El aterrizaje de Estados Unidos en el proceso de paz - Razón Pública
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El aterrizaje de Estados Unidos en el proceso de paz

Escrito por Sandra Borda
Imagen del contacto

Imagen del contacto¿Qué busca Obama con la designación de Aronson en este justo momento? ¿Cómo afectará el proceso de La Habana en temas como el narcotráfico, la extradición y la  justicia transicional? ¿Y cómo puede aprovecharlo Colombia?   

Sandra Borda G.*

La delegación de paz de las FARC reunidas con el Ex-secretario General de las Naciones Unidas, Kofi Annan.

Los motivos

Recientemente se anunció el nombramiento de un enviado especial del gobierno de Estados Unidos para el proceso de paz en Colombia. Se trata de Bernard Aronson, un político y diplomático de filiación demócrata aunque cercano al sector más moderado del Partido Republicano.

El nombramiento es importante y por eso conviene explorar sus motivos para entender los alcances y los límites de esta figura, pues la llegada de Aronson tiene el potencial de producir cambios cruciales en las negociaciones de La Habana.  

Para empezar, destaco el interés del gobierno Obama en recuperar la presencia y mejorar la reputación de su país dentro del Hemisferio. Aunque el poder de Estados Unidos en América Latina ha sufrido un declive sustancial (pero quizás no tan decisivo como sugieren algunos analistas y gobiernos de izquierda), esto no implica que ese país esté listo a renunciar a su papel de potencia mundial en esta parte del mundo. 

No estar presente en la resolución del último conflicto armado de las Américas hubiese sido concederles la razón a quienes argumentan que Estados Unidos está pensando en volver a sus épocas de aislacionismo, al menos frente a América Latina. Esto está lejos de ser cierto. Menos aún tratándose de un país que, como Colombia, es percibido en Washington como un aliado natural y casi que incondicional.

Pero además- y este también es un asunto de reputación- si Estados Unidos se comprometió con Colombia en los momentos álgidos de su guerra contra la insurgencia y el narcotráfico, debe hacerlo también en el momento de buscar y encontrar una salida negociada del conflicto. De no hacerlo, Washington le daría la razón a quienes lo acusan de ser un potencia guerrerista y manipulada por lo que el propio general y presidente Eisenhower denominó “el complejo militar-industrial”. Colaborar en los momentos de conversaciones con el mismo entusiasmo de los momentos de guerra envía el mensaje de que existe un interés genuino por resolver "el asunto colombiano".

¿Por qué ahora, por qué Aronson?

¿Por qué el gobierno estadounidense decidió enviar a Aronson en este momento –siendo así que desde mucho antes la administración Santos había solicitado una figura de esta naturaleza?

Puede ser que en Estados Unidos exista la percepción de que las negociaciones van en la dirección correcta. Si hay menos probabilidades de que fracase la negociación, también es menor el riesgo de un desgaste político y diplomático de Washington al participar en esas negociaciones.

De hecho – y sin obstar la atención escasa  que el gobierno de Obama le ha prestado a la región- este presidente puede pasar a la historia como uno que cambió notablemente los rasgos distintivos (y predominantemente negativos) que han marcado la historia de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina: sus medidas recientes en materia de migración (que benefician sobre todo a los latinos), su cambio de 180 grados frente a Cuba y su participación en las negociaciones para poner fin al conflicto con “la guerrilla más vieja del mundo” serían títulos bastantes para ganarse aquel sitio.   

Por otra parte al escoger a Bernard Aronson, Obama intenta sacar "el asunto colombiano" de la pelea a sangre y fuego que están librando demócratas y republicanos en Washington. Aronson es un hombre hábil y capaz de moverse bien en ambas aguas. Esto puede facilitar un compromiso para que Estados Unidos contribuya a la construcción de la paz en nuestro país, y además puede  evitar que en el evento de un próximo gobierno republicano haya un cambio drástico frente a la paz en Colombia.

El Presidente Estadounidense Barack Obama en la Oficina Oval de la Casa Blanca.
El Presidente Estadounidense Barack Obama en la Oficina Oval de la Casa Blanca.
Foto: The White House

Los intereses de Estados Unidos

También hay intereses bastante concretos que Estados Unidos trae a la mesa de negociaciones. No hay para qué equivocarse: ni la potencia ni ningún otro actor internacional están presentes en los diálogos por puro altruismo. Cada quien tiene su propia agenda y sus propios objetivos. Y el gobierno de Obama no es la excepción.

