
Una breve historia de la ejemplaridad: un atributo olvidado en tiempos de la era digital
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En un mundo saturado de desinformación, publicidad, noticias falsas y discursos facilistas, la ejemplaridad se convierte en un arquetipo único para fomentar el mejoramiento ético humano.
En la era de la sociedad de la información y de las redes sociales digitales el buen ejemplo es crucial ya que las acciones y mensajes de figuras públicas, líderes y ciudadanos comunes pueden influir en la conducta social. La inmediatez, la iteración de palabras y caras y el alcance global de las plataformas digitales amplifican las buenas y las malas prácticas, moldean mentalidades, terminologías, opiniones y comportamientos. En un mundo saturado de desinformación, publicidad, noticias falsas y discursos facilistas, la ejemplaridad se convierte en un arquetipo único para fomentar el mejoramiento ético humano. Promover la atención al “buen ejemplo” en línea no solo inspira a otros, sino que ayuda a construir una sociedad más responsable y consciente del impacto de sus acciones.
Investigar la ejemplaridad
La filosofía ha estudiado y se ha detenido a entender la ejemplaridad como una forma humana de orientación ante la contingencia cultural, el contagio comportamental de las costumbres y el devenir indeterminado de la existencia humana. La ejemplaridad ha sido abordada como mecanismo de aprendizaje moral, inspiración ética y transformación social en sentido amplio.
La filosofía se puede entender como un género literario todavía de escaso predicamento y, por lo mismo, con mermados lectores en Colombia. La filosofía como literatura conceptual ha rebañado a fondo la copa de la ejemplaridad, que es un concepto-imagen que funciona como eje orientador y destapador de formas de vida en las personas a través de su camino existencial. Quizá la falta de curiosidad por la filosofía ha dificultado en Colombia encontrar ejemplaridades que fortalezcan el espíritu de nación, es decir, para alcanzar una comprensión de nuestra diversidad, conflictividad y belleza.
Directa o indirectamente, explícita o tácitamente, el pensamiento humano ha abordado la ejemplaridad casi desde sus inicios cuando los seres humanos pasaron de sociedades nómadas a comunidades organizadas con escritura, ciudades y estructuras económico-políticas, entre 4 000 y 2 000 años antes de Cristo, cuando la reflexión sobre el destino y la creación de futuros posibles humanos se sofisticó notoriamente.
Para ilustrarlo, los sumerios tenían una ejemplaridad legalista y teocrática, donde la justicia y el ejemplo eran dictados por los dioses y aplicados por reyes y sacerdotes (Código de Ur-Nammu, 2100 a.C. y Código de Hammurabi, Babilonia, 1750 a.C.). En el antiguo Egipto la ejemplaridad estaba marcada por Maat, diosa y principio abstracto del orden, la verdad y la justicia, que daba el equilibrio al universo (El Juicio de Osiris y la “Confesión Negativa”, en el Libro de los Muertos). En la Civilización del Indo la ejemplaridad estaba guiada por la armonía y la espiritualidad, el equilibrio y el deber (Dharma) (Principios proto hindúes luego aparecerán en los Vedas). En la China antigua la moralidad y el Mandato del Cielo daban ese ejemplo grande basado en la virtud, el respeto y el equilibrio (Confucio, siglo VI a.C., y basado en ideas anteriores). En los Olmecas la ejemplaridad se difundió en torno a la religión y los rituales, con énfasis en el equilibrio entre el mundo terrenal material y el espiritual.
¿Cómo definir la ejemplaridad?
La ejemplaridad puede ser resumida como la imagen de la vida, una vida que ya acaeció y murió; la imagen que quedó después de toda una vida de una figura pública, de un pariente, de un colega o un amigo. La imagen de la vida designa esa misma ejemplaridad, pero ahora póstuma, recordada por quienes la sobreviven. La ejemplaridad entendida como la huella que deja alguien que ya nos dejó y que en el presente podemos seguir viendo como un horizonte de lo posible. La ejemplaridad como un aprendizaje que les queda a las generaciones del porvenir, del que pueden sostenerse para continuar la vida de una buena manera. Ejemplaridad como presentación de una vida propia y la invención original de una vida como obra de arte. Ahora la ejemplaridad de una persona también se puede hacer visible, audible y constatable en vida cuando esta persona muestra y demuestra estar a la altura de una situación para indicar un camino bueno y benéfico a una comunidad o sociedad. Por esto se habla de manera regular del “buen ejemplo”.
