijing.

Esto llevó a que Washington impulsara el cambio en el Consejo de Seguridad de la ONU, para que quien ocupara el puesto de China allí no fuera la República de China, con base en la isla de Taiwán, sino la República Popular China, que había triunfado en la guerra civil en 1949 y que impuso una revolución radical.

China en el mercado mundial

El siguiente momento clave en la relación entre Estados Unidas y China llegó después de que Deng Xiaoping se asentara en el poder, en reemplazo de Mao Zedong.

Deng inauguró una época de apertura económica y de inversiones, junto con una modernización de la universidad, las empresas industriales y la agricultura de su extenso país.

Estos cambios se vieron claramente recompensados en 1979 con la decisión del presidente Carter de romper relaciones diplomáticas con Taiwán para establecerlas con la República Popular China, la China continental gobernada por el Partido Comunista.

En este contexto empezaron a llegar inversiones industriales norteamericanas a China, desde principios de la década de 1980. Estas inversiones fueron muy rentables, dados el atraso tecnológico evidente y la disponibilidad de mano de obra abundante y barata.

Además, fueron el preámbulo para las inversiones de gran escala durante las décadas de 1990 y 2000, cuando las multinacionales de punta (electrónicas y demás) llegaron también a China, inclusive a pesar de situaciones complicadas que a su vez resultaron   en sanciones económicas contra Beijing.

Las condiciones de la globalización favorecieron a la economía China. Accedió a nuevas tecnologías, creando un conglomerado empresarial estatal modernizado, incluyendo un conjunto de actividades financieras abiertamente liberales, con el propósito de canalizar inversiones, captar las divisas obtenidas en el mercado internacional y competir con los principales bancos occidentales.

El desafío para Estados Unidos

La industrialización de China implicó el reacomodo de las cadenas productivas, del sistema de transporte y suministros, e incluso del desarrollo tecnológico en diversas regiones del mundo.

Estados Unidos fue uno de los principales afectados por el intento de mantenerse como el centro de la innovación o de la llamada “economía del conocimiento”, pero que en realidad dejó una estela grande de desempleados, de fábricas cerradas y de ciudades industriales prácticamente abandonadas o en seria decadencia, en lo que algunos llaman el “cinturón de hierro oxidado” de Estados Unidos.

Para muchos observadores norteamericanos fue evidente que se habían acumulado serias desventajas en esta relación bilateral. A lo cual se añadió la paradoja o el hecho inesperado de que el mayor desarrollo económico de China no llevare ese país a una mayor democratización, ni a una apertura política, o a una real ampliación de las libertades individuales.

De hecho, el fracaso estratégico de Estados Unidos en Asia Central y en Oriente Próximo con las guerras de Afganistán e Irak, abrieron una oportunidad geopolítica global para Beijing, que se concretó con la llegada al poder de Xi Jinping, en 2013.

Este, desde el comienzo de su gobierno, trazó el proyecto de crear lo que en español es llamado la “Nueva Ruta de la Seda”. Una iniciativa de carácter comercial, de infraestructura y de influencia geoestratégica y geopolítica, para ubicar a China en el centro de las relaciones globales.

La respuesta a este impulso chino la dio el gobierno de Obama con lo que se denominó el Acuerdo Transpacífico de Comercio, que fracasó cuando Trump decidió abandonar este mecanismo de proyección norteamericana en Eurasia, dejando a Washington sin ninguna posibilidad de competir con Beijing.

En los mismos años China avanzaba en su proyección internacional, con inversiones económicas con un alto efecto y se consolidaba como el centro de la globalización; algo que Trump despreciaba.

Esto llegó a tal punto que Xi Jinping dio una lección de libre comercio, globalización y economía internacional, en el Foro Económico Mundial de Davos, en enero de 2017. La presentación del presidente Xi Jinping ante ese Foro fue un golpe mediático, claramente irónico y paradójico, toda vez que el presidente de la autocracia más poderosa de la actualidad se presentaba a las elites económicas mundiales como el adalid de la economía liberal global.

