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Primer aniversario de Francisco: el Papa que vino del fin del mundo

Escrito por Hermann Rodríguez

El nuevo Papa se ha propuesto acercar el evangelio al mundo de hoy y reformar la Curia Vaticana. Una revisión de los cambios que ha hecho y de los que pueden esperarse en el futuro inmediato.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.*

Un anuncio sorprendente            

La noche del 13 de marzo de 2013 se observó, desde la Plaza de San Pedro en Roma, la fumata blanca que anuncia la elección de un nuevo Papa. Después de la inesperada y valiente renuncia de Benedicto XVI, y luego de un breve cónclave, el Colegio de Cardenales eligió a Jorge Mario Bergoglio como nuevo líder de la Iglesia Católica, un argentino que los vaticanistas habían descartado por su avanzada edad.

Las sorpresas iniciales fueron múltiples, no sólo para el mundo católico. Un Papa que no quiso vestirse con la pompa acostumbrada en estas ceremonias. Que se identificó más con el título de obispo de Roma, que con el de Sumo Pontífice. Que pidió la bendición del pueblo antes de impartir la bendición urbi et orbi. Que invitó a la multitud a orar en silencio. Que escogió un nombre no utilizado por ninguno de sus antecesores. Que pertenece a una congregación religiosa de la que nunca había surgido un Vicario de Cristo. Que dijo que venía del fin del mundo.

Un acento exagerado en los problemas de la moral, en particular de la moral sexual, el nuevo Papa ha volcado la mirada y el discurso eclesial sobre los dolores y dificultades del mundo en que vivimos.

Pero esto fue apenas el comienzo de un proceso que ya completa un año y que ha seguido sorprendiendo a creyentes y no creyentes del mundo entero. En los días siguientes a su elección, el Papa pagó personalmente la cuenta de su hotel; tomó el autobús con los cardenales, en lugar de utilizar el vehículo particular; decidió vivir en la Casa de Santa Marta y no trasladarse al Palacio Apostólico; tomó mate con la presidente de Argentina, y en sus primeras entrevistas, se mostró cercano, dando abrazos y besos.

Pero, más allá de lo anecdótico, vale la pena preguntarse si el nuevo Papa está proponiendo cambios estructurales en la Iglesia Católica, o si se trata de reformas superficiales que no tocan el fondo de los problemas.  De hecho, al comenzar su gestión, el nuevo Papa anunció una reforma de la Curia Vaticana, nombrando una comisión de cardenales de muy alto nivel para prepararla y ejecutarla. Esta reforma incluye un cambio en el manejo de las finanzas de la Iglesia.

Los cambios

Para referirme a los cambios que efectivamente ha hecho el papa Bergoglio, me voy a detener en algunas afirmaciones suyas en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium (Alegría del Evangelio), publicada el 24 de noviembre de 2013 (en adelante citaré este documento como EG, seguido del número del párrafo citado).


El Papa Francisco saluda a los feligreses durante la
audiencia general.
Foto: Catholic Church (England and Wales) 

1. Descentrar

La mayor novedad que ha traído el Papa Francisco ha sido el cambio del centro de gravedad del discurso eclesial. De un discurso que durante muchos años, y tal vez siglos, no ha mirado sino sus propios problemas, sus afanes, sus pequeños mundos, con un acento exagerado en los problemas de la moral, en particular de la moral sexual, el nuevo Papa ha volcado la mirada y el discurso eclesial sobre los dolores y dificultades del mundo en que vivimos.

En su Exhortación Apostólica sostiene: “Repito aquí para toda la Iglesia lo que muchas veces he dicho a los sacerdotes y laicos de Buenos Aires: prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades” (EG, 49). Lo más importante es que no ha sido sólo una buena intención, se ha ido haciendo realidad en la práctica.

2. Otro lenguaje

Por otro lado, como una consecuencia del cambio en el centro de gravedad, es fundamental el cambio en el lenguaje, una de las mayores fortalezas del papa argentino.

En su Exhortación Apostólica afirma que si un párroco habla mucho de una cosa y no de otras, se produce una desproporción; sobre todo si lo que ocupa la mayor parte del discurso eclesiástico son ciertos temas recurrentes, olvidando lo más importante: “Si un párroco a lo largo de un año litúrgico habla diez veces sobre la templanza y sólo dos o tres veces sobre la caridad o la justicia, se produce una desproporción donde las que se ensombrecen son precisamente aquellas virtudes que deberían estar más presentes en la predicación y en la catequesis. Lo mismo sucede cuando se habla más de la ley que de la gracia, más de la Iglesia que de Jesucristo, más del Papa que de la Palabra de Dios” (EG, 38).

3. Transformación de costumbres

La Iglesia necesita evaluar la actualidad y conveniencia de sostener determinadas costumbres, que ya no ayudan a comunicar la centralidad del mensaje del Evangelio.

Este ejercicio debe hacerse sin falsos temores: “En su constante discernimiento, la Iglesia también puede llegar a reconocer costumbres propias no directamente ligadas al núcleo del Evangelio, algunas muy arraigadas a lo largo de la historia, que hoy ya no son interpretadas de la misma manera y cuyo mensaje no suele ser percibido adecuadamente. Pueden ser bellas, pero ahora no prestan el mismo servicio en orden a la transmisión del Evangelio. No tengamos miedo de revisarlas” (EG, 43).

La Iglesia necesita evaluar la actualidad y conveniencia de sostener determinadas costumbres, que ya no ayudan a comunicar la centralidad del mensaje del Evangelio.

