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Colombia y Venezuela, una década de relaciones conflictivas

Escrito por Francesca Ramos
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Francesca RamosTras varios años de choques verbales y decisiones unilaterales, la llegada de un nuevo gobierno a Colombia parece dar un aire renovador a esa relación.

Francesca Ramos Pismataro*

Relaciones cambiantes

Dos elementos se requieren para hacer la evaluación de las relaciones entre Colombia y Venezuela en la primera década del Siglo XXI. De una parte, el análisis del contexto, que tiene que ver con la situación política por la que atravesaron ambos países a finales del siglo pasado y principios del actual, con cambios profundos, que han incidido directamente en la relación binacional. De otra parte, el de la perspectiva, pues si bien en esta última década la relación fue "explosiva" y "peligrosa", hay que recordar que históricamente la vecindad entre ambos países ha sido difícil, al punto de que en 1987 se estuvo al borde de una guerra por el caso conocido como "La Corbeta Caldas".

Colombia, casi un Estado fallido

Hace diez años Colombia era para muchos un Estado fallido o iba hacia un punto de no retorno. La penetración del narcotráfico en muchas esferas sociales y políticas y en buena parte de las económicas, había hecho que la institucionalidad existente se concentrara en las ciudades. La policía había abandonado buena parte de los pequeños pueblos porque no podía garantizar siquiera la seguridad de sus propios miembros.

Era una sociedad fracturada por un gobierno, el de Ernesto Samper (1994-1998) que había evitado su caída a costa de la polarización de las fuerzas sociales, con unas fuerzas militares que se veían superadas en su propio terreno y con muchos de sus agentes secuestrados en grandes tomas guerrilleras.

Esas condiciones llevaron a que la propuesta de paz de Andrés Pastrana, de una salida negociada a décadas de violencia con los grupos alzados en armas, tuviera la suficiente fuerza para ganar la contienda electoral al candidato que daría continuidad a un gobierno considerado por muchos ilegítimo.

El presidente Pastrana (1998-2002) despejó un territorio tan grande como Suiza a las guerrillas de las FARC y se iniciaron unos diálogos, a la postre frustrados, que duraron tres años. Simultáneamente se inició un proceso de fortalecimiento de las fuerzas militares, financiado en buena medida por una iniciativa estadounidense para evitar que Colombia llegara a ser un Estado fallido.

Venezuela, de la crisis al chavismo

Por su parte, Venezuela venía de sucesivas y severas crisis económicas, sociales y políticas. El populismo, la ineptitud y la corrupción corroían el sistema.

La frustración social por el deterioro constante de la calidad de vida, dos décadas con un precio del petróleo deprimido, y la ausencia de cambios que apuntaran a resolver los problemas, convergieron en graves, cruentas y costosas protestas sociales a finales de la década de los años 80, y en la pérdida de legitimidad de los partidos tradicionales.

Esa pérdida de legitimidad de los políticos llevó a la aparición de nuevos movimientos y actores en ese escenario, algunos liderados por militares como el entonces coronel Hugo Chávez, que promovieron en 1992 un golpe de Estado, frustrado, contra el presidente Carlos Andrés Pérez.

Se propone la figura de quien era considerado un prohombre, Rafael Caldera, que había sido presidente de 1969 a 1974, que se postula nuevamente a los 78 años de edad, y gana un segundo mandato (1994 – 1999), como una opción de salvamento, apoyado por una coalición de partidos distintos de los que había sido fundador.

Y así, tras el sobreseimiento penal concedido por Caldera a los militares golpistas, condenados por el frustrado intento, y en un ambiente de derrumbe de los partidos tradicionales, Chávez llega democráticamente al poder en 1999, proponiendo una Asamblea Constituyente, abolir la corrupción y las ventajas de la clase política tradicional, así como la puesta en marcha de una revolución que beneficiara a las clases menos favorecidas.

Dos proyectos radicales

A principios del Siglo XXI se presentan dos eventos que van a marcar a las sociedades y a los gobiernos de Colombia y Venezuela, que orientan esfuerzos desde sus propias perspectivas a lo largo de toda la década:

  • En el caso colombiano es el proceso de diálogo con la guerrilla de las FARC, que deja sólo frustración y la sensación generalizada de un engaño de esa organización ilegal para fortalecer su posición bélica. Esta frustración desemboca en la elección de Álvaro Uribe con la misión explícita de terminar con las guerrillas, que incluye además el combate al narcotráfico y a las bandas paramilitares emergentes.
  • En Venezuela la clase dirigente, incluyendo a los sindicatos liderados por el petrolero,  hace dos intentos por sacar del poder a Chávez y volver al estado de cosas anterior. El primero, un golpe de Estado que resulta fallido por el apoyo explícito del pueblo y de parte del Ejército, que permite el retorno del presidente al poder, y el segundo, una huelga general de dos meses, que produce una caída de la economía venezolana de un once por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), pero que a la postre fortalece a Chávez.

