Página 7 – Razón Pública

Foto: Geopolítica del petróleo

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El acuerdo que entrega a Estados Unidos el control de una quinta parte de las reservas venezolanas no solo busca asegurar barriles en un mercado tensionado, sino también desalojar a Pekín y a Moscú del subsuelo latinoamericano.

El 28 de agosto, Donald Trump anunció lo que llamó “el mayor acuerdo petrolero de la historia”, en el que Estados Unidos obtiene derechos sobre 17 campos venezolanos, lo que representa cerca de una quinta parte de los 303.000 millones de barriles que hacen de Venezuela el país con las mayores reservas probadas del planeta. Leído aisladamente, parece más bien un contrato de inversión. Leído en una dimensión geopolítica, es otra cosa, la culminación de una operación que empezó en enero, cuando un comando estadounidense capturó a Nicolás Maduro y lo trasladó a Nueva York para ser juzgado por narcoterrorismo, dejando en el poder a una presidenta encargada, Delcy Rodríguez, que gobierna bajo el veto implícito de Washington.

De tal manera, usa primero la fuerza y presiona el contrato después, lo que revela que el objetivo del acuerdo no es únicamente asegurar barriles en un mercado bajo gran tensión global. Es algo más ambicioso, sacar a China y a Rusia del subsuelo latinoamericano.

Control, no solo acceso

El diseño jurídico del pacto es elocuente. Estados Unidos no compró petróleo venezolano, se aseguró una posición de mando sobre su extracción. El vehículo es North American Blue Energy Partners (NABEP), empresa del inversionista venezolano Alejandro Betancourt, en la que la Oficina de Capital Estratégico del Pentágono recibió una participación accionaria del 35%, mientras que el Departamento de Estado se garantizó la compra del 20% de la producción a precio de costo. Washington obtuvo poder de veto sobre la junta directiva, que debe tener mayoría de ciudadanos estadounidenses, y logró que las operaciones quedaran sujetas a la ley y a los tribunales de Estados Unidos. Sin embargo, la duración no está clara, Trump habla de cien años; Rodríguez, de veinticinco. La Asamblea Nacional aprobó resoluciones de respaldo sin haber visto el texto completo, que ningún gobierno ha publicado íntegro.

Un contrato que blinda el control accionario, jurisdiccional y de gobernanza no está pensado para comprar crudo, está pensado para que nadie más pueda comprarlo.

El verdadero blanco: un hemisferio sin rivales

El propio gobierno estadounidense ha sido explícito. Marco Rubio lo formuló sin rodeos: “Este es el hemisferio occidental. Aquí es donde vivimos. Y no vamos a permitir que el hemisferio occidental sea una base de operaciones para adversarios”, mencionando por su nombre a China, Rusia e Irán. Trump fue más lejos y reivindicó la herencia de 1823 con una vuelta de tuerca personal: “La Doctrina Monroe es algo importante, pero la hemos superado por mucho […] Ahora la llaman la ‘Doctrina Donroe‘”.

No es retórica. Es la definición operativa de una estrategia de negación: en un mundo donde la energía y los minerales críticos volvieron a ser activos de seguridad nacional, Washington no busca solo abastecerse, sino impedir que sus competidores se abastezcan o consoliden posiciones a noventa minutos de vuelo de Miami. El petróleo es el instrumento; la geografía política del hemisferio es el objetivo.

China: de acreedor principal a espectador

Pekín es el gran perdedor material de la jugada. Entre 2000 y 2018 financió a Caracas con cerca de US$105.000 millones, en su mayoría mediante préstamos vinculados al petróleo, y aún le quedan por cobrar unos 10.000 millones. Sinopec, CNPC y China Concord Resources operaban varios de los campos que ahora pasan a la órbita de NABEP. La respuesta oficial fue una advertencia contenida: el portavoz Guo Jiakun sostuvo que “los derechos e intereses legítimos de China en Venezuela deben ser salvaguardados” y que la cooperación con Caracas “está amparada por el derecho internacional”.

