Santos, segunda parte: polarización, política y paz - Razón Pública

Santos, segunda parte: polarización, política y paz

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Más allá de las cifras y las cábalas, esta reflexión constructiva y aguda sobre lo que pasó el domingo y lo que viene ahora. Las elecciones mostraron realidades y dejaron huellas preocupantes para la paz y la democracia en Colombia.

Sandra Borda G.*

Sin paz en las campañas

Este domingo concluyó una de las campañas más difíciles y polarizadoras que haya vivido  Colombia en tiempos recientes.

La paradoja fue, justamente, que la bandera de campaña fue la paz, pero las estrategias fueron de confrontación, de discursos autoritarios y excluyentes, de chantajes, de acusaciones sin pruebas, y de otras maniobras censurables.

Se demuestra una vez más que la paz de La Habana puede estar cerca, pero nuestra cultura política sigue siendo profundamente violenta. Los resultados, por fortuna, fueron claros e irrefutables y esto crea un ambiente más despejado para pensar en el futuro próximo del país. Aquí, algunas reflexiones al respecto.


Delegación de paz de las FARC en La Habana, Cuba.
Foto: Delegación de paz de las FARC

Polarización y moralismo

La forma de adelantar la campaña por parte de los dos sectores dominantes, santismo y uribismo, profundizó las ya hondas diferencias entre los colombianos. En tanto la segunda vuelta se produjo entre dos candidatos que provienen del mismo sector (el uribismo) y representan una agenda de derecha, la prioridad para Santos y Zuluaga fue dibujar y subrayar gruesas líneas divisorias entre el uno y el otro.

Desafortunadamente, en el intento de trazar esas diferencias la opinión acabó dividida en campos,  que ya estaban perfilados pero que los discursos de campaña se encargaron de acentuar, de manera simplista y maniquea, como opciones irreconciliables: de un lado los  que buscan la paz, y del otro los que están a favor de la guerra.

De esta forma, la campaña acabó por crear una división moral que recuerda las películas de Hollywood y de acuerdo con la cual, de un lado están los buenos (quienes ‘quieren’ la paz) y de otro, los malos (quienes ‘quieren’ la guerra).

Si bien esta estrategia funcionó para ganar  votos, tuvo un efecto pernicioso sobre la democracia: en vez de promover la discusión constructiva entre alternativas políticas, creó las condiciones para que los santistas pudieran hablar desde un lugar de superioridad moral y tildar a sus opositores de ‘guerreristas’, ‘dogmáticos’, ‘irreflexivos’, y aun como  autores intelectuales de una suerte de ‘suicidio nacional’ que ocurriría si Zuluaga llegaba a la Presidencia.

La paradoja fue, justamente, que la bandera de campaña fue la paz, pero las estrategias fueron de confrontación

Mi intención aquí no es discutir si esa catástrofe nacional era probable o no: esa es una hipótesis etérea y que jamás podría probarse sencillamente porque Zuluaga no fue elegido.  

Mi punto es otro: la referencia electoral que ambas partes ayudaron a diseñar, no es funcional para el proyecto de construcción de paz ni de consolidación de la democracia. Si se insiste en la idea de que en Colombia hay un grupo de seres humanos mejores que otros, según como hayan votado este domingo, nos estamos alejando y no acercando a una verdadera reconciliación.

En este escenario, la campaña acabó convertida en una escogencia entre ‘los amigos de las FARC’ y del ‘castro-chavismo’, y ‘los candidatos del paramilitarismo y la motosierra’. Independientemente de que ambos sectores se merezcan o no estas descripciones, el punto es que ambos grupos están respaldados; el uno por 7.816.986, y el otro por 6.905.001 de votos.  

Por eso mismo es urgente re-encontrar formas de convivencia y diálogo político menos violentas en su lenguaje y más apropiadas para la conversación constructiva. De otra manera, como dijo alguien en redes sociales, después del proceso de paz con las FARC, tendremos que iniciar otro entre el santismo y el uribismo.

La unidad nacional

Esta jornada nos enseña que el proceso de construcción de unidad nacional – la paz- debe lograrse en el marco del ejercicio plural de la política: al buscar el final del conflicto armado, el gobierno y sus adeptos deben dar por sentado que todos los colombianos queremos vivir en paz, pero que hay diferencias sobre cómo lograrla.  

Para dejarlo claro: la paz va a tener que construirse en un escenario democrático donde hay oposición, donde existe desacuerdo y dónde apoyar su búsqueda no pasa necesariamente por apoyar al gobierno.

