El Santísimo de Santander: despropósito o inversión - Razón Pública

El Santísimo de Santander: despropósito o inversión

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​​​A medio camino entre la promoción del turismo, los argumentos serios y los menos serios sobre Estado, religión y cultura, la construcción de un gigantesco Cristo ha despertado una polémica sin precedentes. Quien tiene la razón?

William Mauricio Beltrán*

Un polémico proyecto

Actualmente la Gobernación de Santander construye un eco-parque para consolidar a ese departamento como uno de los principales destinos turísticos del país. El proyecto es a todas luces ambicioso y, entre sus múltiples atracciones, incluye hotel, zoológico, teleférico y zonas comerciales.

Hasta aquí todo parece positivo: una inversión que promete crear empleo y atraer desarrollo a la región. Sin embargo, un componente del proyecto ha desatado la polémica: el principal atractivo del parque es un enorme Cristo de cerca de 40 metros de altura que se ha bautizado como “El Santísimo” y que ya se ensambla en una de las montañas más altas del municipio de Floridablanca.

La Gobernación ha destinado más de 40.000 millones de pesos a este proyecto, que ha sido objeto de diversas críticas y de una demanda interpuesta por un “grupo de ciudadanos” descontentos con el mal uso de esos cuantiosos recursos, quienes agregan  que construir un Cristo con recursos del gobierno “viola el carácter laico del Estado”.

El fallo afirma que el Estado puede promocionar este tipo de proyectos si estos, además de incluir contenidos religiosos, contienen una clara “manifestación cultural”.

La defensa de la Gobernación, consciente de que el monumento pertenece al imaginario religioso católico, y que esto es impropio en un Estado no confesional, esgrimió argumentos que pueden ser interpretados como excepcionalmente creativos o simplemente absurdos.

Por ejemplo, afirmó que el monumento que se erige en Floridablanca y que representa a “un hombre joven, barbado y envuelto en una túnica” no es un Cristo, sino una “figura etérea, única y de igual manera universal para todos los credos y pensamientos” y que en su diseño se buscó integrar “iconografía cristiana, budista, hinduista, pagana, egipcia y prehispánica”.

Añadió que el apelativo “santísimo” no busca evocar un contenido religioso, “sino que es una contracción de “sant” por Santander” a la que se le añadió el superlativo “ísimo”. Es decir, no debe asumirse que este monumento representa a la figura más sagrada del cristianismo, sino que es un símbolo del “gran Santander

En días recientes, un juzgado de Bucaramanga falló a favor de la Gobernación de Santander, no sin antes aclarar que “no es necesario hacer demasiadas disquisiciones para concluir, como acertadamente lo hace la parte activa, que la obra objeto de controversia es la efigie de un Cristo”.

Sin embargo, el fallo afirma que el Estado puede promocionar este tipo de proyectos si estos, además de incluir contenidos religiosos, contienen una clara “manifestación cultural”; y cita como ejemplos el papel de los gobiernos en el sostenimiento de “las fiestas de San Pedro en Huila y de San Agustín en Quibdó o la exaltación de catedrales religiosas”

El fallo será apelado, y por lo tanto la historia no ha terminado. Mientras tanto, este episodio merece la pregunta: ¿es legítimo que un Estado no confesional (como se supone es el Estado colombiano) invierta dineros públicos en la construcción de símbolos religiosos?


La Basílica de Chiquinquirá en Boyacá.
Foto: Carlos Caicedo

Religión y dineros públicos

Muchos símbolos religiosos, como monumentos y edificios, y también patrimonio intangible, como fiestas y tradiciones, hacen parte de la riqueza cultural de cualquier sociedad.

En el caso de Colombia, algunos monumentos y edificios religiosos hacen parte del patrimonio cultural e histórico. Además de los símbolos precolombinos que nos recuerdan nuestras raíces indígenas, se destacan los símbolos católicos.

Invertir en la conservación de este patrimonio cultural es una de las responsabilidades de los gobiernos de turno. Sin embargo, esto es muy diferente de admitir que los gobiernos tengan libertad para invertir sus recursos en la construcción de nuevos monumentos religiosos.

Desde la Constitución de 1991, la nación colombiana se reconoce como “multicultural”, lo cual implica que el Estado debe garantizar el mismo trato a cada una de esas culturas vale decir, reconocerles los mismos derechos, privilegios y oportunidades.

