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¿El Vaticano se acerca a los gais?

Escrito por Carlos Novoa

El papa Francisco se ha mostrado dispuesto a recibir a gais y lesbianas en el seno de la Iglesia. Ante la controversia desatada, un sacerdote explica por qué este paso es natural y corresponde tanto al Evangelio como a disposiciones anteriores al actual pontífice.

Carlos Novoa. S.J.*

Una larga historia

Es un hecho que el Vaticano se está acercando a la comunidad gay. Sin embargo, este acercamiento no es un suceso de hoy, sino que viene consolidándose de tiempo atrás. Una aproximación a los documentos oficiales nos ayuda a comprender mejor este proceso.

En el Catecismo de la Iglesia Católica de 1992, el Vaticano decía:

“La homosexualidad designa las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo. Reviste formas muy variadas a través de los siglos y las culturas. Su origen psíquico permanece en gran medida inexplicado (…) Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales instintivas. No eligen su condición homosexual (…) Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida (…)”.

La homosexualidad, tanto femenina como masculina, no es considerada una aberración, una enfermedad o un pecado. 

Este Catecismo, aprobado y publicado por san Juan Pablo II en 1992, es un texto muy importante ya que es la síntesis oficial más reciente de los fundamentos centrales que constituyen la fe católica.

Y es importante notar que en este la homosexualidad, tanto femenina como masculina, no es considerada una aberración, una enfermedad o un pecado. El tratamiento que se da a esta condición es muy respetuoso y de ninguna manera se dice que los homofílicos sean cristianos distintos de los demás.

También en 1986 se expresaba al respecto, con más contundencia que el Catecismo citado, el entonces cardenal Joseph Ratzinger (que después llegó a ser papa emérito Benedicto XVI), cuando era el director de la Congregación para la Doctrina de la Fe, la oficina más importante de la Santa Sede:

“Es deplorable que las personas homosexuales hayan sido y sean objeto de una violencia malévola, tanto de palabra como con acciones. Estos desafueros exigen ser condenados por todos los obispos de la Iglesia Católica en cualquier momento y lugar donde estos ocurran. Estos abusos revelan un tipo de discriminación contra las personas que ponen en peligro los más fundamentales principios de una sociedad civilizada. La intrínseca dignidad de cada persona tiene que ser siempre respetada con la palabra, con los comportamientos y con el derecho. Dichos desafueros conforman auténticos crímenes cometidos contra las personas homosexuales”. Letter to the bishops of the catholic church on the pastoral care of homosexual persons, Rome, October 1, 1986 (La traducción es mía).

Y en 2003, Ratzinger, todavía en el mismo cargo, seguía manifestándose en igual sentido en sus Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales:

“Según la enseñanza de la Iglesia, los hombres y mujeres con tendencias homosexuales deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará todo signo de discriminación injusta hacia ellos. (…) La conciencia moral exige ser testigo en toda ocasión, de la verdad moral integral, a la cual se opone (…) la injusta discriminación de las personas homosexuales”.

Celebración del día de San Valentín frente a la Iglesia de Notre Dame en París.
Celebración del día de San Valentín frente a la
Iglesia de Notre Dame en París.
Foto: Philippe Leroyer

En tiempos de Francisco

Pero fue el papa Francisco quien aceleró notoriamente el proceso de aceptación de los gais en la fe católica. Apenas seis meses después de haber sido elegido Obispo de Roma, el papa argentino aseguró:

“Tenemos que anunciar el Evangelio en todas partes, predicando la buena noticia del Reino y curando, también con nuestra predicación, todo tipo de herida y cualquier enfermedad. En Buenos Aires recibía cartas de personas homosexuales que son verdaderos ‘heridos sociales’, porque me dicen que sienten que la Iglesia siempre les ha condenado. Pero la Iglesia no quiere hacer eso. Durante el vuelo en que regresaba de Río de Janeiro dije que si una persona homosexual tiene buena voluntad y busca a Dios, yo no soy quién para juzgarla. Al decir esto he dicho lo que dice el Catecismo.

