Tensiones, preguntas y oportunidades para repensar el presente
Foto: Alcaldía de Medellín

Cinco debates culturales: tensiones, preguntas y oportunidades para repensar el presente

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En un mundo marcado por la interconexión global, el cambio tecnológico acelerado y las crecientes preocupaciones emergentes de la crisis ambiental global, los debates en torno a la cultura han cobrado una relevancia sin precedentes.

Temas como la globalización cultural, los derechos culturales, la tecnología y el impacto del cambio ecológico en el patrimonio cultural se han convertido en espacios de discusión críticos para entender nuestro presente y trazar posibles futuros.

Globalización vs. preservación de identidades locales

El impacto de la globalización en las culturas locales sigue siendo un tema central de debate. Mientras algunos celebran la diversidad cultural que surge del intercambio global, otros temen que las culturas tradicionales (gastronomía, música, vestuarios, arquitecturas, ritualidades, lenguajes, historias, cosmovisiones entre otros aspectos y expresiones culturales) sean absorbidas por una homogenización dominada por las potencias occidentales.

El filósofo Kwame Anthony Appiah defiende un cosmopolitismo que valore la convivencia de culturas. “La globalización no necesariamente destruye las identidades locales; las transforma y enriquece”, afirma Appiah haciendo énfasis en que las culturas pueden coexistir y enriquecerse mutuamente a través del diálogo y el intercambio, sin perder sus raíces fundamentales (Cosmopolitanism: Ethics in a World of Strangers, 2006) y que las herencias culturales y sociales no son fijas, sino que evolucionan y se transforman en interacción con factores globales (The Lies That Bind: Rethinking Identity, 2018). Sin embargo y en contraste, Vandana Shiva, física, pensadora, escritora y crítica de la globalización, alerta sobre cómo “las economías globales tienden a destruir tradiciones culturales y modos de vida autóctonos en pos del desarrollo”. Para Vandana Shiva el modelo de desarrollo promovido por la globalización perjudica a las economías locales y a las culturas autóctonas, especialmente a través de la explotación de recursos naturales y la marginación de las mujeres en las comunidades rurales (Staying Alive: Women, Ecology, and Development, 1988). Además, Shiva denuncia cómo las políticas neoliberales y los intereses corporativos globales socavan las tradiciones culturales y los derechos de las comunidades locales (Earth Democracy: Justice, Sustainability, and Peace, 2005) y también ha desarrollado investigaciones de la mano de comunidades vulnerables donde su activismo ha crecido evidenciar cómo las prácticas económicas globales, especialmente relacionadas con la propiedad intelectual y la biotecnología, despojan a las culturas locales tradicionales de sus saberes y territorios (Biopiracy: The Plunder of Nature and Knowledge, 1997).

La influencia de la tecnología en la cultura

La tecnología digital, y hoy más que antes con el desarrollo de la inteligencia artificial (IA), ha revolucionado la creación y distribución cultural, pero también ha planteado preguntas sobre la autenticidad y la comercialización de prácticas culturales autóctonas o consumo de identidades sin respeto ni cuidado hacia constelaciones de saberes históricos hondos y territorializados. Plataformas como TikTok y YouTube han democratizado el acceso a la cultura, permitiendo a personas de cualquier rincón del mundo compartir su trabajo. Sin embargo, pensadores como Jaron Lanier informático (computer scientist) y escritor estadounidense, critica que estas plataformas ya que “explotan la creatividad al convertir a las personas y artistas en productos para monetizar datos” (You Are Not a Gadget: A Manifesto, 2010). En su libro Who Owns the Future? (2013) desarrolla su concepto de «economía basada en redes», argumentando que las grandes plataformas digitales concentran la riqueza al aprovecharse del trabajo creativo y los datos de los usuarios, sin compensarlos adecuadamente y en Arguments for Deleting Your Social Media Accounts Right Now (2018) denuncia cómo las redes sociales no solo explotan la creatividad, sino que también manipulan el comportamiento y las emociones de las personas con fines de lucro.

Por otro lado, la tecnología también ha sido clave para la preservación cultural y para la recopilación de memoria casi incalculable de expresiones culturales diversas en sonido, imagen y texto principalmente. Proyectos que utilizan escaneos 3D para documentar monumentos amenazados son un ejemplo positivo, en este caso, para beneficio de los estudiosos de la disciplina de la arqueología. Lo mismo está sucediendo, es una obviedad ratificarlo, para quehaceres, oficios, saberes y formas de vida más cotidianos y evidentes. Aun así, algunos detractores siguen argumentando que la digitalización no puede reemplazar el valor de la experiencia directa, presencial y táctil del patrimonio cultural, fenómeno que se hace más notorio con los hábitos de sobreuso de teléfonos móviles y redes sociales digitales que tienen efectos perjudiciales para la actualización de habilidades y comprensiones de buena socialización.

Foto: Wikimedia Commons El debate sobre la restitución de arqueología y arte robado durante la época colonial expone tensiones entre las instituciones culturales de los países desarrollados y los reclamos históricos de las naciones del sur global.

Derechos culturales y justicia social

En un mundo cada vez más consciente de las desigualdades, los derechos culturales han emergido como una parte fundamental del discurso sobre la justicia social. El economista Amartya Sen, economista y premio Nobel de la India, sostiene que “el acceso a la cultura es esencial para el desarrollo humano”. Esto se refleja en iniciativas como los museos comunitarios, que buscan democratizar el acceso a la cultura y al arte. Sen sostiene que el desarrollo humano no debe medirse solo en términos económicos, sino como la expansión de las libertades fundamentales. La cultura es parte de estas libertades, ya que contribuye al bienestar y a la capacidad de las personas para llevar una vida significativa (Development as Freedom, 1999). Sen también ha hecho un énfasis investigativo en cómo las identidades culturales forman parte integral de la dignidad y el desarrollo humano, subrayando que el acceso a la cultura permite a los individuos participar plenamente en sus comunidades y construir sus identidades (Identity and Violence: The Illusion of Destiny, 2006).

