
2025: Un año de contrastes culturales entre la IA, la movilización social, la agenda ambiental y los derechos culturales
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El 2025 dejó una huella en el panorama cultural global. Lo ocurrido en estos doce meses no solo marcó el pulso del presente, sino que delineó las tensiones que dominarán la agenda internacional en los años venideros.
El año 2025 se consolidó como un año de fuertes contrastes culturales, marcado por la expansión acelerada de la Inteligencia Artificial, la reactivación de grandes eventos artísticos y la creciente movilización social de las nuevas generaciones agitada y convocada por redes sociales. En medio de tensiones geopolíticas y crisis climáticas, la cultura se posicionó como un espacio de resistencia, innovación y debate público.
Al transitar los últimos meses del año, el hemisferio occidental dirige la mirada atrás para entender lo acontecido. Nos preguntamos por la novedad, lo que le deja este año a una persona, una familia, una nación, o a la humanidad como un todo. Arriban las preguntas sobre lo que vendrá y lo que se quiere realizar en adelante. La pregunta por los personajes del año y los acontecimientos distintivos entra en el radar y el pensamiento común. En conversaciones cotidianas, en reencuentros y en ponderaciones detenidas se recoge lo vivido —alegrías, anhelos, dolores, creaciones— como individuos y sociedades.
Los principales magazines de occidente, como The Economist, Forbes, Time, The New Yorker, Vogue, Wired y el MIT Technology Review, entre muchos otros a nivel regional, hacen un recuento de sus registros analíticos sobre lo acontecido y su relevancia para el presente, hechos que podrían dejar huella para la historia del mundo. Es aquí donde el papel del periodismo reemerge con fuerza como tamiz analítico y crítico riguroso de noticias que marcarán el rumbo de la humanidad, abriendo comprensiones sobre las transiciones y continuidades en las empresas, proyectos y procesos de las sociedades en el siglo XXI. El cierre del año es un buen editor sobre la realidad compartida, las promesas de futuro y las consolidaciones para el bienestar de la vida en el planeta Tierra.
Contexto sociopolítico de 2025
El 2025 está cerrando como uno de los años más turbulentos de la última década, marcado por una superposición de crisis políticas y transformaciones sociales profundas. El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca a comienzos de año reconfiguró el tablero internacional y avivó divisiones internas en Estados Unidos que, al ser potencia mundial, termina incidiendo en procesos culturales, políticos y económicos de naciones más pequeñas y dependientes. Conflictos como los de Gaza y Ucrania entraron en fases inciertas pese a los esfuerzos diplomáticos por encontrar un cese a la violencia armada y una posibilidad de paz sostenida. A ello se sumaron nuevas fricciones en el Caribe y el Pacífico, una guerra comercial global y un clima extremo que consolidó la sensación de que la emergencia ambiental ya forma parte de la vida cotidiana.
La elección de León XIV como primer papa estadounidense añadió un matiz inesperado al escenario religioso global, mientras la inteligencia artificial alcanzó niveles inéditos de inversión y controversia, alimentando temores de burbuja tecnológica y nuevos debates éticos. Incluso episodios aparentemente aislados, como el espectacular robo en el Louvre, contribuyeron a un clima de incertidumbre institucional.
En paralelo, el mundo vivió un ciclo de movilización social protagonizado por la Generación Z —nativos digitales que no conocen un mundo sin redes sociales—. En 2025, la movilización juvenil adquirió una dimensión verdaderamente global. En India, Indonesia y Filipinas, estudiantes universitarios bloquearon campus para exigir límites al uso gubernamental de sistemas de vigilancia basados en IA, impulsando el hashtag #FreeOurFuture. En África, la presión de jóvenes organizados desde Telegram provocó la caída del presidente de Madagascar tras semanas de huelgas, mientras protestas similares en Tanzania fueron reprimidas con dureza.
En Ciudad de México, decenas de miles de jóvenes organizaron marchas simultáneas contra el desempleo y el aumento del costo de vida, coordinadas por TikTok y Discord, con transmisiones en vivo que superaron el millón de espectadores. La ola de descontento se expresó también a través de un símbolo inesperado: la bandera pirata de One Piece, adoptada por manifestantes desde Buenos Aires hasta Nairobi como emblema común contra la corrupción y el autoritarismo. En Europa, activistas de entre 16 y 25 años protagonizaron nuevas movilizaciones climáticas (Letzte Generation o Fridays For Future) con bloqueos en Berlín, París y Ámsterdam, denunciando el retroceso de los compromisos ambientales.
