Representaciones estéticas para pensar políticamente la cultura negra - Razón Pública
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Representaciones estéticas para pensar políticamente la cultura negra

Escrito por Mara Viveros

Dos películas y una exposición actualmente disponibles en Colombia cuentan aspectos distintos de una misma epopeya: la lucha del pueblo afrodescendiente para sobreponerse al racismo y encontrar el lugar que le corresponde en la historia.

Mara Viveros Vigoya*

Autorepresentarse

En días recientes se han podido ver en las salas de cine del país dos películas en las que la población racializada como negra en los Estados Unidos es la protagonista: El mayordomo, y Doce años de esclavitud.

Las dos películas tratan sobre temas y épocas distintas, pero tienen elementos comunes, pues ambas están basadas en hechos reales que sucedieron a dos hombres afroamericanos que llegaron a ser reconocidos socialmente de un modo poco común en sus comunidades de origen.

También, ambas tienen en común que son dirigidas por realizadores negros; la primera es del afroestadounidense Lee Daniels, y la segunda, de Steve MacQueen, un realizador afrobritánico.

Las representaciones estereotipadas que los medios de comunicación hacen de la población afrocolombiana la muestran siempre desprovista de recursos económicos y culturales y ocupando posiciones sociales subalternas.

Vistas así, se puede decir que ambas son autorepresentaciones de lo negro. Este no es un detalle anodino, significa que son ejercicios reflexivos que buscan transformar las representaciones de lo negro dentro de la sociedad dominante, pese a las limitaciones que imponen las compañías productoras de cine.

Otro elemento común a estas dos películas es el lugar de enunciación que adoptan los protagonistas de sus historias, narradas desde los entretelones de la “gran historia”.

En El mayordomo, la historia se cuenta desde el punto de vista de los sirvientes negros de la Casa Blanca en la segunda mitad del siglo XX. Y en Doce años de esclavitud, la perspectiva del narrador es la del negro esclavizado y trabajador de las grandes plantaciones algodoneras del sur estadounidense del siglo XIX.


Forest Whitaker interpreta a Cecil Gaines en
El Mayordomo.
Foto: Lisa Padilla

El mayordomo

El mayordomo es la biografía de Cecil Gaines, un hombre afroamericano nacido en la década de 1920 en tierras de aparcería de una plantación de algodón del sur de los Estados Unidos, que vio morir a su padre abatido a tiros por el dueño de la plantación cuando se le enfrentó después de que este hubiera violado a la madre de Cecil.

Como medida de “reparación” para compensar la brutalidad del acto del que había sido testigo, la cuidadora de la finca sacó a Cecil de la plantación y lo convirtió en un buen sirviente doméstico.

Esta nueva condición lo llevó, a partir de este momento y por razones en las cuales interviene constantemente el azar, por senderos insospechados. Es contratado por dueños de una pastelería, posteriormente en un hotel de Washington y finalmente por la Casa Blanca, donde sirve durante casi treinta años, desde el período administrativo del presidente Eisenhower, en 1957, hasta el del presidente Reagan, en la década de los ochenta.

Sin proponérselo, Cecil asiste a todos los álgidos debates que se libraron durante este tiempo en torno al acceso de la población afroamericana a los derechos civiles. Entre tanto, su propia familia se ve directamente interpelada y dividida dolorosamente por estas controversias.

En la Casa Blanca, la reputación de Cecil crece hasta el punto de que es invitado por el presidente Reagan a una cena de Estado. Sin embargo, Cecil, nunca se engaña al respecto. Aceptó la invitación para complacer a su esposa, a sabiendas de que era una estrategia para mostrar a Reagan como un presidente “tolerante” en términos raciales, en el preciso momento en que planeaba vetar cualquier sanción del Congreso contra el apartheid en Sudáfrica.

En sus historias (como en las de Cecil Gaines y Solomon Northup) se entrelazan luchas por lograr el reconocimiento de sus capacidades y trabajo, así como la conciencia de su propia fuerza, sus esperanzas, deseos y resistencias a los procesos de racialización

Poco tiempo después de este acontecimiento, el viejo Cecil renuncia a su cargo, no sin antes lograr que se homologuen los aumentos salariales y oportunidades profesionales entre el personal “negro” y “blanco” de la Casa Blanca.

Curtido por su larga experiencia como servidor en este lugar y con la lucidez de los excluidos, se reconcilia con su hijo mayor y se une a él en una protesta contra el apartheid sudafricano. Finalmente, termina apoyando la campaña presidencial de 2008 de Barack Obama y vuelve a entrar a la Casa Blanca, invitado por este presidente, quien estaba ansioso por conocerle.

Doce años de esclavitud

Doce años de esclavitud es también una historia de primera mano; en este caso, un relato épico de resistencia de un hombre que conoció la esclavitud después de haber nacido y vivido como libre en el estado de Nueva York.

En 1841, Solomon Northup trabajaba como carpintero y músico, y gozaba de cierto reconocimiento social por su talento como violinista. Hasta entonces llevaba una vida familiar relativamente apacible y libre de preocupaciones económicas.

Sin embargo, en un momento es secuestrado, engañado con una falsa promesa de trabajo y finalmente vendido como esclavo y destinado a las plantaciones algodoneras de Louisiana, en las que trabaja durante 12 años.