Lo que siguió en Venezuela fue una marcada radicalización del Gobierno hacia la izquierda; y, la identificación clara de toda la clase dirigente y sus aliados como enemigos del proyecto de Chávez, que se irá consolidando como nacionalista, de izquierda, e inspirado en el paradigma socialista.

Motivos de tensión

Las relaciones entre Colombia y Venezuela han estado marcadas por tensiones, sin que ello implique desconocer momentos importantes de fraterno entendimiento.  Como toda relación entre países vecinos y que comparten una misma historia, hay factores y períodos de cercanía y otros de distanciamiento por problemas difíciles de resolver, como la delimitación fronteriza -aún hoy no está resuelta la disputa por las aguas marinas y submarinas en el Golfo de Venezuela.

Y complejas, por el hecho de compartir una frontera de 2.219 kilómetros, con poca presencia estatal, donde factores como la migración ilegal de colombianos a Venezuela, los ataques de guerrilleros a la fuerza pública de ese país, las denuncias por violaciones de los derechos humanos por parte de uno y otro, o las incursiones de agentes de un Estado en el otro, han hecho parte del "repertorio histórico" de hechos que en varias ocasiones han tensionado aún más las relaciones binacionales. 

El reacercamiento de los años noventa

El clímax belicoso al cual se llegó con el caso de "La Corbeta Caldas" en 1987, generó en ambos gobiernos la apuesta por un cambio en la dirección de la relación binacional.

Priorizar los factores positivos y generadores de cooperación y beneficios para las sociedades de ambas naciones -como el comercio- se convirtió en el foco central a alcanzar, a través de la institucionalización de los procesos.

Las relaciones comerciales fueron creciendo paulatinamente a los largo de los años noventa, bajo la idea de que también las fuertes relaciones de interdependencia económica alejaban las posibilidades de un conflicto. Así, la tesis de normalizar y fortalecer la relación binacional, sin que el problema limítrofe en el Golfo de Venezuela dejara de ser importante y mereciera un tratamiento  especial, tomó fuerza en hechos prácticos entre las dos naciones.

A partir de 1990 se empieza a construir un andamiaje institucional binacional para responder a asuntos y problemas de interés común, que tuvo logros importantes y garantizó el manejo de los problemas de manera coherente.

Los choques de Uribe y Chávez

¿Y qué ha pasado desde ese entonces? En la última década ha coincidido los sucesivos gobiernos de Hugo Chávez, en Venezuela, con el de tres gobernantes colombianos -Andrés Pastrana (1998-2002); Álvaro Uribe (2002-2006 y 2006-2010); y Juan Manuel Santos (2010-2014).

Sin embargo, buena parte de la década estuvo dominada por Uribe y Chávez, dos presidentes que por sus estilos mediáticos, personalistas y caudillistas, opacaron el tradicional manejo institucional de la relación, que había probado ser exitosa, para privilegiar la exacerbada "diplomacia de micrófono".

Fue un periodo convulsionado, caracterizado por las sucesivas crisis diplomáticas entre los dos países, que llevaron a la cancelación de reuniones presidenciales, a la parálisis de la labor de las comisiones de vecindad encargadas de manejar los asuntos  bilaterales, y en varias ocasiones, al llamado a consulta de los embajadores de los respectivos países.

Fue un periodo antecedido de hechos graves, como la declaración en 1999 de neutralidad del mandatario venezolano frente al conflicto interno colombiano, cuando se llevaban a cabo las negociaciones con las FARC para un eventual proceso de paz, y la revelación ese mismo año del documento "Proyecto fronteras", un principio de acuerdo entre las autoridades venezolanas y el grupo insurgente.

Le sucedieron otros hechos desde 2000, que caldearon y enrarecieron aún más las relaciones, como la detención en 2004 de cuatro policías colombianos en Maracay; la captura de un grupo de 180 presuntos paramilitares en territorio venezolano, que tenían como supuesta misión asesinar al presidente Chávez; y el caso de la nacionalización venezolana de Rodrigo Granda, miembro de las FARC, y su presunto secuestro en 2005 en Caracas por autoridades colombianas, que lo llevaron a su territorio.

La alta tensión entre Caracas y Bogotá, que trascendió por toda América y Europa, principalmente, también fue alimentada por la terminación de la facilitación de Hugo Chávez para un acuerdo humanitario, que permitiera la liberación de secuestrados en Colombia, en el 2007, sin previo aviso y de manera abrupta, por el presidente Uribe; el caso de los lanzacohetes antitanques comprados por Venezuela a Suecia, que aparecieron en poder de las FARC, junto con el tema de las mal llamadas bases estadounidenses en Colombia, a mediados de 2009, y las denuncias del gobierno de Uribe contra el de Venezuela en la Organización de Estados Americanos (OEA) en 2010[1].

