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Eutanasia: ¿qué dice la ética?

Escrito por Carlos Novoa

Brittany Maynard de 27 años decidió acabar con su vida debido al cáncer terminal de cerebro que padecía.

Carlos Novoa A propósito del caso de Brittany Maynard, un sacerdote explica por qué el suicidio es una decisión que no concierne solo a quien la toma sino a la humanidad en su conjunto.  Un análisis desde la teoría ética y la doctrina católica.

Carlos Novoa, S.J.*

El caso mediático y el debate ético

En grandes titulares la prensa mundial reseñó el suicidio de Brittany Maynard, una joven estadounidense de 27 años, recién casada, quien decidió quitarse la vida después de haberlo anunciado días antes a través de internet, argumentando el trauma físico y psicológico del cáncer cerebral terminal que la aquejaba.

El debate ético que suscita un acontecimiento como este resulta insoslayable, y a continuación trataré de hacer mi aporte a la discusión.

La pregunta capital es: ¿quién es el dueño de la vida humana para disponer de ella a su antojo?

Al hallarnos en un mundo pluricultural y plurirreligioso, asuntos como este, que despiertan el interés general, no pueden ser juzgados en el debate público solo desde un punto de vista confesional ya que en Colombia coexisten muy diversas creencias e increencias.

Por lo tanto, lo mejor es abordar el tema desde una óptica ético-filosófica, que a todos nos concierne más allá de nuestros credos personales. En este horizonte la pregunta capital es: ¿quién es el dueño de la vida humana para disponer de ella a su antojo?

La vida en común

En la ciencia ética se denomina “eutanasia” al hecho que los juristas llaman “homicidio por piedad”, o sea, la eliminación de la vida ante enfermedades terminales. Tal denominación viene de dos términos griegos: eu y thanatos, que en castellano se traducirían como “buena muerte”, ya que esta es la valoración que le merece a algunos el mencionado homicidio.

La eutanasia es propiciar de forma directa y clara el fallecimiento, ya sea por parte del mismo paciente terminal o por otro que se lo genera.

El caso particular de Brittany Maynard me merece el más profundo respeto. En situaciones límite como la que ella enfrentaba son muchos los imponderables del más variado tipo que reducen en mucho la responsabilidad personal frente a un hecho como el suicidio.

Sin embargo, en este caso, desde el punto de vista ético objetivo, no me parece aceptable la decisión de acabar con su propia vida.

La existencia actual de los 7.000 millones de mujeres y hombres que poblamos el globo es el fruto de un ingente esfuerzo realizado por un inconmensurable número de congéneres que nos han precedido en los 2 millones de años que constituyen la historia humana.

Esta dinámica existencial ha hecho posible el maravilloso milagro de la vida que nos han regalado, así que esta no me pertenece solo a mí: es un patrimonio de toda la humanidad que tengo la responsabilidad de cuidar y proteger, precisamente porque me ha sido donada y es el resultado del empeño de otros. Por esto no es legítimo que de forma eventual yo elimine la vida de otro o la propia.

Con estas reflexiones me ubico en la escuela filosófica contemporánea de la “alteridad” (del latín alter, que significa otro), que concibe a la persona, ante todo, en su relación con sus congéneres y en la construcción de lazos de gratuidad y generosidad recíproca donde la vida es un tesoro común del cual nadie puede disponer aleatoriamente. Por ello, la alteridad aboga por la plena realización de todos los seres racionales y de cada uno de ellos.

Cuando escoger la muerte es válido

Ahora bien, la inmoralidad de la finalización individual y arbitraria de la vida no significa que sea ético prolongar deliberadamente una existencia humana carente de calidad. Todo lo contario. Y para comprender mejor esta compleja afirmación traigamos un caso de la vida real.

Si una persona está invadida de cáncer, los galenos le pueden ofrecer una serie de procedimientos muy costosos, con alto trauma, y con solo un 20 por ciento de posibilidad de continuar la vida en condiciones muy precarias.

La persona que se ve ante esta disyuntiva tiene todo el derecho a renunciar a dichos procedimientos y a morir en paz con los mejores cuidados paliativos que le controlen el dolor corporal, lo que hoy, por fortuna, es posible.