Uno de estos intereses es sentar la posición de Washington sobre el narcotráfico, que ha sido un punto clave de la agenda bilateral desde hace varias décadas. Sin obstar los cambios  dentro de Estados Unidos a raíz de los referendos en diversos Estados o ciudades de la Unión donde se ha flexibilizado la política anti-drogas, el gobierno federal todavía no está listo para ceder en esta materia. Y mucho menos en el plano internacional.  

Es preciso dejar claro que no es probable que Aronson llegue a imponer la versión estadounidense, intransigente e inflexible, de la guerra contra las drogas. Washington entiende perfectamente que una posición así lo convertiría en un obstaculizador y no en un colaborador para el éxito de las negociaciones.  

Pero también sería ingenuo pensar que Estados Unidos no tiene definidos unos límites que no está dispuesto a sobrepasar. Así que en este punto, más que simple acompañante, Washington tendrá que jugar el papel de parte negociadora y hacer la tarea de persuadir de sus tesis no solo a las FARC (algo nada fácil de lograr) sino también al gobierno colombiano. Lo que salga de esa interacción va a ser decisivo para la nueva posición de Colombia frente al tema de las drogas tras el proceso de paz.

El otro tema donde la cercanía de  Estados Unidos a la mesa de negociación puede producir efectos importantes es el la justicia. Varios líderes de las FARC tienen solicitudes de extradición por parte de Estados Unidos por delitos relacionados con el narcotráfico. Cualquier cosa que acordasen el gobierno colombiano y las FARC acerca de las penas que deberán pagar los ex guerrilleros por delitos relacionados con narcotráfico tendría que ser concertada de algún modo con Estados Unidos para que pueda cumplirse.

De nuevo, en este tema el análisis no puede ser tan simple como para sugerir que la potencia impondrá sus "líneas rojas" y no asistirá al proceso sino para comunicarlas. Aquí también Washington tendrá que actuar más como negociante que como acompañante y estar dispuesto a encontrar posiciones intermedias para lograr la paz en Colombia.

Operativo de interceptación de embarcación con cargamento de cocaína por la Guardia Costera Estadounidense.
Operativo de interceptación de embarcación con cargamento de cocaína por la
Guardia Costera Estadounidense.
Foto: Coast Guard News

Ventajas para Colombia

Es posible que el músculo diplomático de Estados Unidos le ayude a Colombia en su esfuerzo de diseñar una fórmula en materia de justicia transicional que simultáneamente facilite el logro de la paz y esté acorde con los compromisos internacionales del país.

En cualquier caso, la comunidad internacional tendrá que flexibilizar un poco sus exigencias para aceptar dicha fórmula y, en ese contexto, Estados Unidos puede ayudar a Colombia a ambientar y facilitar el proceso.

La capacidad de aprovechar al enviado estadounidense para los objetivos de la paz dependerá en mucho de la habilidad que tengan las partes negociantes para persuadir y transformar en algo nuevo las posiciones tradicionales de Washington. Si se logró un cambio como el de la política exterior de Estados Unidos hacia Cuba, tiene que haber un  espacio de maniobra: no estamos condenados a la imposición unilateral y eterna.

Pero se necesitan valentía y habilidad negociadora. Aquí el reto es más grande para el gobierno que para las FARC. El Estado colombiano ha estado acostumbrado a hablarle bajito a la potencia y a no contradecirla con mucha frecuencia. Pero una negociación es un escenario donde todos quienes se involucran lo hacen porque tienen un margen  significativo y una cierta disponibilidad para cambiar sus propias posiciones.

Por eso, este proceso de paz es una oportunidad inmejorable para cambiar nuestra forma de relacionarnos con el mundo, así como los términos de nuestra interacción con el poder estadounidense. Ojalá las FARC y el gobierno estén a la altura de esta oportunidad.

 

* Directora del Centro de Estudios Internacionales (CEI) y profesora asociada del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de Los Andes.

twitter1-1@sandraborda

 

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