En el terreno digital, a mediados de septiembre, miles de jóvenes en Estados Unidos, Europa, India, Brasil, Argentina e Indonesia coordinaron una huelga global de 48 horas apagando sus cuentas en redes y plataformas de streaming para protestar contra la precarización laboral y el uso no consentido de sus datos. La acción, coordinada en canales cifrados de Discord y Telegram, propuso un “apagón digital” global. El objetivo era demostrar que sin la participación activa de los jóvenes —el segmento más valioso para los algoritmos—, el modelo económico de estas empresas se tambalea. La campaña se viralizó bajo etiquetas como #OfflineForOurRights y #DataStrike, y logró sumar a millones de usuarios en más de cuarenta países.
Por otro lado, la cumbre Mondiacult 2025, organizada por la Unesco, reunió a ministros y representantes para impulsar políticas culturales feministas, interseccionales y orientadas a la justicia social. El encuentro reafirmó la cultura como motor de cooperación multilateral en un contexto global marcado por conflictos persistentes. La Unesco también destacó el crecimiento del empleo en industrias creativas y el aumento de sitios protegidos, reforzando la relación entre cultura y desarrollo sostenible.
En conjunto, 2025 expuso un mundo en aceleración permanente, donde política, tecnología, economía y clima se entrelazan en una red de desafíos que desborda las categorías tradicionales de análisis. Fue un año que obligó a gobiernos, empresas y sociedades a reaccionar en tiempo real ante crisis simultáneas, y dejó claro que el orden global está entrando en una fase de redefinición profunda que delineó las tensiones y oportunidades que dominarán la agenda internacional en los próximos años.

La IA como protagonista del cambio cultural
En 2025, el poder mundial ya no se mide únicamente en votos, ejércitos o reservas de petróleo. Según TIME, las figuras más influyentes del año son los “Arquitectos de la IA”, líderes tecnológicos cuya visión está reconfigurando la economía y la vida cotidiana. Al centro de esta transformación se encuentra Jensen Huang, cofundador de Nvidia, cuya empresa se ha convertido en la más valiosa del planeta gracias a su dominio en chips para inteligencia artificial. Su influencia se extiende desde Silicon Valley hasta la Casa Blanca, donde su voz pesa en debates estratégicos sobre competitividad y seguridad nacional.
La aceleración tecnológica ha dejado atrás las advertencias sobre riesgos existenciales. En su lugar, gobiernos y corporaciones compiten por desplegar modelos cada vez más potentes. ChatGPT supera los cientos de millones de usuarios semanales, mientras la IA escribe código, diseña fármacos, produce música y reorganiza industrias enteras. La promesa de productividad ilimitada convive con efectos secundarios inquietantes: desinformación masiva, manipulación emocional y un mercado laboral en tensión.
Estados Unidos ha abrazado esta carrera con una estrategia agresiva. El Gobierno impulsa megaproyectos como Stargate, un complejo de centros de datos valorado en cientos de miles de millones de dólares, y otorga contratos de defensa a OpenAI, Google, Anthropic y xAI. China responde con la misma intensidad: el lanzamiento de su modelo DeepSeek desató una ola de inversiones que busca integrar la IA en el 90% de su economía para 2030.
La infraestructura global se expande a un ritmo vertiginoso. Las grandes tecnológicas han invertido más de US$300.000 millones en nuevos centros de datos solo este año, alimentando temores de una burbuja financiera sin precedentes. Al mismo tiempo, robots humanoides fabricados en masa en China prometen transformar sectores enteros, desde la logística hasta la manufactura. En este escenario, la pregunta ya no es si la IA cambiará el mundo, sino quién la controla y con qué propósito. Los arquitectos de esta revolución se han convertido en actores geopolíticos de primer orden cuyo poder proviene de la infraestructura que sostiene la nueva economía global.
Las corporaciones clave en esta era digital son: Nvidia, AMD, TSMC y ASML como fabricantes de chips; Microsoft, Google, Oracle y Amazon como proveedores de computación, y OpenAI, Meta, Anthropic y xAI como creadores de modelos. El 2025 marca así un punto de inflexión: la inteligencia artificial deja de ser una promesa futurista para convertirse en el eje central del orden mundial.