Citando a Tomás de Aquino, teólogo fuera de toda sospecha de heterorodoxia, el Papa afirma que los preceptos dados por Cristo y los Apóstoles son ‘poquísimos’ (EG, 43) y, recuerda cómo el mismo Tomás de Aquino, “Citando a San Agustín, advertía que los preceptos añadidos por la Iglesia posteriormente deben exigirse con moderación ‘para no hacer pesada la vida a los fieles’ y convertir nuestra religión en una esclavitud, cuando la misericordia de Dios quiso que fuera libre”. “Esta advertencia, hecha varios siglos atrás, tiene una tremenda actualidad. Debería ser uno de los criterios a considerar a la hora de pensar una reforma de la Iglesia y de su predicación que permita realmente llegar a todos” (EG, 43).

Por otro lado, no ha perdido de vista otras realidades humanas como la economía y la política. En su esfuerzo por actualizar el mensaje del Evangelio para hoy, afirma el Papa: “Así como el mandamiento de ‘no matar’ pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir ‘no a una economía de la exclusión y la inequidad’. Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa” (EG, 53).


El papa Francisco I el 13 de marzo de 2013,
día de su elección.
Foto: Catholic Church (England and Wales)

Los cambios esperados

1. Encuentro con lo diferente

La primera transformación puede consistir en la elección del diálogo como nueva estrategia pastoral. La Iglesia no puede seguir dando respuestas prediseñadas para todos los temas que debe afrontar, ni recurrir a la autoridad de documentos eclesiásticos que ofrecen  soluciones a los problemas que enfrenta el mundo de hoy. Debe dialogar con sus distintos estamentos y con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, para buscar respuestas a los anhelos y sufrimientos humanos más lacerantes.

El diálogo supone encuentro con lo diferente y por tanto, abrirse al ir y venir de los argumentos. El Papa ha comenzado a establecer este diálogo dentro de la Iglesia, pero también ha querido iniciarlo con miembros de otras confesiones cristianas, con personas de otras religiones y prácticas, con aquellos que no creen o son indiferentes ante los fenómenos religiosos. Esto supone búsqueda, apertura, disposición a reconocer el valor de otras posturas y formas de pensar.

Algunos de los temas presentes en estos diálogos son:

· Papel de la familia en el seno de la comunidad eclesial y de la sociedad.

· Acompañamiento a los más necesitados.

· Presencia de la mujer en la Iglesia.

· Ecumenismo.

· Diálogo interreligioso.

· Colegialidad.

· Gobierno de la Iglesia.

· Manejo de las finanzas.

· La moral y su respuesta a las parejas separadas y vueltas a casar.

· Pastoral con las personas homosexuales.

· Recuperación de la confianza herida debido a los abusos sexuales por parte de ministros de la Iglesia.

· Testimonio de sencillez y pobreza que debe acompañar la predicación del Evangelio.

2. Cruzar las fronteras

La Iglesia no puede seguir dando respuestas prediseñadas para todos los temas que debe afrontar.

Una segunda característica de la nueva forma de gobierno que tendría que afianzarse es el interés por llevar a la Iglesia hacia las fronteras. Pocas semanas después de su nombramiento, el pontífice hizo una visita a la isla de Lampedusa, punto neurálgico en el tránsito de inmigrantes africanos hacia Italia y Europa. Allí dio unas declaraciones que conmovieron a la Europa cerrada sobre sí misma y de espaldas a la tragedia humana que vive el mundo africano.

El Papa no tiene miedo a las fronteras de la Iglesia, de la cultura, de la sociedad. Ha llevado a toda la Iglesia hacia las fronteras, para dialogar en ellas y construir puentes de comunicación con otras culturas, otras religiones, otros cristianos y con los marginados de nuestra sociedad.

3. Incluir a los marginados

Un tercer cambio significativo que debe afianzarse es la recuperación de la práctica de Jesús, que siempre estuvo atento a recibir y acoger a los más heridos de la sociedad en la que vivió; enfermos, leprosos, ciegos, sordos, mudos, cojos, endemoniados, fueron sus preferidos, junto con aquellos que eran rechazados por su lejanía con la práctica religiosa del pueblo judío. Jesús se acercó a los publicanos, a los samaritanos, a las prostitutas y a todo aquel que encarnaba las heridas de su pueblo.

En una entrevista concedida al director de la Civiltà Cattolica, el Papa decía: “Veo con claridad que lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar las heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. ¡Que inútil preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar! Hay que curarle las heridas. Ya hablaremos del resto. Curar heridas, curar heridas… Y hay que comenzar por lo más elemental”.

4. Papel de la mujer

Un cuarto tema, muy sensible en el mundo contemporáneo y en el que se deben dar pasos concretos, es el reconocimiento del papel de la mujer en la vida de la Iglesia y de la sociedad. El rostro de la Iglesia cambiaría notablemente si se tomara en serio la construcción de una teología profunda de la mujer, dejando que esta reflexión afecte su función en la comunidad eclesial. Es muy posible que esta sea una de las grandes novedades que el papa Francisco ofrezca a la Iglesia hoy.

En síntesis, se puede afirmar que este Papa ha hecho cambios en asuntos de fondo que han desconcertado, sobre todo a los grupos más conservadores. El fundamento de esta práctica no es sólo el gusto por la novedad y el deseo de modificar costumbres.

Las modificaciones introducidas en la vida de la Iglesia pretenden traducir el mensaje fundamental del Evangelio, para el mundo de hoy. Fin fundamental que justifica y exige los cambios de este último año y de muchas tradiciones y costumbres arraigadas como si fueran elementos sustantivos. Hoy vemos que son adjetivos y que pueden y deben transformarse.

* Decano de la Facultad de Teología de la Universidad Javeriana de Bogotá, doctor en Teología de la Universidad Comillas de Madrid, magíster en Psicología Comunitaria y Licenciado en Filosofía de Universidad Javeriana.

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