
Voluntarias en campañas políticas: trabajo invisible, poder real
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Este artículo propone una mirada crítica y estratégica sobre el voluntariado femenino en campañas políticas. No para desalentarlo, sino para hacerlo más consciente, más justo y, sobre todo, más poderoso para quienes lo ejercen.
La participación de las mujeres como voluntarias en campañas políticas ha crecido de forma silenciosa pero sostenida en los últimos años. Inicialmente, eran las mujeres de zonas rurales y de barrios marginales de las ciudades, en general de bajos recursos económicos, las que eran atraídas a esas labores no remuneradas con algunas promesas de apoyo que, en la mayoría de los casos, no se cumplían, lo que generaba resentimiento, desconfianza y desilusión. Recientemente, más profesionales, mayoritariamente de clase media y alta, dedican horas —a veces meses— de trabajo no remunerado a candidaturas al Congreso, a la Presidencia y a otros cargos de elección popular. Este fenómeno, que podría leerse como una buena noticia para la democracia y la renovación del liderazgo político, encierra, sin embargo, tensiones profundas, dilemas éticos y una serie de asimetrías de poder que rara vez se discuten con la franqueza que merecen.
Este artículo propone una mirada crítica y estratégica sobre el voluntariado femenino en campañas políticas. No para desalentarlo, sino para hacerlo más consciente, más justo y, sobre todo, más poderoso para quienes lo ejercen.
El voluntariado como financiación en especie
Lo primero que suele pasarse por alto es que el voluntariado no es un acto neutro ni simbólico: es una forma concreta de financiación de la campaña. El trabajo voluntario tiene un valor económico que puede —y debería— calcularse en función del número de horas aportadas y del tipo de tareas realizadas. No es lo mismo repartir volantes durante un evento que diseñar una estrategia digital, administrar redes sociales, coordinar un call center, participar en grupos programáticos, apoyar la logística de actos públicos o encargarse de tareas administrativas complejas.
Desde esta perspectiva, quien hace voluntariado contribuye materialmente al éxito electoral de una candidatura, del mismo modo que quienes aportan dinero. La diferencia es que, mientras los aportes financieros suelen reconocerse explícitamente y generan expectativas claras, el trabajo voluntario —especialmente el realizado por mujeres— tiende a invisibilizarse, a naturalizarse como “ayuda” o “compromiso cívico”, sin un reconocimiento equivalente de su valor estratégico.
Intereses legítimos, aunque invisibilizados
Existe una narrativa dominante según la cual el voluntariado político debería ser desinteresado, casi altruista. Esta idea, aunque bienintencionada, resulta ingenua y funcional a relaciones de poder desiguales. Quienes financian campañas con dinero lo hacen porque tienen intereses: institucionales, económicos, gremiales o ideológicos. Esperan que, de llegar al cargo, el o la candidata proteja o impulse ciertas agendas.
Las personas voluntarias también tienen intereses, aunque sean personales, y estos son igualmente legítimos en un sistema democrático. El problema no es tener intereses; el problema es no reconocerlos, no nombrarlos y, sobre todo, no negociar desde una posición informada.
Muchas mujeres se suman a campañas sin una claridad estratégica sobre por qué lo hacen y qué esperan recibir a cambio. Esta falta de definición no es casual: responde a una socialización política y de género que ha enseñado a las mujeres a aportar trabajo, cuidado y lealtad sin preguntar demasiado por la reciprocidad.
El principio de la reciprocidad
En política —como en cualquier ámbito donde circula el poder— rige un principio básico: la reciprocidad. Nadie hace nada a cambio de nada. La clave está en entender que lo que se recibe no necesariamente está en la misma “moneda” que lo que se entrega.
Una mujer puede aportar su tiempo repartiendo volantes, organizando eventos o gestionando bases de datos, y recibir, a cambio, algo que no es dinero, pero sí poder: acceso directo a la candidata o al candidato, información privilegiada, contactos y capacidad de incidencia. Ese acceso puede traducirse en sentirse escuchada, en poder proponer temas para proyectos de ley, en abrir canales de comunicación directa que no están disponibles para el público en general.
El problema surge cuando ese intercambio es implícito, difuso o desigual. Cuando el acceso prometido nunca llega, o cuando se asume que el trabajo femenino no requiere devolución porque “ya es bastante” con participar.
La palabra clave: acceso
Si hay una palabra que sintetiza la motivación central para participar en una campaña política, esa palabra es el acceso. Acceso a espacios de decisión, a información, a redes, a oportunidades. El acceso es la moneda más valiosa en la política contemporánea.
