Una conversación con la directora de Slalom, Charlène Favier - Razón Pública
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Una conversación con la directora de Slalom, Charlène Favier

Escrito por Juan Pablo Franky
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La directora Charlène Favier llegó a Bogotá para presentar su película sobre el abuso sexual en los entornos deportivos. Conversamos con ella.

Juan Pablo Franky*

¿Cómo llegas al mundo de la industria cinematográfica?

Siempre dudo si decir que fue por casualidad o no. Es una mezcla de ambas cosas. Cuando era joven nunca dije “quiero ser cineasta”. Crecí en el sitio donde se rodó Slalom. Un pequeño pueblo, una estación de esquí en la montaña. No iba mucho a cine, tampoco teníamos televisión, pero mi madre era pintora. Entonces la casa siempre estaba llena de arte.

Cuando terminé mi bachillerato no quise estudiar. Me fui de viaje. Viví en Australia, en Nueva Zelanda, estuve en Nepal. Caminé trescientos cincuenta kilómetros a pie cuando tenía 20 años. Un día tuve la oportunidad de hacer un documental en Australia. Vivía en una comunidad hippie, había mucha gente que quería salvar al mundo alrededor mío. Dije: “estaría bien hacer una película sobre alguien”. Finalmente, hice una película sobre una persona muy utópica, muy idealista, y así fue como llegué al cine.

Después volví a Francia unos años más tarde. Creé mi propia empresa de producción cuando tenía 25 años. No conocía a nadie. La única manera de seguir fue haciéndolo de manera espontánea y así iba aprendiendo. Entonces empecé a recuperar el tiempo perdido, leer sobre el cine, ver películas, etc. Pasaron 10 años, del 2010 al 2020, entre el momento que monté mi productora y obtuve la selección oficial en Cannes con Slalom.

¿Por qué decides contar historias a través del cine y no la literatura?

No me gusta la soledad. Siempre busqué una familia. En medio de los viajes uno conoce gente, se crean vínculos, se viven experiencias, a veces cosas muy locas. Después uno se entristece cuando se separa de estas personas. En el cine está la idea de un equipo, de una familia. Desde el 2010 estoy trabajando con los mismos técnicos jóvenes, crecimos juntos en este medio. Hoy en día todos tenemos 35 años. Mi jefe de operación tiene 33 años. Nos conocimos hace mucho tiempo. Es ese aspecto colectivo del cine el que me gusta. Hay intercambio de ideas, hay debates, para mí la soledad no es mi elemento.

En el cine está la idea de un equipo, de una familia. Desde el 2010 estoy trabajando con los mismos técnicos jóvenes, crecimos juntos en este medio

Slalom comienza con la protagonista preparándose para salir a entrenar, se prepara para una aventura. ¿Para ti la historia que vive la protagonista de tu película es una aventura o una tragedia?

Ambas cosas. Pienso que en la verdadera aventura hay tragedia. En las aventuras hay amor, hay desesperación, es como en un viaje. Cuando yo viajé sola con mi morral en la espalda había momentos que estaba emocionada, me enamoraba de las personas que conocía, después me sentía sola y decía “qué estoy haciendo aquí”, “qué sentido tiene mi vida”. Eso me interesa, en donde uno se levanta al tocar fondo. Uno finalmente aprende a levantarse y a conocer la fuerza que hay dentro de cada uno nosotros gracias a esas experiencias, por eso pienso que hay de ambos elementos.

Los personajes de tu película son ambiguos, humanamente complejos, ¿Cómo trabajaste la construcción de los personajes?

Construí estos personajes a partir de lo que yo misma había vivido, de lo que yo había sentido. A partir de analizar mi vida. La vida es ambivalente, es compleja. Nunca hay maniqueísmo. Eso es lo lindo de la vida, por eso me gustan los humanos. También me gustan las debilidades de los humanos. Fred, el protagonista de la película, por ejemplo, la embarra permanentemente, pero me gusta él en sus fallas. Me gusta verlo cuando se siente culpable. Hay un momento en que se siente culpable por lo que hizo, aunque es incapaz de repararlo. Él nunca podrá reparar lo que hizo, pero en un momento dado esta invadido por un sentimiento de culpa.

No es solamente una historia de abuso, también es una historia de dominio, de poder, porque está la admiración, está la fascinación. Hay algo de amor claro está, porque Liz tiene 15 años y ella se enamora de él, todas las niñas de 15 años se enamoran de sus entrenadores.

¿Entonces no hay buenos y ni malos en la película?