Unos meses antes de las denuncias de Uribe ante el organismo continental, protagonizó con Chávez una bochornosa discusión en un almuerzo de mandatarios latinoamericanos, en Cancún, México, donde se celebraba la XXI Cumbre del Grupo de Río.

Todos esos incidentes, unos más graves que otros, fueron minando los acuerdos a los que se había llegado en las dos últimas décadas del Siglo XX, e hicieron de la desconfianza entre los dos países, la base sobre la cual se desarrolló la relación binacional.

Con el pasar del tiempo, se fue generando la sensación de que cada vez con mayor intensidad, ambos países se enfrentaban a crisis más dramáticas, sin que se descartara la  posibilidad de escaramuzas en la frontera.

Ni siquiera el tema comercial, que había sobrevivido a las tensiones diplomáticas, quedó inmune. Irónicamente el comercio binacional con Venezuela durante el gobierno de Chávez pasó de 184 millones de dólares al mes en el año 2000 a 602 millones en 2008, para caer a  154 millones en 2010.

Al final del periodo coincidente entre Uribe y Chávez y después de varias reconciliaciones, la relación entre ambos mandatarios quedó desgastada.

Se concibieron entre ellos como enemigos personales, bajo el ropaje de una diferencia ideológica, que la había, y de amenazas a la seguridad nacional, aumentando las mutuas retaliaciones, y llevando la relación conflictiva a escenarios internacionales como la OEA.

En una situación de esas características, no pudieron prosperar los proyectos binacionales de largo alcance, con excepción del gasoducto "Antonio Ricaurte", que plantearon ambos mandatarios en los momentos de reconciliación, que incluían una posible solución al diferendo limítrofe, y propuestas como la de una Zona de Integración Fronteriza Norte de Santander-Táchira.

Altos costos para la población

Los principales perjudicados de esta situación -junto con los empresarios- fueron, sin lugar a dudas, los habitantes de la extensa frontera. Si bien a lo largo de la década vivieron múltiples momentos difíciles, la peor crisis social y económica en la región limítrofe se dio en 2010.

Las condiciones de vida de la población se vieron gravemente afectadas y la  frontera se convirtió en la zona predilecta, en el escenario para las retaliaciones de uno u otro gobierno.

Como lo ha sido históricamente, en la última década, la frontera, que es paradójicamente la zona en la que se evidencian más los vínculos sociales, económicos, culturales y hasta familiares que unen a ambas sociedades, fue abandonada por los gobierno de ambos países.

No se puede concluir esta reflexión sin hacer referencia al costo que implicó la ausencia de soluciones binacionales para enfrentar a los grupos al margen de la ley que operan en la frontera y que generan inestabilidad e inseguridad a sus habitantes.

Tampoco, los generados al alimentar los nacionalismos chovinistas e intentar polarizar a ambas sociedades en torno a la figura de sus líderes políticos, que terminó por generar percepciones que van en contra de los más elementales principios de convivencia, cooperación y hermandad. 

Los gestos del presidente Santos

Para sorpresa de algunos, el cambio que se ha generado con la llegada de Santos a la presidencia colombiana se debe a que, de momento, se busca superar la concepción que quedó en Colombia al cierre del gobierno de Uribe sobre el de Venezuela, que consistió en concebir la relación binacional como un "juego de suma cero".

El gobierno de Santos ha hecho gestos orientados a generar confianza en Venezuela y a buscar acuerdos donde las partes cedan posiciones y busquen cooperar para beneficio mutuo, avanzando, con prudencia, en esa dirección.

Pero hay desafíos importantes, que deberán superarse. Entre ellos están el recuperar y conducir las relaciones por las vías de la normalidad y sin grandes pasiones (ni grandes amores, ni grandes odios); el superar el manejo personalista que marcó la relación entre los dos países, tramitando los asuntos por las vías institucionales; y, el reconstruir una  institucionalidad binacional operante y efectiva.

Los desafíos no son de poca monta si se tiene en cuenta que Chávez ha privilegiado, en los once años que lleva en el gobierno, un estilo de diplomacia directa en política internacional.

A pesar de que el mandatario venezolano parece impredecible, se ha hecho evidente que el pragmatismo "positivo" de los dos líderes, acompañados de una "presión" internacional orientada en el mismo sentido, sin polarizaciones, con metas específicas de las dos partes y particularmente con la creación de una institucionalidad lejana de los micrófonos, hace pensar que la relación binacional pasó y superó su punto más bajo y lo que venga, seguramente, redundará en una mejora sobre lo existente.

* Directora del Observatorio de Venezuela. Facultades de Ciencia Política y Gobierno, y de Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario.

Nota de pie de página


[1] Para un análisis detallado de los hechos a los largo de la década ver el artículo de Socorro Ramírez "Colombia-Venezuela: una intensa década de encuentros y tensiones" en: Ramos, Francesca, Carlos Romero y Hugo Ramírez (Eds.) (2010). Hugo Chávez una década en el poder, Bogotá: Editorial Universidad del Rosario.

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