Conviene, sin embargo, medir bien la pérdida. El crudo venezolano representó apenas el 4% de las importaciones chinas en 2025: el golpe no es de abastecimiento, sino financiero y, sobre todo, político. China invirtió más de 60.000 millones de dólares en América Latina en dos décadas, construyendo una red de influencia basada en la premisa de que el comercio y el crédito podían sustituir la coerción. Lo que Venezuela demuestra es que esa premisa tiene un límite: cuando un rival decide usar la fuerza, los contratos chinos no tienen quien los defienda sobre el terreno.

Por eso, la reacción de Pekín ante la captura de Maduro fue tan dura, se declaró “profundamente conmocionada” y condenó “el flagrante uso de la fuerza contra un Estado soberano”, y por eso su argumento central fue normativo. Como resumió el analista chino Gao Jian, al extraer por la fuerza a un jefe de Estado en funciones, “Estados Unidos está sustituyendo abiertamente las normas internacionales por una lógica según la cual ’la fuerza es el derecho’”. Es un reclamo de doble filo: Pekín necesita que ese precedente no se consolide, precisamente porque aspira a que su propio vecindario, Taiwán incluido, siga rigiéndose por reglas que Washington acaba de flexibilizar.

Foto: Reservas de petróleo venezolanas

Rusia: expulsada del negocio

Moscú perdió menos dinero, pero más rápido. Rosneft colocó al menos US$17.000 millones en préstamos y líneas de crédito desde 2006 y llegó a ser el socio operativo más confiable de PDVSA. En enero, el Kremlin respaldó de inmediato a Delcy Rodríguez y desafió públicamente a Washington; ocho meses después, su lectura es de derrota. Sergéi Lavrov denunció que Estados Unidos “busca dominar los mercados energéticos mundiales expulsando a Lukoil y Rosneft de todos los negocios internacionales, incluida Venezuela” y agregó, con resignación inusual en la diplomacia rusa: “Ahora los estadounidenses quieren apoderarse de esta cooperación. Es poco probable que después de esto siga siendo una cooperación equitativa”.

El gobierno de Rodríguez insiste en que los compromisos con Pekín y Moscú “se seguirán ejecutando”, pero mientras lo dice, firma nuevos contratos con empresas estadounidenses en Anzoátegui, Monagas y Barinas. Como sintetiza el politólogo José Vicente Carrasquero, aunque Venezuela conserve la propiedad formal del crudo, “el control de esos 65.000 millones de barriles lo asume Estados Unidos”. Para una Rusia sobrecargada por la guerra en Ucrania y sancionada en sus propias exportaciones, la pérdida de su plataforma energética en el Caribe es, ante todo, una demostración de sus límites de proyección.

La lógica de la escasez detrás de la jugada

Nada de esto ocurre en el vacío. China controla cerca de dos tercios de la extracción mundial de minerales críticos y más del 90% de su procesamiento, y, cuando restringió las exportaciones de tierras raras en 2025, dejó expuesta la dependencia estadounidense. En paralelo, el conflicto entre Israel e Irán devolvió la volatilidad a Oriente Medio. Venezuela resuelve las dos ansiedades a la vez: reservas colosales, cercanía geográfica y un aparato productivo tan deteriorado, con apenas 921.000 barriles diarios y tres taladros operativos, frente a 589 en Estados Unidos, que ningún actor había logrado destrabar por la vía de la inversión ordinaria. Lo que el mercado no consiguió en dos décadas, la coerción lo obtuvo en semanas.

