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La contra-historia de Colombia

Escrito por Bernardo Congote
Bernardo Congote

Bernardo CongoteAl lado de la historia oficial y acartonada de los conquistadores, hay otra historia –la de los conquistados- que también tiene derecho a ser contada.

Bernardo Congote*

"Debes leer"

Alberto Casas es uno de los decanos del periodismo local. Oferente hace unos días del Premio Planeta de Periodismo 2010, su discurso apareció recortado en el "debes leer" que se sigue imponiendo importado desde España[1].

El estropicio condujo al lector a esforzarse para entender qué dijo Casas en el evento citado. ¿El balance? Una mezcla de historicismo copiado del Hermano Justo Ramón, de preguntas entresacadas por Casas, se supone, del libro de la premiada, María Isabel Rueda, y una coletilla donde el periódico le atribuye al orador otras digresiones que, se supone, deberíamos leer.

El asunto produce algunos afanes. Ofreciendo el premio de una casa editorial española, Casas aparece en el periódico que patrocina esa misma casa, ante el público, censurado y, hasta de pronto, tergiversado; ante los donantes, reclinado profundo frente la hispanidad colonial, presentando una versión de historia que, cuando menos, despierta pena ajena y, cuando más, obliga a encender alarmas; y, frente a la historia, arriesgando reeditar una versión rosa impropia de un bicentenario teñido de sangre.

La historia correcta

Las cartillas escolares son, para mal general, dueñas de la "historia correcta". Por eso van a las escuelas. Para normalizar y disciplinar evitando el surgimiento de diferencias. Nunca estuvieron inspiradas, por tanto, en la frescura que trae "… el discurso de quienes no poseen la gloria… y ahora se encuentran… en la oscuridad y el silencio"[2].

 Virtud que, por supuesto, no posee el discurso de Casas. Presentarnos, cinco siglos después y bajo epítetos gloriosos pro hispánicos, como haber sido entonces un "… reino con derechos y deberes semejantes a los otros que constituían el Imperio (español)", obliga al lector avisado a no caer en la sorpresa.

Desconocer de un tajo el poder dominante de los hispanizados "Sistemas Integradores Claves", que redujeron a menos que humanos a los naturales de esta América, por lo menos peca por petición de principio histórico[3].

Una estrategia encomendero-hacendística que sembró el autoritarismo violento como sinónimo de autoridad; que les enseñó a los caciques a traicionar a sus tribus convirtiéndose en recaudadores de impuestos del encomendero; y que, de la cómplice mano de la Iglesia usufructuaria del estropicio, bendijo la explotación de la fuerza de trabajo, la expropiación a saco de inmensos territorios y el principio de que, para crecer socialmente, convenía doblegarse con absoluta sumisión.

Este es apenas un magro resumen del fortín colonial impuesto por España entre nosotros, de cuyo lastre socio político todavía no nos hemos podido zafar. Para la muestra, el discurso de Casas.

Y la contra-historia

Es cierto que el derecho a exponer la "historia correcta"  es tan inalienable como su contrario, razón por la cual aquí no se trata de descalificar per se el discurso acrítico que presentó Casas igual a como se oye por doquiera, sino de proponer que, en paralelo, salga a flote una vertiente crítica histórica.

Precisamente para evitar que la pregunta de Casas acerca de si "… los colombianos tenemos una idea clara de lo que hemos sido", pueda responderse con cierta ponderación antes de hacerlo echándole sal a la misma herida que presenta como saludable una historia que, a la Foucault, ocupa lugar de privilegio en los "saberes sometidos".

No puede ser ponderada sólo la historia correcta, la de los vencedores, los curas, encomenderos y hacendados que, se dice, forjaron luego algo llamado "independencia" y afincaron eso que llamamos "república".

Es conveniente también expresar con rigor el discurso histórico de los explotados, sometidos y adoctrinados por la férula hispano católica.  Una historia que devele lo precario de nuestra República, sumida entre tensiones coloniales no superadas con el lastre de sufrir la guerra más prolongadas de la modernidad[4]. Sacar de madre este discurso crítico, tendría entre sus beneficios "… que los elementos que desde el lado del poder son derecho… aparezcan como abuso, exacción desde el momento en que nos colocamos en el lado opuesto"[5] ¡Por fin!

Historia (y nación) trastocadas

El discurso correcto de lo colombiano pretende dar a luz una historia sin Conquista ni Colonia, para reducirla a un cortejo de cortesanos aventurando por América. Si ello no bastara, reduciéndola a una historia que se lleva lo precolombino entre los cuernos hacia lugares secundarios frente a las supuestas afinidades que teníamos y conservamos con España.

Las mismas que, al decir de Casas, "… culturalmente (nos hacen) más occidentales" intentando mostrar ese occidentalismo como virtud cuando, de facto, habría sido uno de nuestros peores defectos. Cargando con el lastre colonial, ha sido muy occidental, catolizado e hispánico nuestro discurrir por dos siglos de precario republicanismo signado por la violencia. Occidental por heredero de todo lo cruzado, inquisidor, depredador, racista e inspirador de la guerra[6]. Occidental por ignorante de Oriente, por desconocer los valores que surgieron de Mesopotamia, Sumeria y Egipto antes de Grecia y Roma e, incluso, durante la "civilización cristiana"[7].

