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El capitalismo y su descontento

Escrito por Jesús Botero García
Jesus Botero

Para entender las críticas al capitalismo hay que entender cómo funciona y los nuevos retos que enfrenta. De aquí también resultan las salidas posibles a esas críticas: una nueva visión de la sostenibilidad como el elemento fundamental en el sistema*.

Jesús Botero García**

Cómo funciona el capitalismo

El capitalismo es el modo más eficiente de producir y distribuir bienes y servicios que ha encontrado la humanidad, y se basa en tres pilares:

1. La organización que llamamos “empresa”, una entidad independiente, promovida por gestores o accionistas, y distinta de las personas que la integran, en la que unos individuos, actuando como “principales” (en el lenguaje de los economistas), definen la forma como se usan recursos y esfuerzos de otros individuos (“agentes”, en ese mismo lenguaje) para producir o distribuir bienes y servicios en el ámbito físico o virtual en donde operan.
2. Un “marco institucional” que regula la relación entre empresas, gestores y trabajadores (principales o agentes), establece sus derechos, las formas de intercambio y los sistemas de contratación, así como las condiciones para que los individuos operen como “gestores” o como “trabajadores”.
3. Y los “mercados”, donde las empresas y los individuos (generalmente agrupados en “hogares”) intercambian recursos utilizando los “precios” como unidades de información.

Las empresas resultan de las necesidades de coordinación que conlleva la división del trabajo, y aprovechan el enorme potencial que se puede alcanzar cuando la producción es realizada por un conjunto de individuos que se especializan en algún proceso o subproceso productivo, y operan ordenadamente en estructuras jerarquizadas de decisión. Los mercados por su parte son sistemas masivos de coordinación anónima, donde las empresas emiten y reciben información, y se relacionan entre ellas y con los consumidores. Y las instituciones son el entramado de leyes y costumbres que regulan el funcionamiento de la economía.

Competencia perfecta y fallas de mercado

Los economistas han desarrollado modelos analíticos para entender el funcionamiento de esas instituciones y organizaciones: la teoría del equilibrio general sintetiza la interacción entre empresas y hogares en el sistema de mercado, como un proceso donde las primeras buscan “maximizar su ganancia”, los segundos “maximizan su utilidad”, y el sistema de precios ajusta sus conductas o hace compatibles sus objetivos.

La teoría económica también ha determinado las condiciones bajo las cuales el sistema produce resultados eficientes, en el sentido de que los recursos se asignen a procesos productivos de tal manera que no sea posible reasignarlos para mejorar la situación de algún participante en el mercado sin empeorar la situación de otro. Estas condiciones corresponden a la “competencia perfecta”, o al mercado donde participan muchos oferentes y demandantes, bien informados, y de manera tal que los precios no dependen de la voluntad individual de alguno de ellos, lo que a su vez garantiza el beneficio colectivo.

En la vida real sin embargo suelen darse condiciones que limitan la eficiencia y que llamamos “fallas del mercado”. Las principales fallas son de cuatro tipos:

• La competencia imperfecta, donde algún participante puede determinar unilateralmente el precio;
• Las externalidades, es decir resultados (como el daño ambiental) que no paga o disfruta su causante a no ser que el Estado lo imponga;
• Los “bienes públicos” cuyo beneficio no se agota en el consumo de un individuo (como una carretera) y cuyo precio por lo tanto no está dispuesto a pagar esa sola persona, y
• Las asimetrías de información, donde algunas características o acciones de los agentes no son observables por los demás agentes.

Capitalismo, democracia y bienestar

Durante el siglo XX se forjó además un amplio consenso acerca de la estrecha relación entre el capitalismo y el sistema político que llamamos “democracia”, en el que los ciudadanos eligen directa o indirectamente a quienes definen las reglas, a los que ejecutan las acciones necesarias para operarlas y a los que garantizan su funcionamiento mediante sistemas de solución de diferencias, dado que éstas resultan inevitablemente de las acciones colectivas.

Y todo ello se ha articulado además con las ideas centrales de la filosofía occidental, el individualismo y la ilustración: los agentes que ejercen derechos de propiedad en el marco de las instituciones capitalistas participan en procesos políticos democráticos y se realizan como personas ilustradas.

La confluencia de capitalismo y democracia ha permitido grandes avances en la provisión de bienes y servicios y un nivel de bienestar material impensable hace apenas dos o tres siglos. El sistema empresarial, por su parte, ha permitido desplegar el espíritu emprendedor y elevar la productividad muy por encima de lo que haríamos como individuos separados.

El malestar y sus causas

Y sin embargo es evidente el malestar en aumento de muchas personas con el sistema. El malestar se advierte en todos los niveles de la sociedad, y afecta tanto la legitimidad de las instituciones políticas y económicas como la de las organizaciones de las cuales somos parte.

La explicación principal del descontento surge del hecho de que las fallas de mercado son bastante más comunes de lo que estábamos dispuestos a admitir, y benefician a unos grupos sociales a costa de otros grupos, sin que hayamos encontrado la manera de impedir o mitigar estos efectos negativos.