En ese intervalo, Northup se vio forzado a utilizar distintas estrategias para sobrevivir en las dos plantaciones en las que le tocó trabajar, mientras intentaba infructuosamente recuperar su libertad con el apoyo de sus amigos de Nueva York.

Debido a la calidad de su trabajo, en la primera plantación se granjeó la simpatía de un amo relativamente benévolo, pero demostrar públicamente su inteligencia le costó el resentimiento racista del carpintero blanco de la plantación, quien no solo lo hostigó verbalmente sino que incluso pretendió lincharlo.

Para “protegerlo”, el “amo bueno” lo vende a otro plantador, un “amo cruel” que está convencido de que la Biblia lo autorizaba a abusar de las y los esclavos y esclavas, y que no solo los explota sino que se encapricha con una joven a quien viola en forma repetida. Su esposa no tolera esta predilección y busca humillarla de forma tan insidiosa que Patsey, la joven esclava, intenta suicidarse con la ayuda de Northup.

Después de muchas peripecias, y gracias a la colaboración de un carpintero canadiense, Northup consigue hacer llegar una carta pidiendo ayuda a sus amigos, y estos logran liberarlo. Northup deja la plantación, adolorido por tener que abandonar a Patsey a merced del amo brutal.

Nuevamente entre su familia, el protagonista busca sin éxito a sus secuestradores, escribe el relato de su experiencia -que se publicó en 1853- y se implica en la liberación y huida de los esclavos de las plantaciones del sur.


El director de cine británico, Steve McQueen.
Foto: Cornerhouse Manchester

La presencia negra en Bogotá

En Colombia no hay -hasta el momento- producciones fílmicas comparables a las mencionadas que relaten, desde la perspectiva negra, la historia de las resistencias a la esclavización y el acceso de la población afrodescendiente a la sociedad nacional.

Por el contrario, las representaciones estereotipadas que los medios de comunicación hacen de la población afrocolombiana la muestran siempre desprovista de recursos económicos y culturales y ocupando posiciones sociales subalternas.

Sin embargo, en los últimos tiempos han surgido contrapropuestas desde la misma intelectualidad negra, como la exposición titulada Presencia negra en Bogotá: Décadas 1940-1950-1960, organizada por Mercedes Angola y Maguemati Wabgou, profesores de la Universidad Nacional de Colombia.

El material audiovisual de esta exposición muestra las vidas y experiencias de personas negras que migraron a Bogotá durante las décadas de los 40, 50 y 60 del siglo XX, sus motivos de migración (casi siempre educativos y laborales), sus modos de identificación identitaria, los espacios de sociabilidad que solían frecuentar y las estrategias que tuvieron que desplegar para adaptarse y ser aceptados en el contexto urbano bogotano.

De estas fotografías y videos emergen imágenes de hombres y mujeres protagonistas de una historia que pocas veces ha sido contada por ellos mismos. En sus historias (como en las de Cecil Gaines y Solomon Northup) se entrelazan luchas por lograr el reconocimiento de sus capacidades y trabajo, así como la conciencia de su propia fuerza, sus esperanzas, deseos y resistencias a los procesos de racialización y a sus dinámicas de despersonalización, alienación, subordinación y explotación.

Para la gente negra, autorepresentarse es oponerse a la imposición de una historia oficial que ha ignorado o estereotipado sus actuaciones y producciones culturales.

La exposición muestra cómo, gracias al acceso a la educación superior, se constituyó una pequeña ‘clase media negra’ que logró ganar un espacio social, económico, político y cultural en la capital, pese a la existencia de prejuicios raciales.

Igualmente, se señalan los modelamientos estéticos y de comportamiento, las autoexigencias continuas a las que fueron sometidos estos hombres y mujeres para ser aceptados, y al mismo tiempo las huellas que fueron dejando en el espacio capitalino a partir de sus organizaciones y prácticas sociales y culturales.

La difícil movilidad social negra

Para la gente negra, autorepresentarse es oponerse a la imposición de una historia oficial que ha ignorado o estereotipado sus actuaciones y producciones culturales. Es crear y recrear desde sus propias identidades y con sus propios recursos estéticos la historia y la cultura negras colombianas en toda su polifonía. Es luchar por adquirir agencia social y representatividad política y cultural dentro de la sociedad colombiana.

Visibilizar -como lo hacen esta exposición y estas dos películas─ las trayectorias de ascenso social de la gente negra ‘hecha a pulso’ no significa ignorar que no ha habido ni hay condiciones sociales favorables para esta movilidad.

Un análisis del proceso de ascenso social de las poblaciones afrocolombianas pone de presente la persistencia del racismo estructural y cotidiano en un contexto ensombrecido actualmente por el conflicto armado, el narcotráfico y el paramilitarismo.

Pero, al mismo tiempo, también es necesario dar cuenta de la vitalidad de las luchas a pequeña y gran escala que hemos dado y seguimos dando por escapar a los límites que nos imponen las desigualdades sociales.

 

* Doctorado en Ciencias Sociales de la École des Hautes Études en Sciences Sociales. Magíster en Estudios de las Sociedades Latinoamericanas del Instituto de Altos Estudios de America Latina, y profesora del Departamento de Antropología de la Universidad Nacional.

 

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