Nuestra cultura política, por cuenta de una larga historia de violencia y de dolor, es profundamente temerosa de las diferencias. Por eso, y al revés de lo que ocurre en muchos otros países, las funciones de oposición y control político se ejerce en una medida muy insuficiente. En vez de optar por la cooptación a las buenas o a las malas, necesitamos  aprender a vivir con la diferencia y a procesarla en formas pacíficas. En el mundo de la política, vivir en paz no significa vivir en armonía.

Rodolfo Arango lo definió en términos elocuentes: “En un país conservador y tomista, la paz será pronto sinónimo de "bien común". No habrá derecho individual que valga ante esta doctrina colectiva (…) Quién se atreva a cuestionar será anatematizado. Se trata del eterno retorno de la doctrina del bien común, bajo ropaje de la paz”.

El fin de la paz es tan importante como los medios para conseguirla: ojalá esa búsqueda pase por un discurso de paz reconocedor de las divergencias y de la oposición y no por uno totalizante y condenador de la diferencia.


El senador por el Polo Democrático, Jorge Robledo.
Foto: Aurelio Suárez

Sin estrategia de salida

La mayoría de observadores coincide en afirmar que la elección presidencial fue un pre-referendo sobre los acuerdos de La Habana y un mensaje categórico a las FARC para que firmen, y pronto, esos acuerdos.  

Quisiera sugerir aquí una hipótesis alternativa. En su primera elección, Santos no contó con un mandato para la paz; al contrario, se eligió como el candidato de Uribe y bajo la promesa de mantener su política en materia de seguridad.

Dicha propuesta, por supuesto, no incluía la posibilidad de un diálogo político con las FARC. Eso le permitió a Santos usar una estrategia de negociación que funcionó relativamente bien: insistir en que si la voluntad de las FARC de negociar se debilitaba, el equipo negociador del gobierno simplemente se pararía de la mesa y el país retornaría sin problema a la situación anterior al diálogo.

Al final, sin mandato para la paz, el costo político para el gobierno de acabar con el proceso de La Habana no sería significativo. No cumplir lo que nunca se prometió no es un pecado grave en política.

Ahora la situación es muy distinta. Con las elecciones del domingo y gracias al espaldarazo que le han dado los votantes al proceso de paz, el gobierno perdió la posibilidad de usar esa estrategia.

En teoría de la negociación, esto se denomina el ‘poder de salirse’ (exit power en inglés): es la capacidad de disuadir a la contraparte a través de la amenaza de abandonar la negociación.

Será interesante ver cómo reaccionan las FARC ante la votación del domingo y cómo construyen estrategia ante el hecho cumplido de un gobierno, ahora sí, muy amarrado a la mesa de negociación. Me atrevo a predecir que va a pasar un largo rato antes de que volvamos a ver un avance contundente.

Las tercerías y el costo de las adhesiones

La campaña acabó convertida en una escogencia entre ‘los amigos de las FARC’ y del ‘castro-chavismo’, y ‘los candidatos del paramilitarismo y la motosierra’. 

Durante las semanas anteriores a la segunda vuelta, los sectores y figuras políticas alternativas tuvieron dos opciones frente a la contienda del domingo: separarse y promover el voto en blanco y la abstención (el caso del senador Jorge Robledo) o adherirse a la campaña de Santos (el resto).

Es demasiado temprano para señalar ganadores y perdedores. Todavía no se ha asentado la balanza de los costos y los beneficios políticos de haber optado por una de estas dos opciones y ninguna de ellas es positiva o negativa per se.

Pero dependiendo de la inclinación que adopte esta balanza en un futuro próximo, lo importante será preguntarse cuál podría ser el efecto que tendrá haber rodeado (o no hacerlo) a Santos en esta campaña, sobre la consolidación de una alternativa política diferente a las dos predominantes.

Lo que está en juego no es de poca monta: de la consolidación de la tercería depende que en el futuro los colombianos podamos votar motivados por una preferencia política real y no como resultado de un chantaje moral que nos pone a escoger (artificialmente diría yo) entre la paz y la guerra.

En otras palabras, de la consolidación de una tercería depende que no nos quedemos indefinidamente en un teatro político con dos protagonistas muy similares política e ideológicamente; un teatro en donde las opciones son tan restringidas que a veces parecería que la escogencia es en sí misma una ficción.

 

* Profesora Asociada del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de Los Andes y analista de Blu Radio.

 

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Sandra Borda
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