Por ejemplo, el poder de mercado resultante de la competencia imperfecta, donde una empresa incide directamente sobre los precios o cantidades transadas, hace que los demás participantes —consumidores, trabajadores o incluso, otras empresas—reciban menos beneficios o se vean perjudicados. Este poder de mercado se da especialmente en el caso de bienes o servicios novedosos (como las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones), cuando se crean barreras de entrada que limitan la competencia, y explica buena parte de la excesiva concentración del ingreso en el mundo actual. O la globalización que, aunque ha extendido las ventajas de la especialización al ámbito mundial generando ganancias netas positivas, produce también pérdidas importantes a algunos grupos, que tampoco hemos sabido mitigar, y que hacen que esos grupos se inclinen entonces por opciones políticas extremas y utilicen todo el poder de veto de que puedan disponer.

Ha habido confianza excesiva en la capacidad del sistema para llevar los beneficios del crecimiento a todas las personas, pero es claro que a menudo ello no ocurre y que la existencia de grupos marginales amenaza la supervivencia misma del sistema.

El malestar pone en cuestión las instituciones más preciadas: la democracia, como sistema de gobierno; el capitalismo, como sistema de asignación de recursos; las empresas, como sistemas de coordinación de las acciones productivas de los individuos.

Sociedades y empresas sostenibles.

Hay, sin duda, acciones importantes que emprender en cada uno de los frentes:

• En el sistema político, hay que garantizar los balances adecuados entre grupos sociales, impidiendo que el sistema en general sea “capturado” por algún grupo, para ponerlo a su servicio a costa de los demás, y preservando la competencia legitima por el acceso al poder entre los diversos grupos.
• En el sistema económico, hay que revisar la supuesta capacidad automática de extender los beneficios del progreso a toda la sociedad, y repensar el papel del Estado en asegurar el bienestar de los ciudadanos y en la gestión de riesgos globales en la sociedad;
• En cuanto a las empresas, hay que volver a evaluar la forma como se integran a la sociedad, y la responsabilidad que tienen con ella, en la búsqueda de sus objetivos.

Los temas están interrelacionados, pero hay dos tendencias importantes que deben destacarse, y que se complementan: el llamado “capitalismo de las partes interesadas” y la redefinición de las metas de las empresas, defendidos entre otros por el Foro Económico Mundial y por The Business Roundtable, una organización que incluye a los gerentes de las mayores empresas del mundo.

Se trata, en ambos casos, de reconocer la sostenibilidad como el eje central del sistema y de las instituciones que lo conforman. Sólo será sostenible un sistema que:

• Provea oportunidades adecuadas a quienes participan de él;
• Provea el aseguramiento básico ante los riesgos que afectan los aspectos fundamentales de la vida humana, incluyendo riesgos ambientales y de salud, y
• Sea capaz de lograr un equilibrio en el acceso al poder de todos los grupos sociales.

Y sólo serán viables y sostenibles las empresas capaces de considerar tanto el objetivo de las ganancias para sus accionistas como la sostenibilidad misma de la sociedad donde ellas existen.

Las empresas y la sostenibilidad

Durante muchos años hizo carrera la idea radical de Milton Friedman en el sentido de que no hay algo así como la responsabilidad social de las empresas:

“Los empresarios creen que están defendiendo la libre empresa cuando declaran que las empresas no se preocupan «meramente» por las ganancias, sino también por promover fines «sociales» deseables; que la empresa tiene una «conciencia social» y toma en serio sus responsabilidades de proporcionar empleo, eliminar la discriminación, evitar la contaminación y cualquier otra cosa que pueda ser la consigna de la cosecha contemporánea de reformadores”.

Pero “las discusiones sobre la “responsabilidad social de las empresas” son notables por su imprecisión analítica y su falta de rigor. ¿Qué significa decir que los «negocios» tiene responsabilidades? Solo las personas pueden tener responsabilidades”. Y las de los ejecutivos que manejan los negocios, es “realizar el negocio de acuerdo con (el) deseo (de los propietarios del negocio), que generalmente será ganar la mayor cantidad de dinero posible cumpliendo con las reglas básicas de la sociedad”.

Pero quizás convenga recordar que ningún propietario está interesado en que su fuente de ganancias se agote. Así que quizás la manera correcta de plantear el problema sea reconocer que, si bien la responsabilidad de los ejecutivos es “ganar la mayor cantidad de dinero” en el presente, tendrá que hacerlo sin poner en riesgo la fuente futura de ganancias de los mismos accionistas, es decir, la empresa.

Y esto sólo se logrará garantizando una articulación adecuada entre empresa y sociedad, de forma tal que ambas sean sostenibles. Mal servicio prestaría, en este sentido, un gerente que “destruya” la fuente de generación de ingresos, en el afán de extraer la máxima ganancia en el presente.

La importancia de esta visión ampliada de la responsabilidad de los ejecutivos es más obvia en momentos como el que vivimos, cuando la pandemia está mostrando la conexión inextricable entre los riesgos de empresas, trabajadores y sociedad y la urgencia de unirse en el propósito de generar riqueza, prosperidad y, por supuesto, ganancias.

La pandemia ha mostrado que necesitamos “cambiar el juego”: superar una visión inmediatista en la que empresas, trabajadores y ciudadanos se afanan por asegurar sus ganancias de corto plazo, para plantear en juego estructurado, en el que una sociedad próspera y en crecimiento brinde las mejores oportunidades para todos.

*Razón Pública agradece el auspicio de la Universidad EAFIT. Las opiniones expresadas son responsabilidad del autor.

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