Occidentalismo que nos hace cínicamente aptos para ignorar nuestras falencias. Tanto así que el que se autodenomina "el país más feliz del mundo", durante la segunda mitad del siglo XIX sufrió una asonada o guerra civil cada uno y medio años[8].

Al filo de los siglos XIX al XX padeció una guerra civil que cobró tantos muertos como en proporción los tendría la Primera Guerra Mundial. Y hasta 1960, según cuentas de Bushnell, cargó con el peso de un conflicto violento cada cuatro y medio años[9].

Eso sí, faltando por contabilizar los muertos de nuestra quinta o enésima violencia brotada desde los sesentas del XX hasta nuestros días ¡Fenomenal occidentalismo este!

Los saberes sometidos

De esta forma manipulada por nuestra xenófila intelligentsia criolla, a Colombia le urge declarar su propia "insurrección de los saberes sometidos". Sacar a flote "… contenidos históricos… sepultados, enmascarados…. o sistematizados", observando en el indígena esclavizado, en el Don traicionero, en el doctrinero que bendice y se enriquece con el estropicio, en el encomendero ausente, en el desempleado informal o en el desplazado, "… contenidos históricos (que permitan) recuperar el clivaje de los enfrentamientos y las luchas que (aquellos ordenamientos sistematizados) tienen por meta, justamente, enmascarar"[10].

Por ello es que no se pueden dejar pasar impunes las intentonas que, al estilo de los Casas, intentan recrear historias correctas que nos reducen a esclavos rindiéndoles culto a sus cadeneros.  Intentonas muy propias del reducto criollo que, aún hoy, ha tenido como privilegio ciertos saberes que tienen por efecto agudizar el sometimiento esclavo y aumentar el ingreso de los señores.

  • Saberes dentro de los cuales o, a título de los cuales, hierve una historia que debería  empezar a contarse en los salones donde se cuecen las habas de nuestra criollada, tan occidental ella. Saberes que preguntarían por el derroche que significó no abrir ojos los descubridores a la tradición de los nativos americanos.
  • Saberes que preguntarían por lo que ha significado terminar como cola de león de las decadencias occidentales que nos llegaron pegadas de la Espada y la Cruz.
  • Saberes que cuestionarían por haber abandonado las herencias Azteca, Maya, Incaica o Muisca y, de paso, por el desperdicio en que habría incurrido la misma España ignorando los avances artesanales, orfebres, geográficos y astronómicos de América, en lugar de convertir estas tierras en efímero botín de guerra. Elección que, entre otras, bien le pudo evitar la resaca de pobreza que le sobrevino luego de la borrachera del descubrimiento[11].
  • ¿Qué sería esa historia?

    "… una serie de hechos en bruto… proliferación de una raza, debilidad de otra;… una serie de contingencias: derrotas, victorias, fracasos o éxitos de las rebeliones, triunfo o revés de las conjuras o las alianzas; por último, un haz de elementos psicológicos y morales (coraje, miedo, desprecio, odio, olvido…)"[12].

    Un camino mediante el cual a partir de cualquier reunión, de cualquier discurso, de cualquier premiación, quedaran al desnudo nuestros espacios vacíos, nuestras trampas, nuestros mesías. Camino gracias al cual fuéramos capaces de destapar nuestras peores ollas. Gracias al cual desgarráramos y lanzáramos al fuego nuestros malolientes trajes interiores.

    Un camino dialéctico que permitiera enseñarles a nuestros hijos, antes que la historia correcta que, a su vez, nos enseñaron los doctrineros, la de los retículos por entre los cuales se puede comprender que este orden caótico que nos consume en medio de la guerra permanente es susceptible de ser subvertido

    Acaballados en la historia correcta se ha impuesto una racionalidad oficial. Una manera correcta de ver las cosas desde la óptica del privilegio, no del derecho; desde la captura de rentas, no de la formación de plusvalores; desde la invasión armada de tierras, no del desarrollo de factores de producción; desde el exterminio de cuerpos y almas enemigas, no de la matanza de la fuente de nación que es el ser humano.

    Mecanismos que hasta ahora han logrado que "… la guerra, en apariencia, se calle, para conservar o invertir las relaciones de fuerza" [13], presentando como exitoso, por ejemplo, el estruendoso estropicio de la colonización o el silbido de las balas que destruyen a unos colombianos de la mano de otros al tiempo que se persigue a quienes denuncian el atropello.

    Habiéndose desarrollado entre nosotros, como lo muestran los Casas en cualquier evento social, una "… racionalidad… abstracta… ligada a la fragilidad y la ilusión, y también a la artimaña y a la maldad de quienes (han conseguido) por el momento la victoria…"[14].

