La tauromaquia en Bogotá: ¿una historia de tradición y arte? - Razón Pública
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La tauromaquia en Bogotá: ¿una historia de tradición y arte?

Escrito por Jorge Humberto Ruíz

Manifestación de la actual alcaldía de Bogotá en contra de las corridas de toros.

Jorge RuizSegún la Corte Constitucional, estos eventos son una expresión de nuestras tradiciones. Pero su historia en Bogotá muestra cómo- aunque en su origen tuvieron significados cívicos o religiosos- luego se convirtieron en un simple espectáculo.   

Jorge Humberto Ruiz*

Qué es tradición

La Corte Constitucional declaró que las corridas de toros son “una manifestación viva de la tradición espiritual e histórica de los pueblos iberoamericanos, como lo es Colombia" y que por esa razón pertenecen al patrimonio cultural intangible del país (Sentencia S-1192/05). Es prudente hacer algunos comentarios con respecto a esta caracterización.

La idea de tradición, más que a la perdurabilidad de una práctica, se refiere a la capacidad que esta tenga de recrear periódicamente diferentes aspectos del orden social dentro de un grupo humano específico. De este modo, una práctica es tradicional porque en ella se encuentra parte del conocimiento histórico que provee la identidad del grupo y que une a los individuos que pertenecen a él.

A finales del siglo XIX las corridas de toros sufrieron una transformación radical. 

En este sentido, la permanencia de una práctica tradicional depende de su eficacia para reflejar el orden social, de la credibilidad que tenga entre los individuos como conocimiento válido para actuar dentro del grupo. Cuando una práctica deja de tener esta credibilidad desaparece o se transforma en una versión folclorizada, estilizada, de la tradición. Este ha sido, por ejemplo, el camino que han tomado las fiestas de San Juan y San Pedro.

¿Las corridas de toros pueden ser consideradas una tradición?

Del rito al espectáculo

Plaza la Santamaría.
Plaza la Santamaría.  
Foto: Secretaría General Alcaldía Mayor de Bogotá

En primer lugar es necesario aclarar que esta práctica, tal como se conoce en el presente, se constituyó en Bogotá durante la última década del siglo XIX, es decir, hace poco más de cien años.

Antes de esto las corridas de toros en la ciudad fueron muy diferentes. Eran más parecidas a las corralejas, con participación de todas las personas en el ruedo y sin la muerte del animal. No existían ni el matador ni una cuadrilla de banderilleros. Esta nueva clase de corridas de toros llegó a Colombia desde España. Se trata de una práctica que pasó del paganismo antiguo a la nobleza ibérica y luego al pueblo español.

Durante la Colonia las corridas de toros tenían lugar en celebraciones civiles, como el nombramiento de un virrey o las fiestas religiosas como el Corpus Christi. Esta práctica hacía parte de los rituales de recreación dentro del sistema social y político colonial. Luego, en tiempos de la República, las corridas de toros pasaron a formar parte de las fiestas patrias celebradas cada 20 de julio desde 1849, es decir, siguieron estando vinculadas con un ritual civil cuya función era sustentar la legitimidad del orden republicano.

Pero a finales del siglo XIX las corridas de toros sufrieron una transformación radical. Estos cambios sucedieron primero en España a finales del siglo XVIII, pero como consecuencia de la ruptura con la metrópoli se introdujeron tardíamente en Colombia. En primer lugar, las corridas dejaron de realizarse en la Plaza de Bolívar –lugar de su ejecución desde la Colonia, que en aquella época se llamaba Plaza Mayor– porque en 1890 se construyó un “circo” privado de toros en un terreno adyacente a la Plaza de Los Mártires.

Desde ese momento las corridas comenzaron a realizarse con mayor frecuencia y ya no solamente como parte de las festividades civiles y religiosas. Después fueron desvinculadas completamente de este tipo de celebraciones y empezaron a ser ejecutadas como un espectáculo público independiente. Finalmente, se prohibió que el público entrara al ruedo, se incorporaron el matador y los banderilleros, y se instauró la muerte del animal.