Lo que está en juego para Colombia

Colombia tiene dos caminos y ya empezó a recorrer uno. El 4 de septiembre, el Grupo Gilinski firmó con PDVSA un contrato a 25 años para que GeoPark opere el bloque Bare, en la Faja del Orinoco: 1.100 pozos que hoy producen 11.000 barriles diarios y que la compañía espera llevar a 95.000, financiando toda la inversión a cambio del 65% de la participación económica neta. Gilinski lo definió como “una declaración de fe compartida en el futuro de Venezuela”, y Delcy Rodríguez aprovechó para invitar al resto del empresariado colombiano a seguirlo. Es el camino que convertiría el país en un “Estado pivote” de la reconstrucción energética venezolana.

Otros avanzan con cautela. Ecopetrol y el Grupo de Energía de Bogotá estudian entrar en la recuperación de la infraestructura energética, pero la memoria de las expropiaciones pesa: “¿Cuál es mi seguridad jurídica si voy allá? Muchos fueron expropiados y algunos aún no han sido compensados”, advierte Javier Díaz, de Analdex. El incentivo es tangible: la producción venezolana subió 34,6% en seis meses, de 830.000 barriles diarios en enero a 1,1 millones en julio.

Pero el riesgo no desaparece con las ganancias. El episodio sienta un precedente, capturar a un gobernante e imponerle condiciones económicas por la fuerza funcionó como vía de acceso a los recursos de un vecino. El capital colombiano que hoy entra a Venezuela lo hace en un país cuyas reglas, en última instancia, define Washington.

La pregunta de fondo trasciende a Venezuela. Durante veinte años, la región asumió que la competencia entre potencias se libraría mediante créditos, contratos e infraestructura, y que su margen consistía en jugar con varios socios a la vez. El pacto petrolero de 2026 sugiere que esa etapa terminó: cuando un recurso se vuelve lo suficientemente escaso, la potencia que puede imponerse deja de competir por él y simplemente lo toma, junto con el derecho a decidir quién más puede tocarlo. Para los países que se sientan sobre reservas que otros consideran vitales, la diversificación de socios ya no es una garantía de autonomía. Puede ser, apenas, la lista de quienes habrá que desalojar.

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Henry Cancelado

Escrito por:

Henry Cancelado

* Politólogo, Magíster en análisis de problemas contemporáneos, Consultor y profesor en temas de seguridad y defensa.

Foto: Visita damnificados Alcaldía de Manizales

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Los mandatarios de los municipios y departamentos afectados han hecho lo que está a su alcance para gestionar soluciones al desastre. Sin embargo, empieza a sentirse un clima de decepción y desesperanza ante la estrategia adoptada por el Gobierno, que realiza visitas, lidera reuniones y hace promesas, pero el nivel de cumplimiento es insignificante.

La segunda tragedia del terremoto del 10 de agosto de 2026 es la reconstrucción. Aunque el presidente De la Espriella ha visitado las zonas afectadas, su respuesta ha sido lenta y opaca: en lugar de asumir, liderar y financiar la recuperación de los municipios golpeados, ha trasladado buena parte de la responsabilidad a departamentos, alcaldías, damnificados, sector privado y cooperación internacional. 

El contraste con Andrés Pastrana en 1999 es claro: tres días después del terremoto del Eje Cafetero, su gobierno definió la financiación, creó una entidad responsable y nombró un gerente; así, 28 municipios de cinco departamentos avanzaron en su recuperación en un plazo de cuatro años. Hoy predominan medidas que facilitan el endeudamiento y la reasignación de recursos territoriales, sin un compromiso financiero equivalente por parte de la Nación.

Municipios y departamentos a suturar sus propias heridas

En el marco de la emergencia económica (Decreto 1261 del 19 de agosto de 2026), el Gobierno ha expedido once decretos. Sin embargo, estos comprometen pocos recursos nacionales y transfieren a los territorios afectados la responsabilidad de financiar su propia reconstrucción. Incluso, les quita dinero a departamentos y municipios no afectados para financiar el Fondo Milagro, creado el pasado 9 de septiembre de 2026, mediante el Decreto  1379.  

