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El caudillismo mesiánico: ¿una herencia religiosa?

Escrito por Bernardo Congote
bernando congote

bernando congoteLos valores y las prácticas de la Iglesia Católica son incompatibles con la democracia y esto puede contribuir a entender la sin salida política de América Latina.

Bernardo Congote *

En un texto anterior de Razón Pública aventuré la hipótesis de que la ola reeleccionista que recorre a la América Latina pudiera entenderse como producto del resurgir de una patología narcisista-destructiva entre los presidentes. Profundizando en esta arista cultural del problema, propongo ahora que el síndrome latinoamericano esté asociado además con una cultura religiosa de corte mesiánico que impediría el cultivo de la democracia, induciendo a estas sociedades a caer una y otra vez en manos de los demagogos.

Democracia versus Mesianismo

Mientras que la democracia es una forma armónica y nada simple de hacer política en el mundo, el mesianismo religioso entrena sujetos aptos, se dice, para "gozar en el otro mundo". Esta circunstancia contribuye a explicar algunos de los problemas políticos que enfrentan sociedades como las hispano-catolizadas, sumidas recurrentemente en caudillismos antidemocráticos, debido a que la "necesidad de redención" que agobia el alma del creyente religioso podría lesionar sus habilidades ciudadanas para la política, haciéndole proclive a todo tipo de salvacionismos[1].

Cuando el ser humano se compara con los demás en un plano de igualdad, puede aceptar sus imperfecciones como algo propio de su condición y, por tanto, perdonar y ser perdonado aplacando así la necesidad de ser salvado o de salvar a otros[2]. Pero el creyente catolizado, al compararse con un Dios que concibe como un ser perfecto e inmune a cualquier fragilidad, encuentra que su devoción religiosa le impide perdonarse y perdonar cualquier imperfección por lo que, mirándose en su propio espejo, al decir de Nietzsche "… su ser le parece unas veces turbio […] y otras desfigurado". Un "dios perfecto" que se le vende, además, como capaz de un altruismo puro que induce a construir desprendimientos absolutos que, por inhumanos e improbables, llevan al fracaso los proyectos del creyente pues le impiden mantener relaciones humanas constructivas[3]. Éste sería apenas un esbozo del ciudadano latinoamericano que el mesianismo religioso habría mal entrenado para hacer política, guiado por la Espada y la Cruz desde el siglo XV.

¿Quién se lucra del mesianismo?

Llama la atención que la proclividad del sujeto catolizado hacia el altruismo absoluto haya sido diseñada por seres humanos en absoluto altruistas. Arropados bajo el estandarte del Estado Vaticano, un perfecto aparato político, sus miembros se han arrogado el poder de custodiar la fantasía de ese que llaman "Dios único y verdadero", sembrando en el rebaño la idea de que el pecado, la culpa, el martirio y la exclusión son, en primer lugar, valores y, por tanto, herramientas socialmente útiles. Sólo que a la hora del balance, estos presuntos valores muestran como beneficiario exclusivo a un aparato romano dotado de tentáculos supranacionales y de sólidos mecanismos políticos, económicos, educativos y militares, cuya prosperidad y sostenibilidad están asociadas en buena parte con la influencia que ejercen sobre sociedades fracasadas, como lo han sido la mayoría de las latinoamericanas en la modernidad[4].

La muy próspera "Iglesia de los pobres"

En el aparato de poder vaticano se cuecen las habas del privilegio sociopolítico y la riqueza, al tiempo que la masa de sus fieles se hunde en las simas del maltrato y la desposesión. Mientras que sus purpurados ejercen gran poder relativo en América Latina diciendo que rechazan todo privilegio, se los preservan todos para sí mediante Concordatos negociados país por país, precisamente desde el siglo XIX cuando la región intentaba romper sus ataduras coloniales[5].

De esta forma su prédica como aparato "en defensa de los pobres" no resiste el menor análisis y, al tiempo, explica la grave contradicción política que padece el rebaño católico. En Aparecida (Brasil), el mundo escuchó a Benedicto XVI en 2007 recordando que "… la raíz teológica de la opción preferencial por el pobre […], implícita en la fe cristológica, en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza", insistiendo en el estribillo según el cual "la Iglesia es abogada de la justicia y de los pobres". En el mismo sentido, la declaración cardenalicia de Aparecida, propuso "La opción preferencial por los pobres es uno de los rasgos que marcan la fisonomía de la Iglesia Latinoamericana y caribeña […] de modo que todo lo que tenga que ver con Cristo tiene que ver con los pobres"[6].

