Del “Otoño del Patriarca” a las raíces ocultas del autoritarismo moderno
Foto: BibloRed

Cuando el miedo vota: las raíces ocultas del autoritarismo moderno

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Resulta fundamental analizar las raíces profundas del autoritarismo, no solo como un fenómeno histórico o literario, sino como una realidad viva que continúa moldeando las dinámicas sociopolíticas en América Latina.

En el contexto del 13.º Festival Gabo celebrado en este mes en Bogotá, la conmemoración de los cincuenta años de “El otoño del patriarca”, de Gabriel García Márquez, no solo fue un tributo literario, sino también una invitación a reflexionar sobre el poder, la soledad y los ecos del autoritarismo en América Latina y más allá. Como se abordó en el podcast Afondo, de María Jimena Duzán, que reunió a periodistas provenientes de siete países marcados por regímenes autoritarios, la obra de García Márquez sigue resonando en la experiencia cotidiana de quienes ejercen el periodismo bajo presión, censura o vigilancia. 

Por ello, resulta fundamental analizar las raíces profundas del autoritarismo, no solo como un fenómeno histórico o literario, sino como una realidad viva que continúa moldeando las dinámicas sociopolíticas en América Latina. Comprender sus raíces permite desentrañar cómo el miedo colectivo, la nostalgia por el orden y la búsqueda de soluciones inmediatas ante la crisis abren la puerta a discursos y figuras que prometen estabilidad a cualquier costo.

Si no se analizan críticamente estos procesos y sus antecedentes, el riesgo es que las sociedades latinoamericanas repitan ciclos de concentración de poder y erosión democrática legitimados por el voto y alimentados por la ansiedad de la época. Reflexionar hoy sobre el autoritarismo es, en suma, anticiparse a las amenazas del mañana y fortalecer la capacidad colectiva de defender modelos pluralistas e inclusivos frente a la tentación de la mano dura.

Especialmente si se tiene en cuenta que, en las democracias modernas, el sufragio se ha convertido en una herramienta paradójica: puede usarse para consolidar libertades o para legitimar su erosión. Desde Estados Unidos hasta El Salvador, desde Hungría hasta India, el ascenso electoral de líderes autoritarios plantea una pregunta urgente: ¿Por qué votamos por quienes amenazan la democracia?

La respuesta no está en la irracionalidad de los votantes, sino en la lógica emocional de un mundo que parece estar al borde del colapso. Detrás de cada voto autoritario hay un cúmulo de miedos, frustraciones y esperanzas rotas que encuentran en el “hombre fuerte” una promesa de restauración.

El refugio en el orden

En tiempos de incertidumbre —económica, cultural o sanitaria—, la ansiedad colectiva se traduce en un deseo profundo de orden. El caos impulsa a muchos a elegir no al más moderado, sino al más radical. Lo vemos en dos geografías bien distantes: en el fenómeno de Nayib Bukele en El Salvador, quien, con una mezcla de populismo digital y militarización del discurso, ha capitalizado el miedo al crimen y la desconfianza institucional para concentrar el poder. También en India, con similares características. 

En su reelección de 2024 —pese a las advertencias de organismos internacionales sobre la inconstitucionalidad del proceso—, Bukele arrasó en las urnas. Para millones de salvadoreños, su figura encarna no una amenaza, sino una respuesta: contra las pandillas, contra la corrupción, contra el abandono.

Lo mismo sucede, en clave distinta, en la India de Narendra Modi. Su narrativa nacionalista hindú, que margina a las minorías musulmanas, ha sido validada por las urnas una y otra vez. ¿Por qué? Porque muchos votantes lo ven como el guardián de una identidad nacional amenazada por la globalización, el secularismo y las élites liberales.

Personalidades autoritarias, sociedades vulnerables

La psicología política ha identificado patrones consistentes. La llamada “personalidad autoritaria” —definida por la preferencia por el orden, la obediencia, la conformidad y el castigo a la diferencia— se activa en momentos de crisis. En ese marco, la democracia liberal, con su deliberación, diversidad y tolerancia al conflicto, puede parecer débil.

Cuando el sistema falla, la oferta autoritaria no necesita ser sofisticada. Basta con que sea clara. En Estados Unidos, Donald Trump continúa liderando el Partido Republicano con un mensaje de confrontación, nostalgia y negacionismo institucional. A pesar de sus múltiples procesos judiciales, su base permanece firme. Para ellos, no importa tanto su apego a la verdad, sino su promesa de “recuperar” una nación supuestamente perdida.

El fenómeno Trump no es una anomalía estadounidense. Es una manifestación contemporánea del atractivo que ejerce el “hombre fuerte” (strongman) en tiempos de fractura social. Su discurso no busca convencer con datos, sino activar emociones: miedo, orgullo, resentimiento.

La economía como detonante

La inseguridad económica también alimenta el voto autoritario. En Argentina, la victoria de Javier Milei en 2023 fue interpretada por algunos como una irrupción libertaria, pero en realidad también responde a una lógica autoritaria: concentración del poder en una figura mesiánica, desprecio por los contrapesos institucionales y la promesa de una revolución total —no solo económica, sino moral—.

En un país agotado por la inflación y la corrupción, Milei canalizó la rabia ciudadana. Su estilo confrontacional, su desdén por la “casta política” y su discurso disruptivo calaron hondo. Lo votaron no solo los convencidos, sino también los hartos. Y eso es clave: el voto autoritario muchas veces no es ideológico, sino existencial.

La misma lógica se observa en Turquía, donde Recep Tayyip Erdoğan ha usado los altibajos económicos para justificar su consolidación del poder. Con una inflación desbordada y una lira inestable, muchos turcos siguen respaldando su liderazgo como el único capaz de sostener el país frente al abismo.

