La canonización de Juan Pablo II y Juan XXIII: política y espectáculo - Razón Pública

La canonización de Juan Pablo II y Juan XXIII: política y espectáculo

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Mauricio Beltran Iglesia

La reciente canonización de dos papas de la Iglesia Católica también trajo múltiples beneficios para el Vaticano y para el papa Francisco. ¿Cuáles son las motivaciones terrenales detrás de esta decisión “celestial”?

William Mauricio Beltrán*

El poder de la fe

Para los no creyentes y para la mayoría de nuestros contemporáneos, el ritual de canonización de Juan Pablo II y Juan XXIII pareció anacrónico y difícil de entender.

Sin embargo, como lo mostró su poder de convocatoria, este rito es bastante importante para buena parte de la población mundial, especialmente para los “católicos por convicción” o “católicos practicantes”. Aunque es difícil calcularlo con precisión, no es arriesgado afirmar que se trata de varios cientos de millones de personas en todo el planeta.

¿Por qué este rito es tan importante para los católicos? ¿Qué papel cumple la canonización de estos dos papas en la gestión del actual pontífice? ¿Cómo se explica el poder de convocatoria de este rito? A continuación trataré de esbozar algunas hipótesis para responder estas preguntas.


Muchas voces señalan a Juan Pablo II de evitar el
avance de la Teología de la Liberación, y de
negligencia en los casos de pedofilia.
Foto: Iman1138

Misterio y magia

La importancia de este ritual no radica, en mi opinión, en el reconocimiento que le otorgan los teólogos y jerarcas católicos a la gestión de dos papas, sino en su poder para alimentar la dimensión mágica que caracteriza al catolicismo en su expresión popular.

Entre la variedad de corrientes que integran la Iglesia Católica, el catolicismo “popular” es la más dinámica y vigorosa. A estos católicos (que constituyen la mayoría) les interesa poco la teología o los debates eruditos, pero están preocupados por asuntos más terrenales: la salud, los recursos materiales, el bienestar y la buena suerte.

Una manera como la Iglesia Católica ha logrado satisfacer las necesidades religiosas de este sector de la población ha sido el reconocimiento institucionalizado (canonización)de un panteón de divinidades intermedias o divinidades menores, representado en un número inmenso de santos(as) y vírgenes (advocaciones marianas).

Para los fieles estas divinidades intermedias son figuras más cercanas que el Dios “todopoderoso” y “trascendente”, y tienen algunas características que las hacen muy atractivas:

1) Son de fácil manipulación y es más fácil obtener de ellos favores y milagros. Por ejemplo, los rituales para manipular los santos escapan al control del catolicismo institucional. Así, estas divinidades menores pueden ser puestas al servicio de los fieles sin mediación del sacerdote católico y, con frecuencia, brujos y curanderos acuden también a ellos.

Desde la perspectiva del fiel, es más eficiente un “santo especializado” como mediador, que un Dios trascendente que debe responder a todo el mundo con todo tipo de favores.

2) Los santos(as) y las vírgenes están especializados: la Virgen del Carmen para los choferes, San Antonio para conseguir novio(a), Santa Marta para los casos difíciles… etc. Por eso, desde la perspectiva del fiel, es más eficiente un “santo especializado” como mediador, que un Dios trascendente que debe responder a todo el mundo con todo tipo de favores.

3) Los santos(as) y las vírgenes son divinidades intermedias territoriales que despiertan identidades étnicas y nacionales. En Colombia, por ejemplo, encontramos a la Virgen de Chiquinquirá, a San Pedro en Huila y a San Pacho en Quibdó, sin mencionar a los santos patronos de la mayoría de los pueblos.

Los nuevos santos(as) (como Juan Pablo II o la Madre Laura) alimentan la fe de un cierto catolicismo regionalista e incluso nacionalista. San Juan Pablo II seguramente goza en su natal Polonia de una gran popularidad, así como ocurre en Colombia, y particularmente en Antioquia, con la Madre Laura.

Pero Juan Pablo II es también muy popular en las regiones pobres del planeta, especialmente en América Latina, región que visitó repetidas veces, así como en Colombia, donde su vista ocurrió poco tiempo después del desastre de Armero.

Así, la canonización de nuevos santos(as) alimenta la devoción popular y permite renovar una antigua tradición, pues ofrecen al “pueblo” nuevas divinidades intermedias en la figura de dos papas recientes y sobresalientes que aún están grabados en nuestra memoria.

Estos nuevos santos(as) constituyen ahora una especie de semidioses, capaces de interceder por los mortales ante el Dios trascedente de los cristianos, y capaces de obrar milagros (de salud, dinero y amor) tal y como lo entiende la fe popular. Además, son divinidades regionales que convocan fieles y por lo mismo avivan el catolicismo popular en todos los rincones del planeta.