Pero no es gratuito que la Iglesia Católica haya sembrado esta dialéctica sobre todo en América Latina y en algunas zonas de África, sin que pasados cinco siglos de inoculación de estos valores presuntamente "mesiánicos" pueda mostrar que haya contribuido a lograr algún avance hacia el progreso; al contrario, buena parte de estas sociedades lo único que han logrado consolidar ha sido la pobreza acompañada del ejercicio violento de la política[7]. Lo que permite inferir, sin temor a errar gravemente, que la pobreza es un comodín político del Vaticano que, por una parte, le abre espacios para el ejercicio directo o indirecto de la política partidista, y por la otra le sirve para mantener complicidades con los ricos, más acá, para mantener acuerdos miserabilistas con los pobres y, al final, le resulta útil para conservar su visibilidad mediante una que llama "pastoral de paz" que durante más de dos décadas de montaje en Colombia, por ejemplo, no ha servido para resolver el conflicto político más prolongado de la modernidad occidental.

El creyente termina enredado en su propio ombligo

Estos hechos inducirían la paradoja de que su "defensa de los pobres" consista para el Vaticano, ante todo, en la tarea de conservarles como tales. Resulta claro que en la medida en que hay más depresión social, sus templos y cajas de limosna se inundan de desesperados, de modo que esa institución se hace próspera gracias al aumento de la desesperanza colectiva[8]. Para evitar divagaciones, obliga precisar que en medio de su discurso por los pobres su aparato económico funge como uno de los más sólidos terratenientes y agentes financieros en varios países de la región, Colombia entre ellos, y que en medio de su discurso por la democracia su aparato político diplomático global oculta audazmente que el Vaticano es un régimen autoritario que excluye tajantemente a la democracia de la forma y el fondo de sus prácticas organizacionales[9].

Lo anterior puede contribuir a explicar por qué el ciudadano catolizado enfrenta tal grado de problemas a la hora de construir Estado o Sociedad sobre la base de paradigmas democráticos. Los ciudadanos catolizados están fracturados dentro de sí mismos, no sólo porque individualmente deben vivir como humanos porque "no pueden ser dioses" sino porque su aparato visible de poder, el Estado Vaticano, prospera como un ente privilegiado que dice atacar los privilegios, enriquecido que dice defender a los pobres y autoritario que dice promover lo democrático.

No resultaría por tanto casual que la catolicidad latinoamericana apareciera recurrentemente inhabilitada para construir relaciones sociales equitativas, engarzados como están sus miembros entre su necesidad patológica de ser salvados para vivir en otro mundo y su obligación presente de resolver armónicamente las relaciones interpersonales o internacionales, haciendo fácticamente inviables ambos proyectos.

El autoritarismo como plan político

Lo grave es que no hay solución de continuidad entre el ciudadano hechizado por esta contradictoria patología mesiánica y la llamada "solución autoritaria". La conciencia autoritaria del individuo ha sido caracterizada como "… la voz de una autoridad externa interiorizada, los padres, el Estado, o cualesquiera que sean las autoridades de una cultura dada" [10]. Esta conciencia se traduce en individuos proclives a recibir y propinar castigos; a aceptar la desigualdad entre gobernante y gobernado; a castigar la creatividad en la sociedad generando culpabilidad y un profundo sentido de sumisión porque, autoritariamente hablando, el potente es culpable mientras el impotente, virtuoso[11].

Para colmar los males, esa deformación haría del sujeto así degradado, uno dotado de tendencias irrefrenables al ejercicio de la violencia contra el prójimo como la mejor manera de hacer política, objetivo para el cual busca en el caudillo mesiánico al ejecutor de sueños destructores que, al final, terminan masacrando a las masas que deseaban ser salvadas[12]. Fromm complementa este argumento proponiendo que el individuo de carácter autoritario "desarrolla cierta cantidad de sadismo y destructividad -dado que- la conciencia autoritaria se nutre de la destructividad contra (sí), bajo el disfraz de virtud" y, más adelante, que "… las fuerzas destructoras de la vida se manifiestan en los individuos en razón inversa a las fuerzas propulsoras (castradas como resultan en ambientes autoritarios)" [13]/[14]/[15].

¿Y cuál es la solución? ¡El caudillismo destructor!

Sumido en estas tensiones el creyente catolizado, tal como se ha probado en buena parte de América Latina, enfrenta graves limitaciones para entrar en sintonía con un modelo social de tanta sensibilidad como el democrático. Ello explica que su salida para resolver esas tensiones consista en apoyar a demagogos enajenados que le muestren que el mejor camino de la política es el caudillismo autoritario, de manera que la  enfermedad acaba convertida en medicina.

El caudillo suele engañar a los miembros del rebaño prometiendo una sociedad mejor a condición de incumplir las leyes o de dificultar las transacciones, el diálogo o la construcción de relaciones incluyentes. Con otras palabras, el caudillo, frecuentemente afectado de una propia patología narciso-destructiva, habría encontrado en las masas catolizadas de América Latina el rebaño ideal para perfeccionar el modelo enajenado de sociedad que es alimentado por su enfermedad narcisista. En este modelo, caudillo y rebaño le apuestan a la fantasía de que basta con que haya una sola opinión política sin importar que desaparezcan los partidos, basta con que exista una voz sin importar el exterminio de la oposición minoritaria, basta con que haya una sola fuente de autoridad sin importar que ella arrastre al fracaso a las instituciones, o que basta con que el poder militar esté controlado por un salvador, sin importar que sus órdenes lleven a masacrar a la población civil sin distingo entre los hombres de bien y los delincuentes.