China y Estados Unidos
Foto: Facebook: Pr. Joe Biden - Esta confrontación se puede evitar si EEUU decide no acudir a la acción bélica.

Puede leer: China y Estados Unidos: ¿quién le está ganando a quién?

El fortalecimiento militar de China

Pero desde que Xi Jinping está en el poder, y mucho más desde que logró convertirse en presidente vitalicio de China en 2017, Beijing ha empezado la más intensa modernización militar que algún ejército haya emprendido en el siglo XXI.

Dicha modernización es un claro respaldo a la política de expansión e influencia geopolítica de la “Nueva Ruta de la Seda”, a la vez que ha servido para cohesionar internamente a la sociedad china en el marco del nuevo patriotismo y el nacionalismo más militante.

En este contexto puede entenderse la estrategia de construir bases militares en el exterior (en Yibuti, en Birmania y en Tayikistán).  Adicionalmente, China ha venido estableciendo un control en aguas del Mar de China, renovando o estableciendo competencias por áreas marítimas e islas, incluidas las artificiales, con Japón, Filipinas, Indonesia, Vietnam y otros países. Esto con el propósito es equiparar y superar la presencia y el liderazgo de estados Unidos en Asia Pacífico, hasta lograr forzar la salida de Washington de esta extensa región.

La chispa a punto de encenderse

En el plano interno, las fuerzas militares chinas se preparan para actividades bélicas decisivas contra Taiwán y en apoyo a las decisiones políticas que se tomen frente a Hong Kong.

El problema de Corea del Norte, que ha avanzado en su programa nuclear y amenaza con el armisticio de 1953 con Corea del Sur, representa una baza que Beijing agita convenientemente contra Seúl, uno de los grandes aliados de Estados Unidos.

Y aquí venimos al problema de Taiwán, que Estados Unidos está obligado legalmente a defender, y se convierte en un punto de inflexión y de crisis de fondo. La guerra en Ucrania ha precipitado este conflicto porque China estaría reocupando un territorio que siempre ha sido suyo y que puede reclamar con títulos mejores que los que Putin    reclama sobre Ucrania.

Teniendo en mente los cambios que ha ejecutado Beijing, más su discurso de gran potencia, una confrontación militar entre Estados Unidos y China es ya más que una posibilidad, donde Taiwán sería el escenario más probable.

Esta confrontación puede evitarse si Washington decide no acudir a la acción bélica. Pero la consecuencia sería consolidar la autocracia China como un poder internacional, que amenaza realmente las democracias como sistemas políticos, y los derechos humanos y las libertades individuales que estas otorgan a sus ciudadanos.

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Carlos Patiño

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Carlos Patiño

* Profesor titular de la Universidad Nacional de Colombia.

Foto: Commons Wikimedia - Joe Biden debe formular una política exterior efectiva, pero que se aleje de la impulsada por Trump.

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Carlos Alberto Patiño

El nuevo presidente ha dado marcha atrás a decisiones clave de su antecesor y está intentando recuperar el liderazgo mundial para Estados Unidos.

Carlos Alberto Patiño**

Giro de 180 grados

En ciertos momentos de la historia, a veces después de décadas, las tendencias históricas se acumulan y finalmente explotan.

Tal vez eso es lo que pasó bajo el gobierno de Donald Trump entre 2017 y 2021: durante años, Estados Unidos se había aislado paulatinamente y había perdido poco a poco su liderazgo global. El gobierno de Trump hizo visible ese aislamiento y lo llevó a su máxima expresión: desde el comienzo de su gestión, Trump optó por retirarse de los organismos y acuerdos internacionales que implicaban deberes para su país.

Hoy, el presidente Joe Biden, su secretario de Estado, Antony Blinken, y su secretario de Defensa, el general Lloyd Austin, deben plantear una política exterior efectiva que responda a una pregunta: ¿cómo puede Estados Unidos recuperar el liderazgo global y salir del aislamiento?

El desafío de China

En enero de 2017, Estados Unidos se retiró del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, un tratado de libre comercio entre algunos países que tienen acceso al Pacífico.