Este fondo, encargado de dirigir la reconstrucción en todo el país, contará con una junta controlada por el gobierno nacional: cinco de sus siete miembros, con voz y voto, serán nombrados por el presidente, y otros dos serán delegados del Ejecutivo. Mientras decide desde Bogotá, excluye a los gobiernos departamentales y municipales, que conocen el territorio, enfrentan directamente la emergencia y cargarán con buena parte de sus costos.

Durante la emergencia, las gobernaciones y alcaldías de los departamentos y las ciudades no afectados podrán cofinanciar proyectos en otros territorios, previa autorización de las respectivas asambleas y concejos. Además, los departamentos no afectados deberán transferir al Fondo Milagro la mitad de la sobretasa al ACPM, mientras que los damnificados conservarán el total para su reconstrucción. Sin embargo, no está claro cómo se manejarán los recursos ya comprometidos ni cuánto llegará realmente a los municipios afectados.

El Decreto 1382 de 2026 autoriza a las asambleas y concejos a convertir recursos con destinación específica en ingresos de libre destinación para reasignarlos a la reconstrucción. En la práctica, esto obliga a reasignar fondos ya asignados a saneamiento básico, salud, educación o agua potable a la remoción de escombros, los albergues y la ayuda humanitaria. No hay recursos nuevos: solo se redistribuye el presupuesto, sacrificando otras inversiones esenciales.

Otra ventaja que les otorga el gobierno nacional a los alcaldes y gobernadores es que pueden contratar créditos de tesorería por hasta el 15% de sus ingresos corrientes, los cuales deberán pagar posteriormente. La administración central simplemente facilita el trámite de un endeudamiento.

Tampoco hay ayuda nacional cuando el Gobierno decreta que permitirá titularizar o comprometer de forma anticipada hasta el 10% de los recaudos tributarios que el territorio obtendrá en el futuro para ejecutar obras de reconstrucción. Sigue siendo un esfuerzo local.

El gobierno nacional también les permite a los concejos municipales decretar exenciones de algunos impuestos, como los de industria y comercio, delineación urbana y predial, y la habilitación de acuerdos de pago e incluso la condonación de intereses por deudas anteriores de los damnificados. Aquí debería entrar el gobierno nacional a financiar esos recursos que se dejarán de percibir, porque sin ellos las administraciones no podrán funcionar. 

Y como una dádiva, el gobierno nacional suspende las sanciones a los municipios que excedan los topes legales de gastos de funcionamiento, lo cual obviamente va a suceder, debido a una evidente caída en los ingresos de las alcaldías. 

El Gobierno suspende temporalmente algunos controles al saneamiento fiscal de la red hospitalaria, una medida insuficiente frente a su grave crisis financiera, sus deudas incobrables y las restricciones operativas de cuatrocientos centros de salud. El decreto debió asignar recursos de inmediato para restablecer la habilitación de los servicios.

Y aunque parece un chiste, el Gobierno anuncia que faculta a alcaldes y gobernadores para que usen temporalmente, en lo que falta de este año, los excedentes de los recursos del sector salud que no estén comprometidos, para que recuperen la infraestructura de la red pública, como si en verdad existiesen esos excedentes.

El Decreto 1382 permite a alcaldes y gobernadores usar excepcionalmente recursos del Fonpet para pagar nóminas de pensionados y liberar fondos locales destinados a atender el desastre. Sin embargo, esos recursos deberán reponerse.

La expectativa de obras por impuestos

La reconstrucción generó expectativas sobre la posibilidad de que las empresas financien y ejecuten obras con fondos provenientes de las zonas afectadas con cargo a sus impuestos. El Gobierno autorizó esta opción.

Además de las zonas Pedet y Zomac, los territorios afectados podrán recibir obras financiadas con un máximo del 50 % del impuesto de renta de las empresas que facturaron más de $1.760 millones en 2025. Sin embargo, el cupo anual sigue limitado a $1,14 billones, lejos de los $3 billones o $4 billones esperados para 2026 y 2027, porque el Gobierno no quiere ceder ese recaudo.

