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Los relatos oficiales ocultan la realidad

Escrito por Roberto González
Roberto Gonzalez

La celebración del “Día de la Raza” se aproxima y con ella la oportunidad de reflexionar sobre la historia oficial y el ataque contra los monumentos*

Roberto González Arana**

Relatos oficiales

A menudo los monumentos representan escenas u objetos fundacionales, huellas del pasado con múltiples interpretaciones. De esta forma, la narrativa sobre los vencedores y las conmemoraciones ocultan la riqueza y heterogeneidad de los pueblos.

Fuimos educados bajo la historia oficial que celebraba cada 12 de octubre el Descubrimiento de América o el “Día de la Raza”. Pero hoy en día conmemoramos el Día de la Resistencia de los pueblos originarios. Bien sabemos hoy el concepto raza es una invención de los conquistadores para validar su dominación pues lo seres humanos construimos identidades y no tenemos razas.

Analizar nuestra historia partiendo de los patriotas, los héroes o los conquistadores es arrancar de un tajo parte de nuestro pasado. Las oleadas de protesta y derribo de estatuas en distintos lugares del mundo parecen ser un reclamo lógico de quienes históricamente quedaron por fuera de los relatos oficiales.

El historiador Rodolfo de Roux explicó cómo a través de la enseñanza de la historia patria conservamos e inmortalizamos la imagen mítica de los líderes de la independencia y de sus grandes gestas.

Bajo esta perspectiva heroica y tradicional no aparecen los subalternos: los indígenas y los afrodescendientes quedaron silenciados. En el Estado nación erigido después de la independencia, apenas algunos habitantes eran considerados ciudadanos y gozaban de derechos. Incluso en el momento de fundarse la República, la población negra únicamente podía acceder a la ciudadanía participando en los ejércitos libertadores.

Foto: Wikimedia Commons - Estatua de Sebastián de Belalcázar en Popayán, Cauca, que fue derribada por indígenas Misak.

Gobernar sin conocer la historia

Los gobernantes que erigieron estatuas como la de Sebastián de Belalcázar en Popayán seguramente nunca supieron de los crueles asesinatos ordenados por este conquistador, que subrayó Fray Bartolomé De las Casas. Y también olvidaron ubicar a los nativos de estos territorios junto a él para ilustrar la complejidad del pasado.

También tuvimos un presidente, Miguel Antonio Caro (1892-1898), que le agradeció a la madre patria por reconocernos como nación y se le ocurrió la brillante idea de donarle las 122 piezas que componen el Tesoro Quimbaya, el cual reposa todavía en el Museo de América ubicado en Madrid.

Ni qué decir de un alcalde de Cartagena que con motivo de la visita de un ilustre aristócrata inglés en años recientes puso una placa para homenajear a los ingleses, los mismos que sitiaron a Cartagena en 1741.

Carlos Pereyra explica por qué la historia es indispensable para atender las urgencias del presente; para afianzar, construir y recomponer la certeza de un sentido colectivo; para fundar las legitimidades del poder; y para imponer o negar la versión de los vencedores y rescatar la memoria de los vencidos.

El historiador francés Jacques Le Goff piensa que la memoria apunta a salvar el pasado para servir en el presente y el futuro. Por tanto, afirma que “se debe actuar de manera colectiva de modo que la memoria colectiva sirva a la liberación, y no a la servidumbre de los hombres”.

Las marcas de la historia

En la España franquista, la memoria fue deformada de manera sistemática. Esto fue fruto de una decisión política. El Estado se apoderó del espacio público, cambió los nombres de las calles y los pueblos. No se permitían conmemoraciones distintas de las oficiales y estas se instrumentalizaban políticamente.

La memoria franquista de la guerra civil era útil para la justificación histórica y moral del sistema vencedor de la guerra. La memoria impuesta por el franquismo se ilustra con varios ejemplos: la iconografía de Franco y la estética de la victoria del régimen, las novelas de guerra, las películas de propaganda o los noticieros.

En Rusia, Stalin desapareció la imagen de León Trotski. Más allá de su destierro y exilio, su imagen fue suprimida. Incluso fue asesinado en México para desaparecerlo por completo.

También en América Latina, los legendarios Pancho Villa, Emiliano Zapata, Augusto César Sandino, Guadalupe Salcedo y hasta el Che Guevara fueron ejecutados pese a que ya no portaban armas o no estaban en combate. Paradójicamente, algunos se convirtieron en símbolos de luchas nacionalistas en cada país.

David Rieff nos invita a intentar olvidar y superar el pasado para construir un mejor futuro. Esta tarea es difícil en Latinoamérica, donde la mayoría de los países conservan estereotipos sobre las minorías étnicas y un grupo mayoritario de la sociedad supone que está destinado a gobernar en favor de sus propios intereses.

Como sostienen Pérez y Riccardi, en Colombia persiste un racismo estructural que identifica el desorden urbanístico de la población afrodescendiente con atributos socioculturales de la raza. Muchas personas creen que a las comunidades afro les gusta vivir de esa manera: invadiendo ciénagas o en chabolas.

Ni qué decir de quienes creen que los indígenas o afrodescendientes piden mucho, se oponen al desarrollo del país por el romanticismo de conservar sus tierras y son muy atrasados porque mantienen sus tradiciones ancestrales.

Hace apenas quince años, en algunas de las viejas edificaciones coloniales del centro amurallado de Cartagena, aparecieron una serie de comunicados con un abierto contenido racista: “No queremos un alcalde negro en Cartagena”.

Según Néstor Canclini normalmente los ritos o celebraciones oficiales no aluden de forma abierta a los conflictos entre etnias, clases y grupos. La historia de las sociedades muestra que los ritos son dispositivos cuyo propósito deliberado es neutralizar la heterogeneidad, reproducir autoritariamente el orden y mantener las diferencias sociales.

De manera acertada, el antropólogo Weilder Guerra sostiene que los vencedores destruyen los monumentos levantados por los vencidos e instauran un nuevo orden social representado en nuevos símbolos, empleando a veces el mismo bronce ganado en batalla para fundir nuevas estatuas.

Foto: Archivo de Bogotá - ¿Cuál historia es la que queremos enseñar y a quiénes beneficia?

¿Qué celebrar?

En vez de ofrecer recompensas para castigar a los jóvenes indígenas que derribaron la estatua de De Belalcázar, deberíamos invertir más dinero en la educación de los jóvenes que conocen muy poco de nuestro pasado y creen desprevenidamente en las redes sociales.

Si queremos construir identidad, hay que adoptar un relato donde los monumentos, los cantos populares, las leyendas y los símbolos incluyan distintas miradas y aportes, puesto que por ahora apenas conocemos una historia oficial muy limitada.

Así, sabremos mejor qué celebrar y a quiénes debemos rendir homenaje. Sobre este tema, el historiador Raúl Román nos da luces sobre cómo se seleccionaron los bicentenarios desde el centro del país, olvidando que las independencias tuvieron lugar primero en las regiones hoy llamadas periféricas y no en el altiplano como nos lo enseñan los relatos oficiales.

*Este artículo hace parte de la alianza entre Razón Pública y la Universidad del Norte. Las opiniones son responsabilidad del autor.

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