
Cuando florecer ya no basta: el nuevo invierno comercial en la exportación de las flores colombianas*
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La crisis de la floricultura no comenzó con el arancel. El arancel llegó cuando la apreciación del peso, el aumento de los costos del trabajo y los insumos y la dependencia de un solo mercado ya habían reducido el margen de maniobra de una de las industrias exportadoras más importantes del país.
Durante más de una década, el Tratado de Libre Comercio entre Colombia y Estados Unidos garantizó el ingreso de las flores colombianas con arancel cero, lo que proporcionaba un entorno de estabilidad que favoreció la inversión, la consolidación de relaciones comerciales y el desarrollo de una sofisticada infraestructura logística orientada al mercado estadounidense. En consecuencia, la competitividad del sector descansó no solo en sus ventajas productivas, sino también en un marco institucional que aseguró un acceso preferencial y predecible al mercado norteamericano como su principal destino de exportación.
Ese escenario comenzó a cambiar en 2026, cuando la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos (USTR), en el marco de investigaciones amparadas en la Sección 301 del Trade Act de 1974, incluyó a Colombia entre las economías evaluadas por sus mecanismos para prevenir la importación de bienes producidos con trabajo forzoso y propuso un arancel del 12,5%. La medida ha sido cuestionada por la industria florícola, la cual desarrolla sus actividades productivas bajo altos estándares laborales y ha impulsado, junto con organizaciones empresariales estadounidenses, una estrategia para solicitar que sean excluidas las flores de estas restricciones, advirtiendo que el impacto afectaría tanto a los productores colombianos como a toda la cadena de distribución y comercialización en Estados Unidos.
Las flores: un mercado de vital importancia para las exportaciones colombianas
Una flor colombiana puede recorrer el trayecto entre un cultivo de la sabana de Bogotá y un florero en Nueva York en menos de 48 horas, pero tomó más de seis décadas construir la competitividad que hace posible ese viaje. Detrás de cada exportación existe un ecosistema que integra innovación, conocimiento técnico, producción especializada, logística de precisión, infraestructura y una red de distribución capaz de entregar un producto altamente perecedero con calidad y oportunidad. Esta ventaja competitiva no depende únicamente de las condiciones naturales de Colombia, sino de una sofisticada cadena de valor que ha requerido décadas de inversión y aprendizaje.
Precisamente por esa complejidad, diversificar mercados no es una decisión que pueda ejecutarse de la noche a la mañana. Abrir nuevos destinos exige desarrollar relaciones comerciales, adaptar productos, cumplir requisitos sanitarios y consolidar nuevas capacidades logísticas, lo que convierte la diversificación en una estrategia de mediano y largo plazo, y no en una respuesta inmediata a una coyuntura comercial.
El éxito del sector es indiscutible: Colombia abastece cerca del 59% de las flores importadas por Estados Unidos, destina alrededor del 79% de sus exportaciones florícolas a ese mercado y alcanzó cerca de US$1.900 millones en exportaciones en 2025, generando aproximadamente 240.000 empleos formales, de los cuales el 60% corresponde a mujeres. Sin embargo, esa misma especialización constituye su principal vulnerabilidad: la elevada dependencia de un solo mercado implica que cualquier cambio en las condiciones de acceso puede traducirse rápidamente en menores niveles de producción, rentabilidad y empleo.

El cambio reciente en los aranceles altera ese equilibrio
La medida de elevar el arancel a 12,5% en diversos productos del país adquiere una dimensión particularmente problemática para la floricultura donde el impacto no se limita al productor colombiano: la cadena de distribución, comercialización y venta en Estados Unidos depende ampliamente del suministro proveniente de Colombia.

Por otra parte, la floricultura colombiana enfrenta una coyuntura que va más allá de un incremento arancelario. La combinación de incertidumbre comercial, mayores costos y alta dependencia del mercado estadounidense pone en riesgo una de las cadenas exportadoras más exitosas del país con varios factores:
- Competitividad de largo plazo: seis décadas de inversión e innovación construyeron el liderazgo del sector.
- Alta dependencia de un socio comercial: un porcentaje significativo de las exportaciones se dirige a Estados Unidos.
- Mayor incertidumbre: los cambios en las reglas comerciales afectan la inversión y la planificación.
- Presión sobre los costos de producción: aranceles, revaluación del peso e insumos más costosos reducen la rentabilidad.
- Menores ingresos por exportación: cada dólar exportado compra menos y cubre menos costos.
- Impacto social: están en riesgo 240.000 empleos formales, principalmente de mujeres rurales.
La principal paradoja que enfrenta la floricultura colombiana es que mayores ventas no garantizan una mayor rentabilidad. Aunque las exportaciones se realizan en dólares, una parte importante de los costos, como salarios, transporte y servicios, se paga en pesos. Por ello, cuando el peso se aprecia, cada dólar exportado se traduce en menos ingresos en moneda local, mientras los costos internos permanecen iguales o incluso aumentan. Como ha señalado José Antonio Restrepo, el sector ya enfrentaba dificultades con una tasa de cambio cercana a $3.900 por dólar; con niveles alrededor de $3.200, , al tiempo que los costos laborales han aumentado aproximadamente 23% por lo que la presión sobre los márgenes de rentabilidad se vuelve aún más severa.