Al ser separadas de los rituales civiles y religiosos, las corridas de toros perdieron su eficacia para contribuir al sostenimiento de un orden social y político, es decir, dejaron de ser una tradición en sentido estricto. Es claro que han perdurado en el tiempo y se han arraigado en un sector de la población, pero su existencia en la vida cotidiana bogotana está muy lejos de ser tradicional y representa, más bien, la conversión de una tradición en espectáculo.

La muerte del toro

En la Sentencia 666 de 2010, la Corte Constitucional ratificó el carácter excepcional de las corridas de toros respecto de las normas de protección animal. Esta excepción se basó en la definición de dicho espectáculo como una manifestación cultural practicada hace largo tiempo y arraigada dentro de las costumbres sociales. En este punto no hay discusión, pues las corridas de toros cumplen con estas dos condiciones para ser consideradas una expresión de la cultura. Sin embargo, vale la pena tener en cuenta cómo era considerado el asunto de la muerte del animal cuando las corridas de toros hicieron su aparición como espectáculo.

En el Decreto 17 de 1893 –la primera regulación gubernamental sobre la lidia de toros– se prohibió dar muerte al animal, salvo en los casos en los que el matador tuviera un permiso de la Alcaldía de Bogotá donde se certificara su idoneidad técnica para ejecutar dicha acción. Seis meses después, con el Decreto 351 de 1893, fue prohibida de manera absoluta la muerte del toro. Finalmente, la Ordenanza 51 de 1894 restauró la primera norma que permitía esgrimir la espada contra el animal con el permiso mencionado.

Al ser separadas de los rituales civiles y religiosos, las corridas de toros dejaron de ser una tradición.

Este vaivén en la decisión sobre la vida y muerte del toro muestra la ambigüedad de la opinión pública de la época sobre este asunto. La decisión tomada debe entenderse como una estrategia para mantener en el público la emoción que se había perdido por la división entre el espectador y el escenario y por la prohibición de corretear por el ruedo y montar los toros. Durante los primeros años de las “modernas” corridas fueron constantes las quejas de las personas del público debido al aburrimiento que sentían cuando el espectáculo no concluía con la muerte del animal.

La Corte Constitucional ha dicho que las corridas de toros no son actos de violencia o salvajismo porque son expresiones artísticas que escenifican los conflictos del ser humano frente a la vida y la muerte (S-1192/05). Sin embargo, durante los primeros años de estos espectáculos la acción del matador obedeció sobre todo al interés por llamar la atención de un público acostumbrado a otro tipo de emociones, no a una propuesta declaradamente artística.

Considerando lo anterior, cabe preguntarse si dentro de una sociedad que ofrece un amplio abanico de actividades que producen toda clase de emociones es necesario matar a un animal para emocionar a un reducido público.

Expresión artística

Apertura de la Plaza Cultural la Santamaría para corridas de toros.
Apertura de la Plaza Cultural la Santamaría para corridas de toros.  
Foto: Instituto Distrital de Turismo

La Corte Constitucional también ha dicho que las corridas de toros son un arte porque “el torero a través de la lidia pone a consideración de los espectadores estampas que enaltecen atributos del hombre, como lo son la valentía, el coraje, la paciencia y la tenacidad”.

De manera similar era definida la tauromaquia a finales del siglo XIX en Bogotá. Pero las ideas de destreza y valor con las que se adornaba a los toreros eran un intento de dotar a la lidia con significados que trascendieran el puro gusto por la sangre, de cubrirla con un manto de civilización, pues en un amplio sector de la élite bogotana –imbuido del espíritu inglés y francés que defendía la protección de los animales– se consideraba que matar al toro era un acto bárbaro copiado de la cultura española.

La definición de la tauromaquia como arte tuvo entonces una doble intención: mostrar que el sentido de las corridas no estaba en la muerte del toro al mismo tiempo que se hacía de ellas un acto mediado por la gracia del torero.

 

* Sociólogo y magíster en Estudios Políticos, autor del libro La política del sport: élites y deporte en la construcción de la nación colombiana, 1903-1925, miembro de la Asociación Colombiana de Investigación y Estudios Sociales del Deporte (ASCIENDE).

 

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