En contraste, la pensadora, teórica y crítica literaria también de la India, Gayatri Spivak advierte que “el discurso de los derechos culturales a menudo excluye a las voces subalternas”, como las comunidades indígenas o las poblaciones desplazadas. El debate sobre la restitución de arqueología y arte robado durante la época colonial expone tensiones entre las instituciones culturales de los países desarrollados y los reclamos históricos de las naciones del sur global. Spivak también ha explorado cómo las narrativas dominantes a menudo silencian a las voces subalternas, incluyendo las de mujeres y comunidades marginadas. Spivak señala que incluso los discursos bien intencionados sobre derechos pueden reforzar estructuras de exclusión si no consideran activamente las perspectivas de los oprimidos (Can the Subaltern Speak?, 1988). Y en Critique of Postcolonial Reason: Toward a History of the Vanishing Present, 1999, Spivak investigó cómo los discursos culturales y políticos en el contexto poscolonial perpetúan dinámicas de exclusión, dejando fuera las experiencias y conocimientos de las comunidades subalternas.

Cambio climático y patrimonio cultural

El impacto del cambio climático y la crisis ambiental global (cambio en ciclos del agua y nutrientes, pérdida de biodiversidad, catástrofes naturales exponenciales, etc.) en el patrimonio cultural es una preocupación creciente. Por ejemplo, la subida del nivel del mar amenaza ciudades costeras con gran historia y cultura como Venecia, Italia; Yakarta, Indonesia; Miami y Nueva Orleans, Estados Unidos; Dhaka, Bangladés; Shanghái, China; Lagos, Nigeria; Calcuta y Mumbai en India; Bangkok, Tailandia; Ámsterdam y Róterdam, Países Bajos u Holanda, entre otras. Y a su vez temperaturas extremas, frías y calientes, deterioran monumentos, construcciones y obras históricas en todo el mundo.

El pensador francés Bruno Latour ha sido una voz destacada en este debate, ya que propuso hace varias décadas en sus investigaciones una renovada relación entre cultura y naturaleza, donde “la naturaleza y la sociedad no son dominios separados, sino mezclas que siempre han estado entrelazadas” (We Have Never Been Modern, 1991).  Latour argumenta que la modernidad se ha basado en una falsa separación entre naturaleza y cultura. Sostiene que «nunca hemos sido modernos», ya que siempre hemos coexistido en una red híbrida de relaciones entre humanos y no humanos. En suma, Latour señala que “debemos reinventar la política para incluir a los actores no humanos en la asamblea del mundo” (Politics of Nature: How to Bring the Sciences Into Democracy, 2004) y reitera que “la crisis climática revela que la Tierra no es un fondo pasivo, sino un agente activo que exige nuestra atención” (Facing Gaia: Eight Lectures on the New Climatic Regime, 2017) enfatizando que las dinámicas económico-culturales no están aisladas ni son autónomas sino que están inscritas en el sistema biofísico del planeta Tierra, todo lo que la cultura emite tiene efectos en los ecosistemas.

El arte en las crisis políticas y sociales

En tiempos de crisis, el arte ha demostrado ser un poderoso medio de expresión y resistencia. Desde los murales feministas en América Latina hasta las instalaciones de denuncia contra el cambio climático de artistas como Olafur Eliasson, artista dinamarqués, el arte comprometido está en el centro del debate.

Por su parte, el artista chino Ai Weiwei, conocido por su crítica a los abusos del gobierno chino, sostiene que “el arte tiene la responsabilidad de confrontar las injusticias”, además “el arte no puede alejarse de la política porque el arte es para la humanidad” y “el arte siempre tiene que estar en el contexto de la sociedad. El arte no puede ser independiente de los derechos humanos” (en obras como Remembering, 2009 y Law of the Journey, 2017). En contraste, el filósofo Jacques Rancière argumenta que “el arte es político por su capacidad de alterar las percepciones y abrir nuevas formas de pensar, incluso sin un mensaje explícito”. En su obra El reparto de lo sensible («Le Partage du sensible»), Rancière explora cómo el arte puede intervenir en la distribución de lo sensible, es decir, cómo organiza las percepciones, visibilidades y audibilidades dentro de la sociedad, alterando las formas en que entendemos el mundo y las relaciones de poder. Rancière argumenta que el arte, en su capacidad de reorganizar lo que se considera visible y audible, puede ser una forma de política, ya que cuestiona la manera en que las personas perciben la realidad y los roles asignados en la sociedad, sin necesidad de transmitir un mensaje político explícito.

Conclusión

Estos debates culturales reflejan tensiones fundamentales entre lo local y lo global, la tradición y la innovación, la sostenibilidad y el desarrollo. En un mundo donde la cultura es un campo de disputa y transformación constante, los pensadores y creadores contemporáneos desempeñan un papel crucial para ayudarnos a navegar por estos complejos dilemas. Al final, estas discusiones no solo nos permiten entender mejor el mundo en que vivimos, sino también imaginar el mundo que deseamos construir en el ya entrado siglo XXI.

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Mateo Giraldo B.
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*Investigador de la cultura con énfasis en acontecimientos emblemáticos de la historia y en la relación entre estética, ética y política.

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