(…) Dios en la creación nos ha hecho libres: no es posible una injerencia espiritual en la vida personal. Una vez una persona, para provocarme, me preguntó si yo aprobaba la homosexualidad. Yo entonces le respondí con otra pregunta: ‘Dime, cuando Dios mira a una persona homosexual, ¿aprueba su existencia con afecto o la rechaza y la condena?’ Hay que tener siempre en cuenta a la persona. Y aquí entramos en el misterio del ser humano. En esta vida Dios acompaña a las personas y es nuestro deber acompañarlas a partir de su condición. Hay que acompañar con misericordia. Cuando sucede así, el Espíritu Santo inspira al sacerdote la palabra oportuna (…)

No podemos seguir insistiendo solo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos. Es imposible. Yo he hablado mucho de estas cuestiones y he recibido reproches por ello (…) no es necesario estar hablando de estas cosas sin cesar”.

Audiencia General con el Papa Francisco I.
Audiencia General con el Papa Francisco I.
Foto: Catholic Church of England and Wales

Parte de la religión

El respeto a las lesbianas y los homosexuales es propio del evangelio mismo. Recordemos que Jesús nos ama a todos por igual, pero al mismo tiempo tiene una predilección especial por todo tipo de excluidos, y entre ellos, sin duda, se encuentran las personas homofílicas.

Como dijo el propio Francisco: “En esta vida Dios acompaña a las personas y es nuestro deber acompañarlas a partir de su condición. Hay que acompañar con misericordia”.

No se nos olvide que el rostro de Jesús es el rostro del otro, y lo que hacemos a cada persona se lo hacemos al Hijo de Dios mismo, como nos lo señala Mateo 25. Y con mucha más razón hoy, cuando importantes escuelas de psiquiatría y psicología nos demuestran que la homosexualidad no es una aberración ni una enfermedad, sino simplemente un estado válido y legítimo de determinados congéneres, tan respetable como el de otros que se definen como heterosexuales.

No olvidemos que en el Concilio Vaticano II y en el reciente y muy importante documento Teología Hoy: Perspectivas, Criterios y Principios, de la Comisión Teológica Internacional del Vaticano, se ratifica el deber que tienen la teología y la enseñanza católica de oír a la ciencia y dejarse interpelar por sus sólidos y probados estudios y conclusiones.

Importantes escuelas de psiquiatría y psicología nos demuestran que la homosexualidad no es una aberración ni una enfermedad.

Dado todo este panorama es apenas obvio que el Sínodo de Obispos 2014, dado a conocer el domingo pasado, se exprese de forma positiva respecto de las lesbianas, los homosexuales y su legítima e importante presencia dentro de la comunidad católica:

“Las personas homosexuales tienen dones y cualidades para ofrecer a la comunidad cristiana: ¿estamos en grado de recibir a estas personas, garantizándoles un espacio de fraternidad en nuestras comunidades? A menudo desean encontrar una Iglesia que sea casa acogedora para ellos. ¿Nuestras comunidades están en grado de serlo, aceptando y evaluando su orientación sexual, sin comprometer la doctrina católica sobre la familia y el matrimonio? La cuestión homosexual nos interpela a una reflexión seria sobre cómo elaborar caminos realistas de crecimiento afectivo y de madurez humana y evangélica integrando la dimensión sexual: por lo tanto se presenta como un importante desafío educativo (…)

Sin negar las problemáticas morales relacionadas con las uniones homosexuales, se toma en consideración que hay casos en que el apoyo mutuo, hasta el sacrificio, constituye un valioso soporte para la vida de las parejas”.

Algunos sectores eclesiásticos se pueden mostrar reticentes frente a estos vientos de renovación y transformación dentro de la Iglesia, pero olvidan que esta es la naturaleza de la Ecclessia semper reformanda, o sea, la comunidad en continua evolución.

Este es el espíritu del Concilio Vaticano II, el cual marca el norte de la catolicidad actual. Por eso  acierta el papa Bergoglio cuando dice:

“Existen voces que quieren retroceder. Esto se llama ser testarudos, esto se llama querer domesticar al Espíritu Santo, esto se llama convertirse en necios y lentos de corazón. No se puede domesticar al Espíritu Santo porque Él es Dios y Él es ese viento que va y viene, y tú no sabes de dónde. Es la fuerza de Dios; es quien nos da la consolación y la fuerza para seguir adelante”. Francisco, Homilía en la casa de Santa Martha, Roma, abril 16, 2013,

 

* Sacerdote jesuita, profesor titular y doctor en Ética Teológica de la Universidad Javeriana.

 

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