Las películas sobre el abuso siempre me decepcionan, porque me parece que simplifican las cosas. Hay un malo y una víctima.  Esa no es la verdad. Puede ser una de las verdades, es probable que haya casos donde si hay una agresión violenta, donde hay un malo y un bueno. Está el malo y está la víctima. En todo caso yo no hablo de eso. Hablo de un mecanismo que se va desarrollando poco a poco. Fred realmente no es un abusador, ni un violador enfermo, y ella tampoco es solamente una víctima. Ella lo busca a él, ella está enamorada, le gusta su mirar.

Hay muchos problemas de los que no se hablan, hay tabús sobre los abusos. El poder de unos sobre otros, son cosas que nadie lograba explicar y pienso que, de hecho, es algo que no se puede explicar de manera simple, toca entrar a lo complejo para poder explicar lo que pasa en esas circunstancias. Esa era mi misión de la película, desmenuzar exactamente todo lo que pasa en este proceso. No necesariamente para que la gente entienda, sino para que la gente sienta.

La química entre los actores es muy potente, ¿Cómo trabajaste con Jérémie Renier y Noée Abita, los protagonistas de la película?

Noée Abita ha hecho algunas películas, en cambio Jérémie Renier es un actor con recorrido. Ha trabajado con grandes directores. Era muy diferente la situación de los dos, pero eso creó entre ellos una relación interesante. Él era un poco el experimentado y ella la nueva. En la relación de trabajo y fuera del rodaje él era como su hermano mayor como su mentor.

Como es una película muy física, sobre el cuerpo, en donde no hay muchas palabras, finalmente lo que estuvo muy bien entre ellos es que son dos actores muy instintivos. No son actores que intelectualicen su trabajo y yo tampoco intelectualizo nada. Soy muy instintiva. Era una manera un poco animal de trabajar. Yo voy hacia ti, tú te echas para atrás, avanzas, vienes hacia mí. Eran relaciones de fuerza permanentemente entre los cuerpos, como si uno escenificara una lucha o una escena de baile de danza.

Algo que fue muy importante fue llevarlos a vivir una inmersión dentro de sus personajes antes del rodaje. Le dije a Noée: durante dos meses te vas a ir a la montaña. Ella nunca había esquiado, pero durante dos meses se fue a una inmersión total. Se levantaba a las 5 de la mañana, caminaba con sus zapatos de esquí, iba a correr en la nieve, volvía. Durante dos meses hizo eso para preparar su cuerpo y que su cuerpo conociera esos estados de vivir en la montaña sola en una pequeña estación de esquí, donde hay poca luz, hacia mucho frío, el cuerpo duele por el esfuerzo físico y por el frío. Eso lo hizo sola, no estuve con ella, era necesario que ella se fuera sola para que ella experimentara esa dificultad y pienso que eso fue primordial.

Las películas sobre el abuso siempre me decepcionan, porque me parece que simplifican las cosas. Hay un malo y una víctima. Esa no es la verdad.

Además de las excelentes actuaciones y una historia impactante, formalmente hay un cuidadoso uso del color en la película. ¿Cómo trabajaste el color en Slalom?

Para mí el color es muy importante. Pienso que eso viene de mi madre que era pintora. Pinté mucho con ella. Más allá de la pintura siempre he pensado que el color actúa inconscientemente sobre el espectador. Si estuviéramos en un cuarto totalmente rojo, estaríamos completamente nerviosos, porque ese color produce eso. Eso es lo que trato de hacer en la película. Yo decía voy a poner un poquito de rojo, cada vez más, y más, y más rojo, a medida que el poder de Fred sobre Liz va aumentando. Puede que el espectador no se dé cuenta, que no identifique el rojo con eso, pero el efecto es este, llega al inconscientemente. El color es casi como un elemento subliminal, un poco espiritual, un poco mágico. Como si eso fuera a crear una especie de vínculo invisible de relaciones entre los personajes y el espectador. También el azul, que es el sueño, la calma y el rojo que es la pasión, la violencia; son colores contradictorios pero complementarios.

¿Has visto cine colombiano?

He visto dos películas colombianas. No mucho en realidad. Vi Gente de bien de Franco Lolli. La vi en cine en Francia cuando salió. También vi una película reciente que se llama Monos. Me encantó esa película, porque me parece que allí está muy presente la naturaleza humana. Lo mismo que en mi trabajo.  Esta esa pulsión de gente que está perdida, sometida a sus pulsiones a esa especie de violencia sorda y es magnífico realmente lo que sucede dentro de esa naturaleza virgen.

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