Presidentas y vicepresidentas en América Latina: cuando llegar no basta y gobernar cuesta
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Presidentas y vicepresidentas en América Latina: cuando llegar no basta y gobernar cuesta

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América Latina tenido más mujeres en el Ejecutivo que cualquier otra región. Sin embargo, muchas llegaron en crisis, con poder limitado y bajo escrutinio extremo. El problema ya no es el acceso, sino las condiciones para gobernar.

Venezuela como punto de partida

América Latina atraviesa en 2026 una coyuntura política especialmente delicada. 

En Venezuela, tras la detención del presidente Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses —resultado de una operación militar en Caracas el 3 de enero—, la vicepresidenta Delcy Rodríguez fue juramentada como presidenta interina, en medio de una disputa de legitimidad y fuertes presiones internacionales y domésticas.

Mientras tanto, la oposición, encabezada por María Corina Machado—Premio Nobel de la Paz 2025—, rechazó el mandato de Rodríguez y reclamó la conducción del país hacia una transición democrática legítima. Para sorpresa de muchos, ha quedado relegada en los arreglos ejecutivos que siguieron a la operación militar.  

América Latina se ha convertido, casi sin proponérselo, en un laboratorio político del liderazgo femenino en el Ejecutivo. Desde Isabel Perón en los años setenta hasta Claudia Sheinbaum hoy, la región ha contado con un número significativo de presidentas y vicepresidentas. 

Sin embargo, el balance —si se mira con rigor— es incómodo: las mujeres llegaron, pero no siempre han gobernado con poder pleno; han ocupado cargos decisivos, pero muchas veces en contextos de crisis, transición o tutela política. A lo que se suma que su impacto en las vidas de las mujeres de los países que han gobernado y, en general, del continente, no ha sido contundente y, en algunos casos, ha sido totalmente imperceptible. 

Este episodio venezolano sirve para abrir un debate más profundo: ¿cuál es el verdadero poder político de las mujeres que ocupan las presidencias y vicepresidencias en la región? ¿Hasta qué punto su liderazgo impulsa agendas transformadoras para las mujeres y la igualdad de género, o bien se convierte en una bandera coyuntural sin efectos estructurales reales?

Presidentas: entre el mandato propio y la excepcionalidad

Las pioneras y el peso del contexto

La primera presidenta del mundo fue latinoamericana: Isabel Perón (Argentina, 1974–1976). Su mandato, lejos de inaugurar una era, quedó marcado por la violencia política, la crisis económica y un golpe militar. No fue “la primera de muchas”, sino una excepción en un sistema que no estaba preparado para una mujer al mando. 

Algo similar ocurrió con Lidia Gueiler (Bolivia, 1979–1980), presidenta interina durante un periodo de inestabilidad crónica. 

Ambas inauguraron una constante regional: las mujeres suelen llegar en los momentos límite.

Presidentas con proyecto propio

El ciclo cambia en el siglo XXI. Michelle Bachelet (Chile, 2006–2010 y 2014–2018) rompió el molde: dos mandatos, legitimidad electoral y una agenda que combinó política social, institucionalidad de género y liderazgo internacional. Bachelet mostró que una mujer podía gobernar sin pedir permiso, aunque incluso ella enfrentó fuertes resistencias cuando intentó reformas estructurales.

En Brasil, Dilma Rousseff (2011–2016) llegó con poder real, pero terminó destituida en un impeachment jurídicamente válido y políticamente controvertido. El mensaje fue claro y brutal: el margen de error para una presidenta es menor. La tolerancia política se agota antes.

En Argentina, Cristina Fernández de Kirchner (2007–2015) ejerció un liderazgo fuerte y polarizante, con control territorial y narrativa propia. Pero incluso ella terminó su ciclo enfrentando un desgaste que luego la llevó a replegarse a la vicepresidencia, un movimiento táctico que dice mucho sobre cómo se reconfigura el poder femenino. Y en 2025 llegó la sentencia por corrupción que, por estos días, la convierte en una nueva víctima del sistema, papel que ella aprovecha al máximo. 

Presidentas por sucesión

Dina Boluarte (Perú, desde 2022) es un ejemplo paradigmático: primera mujer presidenta del país, sí, pero sin capital político propio, atrapada entre un Congreso hostil y protestas masivas. Llegó por sucesión constitucional, no por mandato popular directo, y gobernó con una legitimidad permanentemente cuestionada.

Dina y Delcy fueron ungidas al poder presidencial por las mismas fuerzas que depusieron a los presidentes en ejercicio, y esas fuerzas mantienen un control total sobre ellas, de modo que su margen de maniobra político y ejecutivo se ve severamente reducido. 

Un punto de inflexión

Hoy, Claudia Sheinbaum (México, desde 2024) representa algo distinto: llegó a reemplazar a su mentor, López Obrador, quien había gobernado durante dos periodos con ella a su lado. Ese periodo de formación le permitió llegar con votos, partido, continuidad y agenda. Su presidencia marca un punto de inflexión porque no es excepcional ni interina: es resultado de un proceso político consolidado y de reglas de paridad que abrieron el camino. Su mandato ha sido suave pero firme, sin escándalos y con posiciones claras, tanto frente a lo interno como a lo externo, pese a que su país navega por un periodo complejo y difícil, bajo la mira de un vecino agresivo. 

Foto: Radio Nacional de Colombia En Colombia, Marta Lucía Ramírez (2018–2022) y Francia Márquez (desde 2022) muestran dos modelos distintos.