    El discurso de la guerra perpetua

    No hemos aprendido de los valores sembrados por el curato catolizado, el mejor mecanismo de solución a la guerra que emprender la siguiente. Pero, presas de una subvaloración del sujeto como digno de autodesprecio, pecador y culpable, victimario y víctima que le rinde culto al ritual suicida de un crucificado, el colombiano ha encontrado en el odio y la venganza una solución también suicida: ¡más odio y más venganza!

    Razones por las cuales, antes de exterminarnos, antes de que nuestras cuentas lleguen a cero, conviene poner en tela de juicio el discurso de la guerra perpetua, de modo que "… no (sea) sólo la triste invención de algunos intelectuales… mantenidos a raya durante mucho tiempo… (sino un discurso que una)… un saber que (sea) a veces el de los aristócratas a la deriva, las grandes pulsiones míticas y… el (del) ardor de las revanchas populares"[15]/[16].

    No se trata, por tanto, de sustituir un error por otro. La insurrección de los saberes sometidos conviene que articule todos los discursos. Conviene que lea con cuidado la versión de los aristócratas a la deriva junto con las pulsiones míticas que hemos asimilado de la leche catolizada.

    Ambas, explicativas de por qué cada colombiano nace en medio de un ánimo revanchista que, de muerto en muerto y de bendición en bendición, convierte al contrabando, al narcotráfico, al rentismo, al paramilitarismo agrarista, a la parapolítica corrupta, a la insurgencia estomacal o a la manipulación financiera, en nuestro modo preferido para construir destruyendo.

    Casi toda la historia

    No es casual, por tanto, que el estropicio que se puede sacar a luz por entre las rejillas de un coctel, haya ocurrido precisamente celebrando el premio que se le otorga a la autora de un libro que llama: "Casi toda la verdad". En este orden de ideas, sin duda que la galardonada aparece más ponderada que el oferente del premio.

    Sobreponiéndose a los saberes sometidos, habría tenido ella la sindéresis de escribir sobre casi toda la verdad sabiendo que el resto no está en su poder sino, como aquí se sugiere, que se cuece por dentro de las inmensas redes que constituyen una nacionalidad compleja que se presenta simplona sólo para manipularla.

    Resto de verdad que no la tienen ni los más connotados periodistas, ni los más connotados políticos, ni los más connotados de los connotados porque, por ejemplo, un buen número de ellos ha caído víctima de las balas que se cruzan a diario en nuestra guerra permanente. Esta ha sido casi toda la verdad.

    * Maestría Ciencia Política. Economista. Investigador socio político independiente.

    Notas de pie de página


    [1] Casas, Alberto. 2010. "Verdad, justicia y periodismo", El Tiempo, 15 de noviembre de 2010, Debes leer, Pág. 13. (Ofrenda del Premio de Periodismo Planeta a María Isabel Rueda por su libro "Casi toda la verdad").

    [2] Foucault, Michel: "Defender la sociedad." Editorial Fondo de Cultura Económica, México. 2ª reimpresión. 2001. Pág. 72.

    [3] Guillén, Fernando: "El poder político en Colombia." Editorial Planeta, Bogotá. 1969.

    [4] Contabilizada sólo a partir de 1960, la guerra interna colombiana es la más larga hasta ahora vivida en el mundo con base en un registro tomado desde 1860. (Hebert et.al., 2010. "Más inteligencia para matar más". Le monde diplomatique/edición Colombia, octubre de 2010. Págs 26,27. (www.eldiplo.info).

    [5] Foucault, Op. Cit. Pág. 71.

    [6] "Contamos 25 (conflictos) antes de 1939 y 115 desde 1945". (Hebert, Op. Cit.).

    [7] No es cualquiera la referencia que indica la existencia entre los árabes de hospitales siquiátricos en Fez, Bagdad (la "terrorista") y El Cairo, 12 y 7 siglos antes de que en Europa se empezara a sacar a los locos de ser maltratados en las prisiones o echados a vagar en barcos por el Rhin y el Danubio (Foucault, Michel:"Historia de la locura en la época clásica." Ed. FCE, México. Vol I. 2000. Págs. 187, 194, entre otras).

    [8] Correa, Fernando, 1996, "Republicanismo y reforma constitucional.1891-1910", Editorial U. de Antioquia, Medellín, 1ª. Edición.

    [9] Bushnell, David, 2000, "Colombia una nación a pesar de sí misma", Planeta, Bogotá.

    [10] Ídem: 21. Notas entre paréntesis mias.

    [11] Puiggros, Rodolfo, 1989, "La España que conquistó el (sic) Nuevo Mundo". Editorial Ancora, Bogotá.

    [12] Foucault, Op.Cit, Pág. 59. Nota entre paréntesis mía.

    [13] Ídem. Págs. 59,60.

    [14] Ídem. Pág. 60. Nota entre paréntesis mía.

    [15] Ídem. Pág. 62. Notas entre paréntesis mías.

    [16] Zuleta, Estanislao: Colombia: "Violencia, Democracia y Derechos Humanos. Sobre la guerra." Editorial Fundación Estanislao Zuleta / Hombre Nuevo Editores. Medellín. 2003. 3ª Edición.

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