¿Hay una ejemplaridad pública y una privada?
La ejemplaridad pública es algo más bien sardónico en el contexto de la corrupción que todo lo impregna en el momento actual como emergencia de una cierta economía-política (¿capitalista, neoliberal, corporativista, monetarista?), que ha individualizado el existir y que ha acabado con rasgos de un ensamblaje-común solidario, igualitario y justo. Y hay que decir que, siendo estrictos, el adjetivo público nada añade al concepto de ejemplaridad, simplemente lo confirma. No hay una ejemplaridad privada que oponer a la pública. Todo ejemplo es ejemplo público, es lo que se da, siempre para alguien que viene a ser la comunidad circundante, los que están al tanto de mi existir. Es la sociedad la que se eleva o se empequeñece, y se beneficia o se perjudica de la responsabilidad de nuestro ejemplo. En resumidas cuentas, ser persona es ser un ejemplo público, todos lo somos.
La responsabilidad es un rasgo indisociable de la ejemplaridad que guarda una persona y, todavía más, un ciudadano (polites en Grecia Antigua, civis en Roma Antigua, hombre libre en Mesopotamia y Egipto; nociones opuestas súbdito o vasallo que suponen una sumisión, subordinación y supeditación en ejemplaridad y responsabilidad a un ser más justo y sabedor de verdad). La responsabilidad es la promesa o el compromiso (promesa común) que se repite y se renueva y que siempre remite a un ‘antes’, a una historia de vida, a una memoria del mundo. Responsabilidad es la respuesta que va dejando buena-huella, es decir, va elevando no el encapsulamiento de la individualidad sino el crecimiento de la comunidad.
En este sentido, responsabilidad, el bien y la trascendencia (el hecho de buscar morar un cierto futuro) son palabras que constituyen esta noción de ejemplaridad.
La figura del padre, ahora y cada vez más problematizada
La figura del padre ha generado inmensos cursos fluviales de letra impresa a lo largo de los siglos. Quizá con excepción del amor romántico, a Dios y a la naturaleza, a ningún otro asunto le han dedicado tanta atención las gentes de pluma de Occidente. Está en Homero y su Odisea; en Sófocles y en la tragedia griega; en Virgilio y la Eneida; con tintes sobrecogedores en la Carta al padre, de Kafka, y en el resto de su obra; está en Pedro Páramo, de Juan Rulfo; está en La invención de la soledad, de Paul Auster; está en Patrimonio, una historia de Philip Roth; atraviesa la obra de García Márquez y así sucesivamente se van dejando en el tintero decenas y decenas de libros, muchos de ellos colombianos y latinoamericanos.
Estas referencias literarias solo dan cuenta de esa preponderancia por ejemplarizar vidas de hombres, siempre padres, que han dejado alguna o muchas lecciones en este caso no solo buenas y responsables, sino también trágicas y criticables.
La ejemplaridad del padre, o de una forma determinada de padre visto dentro de la “historia del hombre”, como la prolongación del patriarcado es hoy cuestionada por sus efectos degradantes y sus malos desenlaces para la vida humana. Aun así, en tiempos digitales, donde circulan miles y millones de referencias (que no es lo mismo que ejemplaridades) sobre cómo vivir la vida, cómo reaccionar ante vicisitudes y cómo crear un mundo supuestamente bueno donde ser “feliz”, también se reitera la figura del patriarca como el guía que narra cómo son las cosas, qué es lo bueno y lo malo, qué es lo verdadero y lo justo y, por ende, cómo deben comportarse las personas. Esto está más que evidente en ciertos líderes políticos y económicos, y en celebridades del mundo del arte y la cultura en general. Por ello urge atender y comenzar a hacerse la pregunta por la ejemplaridad: ¿Qué consideramos ejemplos y por qué?