Vicepresidentas: poder delegado, poder condicionado

Vicepresidentas como antesala (o salida)

Antesala o salida

Si las presidencias femeninas son pocas, las vicepresidencias son más numerosas. Pero ahí aparece otra trampa.

Varias mujeres han sido vicepresidentas antes de llegar a la presidencia: Isabel Perón, Cristina Fernández, Rosalía Arteaga (vicepresidenta y presidenta interina en 1997) y Dina Boluarte.  La vicepresidencia funcionó como puente institucional, pero casi siempre en contextos de crisis.

Vicepresidentas con agenda propia

En Colombia, Marta Lucía Ramírez (2018–2022) y Francia Márquez (desde 2022) muestran dos modelos distintos: una vicepresidencia clásica, alineada con el poder económico y de seguridad; y otra cargada de simbolismo social, étnico y ambiental. Ambas revelan la tensión central del cargo: representar no es lo mismo que decidir.

En Argentina, Victoria Villarruel (desde 2023) encarna una paradoja provocadora: una mujer en la vicepresidencia que impulsa una agenda abiertamente antifeminista. Su caso rompe el automatismo entre el liderazgo femenino y la agenda de derechos de las mujeres. Ser mujer en el poder no garantiza políticas para las mujeres.

El caso extremo: Nicaragua y Venezuela

Rosario Murillo, actual copresidenta de Nicaragua junto a Daniel Ortega, es uno de los ejemplos más singulares y polémicos de liderazgo femenino en la región. Su llegada al poder no obedece a una agenda de igualdad ni a un proceso democrático de paridad, sino que se ha cimentado mediante reformas constitucionales y cambios institucionales que han concentrado el mando en la familia Ortega-Murillo. Murillo ha logrado influir de forma decisiva en el Estado, la comunicación oficial y la movilización política, pero este poder no ha significado un avance en derechos para las mujeres ni en el fortalecimiento democrático; más bien, ha coincidido con un recrudecimiento autoritario, el cierre de espacios cívicos y una persecución constante de la oposición, incluidas mujeres líderes sociales y políticas. Su figura pone de relieve una cuestión esencial para el análisis: la presencia de una mujer en lo más alto del poder no implica necesariamente liderazgo feminista ni progreso en la agenda de género, y puede, de hecho, convertirse en un recurso simbólico para legitimar proyectos restrictivos de derechos y libertades.

En Venezuela, Delcy Rodríguez (desde 2018) ha sido una de las vicepresidentas más poderosas de la región en términos formales, pero dentro de un régimen hiperpresidencialista donde el poder real se concentra en una cúpula y se disuelve en un número excesivo de miembros de la cúpula militar: más de 2.000 generales. Su figura contrasta con la de María Corina Machado, líder opositora sin cargo ejecutivo, pero con un enorme capital político y simbólico, tanto dentro como fuera del país. Venezuela muestra el límite más crudo: el poder femenino puede existir tanto dentro como fuera del Estado, y no siempre el cargo define la influencia real.

 ¿Qué ha pasado con la agenda de las mujeres?

Los datos duros obligan a bajar el tono épico. Según la CEPAL, América Latina sigue registrando más de 3.800 feminicidios al año. La presencia de mujeres en presidencias o vicepresidencias no ha sido suficiente para revertir esa tendencia estructural.

Ha habido avances claros:

  • Paridad política (México como caso emblemático).
  • Derechos reproductivos (Argentina y la “marea verde”).
  • Institucionalización de políticas de género (Chile, Colombia).

Pero también ha habido retrocesos:

  • Desmantelamiento institucional en Argentina desde 2024.
  • Presupuestos recortados de políticas de igualdad en varios países.
  • Retroceso cultural y político que utiliza la agenda de género como chivo expiatorio electoral.

La conclusión es incómoda pero necesaria: el liderazgo femenino no vacuna contra el retroceso, y muchas conquistas dependen más de movimientos sociales organizados que de quién ocupe el despacho presidencial.

El patrón que se repite

Mirando a todas las presidentas y vicepresidentas latinoamericanas, el patrón es claro:

  1. Las mujeres llegan más en crisis que en bonanza.
  2. Su legitimidad es más cuestionada y su margen de maniobra es más estrecho.
  3. Se les exigen resultados morales (reducir la violencia, “hacer política distinta”) además de los técnicos.
  4. Cuando fallan, el costo simbólico es mayor: el error se feminiza.

Conclusión: la provocación necesaria

América Latina puede decir que ha tenido muchas mujeres en el Ejecutivo. Lo que no puede afirmar con la misma tranquilidad es que les ha permitido gobernar en igualdad de condiciones ni que su presencia haya sido sustancial para mejorar la calidad de vida de las mujeres de la región. 

La verdadera pregunta para el próximo ciclo no es cuántas mujeres llegan a la presidencia o a la vicepresidencia, sino cuántas llegan con poder real, presupuesto, control político y tiempo. Y cuántas llegan con una agenda clara y expresa de políticas y programas para las mujeres, y con una voluntad política firme de implementarla. Porque mientras el liderazgo femenino siga siendo excepcional, condicionado o simbólico, la igualdad seguirá siendo una promesa más que una transformación.

Las mujeres ya demostraron que pueden gobernar. Ahora les toca a los sistemas políticos latinoamericanos demostrar que están dispuestos a dejarlas hacerlo.

Acerca del autor

Isabel Londoño Polo
IsaLondono@razonpublica.org |  + posts

*EdM PhD Harvard University, Directora Ejecutiva, Fundación Mujeres por Colombia, coach integral

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Isabel Londoño Polo

*EdM PhD Harvard University, Directora Ejecutiva, Fundación Mujeres por Colombia, coach integral

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