Desde los años noventa, el asesor de seguridad nacional de Carter Zbigniew Brzezinski había advertido que la gran competencia geoestratégica del siglo XXI sería por el control comercial, político y geográfico de Eurasia. Después de los desastres estratégicos que dejaron las guerras de Afganistán e Irak, Barack Obama decidió que Estados Unidos buscaría protagonismo en esta región mediante el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica. Desde comienzos de la década del 2010, este acuerdo adquirió un verdadero peso comercial y geopolítico.

Pero con la llegada al poder de Xi Jinping, un líder comunista convencido de los beneficios de la globalización y el comercio mundial, la República Popular China adquirió cada vez más importancia global y desplazó en parte a Estados Unidos. Xi Jinping planteó su gran proyecto geoestratégico como una red comercial, denominada en inglés como el One Belt, One Road (Una franja, una ruta) y en español como la Nueva Ruta de la Seda.

El proyecto comenzó con toda la fuerza económica, diplomática y política de la que podía echar mano Beijing y para finales de 2020 ya vinculaba de manera directa e indirecta a más de 80 países. Además, el proyecto le permitió a China involucrarse en grandes inversiones de infraestructura que van desde su propio territorio y que se extienden hasta Europa, específicamente hasta los puertos de El Pireo, en Grecia, y de Trieste en Italia.

Jinping planteó su gran proyecto geoestratégico como una red comercial, denominada en inglés como el One Belt, One Road: la nueva ruta de la seda

Trump, creyendo que le cerraba las puertas al comercio global de China, se retiró del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, pero su acción tuvo el efecto contrario: Estados Unidos le dejó la vía libre a China para consolidar su gran apuesta geoestratégica, que era establecer un amplio y profundo control de Eurasia.

Algo similar pasó con la Organización Mundial de la Salud (OMS): en 2020, Trump retiró a Estados Unidos de esta organización. En cambio, China ha aumentado sus cuotas y contribuciones voluntarias a lo largo de los últimos años.

Foto: Flickr - Es importante que la política exterior de Biden cambie el rumbo en sus relaciones con Medio Oriente.

Puede leer: Extremismo violento: el legado de Trump a Biden

Las relaciones con Europa

Pero eso no es todo. Trump también menospreció y se distanció de los aliados históricos que ha tenido Washington desde la Segunda Guerra Mundial.

Trump tuvo malas relaciones con la Unión Europea, pues apoyó el Brexit y prefirió establecer relaciones bilaterales con los países europeos. Tuvo además serias diferencias con los principales líderes europeos, como Ángela Merkel y Emanuel Macron.

En ese contexto, Trump causó la mayor crisis de confianza en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), una alianza de factura norteamericana, de la cual Trump y sus aliados han renegado de forma continua.

La actitud de Trump frente a la OTAN hizo que Washington perdiera credibilidad y confianza ante sus socios, por lo que Europa empezó a apostar por su propia autonomía, ante las presiones y los peligros que para muchos de ellos representa Vladimir Putin como competidor global.

Biden y sus cambios

Biden y Trump representan dos posiciones antagónicas en sus políticas internacionales y en la concepción de cómo de actuar Estados Unidos ante el mundo.

Por eso, desde su posesión, Biden ha empezado a mostrar las diferencias con su antecesor:

  • Ordenó el regreso de Estados Unidos a la OMS y al Acuerdo de París;
  • Detuvo el plan de Trump de reducir la presencia de tropas estadounidenses para la OTAN en Alemania;
  • Afirmó su intención de detener “los abusos” de China y Rusia en materia de seguridad nacional y economía;

Suspendió las deportaciones durante cien días, la prohibición de ingreso a migrantes de países musulmanes y la construcción del muro en la frontera con México y ordenó identificar a cada uno de los niños migrantes que habían sido separados de sus padres.

Estados Unidos reinició las acciones militares en Siria, que Trump prácticamente había dejado en manos de Rusia

En cuanto a las relaciones con el Medio Oriente, Biden también ha empezado un viraje de 180 grados. A diferencia de Trump, Biden ha afirmado la necesidad de darles prioridad a los derechos humanos. No en vano, la semana pasada la inteligencia estadounidense desclasificó un informe donde afirma que Mohamed Bin Salman, el príncipe heredero de Arabia Saudita ordenó el asesinato del periodista Jamal Khashoggi.