Este fenómeno, consistente con los efectos que la literatura asocia a una moneda apreciada sobre los sectores exportadores, comprime los márgenes de rentabilidad incluso cuando las ventas externas se mantienen. Sin embargo, el desafío no debe plantearse como una disyuntiva entre mejores salarios y competitividad. Dado que la floricultura es uno de los principales motores del empleo formal femenino rural, por lo que la respuesta debe orientarse a elevar la productividad, impulsar la innovación, mejorar la eficiencia logística y reducir los costos no laborales, lo que evita que el ajuste recaiga sobre una fuerza laboral que constituye uno de los principales activos económicos y sociales del sector y por supuesto condiciones estables en la relación comercial que permita la planeación de la producción, adquisición de insumos y mano de obra requerida en el mediano plazo.

El tercer frente: la política comercial
El impacto de estos shocks internos y externos se estima en cerca de US$220 millones anuales. La naturaleza perecedera de las flores limita el poder de negociación de los exportadores y dificulta trasladar estos costos o redirigir rápidamente las ventas a otros mercados. Como resultado, los márgenes se comprimen incluso cuando las exportaciones se mantienen, lo que da lugar a la paradoja de vender más, pero ganar menos.
Esta coyuntura también muestra una vulnerabilidad estructural: el éxito alcanzado en el mercado estadounidense ha generado una alta dependencia de un solo destino y de sus reglas comerciales. No obstante, la floricultura colombiana es una industria de alto valor agregado, sustentada en innovación, conocimiento técnico, certificaciones y logística especializada, por lo que su competitividad tomó décadas en construirse y no puede reemplazarse fácilmente.
Por ello, la diversificación de mercados debe asumirse como una estrategia de mediano y largo plazo, que requiere garantizar un entorno de negocios estable que mitigue la incertidumbre de los cambios en la política comercial y permita expectativas positivas a los inversionistas quienes puedan generar nuevas capacidades logísticas y relaciones comerciales, y no como una respuesta inmediata a la crisis. La política comercial, por tanto, debe combinar la defensa del acceso al mercado estadounidense con el fortalecimiento de la diplomacia comercial, los acuerdos sanitarios y la apertura de nuevos mercados, lo que reduce la dependencia sin sacrificar el liderazgo internacional alcanzado por el sector.
En suma, la principal lección es que una economía exportadora no es resiliente únicamente porque vende más, sino porque puede absorber choques externos sin comprometer su capacidad productiva, su inversión y su empleo. Las flores colombianas siguen llegando a Estados Unidos y la cadena continúa operando, pero la pregunta ya no es cuántas flores exporta el país, sino cuánto valor conserva por cada una de ellas. El nuevo invierno comercial no comenzó con el aumento de los aranceles, comenzó cuando la apreciación del peso, el incremento de los costos y la concentración en un solo mercado empezaron a erosionar la rentabilidad. El arancel no creó esas vulnerabilidades, simplemente las hizo imposibles de ignorar.
En una industria donde cada hora cuenta, las redes de confianza y los contratos acumulados durante décadas constituyen un capital estratégico tan valioso como las propias flores. Por eso, es importante que de cara al nuevo gobierno se instalen mecanismos de comunicación efectivos que protejan el sector y garanticen que se puedan garantizar condiciones estables frente a las medidas arancelarias que erosionan aún más las condiciones del negocio floricultor, puesto que cualquier alteración del entorno comercial no solo afecta las exportaciones del presente, sino que pone en riesgo un ecosistema productivo cuya construcción ha requerido generaciones enteras y la estabilidad financiera y del empleo de uno de los sectores de mayor especialización y uno de los productos con valor agregado de contribución significativa a la canasta exportadora del país.
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* Este artículo forma parte de la alianza entre Razón Pública y la facultad de Economía de la Universidad Externado de Colombia. Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autores.
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