Misa de canonización de la Madre Laura, en la
Catedral Metropolitana de Medellín.
Foto: Wikimedia Commons

Una  jugada política

Vale la pena destacar aquí también la dimensión política de la canonización de estos dos papas, aunque haya sido el aspecto más señalado por la prensa internacional, pues es evidente que al canonizar a Juan Pablo II y a Juan XXIII, el papa Francisco tomó una decisión cuidadosamente calculada  para ganar gobernabilidad en su pontificado.

Pero para los sectores de izquierda de la Iglesia Católica canonizar en una misma ceremonia a Juan XXIII y a Juan Pablo II resulta, por lo menos, contradictorio. Mientras Juan XXIII fue el papa moderno, que convocó el Concilio Vaticano II, que estaba abierto al dialogo interreligioso y que aspiraba a reformar la Iglesia para que respondiera mejor a las demandas de nuestro tiempo, Juan Pablo II fue todo lo opuesto, pues no solo se ubicó claramente a la derecha del espectro político, sino que participó activamente en la lucha contra el bloque comunista, e hizo lo que estuvo a su alcance para frenar el avance de la Teología de la Liberación en América Latina.

Muchas voces señalan además que Juan Pablo II fue negligente (por decir lo menos) frente a los diversos escándalos que estallaron en su pontificado y que involucraban a sacerdotes pederastas. También se le critica su amistad con Marcial Maciel, sacerdote mexicano acusado de abusos sexuales, y fundador de la Legión de Cristo, congregación católica que gozó del apoyo incondicional de Juan Pablo II.

Entonces, ¿por qué Francisco canoniza a un papa tan criticado? El actual pontífice, como cualquier político, necesita gobernabilidad. Oponerse a la canonización de Juan Pablo II hubiese significado alimentar las tensiones que actualmente se viven en el seno del Vaticano.

Voces de inconformidad se oyen desde los sectores más conservadores de la curia romana y de las jerarquías católicas, que acusan a Francisco por su estilo, por sus simpatías con la izquierda y por sus aparentes deseos de reformar la Iglesia. Y toda reforma afecta a quienes actualmente ostentan el poder, pone en entredicho al statu quo.

Al canonizar a Juan Pablo II y a Juan XXIII, el papa Francisco tomó una decisión cuidadosamente calculada  para ganar gobernabilidad en su pontificado.

Al canonizar a Juan Pablo II, Francisco no solo alimenta el apoyo que tiene en las bases populares (entre los católicos de a pie) sino que acalla las voces que tratan de encasillarlo en la izquierda del espectro político.

Incluso para emprender una reforma, Francisco es consciente de la necesidad de buscar el apoyo de todos los sectores de la Iglesia, incluidos los conservadores, y por eso no busca alimentar los antagonismos, no persigue sismas ni confrontaciones; busca sinergias y convergencias que a la larga fortalezcan a la Iglesia.

Por otro lado, Francisco no se limitó a canonizar a Juan Pablo II, sino que canonizó a su lado a Juan XXIII. Para equilibrar el panteón católico, al lado de San Juan Pablo II, Francisco exalta la figura del reformador: San Juan XXIII. Si duda, una jugada de equilibrio político, que, aunque le puede granjear críticas, también le concede nuevos simpatizantes al actual pontífice.  

Turismo y espectáculo

Las cifras de la ceremonia de canonización son impresionantes: dos papas presidiendo (Francisco y Benedicto XVI), 150 cardenales concelebrando al lado de 700 obispos y 870 sacerdotes. A la ceremonia asistieron 19 jefes de Estado, 24 primeros ministros y más de 800 mil fieles que inundaron las plazas de Roma. Todo esto sin contar los “dos mil millones” de testigos que presenciaron el evento a través de los medios masivos de comunicación.

Algo tan sagrado y misterioso como la canonización de dos papas alimentó los intereses de algo tan profano como el turismo.

La peregrinación sagrada es una industria turística en crecimiento en nuestros días, que beneficia sobre todo a las ciudades santas, como Jerusalén, la Meca y, en este caso, Roma. Prueba de ello fue que algo tan sagrado y misterioso como la canonización de dos papas alimentó los intereses de algo tan profano como el turismo, y no quedó una sola habitación disponible en Roma en esos días.

La religión es también espectáculo y lo ha sido desde siempre: vestidos ostentosos, coros multitudinarios, ritos incomprensibles. El misterio nos atrae, nos seduce. Y los peregrinos que asisten a estos ritos no buscan comprenderlo todo. La mayoría ni siquiera lo intenta. Para ellos lo importante es la experiencia: haber sido testigos presenciales, haber compartido un momento sagrado.

La Iglesia Católica sigue convocando multitudes. Sus ritos, que parecen oscuros o anacrónicos para muchos (por ejemplo, ¿al ver que se exhiben las reliquias de los nuevos santos no nos transportamos acaso a la Edad Media?), son también fuentes de sentido y esperanza para millones.

Para los fieles, los imponentes edificios del vaticano, la magnifica puesta en escena de todo el aparato sacerdotal, los rituales majestuosos, y la multitud con la que compartieron la experiencia, son evidencias de la veracidad de su fe y pruebas de que se encuentran en el camino correcto.

 

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William Beltrán

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