Además, Biden ha dicho que evaluará las políticas del gobierno de Arabia Saudita en la región que contaban con apoyo de Trump y que llevaron a tensiones y disputas con Catar, un aliado militar y comercial de Washington.

En esta misma región, Estados Unidos reinició las acciones militares en Siria, que Trump prácticamente había dejado en manos de Rusia, y atacó a las milicias y organizaciones pro-iraníes. Adicionalmente, le ofreció a Irán renegociar el acuerdo nuclear, con el fin recuperar la credibilidad internacional de Estados Unidos.

Por último, Biden ha extendido los tratados de desarme nuclear con Rusia y quiere firmar nuevos tratados de control de armamentos con China y quizás con India y Pakistán.

En resumen, la política exterior de Biden busca que Estados Unidos se reincorporen al mundo de forma urgente y activa, en un momento histórico cuando es evidente que no tienen el mismo liderazgo. Recuperar el tiempo y el liderazgo perdidos, y recomponer plenamente las relaciones con los aliados no será fácil, pero Biden ya ha dado los primeros pasos para hacerlo.

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Carlos Patiño

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Carlos Patiño

* Profesor titular de la Universidad Nacional de Colombia.

Facebook Kamala Harris El domingo 25 de octubre el pueblo de Chile vivió un plebiscito nacional para decidir si se dará inicio al proceso de redacción de una nueva Constitución.

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Carlos Alberto Patiño

Aunque Biden ganó las elecciones, la diferencia entre ambos candidatos es poca y la popularidad de Trump sigue en aumento. ¿Qué viene ahora?

Carlos Alberto Patiño*

Más que una elección

Aunque este sábado, 7 de noviembre, los medios anunciaron que Joe Biden había ganado la elección, el conteo de votos en varios estados no ha acabado todavía. Mientras no acabe el conteo no se sabrá cuál es la composición del Colegio Electoral, que debe sesionar el 14 de diciembre para proclamar al próximo presidente.

En todo caso, podría pensarse que las votaciones del 3 de noviembre fueron una especie de examen popular sobre la gestión de Donald Trump y que representaron la derrota de la sociedad que promovió el presidente en los últimos años.

Pero la historia no es tan simple.

Las elecciones presidenciales son mucho más que escoger a un candidato. La elección de un presidente es sobre todo el ritual democrático donde los ciudadanos evalúan al gobernante saliente y su partido, definen si habrá o no habrá alternancia en el poder, y establecen la agenda política de los próximos cuatro años.

¿Cuál será entonces el futuro político de Trump, y cuáles son los grandes retos para Biden?

El triunfo no fue absoluto

Una de las cosas que más ha llamado la atención de estas elecciones ha sido la actitud del presidente Trump: desde hace meses venía afirmando que serían fraudulentas y, en efecto, desde la noche misma del 3 de noviembre, procedió a demandar el proceso en varios estados.

Aunque el Partido Republicano ha guardado silencio hasta hoy domingo, ayer 7 de noviembre Trump tuiteó: “¡gané estas elecciones, por mucho!”. Por ahora, el presidente parece decidido a ganar en los estrados judiciales.

Sin embargo, el triunfo de Biden tiene varios matices que deben tenerse en cuenta:

  • Aunque las encuestas lo daban como ganador, el candidato demócrata no tuvo una victoria arrasadora. Los analistas han señalado con razón que muchos votaron más contra Trump que por Biden.
  • La derrota de Trump no fue absoluta. Obtuvo casi 7 millones de votos más que en 2016, alrededor del 4 % menos que los votos a favor de Biden.

Como lo han señalado algunos políticos republicanos, Trump pierde, pero gana una posición política que necesariamente llevará a una reflexión sobre el futuro del Partido Republicano en Estados Unidos.
Este debate estará marcado además por los rasgos que Trump ha impreso en la política de la Casa Blanca: el nepotismo, la mentira, las contradicciones y el desprecio de la ciencia.