¿Esperando las peras del olmo?

En los albores del siglo XXI América Latina catolizada continuaría atada a la misma red de valores coloniales que le habría impedido formar parte activa del concierto de las naciones civilizadas. Ello contribuiría a explicar, entre otros fenómenos, ya no sólo el caudillismo narcisista que encarna y reencarna en la región desde el siglo XIX, sino la resistencia que en estos lares le oponen las mayorías ciudadanas al funcionamiento del modelo democrático de sociedad, fenómeno confirmado por encuestas que, de país en país, muestran que para resolver los problemas económicos el latinoamericano (catolizado) prefiere "menos democracia" a cambio de más desarrollo.

Sólo que con esto se ha quedado sin democracia, sin desarrollo y eligiendo más autoritarismo violento como salida, efecto para lo cual elige y re-elige caudillos narcisistas para que la salven de la trampa mesiánica que éstos mismos han armado para desgracia colectiva.

* Magíster en Ciencia Política, Economista, Investigador socio político independiente. 

  Notas de pie de página


[1] CONGOTE, Bernardo, 2003. "Cultura autoritaria, impermeabilidad política y ‘cultura de la violencia'. El caso de Colombia", en Revista de Estudios Sociojurídicos. Ed. Universidad del Rosario, Bogotá. Pág. 276-307.

[2] CIORAN, Emile, 1997. "Genealogía del fanatismo" en Breviario de podredumbre. Ed. Taurus, México. Pág. 27-31.

[3] NIETZSCHE, Friedrich, 1993. "Humano, demasiado humano". Ed. M.E. Editores. España. Pág. 103 y 104.

[4] Tomando como ejemplo a 2006, el Banco Mundial calculó que la Unión Europea, con una población de 317 millones, generó un PIB de 10.600 billones de dólares, mientras que, en el mismo año, América Latina y el Caribe, con 562 millones de habitantes, generó uno de 2.964 billones de dólares. En otras palabras, nuestra región que cuenta con una población 44 por ciento mayor, produjo en 2006 sólo el 28 por ciento del PIB europeo. Datos tomados de www.worldbank.org/data

[5] CONGOTE, Bernardo, 2005. "Laicismo y religión política". En Le monde diplomatique/el dipló, Abril 2005. Pág. 12-14. Y también: 2005, "Religión en Colombia. ¿Una invasora de la política?".En Le monde diplomatique/el dipló, Marzo 2005. Pág. 30-31.

[6] Benedicto XVI, 2007. "En esperanza fuimos salvados".  Documentos de la Iglesia, Ediciones Paulinas. Bogotá. Nº 171.

[7] Fenómeno que no sorprendía ya en el siglo XVII a Max Weber, de lo que da buena cuenta su trabajo, 2003. "La ética protestante y el espíritu del capitalismo", Ed. Distal. Buenos Aires.

[8] CONGOTE, Bernardo, 2008. "La pobreza: ¿comodín político del Vaticano?". Le monde diplomatique / el dipló. Edición Colombia.  Nro.: 73,  Noviembre 2008. Disponible en:  www.eldiplo.info.

[9] El tema ha sido desarrollado a espacio por el autor en su tesis magistral: "Anatomía religiosa de la guerra". Departamento de Ciencia Política Universidad de los Andes. Bogotá. 2004.

[10] FROMM, Erich, 1969. "Ética y sicoanálisis". Fondo de Cultura Económica. México. Pág. 161 y 163. 

[11] Ibid., Pág. 164. Y NIETZSCHE, Op. cit., 1994. Otro de cuyos apartes reza: "Ser consciente de la propia impotencia, despreciarse a sí mismo, hallarse bajo el peso […] de la propia iniquidad y perversidad, son (autoritariamente hablando) las señales de la virtud" en el cristianismo.

[12] FOUCAULT, Michel, 1997. "Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones". Ed. Alianza. Madrid. 3ª reimpresión, Pág. 33.

[13] CONGOTE, Op. Cit. Pág. 276 a 307.

[14] FROMM, Op. cit., Pág. 165 y 233 (Notas entre paréntesis del autor de este artículo).

[15] Esta hipótesis se puede probar documentada, entre otros, en el catecismo de la Iglesia Católica que en 1992 ratificó, entre otras, la idea medioeval de que la verdad es revelada al hombre desde fuera de él. Precepto que resulta contrario a toda ética humanista, pero favorable a toda modalidad autocrática de poder. CONFERENCIA Episcopal Colombiana, 1992. "Catecismo de la Iglesia católica". Ed. Librería Editrice Vaticana. Pág.  41, 319, 332, 381 y 541, entre otras. (Existe amplio soporte argumental al tema en Fromm, op. cit., Pág. 26 y siguientes. Ver también: CONGOTE, 2008. "La pobreza: ¿comodín político del Vaticano?" Op. cit.)

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