Así, en una nación como la colombiana, que es cada vez más diversa y que parece apostar por un modelo pluralista, la construcción de cualquier símbolo religioso con dineros públicos supone un trato preferencial por parte del Estado para el sector de la población que se reconoce o identifica con este símbolo, lo que a su vez significa una forma de menosprecio o discriminación hacia otros sectores y sus símbolos sagrados.

Los gobiernos, tanto el central como los locales, pueden y deben invertir en el cuidado y la conservación del patrimonio cultural de su región, lo cual incluye participar en el cuidado de monumentos religiosos, iglesias y catedrales que ostenten este reconocimiento.

Pero, al mismo tiempo, no favorece al pluralismo y la diversidad cultural que los gobiernos participen en la construcción de nuevos símbolos religiosos, independientemente de la tradición que estos representen.

Teniendo en cuenta los vacíos que existen al respecto en el ordenamiento jurídico colombiano, parece pertinente que los legisladores lo incluyan en su agenda.


Parque arqueológico de San Agustín en el
departamento del Huila.
Foto: Guillermo Vasquez

Religión y turismo

Sin embargo, el Cerro del Santísimo se vislumbra también como un proyecto turístico exitoso y rentable, y como una oportunidad económica para la región. Veamos algunos de los argumentos que permiten apresurar este juicio.

Los lugares sagrados de peregrinación y romería han sido siempre espacios privilegiados para el turismo y el comercio. En el mundo los ejemplos son innumerables. El listado de lugares sagrados cuyas economías dependen del turismo de peregrinos y fieles está liderado por ciudades “sagradas” como Roma, La Meca y Jerusalén. Son asimismo célebres Lourdes, Compostela y Medina.

En América Latina el listado de lugares de peregrinación que atraen a millones de turistas incluye la Basílica consagrada a la Virgen de Guadalupe en ciudad de México y el Cristo Negro de Portobelo, en la provincia de Colón, Panamá.

También en Colombia un número significativo de lugares sagrados de peregrinación y de culto mueven las economías locales; entre ellos se destacan los santuarios de la Virgen de Chiquinquirá, de Nuestra Señora de las Lajas (en Ipiales, Nariño), de Nuestra Señora de la Salud (en Bojacá, Cundinamarca), del Señor de los Milagros (en Buga), del Señor de Monserrate (en Bogotá), y de San Judas Tadeo en Medellín, para mencionar  solo algunos.

Incluso los congresos anuales que celebran en Bogotá megaiglesias pentecostales, como la Misión Carismática Internacional y el Centro Mundial de Avivamiento, atraen miles de turistas provenientes de todas las regiones del país y de todos los confines del planeta, y con ellos multitudinarios recursos para la hotelería y el comercio de la capital.

Teniendo en cuenta que el 70 por ciento de los colombianos se reconocen como católicos, y que además otro 20 por ciento se ubica en alguna iglesia o confesión cristiana (vale señalar, sin embargo, que la mayoría de los nuevos movimientos cristianos rechaza la veneración a imágenes) el turismo colombiano al Cerro del Santísimo se vislumbra prometedor.

En una nación como la colombiana, que es cada vez más diversa y que parece apostar por un modelo pluralista, la construcción de cualquier símbolo religioso con dineros públicos supone un trato preferencial por parte del Estado.

El hecho de que un gobierno destine recursos económicos para la construcción de monumentos merece con frecuencia la crítica de diversos sectores que consideran que estos recursos estarían mejor invertidos en infraestructura, salud y educación.

Sin embargo, en términos eminentemente económicos la inversión parece justificada cuando se observan los beneficios en el mediano o largo plazo. Por ejemplo, un monumento completamente laico como la torre Eiffel fue objeto de todo tipo de críticas a lo largo de su construcción y parecía estar destinada a ser desmontada en unos pocos años, pero hoy es el monumento más visitado del mundo y el más representativo de París.

Volviendo a los símbolos religiosos, con el paso de los años, y superadas las controversias y los problemas legales, estos también tienden a consolidarse como un patrimonio cultural de la región donde se erigen y en una fuente de identidad para sus habitantes, independientemente de la filiación o convicción religiosa de estos últimos.

A estos beneficios simbólicos se suma a las riquezas económicas que atraen a la región. Un ejemplo notable es el Cristo Redentor o Cristo de Corcovado en Rio de Janeiro (Brasil).

Así, y considerando especialmente los beneficios económicos, parece justificable que el gobierno de Santander busque aprovechar los sentimientos religiosos de la mayoría de los colombianos para atraer recursos, generar empleo y fomentar el turismo en la región.
 

*​Profesor de Sociología de la Universidad Nacional de Colombia.

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