Trump ha afirmado estar interesado en los reclamos de la clase trabajadora, pero ha beneficiado abiertamente a los sectores más ricos. No solo ha menospreciado los efectos de la pandemia, sino que ha descalificado a los científicos que advierten sobre los riesgos del virus.

Como escribió el periodista Bob Woodward, el presidente parece imposibilitado para tomar decisiones racionales. Todas estas actitudes han sido descritas en detalle por la psiquiatra y sobrina del presidente, Mary Trump.

Foto: Facebook Donald Trump La victoria fue por un estrecho margen, lo que hace preguntarse ¿qué hizo Trump para que tanta gente votara por él?

Puede leer: Las elecciones de Estados Unidos: una guerra de culturas

Los retos de Biden-Harris

El culto a la personalidad de Trump, que lo exalta sin importar sus capacidades políticas, abre otro debate: tal vez, el “trumpismo” no es solo un movimiento político, sino una forma de hacer política en Estados Unidos y en el mundo, que será independiente de las ideas.

El estilo de Trump se caracteriza por llevar al extremo una idea política, señalar al otro como enemigo y movilizar a la sociedad en su contra a través del miedo. Todo ello usando etiquetas sobre lo que es “bueno” y “malo”, dependiendo del propósito para el que se usen estas palabras.

Por eso, la principal tarea de Biden y su vicepresidenta Kamala Harris será buscar un acuerdo nacional, un consenso político básico para superar la división social, el extremismo y la radicalización.

Esto es mucho más urgente de lo que se piensa, pues los votos de cada uno de los candidatos representan un país distinto:

  • El de Biden es un país urbano, en donde las mujeres, los negros y los latinos son visibles e importantes, y donde caben los científicos, los intelectuales y los artistas;
  • El de Trump es un país rural, de pequeñas ciudades y pueblos perdidos en una geografía inmensa y solitaria, de sectores que han perdido en la economía global, y que en general no cuentan con acceso y calidad educativa.

Por lo anterior, es probable que en los próximos cuatro años se dé una intensa discusión sobre varios temas o elementos de la llamada “política cultural”, incluyendo, por ejemplo, el de la posesión y el uso de armas de fuego (que tiene más sentido o menos sinsentido en las praderas de Nebraska que en las calles de Chicago).

La Constitución de Estados Unidos permite que los ciudadanos porten y usen esas armas: se trata de una idea fundacional, de aquel siglo XVIII cuando Estados Unidos era un país de campesinos, una idea que no se puede revocar sin poner en riesgo la existencia del pacto federal y por tanto del Estado mismo. Pero mientras que los republicanos defienden la idea con vehemencia, los demócratas suelen estar en desacuerdo.

Otro reto para Biden y Harris será la política internacional, desde el comercio global, pasando por los asuntos de seguridad y defensa, y amenazas al orden internacional, hasta llegar a los asuntos más elementales de la diplomacia.

Durante los últimos cuatro años, Trump sembró y cosechó desaires permanentes, arriesgó las alianzas internacionales y trató de aislar a su país. De hecho, muchos de sus funcionarios más cercanos trataron de contener al presidente en estos asuntos y por lo mismo fueron destituidos o renunciaron.

Lea en Razón Pública: Donald Trump es un peligro para la democracia

Algo parecido sucedió con la relación entre la Casa Blanca y los organismos de inteligencia y las fuerzas militares de Estados Unidos. Trump a menudo no les creyó a estos organismos, los puso en ridículo y trató de manipularlos.

Con el tiempo se verá si el trumpismo sigue ganando fuerza y qué tanto cambiará Estados Unidos bajo el mandato de Biden.

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Carlos Patiño

* Profesor titular de la Universidad Nacional de Colombia.

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La impresionante explosión en el Líbano se inserta en una profunda crisis que ya vivía el país. El juego geopolítico en la zona incluye a Siria, Arabia Saudita e Irán.

Por Carlos Patiño.. Continue reading «Líbano y Beirut difícilmente podrán recuperarse luego de la explosión.»

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Carlos Patiño

* Profesor titular de la Universidad Nacional de Colombia.

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