
Aranceles, remesas y políticas públicas en un entorno internacional disruptivo
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¡Hay que crear riqueza para poder repartirla con criterios de equidad y justicia, porque repartiendo pobreza no se consigue una mejora permanente y sostenible del bienestar de la población!
La probable aprobación, en el marco del “Gran y Hermoso Proyecto de Ley” que el presidente Trump ha presentado al Senado, del impuesto del 3,5% sobre las remesas enviadas desde Estados Unidos por personas que no sean ciudadanos estadounidenses, incluidos inmigrantes indocumentados, residentes permanentes y titulares de visas temporales, tendrá sin duda consecuencias importantes sobre la balanza de pagos de países en los que las remesas son una fuente importante de ingresos, pero además, reitera mensajes fundamentales de la política pública actual en Estados Unidos y sirve, en consecuencia, como motivación para reflexionar acerca de las prioridades del país en el nuevo ordenamiento internacional que se está conformando.
Colombia recibió, en 2023, remesas personales por el equivalente al 2,8% del PIB, una cifra ligeramente superior a la del promedio de América Latina y el Caribe, pero muy inferior a las de los países que tienen una alta dependencia de las remesas, como Nicaragua, Honduras y El Salvador, tal como puede observarse en la Tabla 1:

En 2024, las remesas netas (recibidas menos pagadas) ascendieron a US$11.467 millones, el 2,7% del PIB, lo que representó el 3,7% del consumo de los hogares, y, en consecuencia, su probable reducción, aunque solo sea en la magnitud del nuevo impuesto, tendría algún efecto sobre los hogares, el PIB y la balanza de pagos, dado que esas remesas representan el 12,4% de los ingresos de la Cuenta Corriente de la Balanza de Pagos, como lo ilustra la Tabla 2.
Pero más importante que el efecto marginal que la reducción tendría (unos US$220 millones, si se reducen en 3,5%, dado que las remesas provenientes de Estados Unidos representan el 53,2% de las remesas totales del país -ver Tabla 3- y asumiendo que no hay efectos adicionales en la disposición a girar remesas de los giradores a sus familiares en Colombia) es el mensaje que este tipo de medidas envía y que obligan a una cuidadosa consideración de la política pública adecuada para el momento.


Hay por lo menos tres hechos decisivos que deben considerarse respecto a la nueva política externa de Estados Unidos:
- El cambio fundamental del papel que la Presidencia de Estados Unidos quiere cumplir en el mundo: del ejercicio de un liderazgo benevolente, que busca conciliar un ordenamiento mundial justo y equilibrado, con logros nacionales destacados en su calidad de la nación más poderosa, al papel de un negociador duro que busca consolidar la grandeza del país, en el entendimiento de que el ejercicio del poder es más efectivo si despliega todas sus posibilidades de fortalecimiento a partir de una posición nacional dominante.
- El cambio de sentido de la política pública, desde el cuidadoso uso de la diplomacia para alinear intereses, a las posturas radicales del “negociador fuerte” que usa el discurso público como herramienta de negociación para conseguir sus grandes objetivos.
- Y la clara conciencia de que no hay lugar para un papel condescendiente con ningún actor distinto al país mismo: lo que se resume en el lema “Make América Great Again”, reforzado por la renuncia a todas aquellas acciones que tenían sentido como refugio último de quienes no tenían otra alternativa. La revocación del “parole” humanitario, que afectará a más de medio millón de inmigrantes en situación de indefensión¹, y el endurecimiento de todo tipo de medidas antiinmigratorias, desde la deportación indiscriminada, al cobro de impuestos sobre los beneficios que obtenga el inmigrante y que le permiten, por ejemplo, el giro de remesas a sus países de origen.
Todo ello propicia la configuración un “nuevo mundo”, en el que será necesario que el país defina objetivos, estrategias y políticas para lograr un mayor nivel de crecimiento y de bienestar.
En ese “nuevo mundo” se tendrán que tomar seguramente precauciones, se deberán alinear propósitos, pero también, y ante todo, aprovechar oportunidades.
En cuanto a precauciones, las obvias: medidas efectivas para enfrentar los problemas que sabemos afectan la relación bilateral con Estados Unidos: la lucha contra las drogas, la erradicación de cultivos, etc.; la moderación de lenguaje, en el entorno altamente inflamable de la política mundial, en el que pueden desatarse tormentas innecesarias por la incontinencia verbal o por las expresiones mal calibradas y usadas. Hay que mantener el mejor clima de colaboración con Estados Unidos, sin sacrificar los propósitos nacionales, pera alineando fuerzas, aliados y herramientas, en el entendimiento de que tenemos mucho que ganar, pero también mucho que perder.
En ese sentido, la recomposición de flujos comerciales en el mundo, asociada a las nuevas medidas arancelarias, debe representar una nueva oportunidad para insertarnos de manera creativa e innovadora en las cadenas mundiales de valor. Ya la crisis del COVID había alterado esas cadenas, al privilegiar la seguridad del abastecimiento sobre su costo, pero claramente dejamos pasar el tren del “near shoring” y del “friend shoring” sin pena ni gloria. No puede pasar de nuevo que tratemos con indolencia las nuevas oportunidades: una consejería de alto nivel para atraer inversión, explorar mercados y hacer “diplomacia comercial” podría ser una magnífica herramienta de transformación productiva, que detecte oportunidades, defina estrategias y fortalezca acciones productivas en temas de innovación, financiación y apoyo logístico.
Pero quizás el punto que debe suscitar una reflexión más profunda tiene que ver con la evolución misma de las remesas, que se ve explícitamente en la Figura 1: en diez años, entre 2014 y 2024, las remesas en proporción del PIB casi se han triplicado. Si ello obedeciera a una colosal exportación de talento humano de frontera (como quizás sea el caso de algunos países como India²), sería una maravillosa noticia. Pero quizás la historia de esta evolución sea más trivial y refleje la falta de oportunidades en un país como el nuestro, con un alto grado de informalidad y de precariedad laboral.

Y la precariedad laboral es quizás el resultado de un círculo vicioso que nos agobia y nos envuelve: tenemos elevados niveles de pobreza, alta desigualdad, y tomamos medidas desesperadas de asistencialismo y de protección a grupos sociales al parecer vulnerables, aun a costa de imponer gravosas condiciones para la creación de riqueza: ¡gravamos la creación de riqueza y no su disfrute! Y no generamos por ello estructuras sólidas de empleo de calidad, ni disponemos de recursos suficientes para mejorar la condición de vida de la población. Olvidamos que solo creando riqueza (de manera sólida, estable y, por supuesto, legítima y transparente) podremos generar estructuras de protección social que eleven el nivel de vida de toda la población. ¡Hay que crear riqueza para poder repartirla con criterios de equidad y justicia, porque repartiendo pobreza no se consigue una mejora permanente y sostenible del bienestar de la población!
Le recomendamos: Entre acuerdos rotos y nuevas alianzas: Colombia en medio de los aranceles de Donald Trump
¹ La Corte Suprema de Estados Unidos permite a Trump revocar el parole humanitario a más de 500.000 inmigrantes de Venezuela, Cuba, Nicaragua y Haití – BBC News Mundo
² “Más de cuatro quintas partes de los inmigrantes adultos (de India a Estados Unidos) tiene al menos una licenciatura y sus ingresos medianos por hogar son más del doble que todos los inmigrantes y los nacidos en Estados Unidos”. Article: Indian Immigrants in the United States | migrationpolicy.org
Acerca del autor

Jesús Botero García
*Profesor emérito Universidad EAFIT.
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