Los grandes empresarios anunciaron donaciones por $1,7 billones para la reconstrucción. El Gobierno espera canalizarlas a través del Fondo Milagro, aunque también se estudian alianzas regionales con participación de sectores público y privado. Algunos donantes ya actúan directamente a través de sus fundaciones, como es el caso de Cali y Chocó.

Foto: Damnificados por el terremoto

El gobierno nacional esquilma a los territorios

Aunque el Gobierno sabe que el terremoto agravará las finanzas territoriales, sigue trasladando a departamentos y municipios obligaciones nacionales, como el Plan de Alimentación Escolar y el aseguramiento del régimen subsidiado. En Risaralda, estas cargas representan $27.000 millones y $94.000 millones, respectivamente.

El traslado de responsabilidades sin financiación ahoga las finanzas territoriales y reduce los recursos para atender vías, nutrición infantil, protección social, servicios públicos y espacios comunitarios, entre otras obligaciones desatendidas por el gobierno nacional.

El terremoto retrasará a los territorios afectados

A pesar de que la naturaleza se ha ensañado con la región cafetera, como sucedió con un terremoto desastroso hace 27 años, esta se ha levantado airosa y ha recobrado sus bríos, a tal punto que los tres departamentos del denominado Eje Cafetero muestran niveles de competitividad cada vez mejores. 

En la última medición del Consejo Privado de Competitividad, Risaralda ocupó la cuarta posición, Caldas la octava y Quindío la novena. A grandes rasgos, esta región es la más competitiva de Colombia. Sin embargo, esto podría cambiar debido a los innumerables daños que el terremoto causó a la economía, la vivienda, la infraestructura vial, la salud, el empleo y la educación.

Mantener ciertos niveles de competitividad como base para la recuperación y la reactivación depende en gran medida de la velocidad, la eficiencia y la calidad de la reconstrucción de los territorios afectados.

La preocupación de los departamentos que más sufrieron los efectos del desastre es que las decisiones tomadas hasta el momento hacen presagiar que los procesos serán lentos y los recursos insuficientes. Y que la responsabilidad de la reconstrucción recaerá en los gobiernos departamentales y municipales, sin capacidad presupuestaria para responder.

Se teme que ejemplos de ineficiencia en los procesos reconstructivos del país puedan repetirse en esta ocasión. Se ponen sobre la mesa los casos de Gramalote (2010), donde la gestión demoró doce años y la calidad de las viviendas mostró fallas en sus estructuras, lo que conllevó demandas; el de Mocoa, uno de los fracasos más relevantes, porque nunca se entregaron las cerca de 1.500 viviendas prometidas después de una avalancha, y la corrupción desapareció cerca de $270.000 millones; el de Providencia, que es paradigmático, pues un huracán destruyó cerca de 2.600 viviendas y los cien días que dijo el gobierno de entonces que serían suficientes para la reconstrucción se alargaron infinitamente y aún no han concluido. 

Ya hay protestas

En 1999, cuando ocurrió el penúltimo gran terremoto en Colombia, no había redes sociales, la organización comunitaria era débil, la capacidad de protesta muy limitada, la circulación de información se hacía a través de canales institucionales que no admitían controversias, y había confianza en el Gobierno por su rápida respuesta y en la seriedad de la institución designada para liderar la reconstrucción.

En 2026 existe una hiperconexión que permite que la comunidad esté permanentemente informada y pueda ser convocada al instante para pronunciarse, presencialmente o virtualmente, ante cualquier acontecimiento. Y eso es precisamente lo que está ocurriendo en este momento: ya se escuchan protestas que han ido creciendo en intensidad en todos los estratos sociales, debido a la demora en la adopción de medidas claras sobre cómo será el proceso de reconstrucción, de dónde saldrán y cuántos serán los recursos nacionales, cómo será tratado el tema del desastre por el terremoto en el plan nacional de desarrollo y qué nivel de participación tendrán, en las decisiones, los gobiernos territoriales y las personas afectadas.