Este paciente de ninguna manera se ha asesinado a sí mismo, simplemente ha garantizado una calidad de vida digna, lo cual es legítimo. En este caso, se daría una situación de “encarnizamiento terapéutico”, que es el nombre técnico de este tipo de procedimientos clínicos, que en la ciencia ética también se llaman “medios desproporcionados” para el logro de una existencia con calidad de vida.

Renunciar a tales procedimientos y morir con los cuidados paliativos pertinentes se denomina “medios proporcionados”. Por lo tanto, es inmoral el encarnizamiento terapéutico y el uso de medios desproporcionados pero no la aceptación los medios proporcionados

Paciente terminal.
Paciente terminal.
Foto: Jared Polin

La religión y la filosofía

Y con esa postura también comulga la comunidad católica.

A la hora de discutir estos temas, es necesario tomar en cuenta tanto lo que dice la religión como lo que dice la filosofía. En este sentido resulta iluminador el Catecismo de la Iglesia Católica de 1992, # 1735, según el cual: “La imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas a causa de la ignorancia, la inadvertencia, la violencia, el temor, los hábitos, los afectos desordenados y otros factores psíquicos o sociales”.

En el mismo sentido de esta cita, el papa Francisco ha ahondado en su reciente documento La alegría del Evangelio, Nos. 43, 44 y 45, así como lo hizo san Juan Pablo II en su Encíclica el Evangelio de la Vida.

Sobre lo que las religiones nos pueden decir acerca de estas cuestiones que nos tocan a todos tan hondamente, como la eutanasia, resulta muy interesante la propuesta de Jürgen Habermas, uno de los más importantes filósofos vivos de Occidente, y quien se confiesa ateo.

La inmoralidad de la finalización individual y arbitraria de la vida no significa que sea ético prolongar deliberadamente una existencia humana carente de calidad.

En varios de sus libros, incluido el último que publicó, titulado La conciencia de lo que falta y llamado en castellano Carta al Papa, Habermas defiende su planteamiento de la teoría de la acción comunicativa o ética discursiva para la construcción de la comunidad social y política de hoy.

Desde esta posición verifica que los criterios fundamentales de la convivencia y el obrar humanos deben ser elaborados por todos en un devenir deliberativo continuo, para alcanzar consensos éticos mínimos al mismo tiempo que se cultiva la diferencia.

Por “todos” Habermas entiende las más diversas culturas, ciencias, nacionalidades, religiones, razas, y, en síntesis, cualquier persona sin discriminación de ningún tipo. De este devenir deben salir los más variados aportes, que son muy valorados por el filósofo alemán, quien también insiste en la necesidad de la contribución religiosa a este escenario.

El aporte religioso, según él, nunca se impondrá y deberá buscar expresarse en el lenguaje secular propio de nuestra actualidad no confesional para que todos lo puedan comprender.

Este pensador resalta los enriquecedores insumos evangélicos del pasado y presente humano, como su vivencia de la dignidad humana, la solidaridad y la libertad entre otros. Al respecto, dice: “La neutralidad cosmovisiva del poder estatal, que garantiza las mismas libertades para todos los ciudadanos, es incompatible con la generalización política de una visión laicista. Los ciudadanos secularizados, en cuanto que actúan en su papel de ciudadanos del Estado, no pueden negar por principio a los conceptos religiosos su potencia de verdad, ni pueden negar a los conciudadanos su derecho a realizar aportaciones en lenguaje religioso a las discusiones públicas. Es más, una cultura liberal política puede incluso esperar de los ciudadanos secularizados que participen en los esfuerzos para traducir aportaciones importantes del lenguaje religioso al lenguaje más accesible para el público general”.

Este libro escrito por Habermas y el profesor Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI, papa emérito, y Premio de los Libreros Alemanes en 2008, es una versión corta y muy bien lograda de los aportes de las creencias religiosas al devenir humano.

Para concluir quiero subrayar que un tema tan complejo como la eutanasia requiere más amplias ponderaciones y análisis, que por desgracia son imposibles de desarrollar en un solo artículo.

* Sacerdote jesuita, doctor en Ética Teológica y profesor titular de la Universidad Javeriana.

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