Foto: Wikimedia Commons

Polarización e identidad

El autoritarismo también se nutre de la polarización. En sociedades donde la política se vive como un enfrentamiento entre el bien y el mal, el adversario deja de ser legítimo y se convierte en una amenaza existencial. En ese escenario, el líder fuerte ofrece protección frente al “otro” —sea un inmigrante, un disidente o una minoría.

En Brasil, Jair Bolsonaro supo explotar esa lógica con una narrativa de “patriotas contra comunistas”. Aunque perdió en 2022, dejó una huella profunda: millones de brasileños siguen considerando que la izquierda representa una amenaza civilizatoria y no una opción política válida. El asalto a los edificios gubernamentales en enero de 2023 fue una muestra alarmante de cómo la retórica polarizante puede alimentar la violencia real.

En México, el presidente Andrés Manuel López Obrador consolidó su poder mediante una narrativa plebeya que divide el país entre “el pueblo bueno” y “la mafia del poder”. Aunque su estilo es distinto al de Bolsonaro, su relación tensa con la prensa, los organismos autónomos y el Poder Judicial revela una misma tendencia: debilitar los contrapesos democráticos en nombre de una legitimidad superior, la del “mandato popular”.

El descrédito institucional

Pero nada de esto sería posible sin un ingrediente clave: la desconfianza. Cuando las instituciones no funcionan —cuando los tribunales son lentos, los partidos son opacos y los medios parecen sesgados—, el ciudadano deja de creer en las reglas. Y en ese vacío, florece el autoritario.

En Europa del Este, Viktor Orbán ha convertido a Hungría en el laboratorio del autoritarismo competitivo. Usando su mayoría legislativa, ha reformado la justicia, cooptado los medios y reescrito las reglas electorales. Todo dentro de la legalidad formal, pero erosionando la sustancia democrática. ¿El resultado? Una sociedad donde la oposición existe, pero difícilmente puede competir en igualdad de condiciones.

Algo similar ha ocurrido en Nicaragua, donde Daniel Ortega ha eliminado toda competencia real a través de detenciones, exilios y el control total de los poderes del Estado. Su régimen, que alguna vez se presentó como revolucionario y popular, se ha convertido en una dictadura clásica, sostenida por el miedo y la represión.

La exclusión como estrategia

El autoritarismo florece en espacios donde solo una forma de pensamiento es considerada “adecuada”. Para lograr esto hay que excluir otras formas de pensar/sentir, generadas por diferente sexo, orientación sexual, orientación religiosa, origen regional, etc. 

La eliminación de las mujeres del espacio político y el silenciamiento de sus voces, sus opiniones, sus formas de ejercer el poder y de relacionarse con la ciudadanía, así como la eliminación de otras personas “diferentes” a la imagen masculina del espacio patriarcal, es también útil para la proliferación del autoritarismo. 

Invisibilizar a las mujeres líderes, como a Dilma Rusoff en Brasil, y juzgarlas/condenarlas por delitos reales o inventados les ha resultado útil. Delitos cometidos también por hombres que gracias al “teflón” (impunidad) que reciben de la cultura patriarcal, se siguen admirando y poniendo como ejemplo, como es el caso de Antanas Mockus, quien fue sancionado y relevado de su cargo en el Congreso debido a violaciones al régimen de inhabilidades

 El relato como arma

El autoritarismo no se impone solo con fuerza. Se impone, sobre todo, con relato. Los líderes autoritarios son maestros de la narrativa: presentan al país como una víctima, al líder como un redentor y a sus opositores como traidores. Sus discursos simplifican lo complejo, niegan los matices y dividen el mundo en dos bandos.

La retórica apocalíptica —“si no gano, el país se acaba”— no es una exageración casual: es una estrategia. Crea un sentido de urgencia, moviliza emocionalmente y desactiva el pensamiento crítico. Cuando todo parece estar en juego, las reglas se vuelven prescindibles.

Las redes sociales amplifican este fenómeno. Lo emocional viaja más rápido que lo racional. La desinformación circula más que el análisis. Y los algoritmos refuerzan las burbujas, aislando a los ciudadanos en ecosistemas donde solo escuchan lo que ya piensan.

¿Cómo se resiste?

La defensa de la democracia no puede depender únicamente de tecnócratas, jueces o constitucionalistas. Debe ser, también, una causa emocional. No basta con advertir sobre los riesgos: hay que construir esperanza.

Eso implica renovar el contrato social. Reducir la desigualdad. Recuperar la credibilidad institucional. Invertir en educación cívica. Pero también requiere líderes democráticos que inspiren, que comuniquen con claridad y que conecten con los anhelos de la gente.

Porque el voto autoritario no es solo una amenaza: es un síntoma. Una señal de que algo no está funcionando. Ignorarlo, ridiculizarlo o minimizarlo solo lo fortalece.

Democracia o certidumbre

Al final, la pregunta no es solo por qué alguien vota por un autoritario, sino qué alternativas tiene. En muchos contextos, el autoritarismo ofrece certidumbre donde la democracia ha fallado en ofrecer justicia. Esa es su gran ventaja.

Para contrarrestarlo, no basta con defender la democracia como un procedimiento. Hay que recuperarla como una promesa. Una que garantice derechos, reduzca el miedo y devuelva dignidad.

Porque si el miedo vota, es deber de la democracia ofrecer razones para no hacerlo.

Le recomendamos: Las vías jurídicas al autoritarismo

Acerca del autor

Isabel Londoño Polo
IsaLondono@razonpublica.org |  + posts

*EdM PhD Harvard University, Directora Ejecutiva, Fundación Mujeres por Colombia, coach integral

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Isabel Londoño Polo

*EdM PhD Harvard University, Directora Ejecutiva, Fundación Mujeres por Colombia, coach integral

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