Es evidente que los alcaldes y gobernadores de los municipios y departamentos afectados han hecho lo que está a su alcance para gestionar soluciones al desastre. Han ofrecido albergues, alimentos, frazadas y medicamentos. Se han organizado institucionalmente para distribuir las donaciones que han recibido, pero que disminuyen a medida que van pasando las semanas. Han buscado recursos en sus finanzas, que suman, pero de manera marginal frente a la magnitud de la tragedia. La gente reconoce su esfuerzo.

Sin embargo, empieza a sentirse un clima de decepción y desesperanza ante la estrategia adoptada por el gobierno nacional, que realiza visitas, lidera reuniones y anuncia promesas, pero el nivel de cumplimiento es insignificante.

Desde el centro del país, se piensa que  la reconstrucción se reduce a demoler, retirar escombros, repartir ayudas y reparar infraestructura. Esta visión ignora el impacto humano. La respuesta oficial revictimiza a quienes perdieron familiares, patrimonio e ingresos, y a quienes viven en condiciones precarias y ven desvanecerse sus posibilidades de recuperación. El Gobierno central se equivoca al reducir a los damnificados a la población urbana pobre: el terremoto también destruyó algunas viviendas temporales y negocios de familias de mayores ingresos. En las zonas rurales, los daños son enormes; su dispersión dificulta dimensionarlos. En las personas que sufrieron los rigores del terremoto se percibe un dejo de tristeza, amargura, sufrimiento y miedo. Intentan no perder la esperanza, pero esta se va alejando con el paso de los días, cuando el terremoto ya no es la noticia principal y el país habla de otras cosas y de tragedias por venir, como la del Super Niño.

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Humberto Tobón

Escrito por:

Humberto Tobón

* Economista y comunicador, especializado en Finanzas. Fue Gerente de la RAP-Eje Cafetero; ha desempeñado altos cargos públicos en Tolima y Risaralda: ha sido consultor del PNUD, OIM, OIT y CAN. Y es autor de varios libros sobre desarrollo humano y medio ambiente.

Foto: Solidaridad terremoto

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Tras el sismo, reconstruir no significa solo levantar edificios: exige devolver la autonomía a los damnificados, coordinar capacidades públicas y privadas y convertir la crisis en una oportunidad real de servicio.

Del impacto inicial a la pérdida de autonomía

Hay situaciones en la vida que nos dejan perplejos, atolondrados, como si nos hubieran dado un mazazo en la cabeza. Esta puede ser, para muchos de nosotros, la circunstancia que experimentamos después del impacto, físico y emocional, del sismo del pasado 10 de agosto de 2026. Y es entendible, en los primeros instantes nos sentimos desubicados, nos ha costado trabajo reponernos.

En el primer momento, la adrenalina y el instinto de supervivencia que la activa están dirigidos a salvar la vida, y el mundo se empieza a reconstruir a partir de ese evento, que es una gran ruptura material y psicológica, con frases como: gracias a Dios estamos vivos, lo importante es la vida, lo material se vuelve a conseguir. 

La reacción inmediata, más o menos generalizada entre quienes sobrevivimos, puede resumirse en una exaltación de la vida por encima de los bienes materiales. Pero, el tiempo va pasando, la adrenalina va bajando y las cosas se empiezan a considerar de una manera más completa y objetiva. Y resulta que lo material también importa, y mucho. Es una parte funcional, necesaria y complementaria de la vida. Perderlo también conlleva un cambio dramático de la existencia que se llevaba hasta el momento de la pérdida. 

Es la situación de muchos de los damnificados a mes y medio de la ocurrencia del trágico evento. Están vivos, sí, pero están malviviendo; han perdido su independencia física, sus medios materiales de subsistencia, su autonomía. Están arrimados a familiares o en albergues improvisados. Y este hecho, que sobrevino de repente, es un golpe que genera desconcierto y gran incertidumbre sobre la viabilidad de recuperar un estado de cosas que se parezca a una relativa normalidad.