Prestarle atención a la ejemplaridad
La iteración irrefrenable de imágenes, caras y palabras vía redes sociales solo contribuye a la pérdida de criterio y a la homogeneización de patrones de pensamiento que no nos hacen más libre ni mejores, sino que gobiernan nuestras vidas, deseos y temores, y nos arrastran a la tragedia.
Ahora bien, la filosofía no puede ni debe decirles a las personas cómo actuar. Más bien la filosofía y otros ejercicios académicos de comprensión y acción sobre la realidad social tendrían que prestarles atención a las ejemplaridades que ya están activadas y que desde hace décadas contienen un carácter vital ejemplar ante personas, comunidades y territorios no necesariamente enaltecidos por mecanismos hegemónicos de comunicación y estima.
La atención en la ejemplaridad circundante nos permite filtrar los muchos referentes que circulan en todo campo (música, artes plásticas, deportes, alimentación, literatura, ingenierías, política, periodismo, ciencias, etc.) para dar con personas integrales que comprenden su quehacer ligado a una comunidad, a un territorio, a la historia humana y a una memoria para hacerlo bien. Así, la gran realización y la gran satisfacción de la vida vienen a estar dadas por la ejemplaridad.
Esta ejemplaridad está también en seres anónimos que alcanzan una comprensión abarcante de ellos mismos, del mundo y de la vida y alcanzan la gloria o lo sublime a través de una medianía democrática en su buena vida cotidiana. La ejemplaridad es algo abierto a cualquier persona o ser no humano que respira sobre la faz de la Tierra. El ciudadano que vuelve a casa a hacer las tareas del hogar de buena manera, sin automatismos impuestos e irreflexivos, aprender a ser mortal, engrandece su ejemplaridad. Por esto no habría aventura superior a la de aprender a ser mortal y sintonizar con lo ejemplar. En ese aprendizaje nos igualamos con lo magno, cualquiera que ha logrado vivir su vida con dignidad y es consciente de hacer el bien en su comunidad y territorio es ejemplar.
Por el contrario, aquel ciudadano que, sin afectación y sin énfasis, se entrega simplemente a las condiciones del sistema imperante, que goza de la obcecación ajena y de la ostentación obscena, y que banalmente vive y envejece dejando de estar estremecido por el dramatismo del hecho de llevar en sí una dignidad infinita, perdió la incandescencia de su ejemplaridad.
Si toda la vida es extrañamiento ¿qué se sostiene ante el paso del tiempo? La respuesta provisoria es: la ejemplaridad. Es la posibilidad de tener brújula, vela y encontrar un polo a tierra ante las corrientes tempestuosas de la sociedad de la información.
El momento de incorporar lo ejemplar: Cuando me percato de que alguien ya hacía algo que hoy me sorprende y quiero asir en mí (ej. un gesto, una actitud, una palabra, un hábito, una pausa, un impulso), algo que siempre hizo esa persona-ejemplo ante situaciones concretas cotidianas o en momentos de crisis y de gran complejidad, he ahí la orientación, el rasgo de ejemplaridad. También se puede ver en decisiones y acciones a seguir que aquella persona-ejemplo ya emitía con naturalidad con su disposición hacia el mundo y que uno solo ahora empieza a incorporar (a hacer cuerpo) y lo está haciendo parte de su cotidianidad en el trato con uno mismo y con los otros. Ahí está aquella ejemplaridad manifiesta.
La ejemplaridad, como escenificación de un gesto se hace patente y más perceptible ante los sentidos de un público, comunidad o colectividad cuando en el pico de una crisis económica, social o de sentido de la vida que hoy también se da en los canales virtuales y los foros de redes digitales. Hay una persona singular que hace un acto crucial que gesta un camino a seguir por su sensatez y disposición única como salida de mejora común.
Así, en tiempos de hiperestimulación de información escrita y audiovisual la ejemplaridad es identificable ya que exhorta a cada uno a dignificar su propia vida y a producir mientras vive un impacto de mejoramiento en su círculo de influencia. Tener una lectura crítica con los referentes con los que se interactúa en redes sociales también es apuntar a encontrar la ejemplaridad.
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Acerca del autor
Mateo Giraldo B.
*Investigador de la cultura con énfasis en acontecimientos emblemáticos de la historia y en la relación entre estética, ética y política.
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