Ese acceso puede tomar múltiples formas:
- Proponer temas para proyectos de ley o iniciativas normativas.
- Señalar funcionarios sobre los cuales debería ejercerse control político, y aportar argumentos e información para ello.
- Obtener información y acceso a los procesos de contratación estatal, ya sea para personas, empresas o productos.
- Lograr que una hoja de vida llegue a manos de los decisores públicos, abriendo la puerta a contratos de prestación de servicios o incluso a cargos de libre nombramiento y remoción.
Las campañas políticas están atravesadas por intereses de todo tipo. Las empresas cerveceras, por ejemplo, financian campañas para evitar que prosperen proyectos de ley que incrementen los impuestos sobre sus productos. Las empresas privadas buscan ser incluidas en los registros de proveedores de las entidades públicas para participar en licitaciones o contrataciones directas.
A nivel individual, muchas personas esperan que su participación en una campaña facilite el acceso a un empleo en el sector público o a contratos específicos.
Algunos de estos objetivos pueden resultar moralmente ambiguos, pero todos existen y forman parte del ecosistema real de la política. Negarlos no los hace desaparecer, solo deja a quienes no los reconocen en una posición de desventaja. Nada de esto es ajeno a la política real. La pregunta no es si estos intereses existen, sino quién tiene la capacidad de articularlos de manera transparente y estratégica.

Mujeres, trabajo político y desigualdad
Aquí es donde la dimensión de género se vuelve central. Las mujeres suelen concentrarse en tareas operativas, de cuidado y de sostenimiento de la campaña: organización, logística, comunicación, contención emocional. Tareas fundamentales, pero pocas veces asociadas al poder formal o a la toma de decisiones estratégicas.
Con frecuencia, los espacios donde se definen listas, alianzas, prioridades legislativas o nombramientos siguen estando copados por hombres, incluso cuando gran parte del trabajo que sostiene la campaña es realizado por mujeres voluntarias.
Sin una reflexión consciente, el voluntariado femenino corre el riesgo de reproducir en la política las mismas desigualdades que existen en otros ámbitos: mucho trabajo, poco reconocimiento; mucha entrega, poco poder.
Pensarse estratégicamente antes de entrar
Antes de comprometer su tiempo y su energía en una campaña, toda persona —y en particular las mujeres— debería hacerse algunas preguntas básicas:
- ¿Cuál es mi propósito estratégico al participar en esta campaña?
- ¿Qué tipo de trabajo voy a aportar y cuál es su valor real?
- ¿Qué espero recibir a cambio, en términos de acceso, incidencia o aprendizaje?
- ¿Existen acuerdos explícitos o implícitos sobre esa reciprocidad?
Responder estas preguntas no convierte el voluntariado en una transacción cínica, lo convierte en una práctica política adulta. Reconocer el propio valor es una condición necesaria para ejercer poder.
Hacia un voluntariado más consciente y transformador
La creciente participación de las mujeres como voluntarias en campañas políticas es, sin duda, una oportunidad. Puede contribuir a renovar agendas, a introducir temas históricamente relegados y a construir liderazgos más diversos. Por ejemplo, grupos feministas podrían involucrarse activamente para impulsar audiencias de control político contra funcionarios acusados de acoso sexual. También pueden obtener oportunidades valiosas, como:
- Acceder a redes de contacto y alianzas con otras mujeres y con actores políticos, lo que puede abrir puertas a futuras colaboraciones o postulaciones.
- Contribuir a la elaboración de propuestas políticas que respondan a las necesidades y preocupaciones de las mujeres e influyan directamente en la agenda del partido o movimiento.
- Participar en procesos de toma de decisiones, lo que permite disputar espacios tradicionalmente ocupados por los hombres.
- Aprender sobre estrategias de comunicación política y de movilización social, herramientas útiles tanto en el ámbito político como en otros sectores profesionales.
- Obtener reconocimiento público y visibilidad por el trabajo realizado, lo cual puede fortalecer el perfil profesional y social de cada voluntaria.
Pero para que esa promesa se materialice, es indispensable abandonar la idea del voluntariado como un sacrificio silencioso.
El reto está en transformar el trabajo voluntario en una plataforma de aprendizaje, de incidencia y de acceso real al poder. Esto implica nombrar los intereses, exigir reciprocidad y disputar los espacios de decisión. Solo así el voluntariado dejará de ser trabajo invisible y se convertirá en una herramienta efectiva de transformación política y democrática.
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Acerca del autor
Isabel Londoño Polo
*EdM PhD Harvard University, Directora Ejecutiva, Fundación Mujeres por Colombia, coach integral
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