En momentos como estos, la población masivamente perjudicada (y las afectaciones de este sismo son, por extensión y número de personas, las más grandes del último siglo en Colombia) espera que alguien la oriente, le muestre un camino viable, lógico y entendible mediante el cual en un tiempo previsible se pueda llegar a una nueva estabilidad.

La crisis como prueba del liderazgo

La incertidumbre aumenta dramáticamente a medida que pasan los días y esa respuesta no llega. ¿Quiénes están directamente obligados a proporcionar esa guía? Pues los que llamamos, posan, o se hacen llamar líderes. Los que se postularon, y fueron electos, a cargos de elección, que conllevan grandes responsabilidades sobre las vidas a las que prometieron bien gobernar.

La cuestión es que, la mayoría de las veces, esas postulaciones y la respectiva elección por los ciudadanos suceden en momentos de estabilidad. Gobernar cuando todo va rodando no requiere grandes habilidades de liderazgo, ni de la comprensión de situaciones complejas; tampoco parece importar el carácter, que es requisito para hacerse cargo de sus conciudadanos en momentos de crisis. ¡Cuando todo parece una fiesta, nos permitimos elegir a quien suponemos que sabe organizarlas! 

Cuando gobernar exige preparación

Pero las comunidades no siempre viven épocas de tranquilidad y prosperidad. La historia nos muestra que la vida alterna entre momentos de abundancia y de escasez. Esta realidad es tan inherente a la historia de la humanidad que está presente tanto en los relatos de origen como en la Biblia. 

Lo que pasa es que hemos llegado a un momento de decadencia y banalidad tales, que ya ni siquiera conocemos la Biblia, y no lo afirmo necesariamente desde un punto de vista religioso, sino desde un sentido socioantropológico. 

Nuestro desconocimiento de lo humano, de la historia, de lo que se repite una y otra vez —algo que se puede redondear en la palabra ignorancia— nos juega malas pasadas, y tomamos decisiones, individuales y colectivas, desde ese desconocimiento que es temerario y contraproducente; y no pocas veces repetimos grandes calamidades que creíamos superadas, y, casi sin excepción, terminamos contribuyendo con nuestras decisiones a crear condiciones que nos perjudican a nosotros mismos de manera grave.

La carencia de formación y experiencia se nota sobre todo cuando es menester echar mano de lo que no se tiene para desempeñar una posición a la que se está obligado por las circunstancias del cargo que se ocupa.

Esta falta de pertinencia y preparación, de diligencia en la respuesta, ha sido variable y de diferentes niveles de solvencia y ausencia en los mandatarios actuales, desde el presidente de la República hasta los delegados que ha designado para hacerse cargo del proceso de atención a los damnificados, los alcaldes y gobernadores actuales de las zonas más devastadas, etc.

Capacidad, liderazgo y acceso a los recursos

Una distribución de responsabilidad es, al tiempo, una competencia: (i) los más preparados y capaces, (ii) los que tienen mayor liderazgo para hacer oír su voz con contundencia, y (iii) quienes han sabido dirigir la construcción de planes, proyectos y programas: son estos los que se van a llevar la mayor cantidad de los recursos disponibles para la atención y la reconstrucción. 

Los grupos más capacitados pueden mostrar de mejor manera a los que toman las decisiones sobre la repartición del presupuesto, y también a sus gobernados, un horizonte más claro y posible. 

Y están los otros, los que ocultan detrás de sus lágrimas, fingidas o reales, su incapacidad. Los que se postulan a asumir responsabilidades para las que no tienen suficiente competencia, los que no han podido salir de su propia perplejidad.

No es sólo una cuestión de disponibilidad de recursos. Es, sobre todo, un tema de aptitud, honestidad y disposición al servicio. Lastimosamente, a mes y medio del sismo, ya se pueden identificar los diferentes perfiles; sus actuaciones nos dan cuenta de quiénes cumplen con las condiciones anteriores de manera más adecuada para el ejercicio cabal del cargo que ostentan, y quiénes no. 