Fractura de la agenda climática global
El 2025 quedará registrado como un punto de inflexión incómodo para la política climática internacional. A pesar de que el planeta vivió algunos de los eventos extremos más intensos —olas de calor abrasadoras e inundaciones devastadoras—, la respuesta política se volvió más fragmentada y contradictoria. La COP30, celebrada en Belém, simbolizó esta fractura. Lo que debía ser una cumbre histórica terminó sin mencionar los combustibles fósiles en su declaración final, un retroceso que reflejó la presión de los países productores y la incapacidad de alcanzar consensos mínimos frente a los intereses económicos inmediatos.
En Estados Unidos, el giro político fue determinante. La nueva administración desmontó buena parte de la arquitectura federal de apoyo a las energías limpias: se congelaron proyectos eólicos marinos, se recortaron incentivos a vehículos eléctricos y se cuestionó públicamente la ciencia climática. Sin embargo, la realidad económica introdujo matices inesperados. El auge de los centros de datos impulsados por inteligencia artificial disparó la demanda eléctrica, y las renovables —más baratas que nunca— siguieron expandiéndose. El resultado fue un estancamiento de las emisiones, pero no una reducción real.
Mientras tanto, China consolidó su papel como motor de la transición energética global. Sus exportaciones de tecnología solar crecieron de forma explosiva, abaratando la adopción de energías limpias en países en desarrollo. Aunque la cooperación internacional se debilitó, la economía global continuó empujando la descarbonización por inercia. Ante la acumulación de impactos, la adaptación ganó protagonismo. Gobiernos y ciudades comenzaron a invertir más en infraestructura resiliente y sistemas de planificación urbana para un clima extremo. Expertos coinciden en que esta tendencia será irreversible. 2025 no representó un retroceso absoluto, pero sí el fin de una acción climática guiada por grandes acuerdos multilaterales, emergiendo un escenario más caótico y pragmático donde la economía marca el ritmo de la transición.
El boom silencioso de la energía limpia que marcó 2025
En un año dominado por retrocesos políticos, paradójicamente la transición energética global sí tuvo avances localizados. Según portales como The Guardian y el New York Times, 2025 fue escenario de un “boom silencioso” de energías limpias, impulsado por la caída histórica de los costos solares y el liderazgo inesperado de países emergentes. A pesar de que las emisiones globales por combustibles fósiles alcanzarán un máximo histórico este año, la energía solar y la eólica superaron por primera vez al carbón en generación eléctrica a nivel mundial. Es un hito que refleja un cambio estructural: las renovables ya no dependen de la voluntad política, sino de su competitividad económica.
La energía solar se ha convertido en la protagonista. En muchos países, un panel cuesta alrededor de US$60, lo que permite una adopción masiva sin subsidios. El caso de Pakistán es emblemático: en junio, una cuarta parte de su electricidad provino de la energía solar gracias a inversiones descentralizadas de hogares y comercios. Europa también vivió un salto significativo. En junio de 2025, la energía solar se convirtió en la mayor fuente de electricidad de la Unión Europea, con países del este —Hungría, Polonia y Eslovaquia— creciendo incluso más rápidamente que las economías tradicionales del bloque.
China, por su parte, añadió el doble de capacidad solar que el resto del mundo combinado y podría alcanzar su pico de generación con carbón este mismo año. Incluso en Estados Unidos, la inminente expiración de créditos fiscales impulsó una carrera por instalar proyectos: entre enero y agosto, el 88% de la nueva capacidad eléctrica añadida fue renovable. Las proyecciones apuntan a que la capacidad global de energías limpias crecerá 11% en 2025, lo que acerca al mundo al objetivo de triplicar las renovables para 2030. La conclusión es clara: la transición energética avanza, a veces a pesar de la política, impulsada por una economía que ya ha elegido su futuro.
Conclusión
Entre avances tecnológicos, tensiones políticas y la movilización social reiterada, el 2025 dejó una huella en el panorama cultural global. La cultura se reafirmó como un espacio de disputa y construcción colectiva de formas de vida, mientras el mundo sigue enfrentando desafíos que ponen a prueba sus instituciones y su capacidad de adaptación al cambio demográfico, tecnológico y ecosistémico. Lo ocurrido en estos doce meses no solo marcó el pulso del presente, sino que delineó las tensiones que dominarán la agenda internacional en los años venideros.
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Acerca del autor
Mateo Giraldo B.
*Investigador de la cultura con énfasis en acontecimientos emblemáticos de la historia y en la relación entre estética, ética y política.
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