Si bien es cierto que los mandatarios que desempeñan sus labores son los que hay y que con ellos hay que trabajar, las gentes, en general, no son tontas ni indiferentes: el pueblo hace sus propias evaluaciones. Y, sobre todo, se da cuenta, siente y se resiente, y sabe establecer las diferencias en el desempeño de unos y otros. 

Foto: Voluntariado para gestionar ayudas terremoto

Reconstruir con participación y sentido de lo público

De la pertinencia de la respuesta general del gobierno, el nacional y los locales; de la participación de las comunidades damnificadas, incluidas las organizaciones de la sociedad civil, los gremios y los empresarios, entre otros, dependerá que todas las zonas afectadas, y en particular las ciudades como Pereira —la más perjudicada por el sismo en términos relativos al tamaño de su población y a su economía—, puedan recuperarse. 

Hay que acometer este proceso de manera incluyente, no excluyente. Que, además de recoger los destrozos, se ofrezcan soluciones para todos. Y, un detalle que no es despreciable: se debe actuar con sentido de lo público, con ánimo de generosidad y de filantropía, a la hora de diseñar y crear oportunidades que antes no estaban en el horizonte. 

Más allá de la imagen: método, pericia y temple

Porque, para usar una frase manida, “toda crisis es una gran oportunidad”. Pero las oportunidades no solo se intuyen o enuncian, hay que saber verlas y, sobre todo, conocer la forma de llevarlas del dicho al hecho. Esta hora nos exige trabajar sobre el problema con sentido de urgencia, con método; no sólo contando con el dominio de los temas relevantes sino, y, sobre todo, con persistencia y temple de ánimo.

En tiempos de la dictadura de la imagen, y del predominio de la velocidad y lo superfluo de los contenidos en redes sociales, no nos bastará para salir de esta tragedia con una puesta en escena “linda”, “firme”, “exitosa” o “voluntariosa”, del tipo: ¡Vamos a salir adelante! No, no es tan simple. 

Un evento catastrófico, que ha dejado consecuencias de las magnitudes de las que estamos sufriendo, es feo, produce dolor, sudor, y rechinar de dientes. Enfrentarlo acertadamente exige profundidad de análisis, pertinencia en la planeación y pericia en la ejecución, sin olvidarse de mantener siempre presente la generosidad como valor superior de toda acción. 

Resolver, en estas circunstancias, exige apretar el alma, controlar las emociones, reprimir las propias ambiciones y deseos, e implica entregarse plenamente a la causa. No es deseable aproximarse a esta dificultad desde una confianza ilusa, sino con la solvencia que habita en el conocimiento de causa. 

A esta batalla tenemos que ir equipados, no solo con buenas intenciones, sino con las armas requeridas para vencer los múltiples retos a los que nos estamos enfrentando: la falta de recursos, la amplitud de daños, el estado sicológico y de ánimo de la gente, la premura del tiempo, el caos que propicia la piratería que se ha desatado a sus anchas en muchos frentes, la corrupción que se pasea oronda mostrando sus fauces, la cultura del vivo —que está sacando provecho de la ausencia de organización e información—, entre muchos y desafiantes obstáculos.

¿Cuáles de los actores de esta tragedia están preparados para cumplir cabalmente el papel que les corresponde, con una correcta interpretación de la situación, que permita llevar a las comunidades aquejadas de nuevo a buen puerto, en modo y tiempo razonables?

¿Cómo devolver a estos habitantes, angustiados, traumatizados y llenos de incertidumbre, a una nueva buena vida posible? El tiempo lo dirá, pero desde ya se pueden valorar los distintos desempeños, y en muchos de ellos ya son evidentes las flaquezas, que no hacen más que aumentar el desconcierto general de las comunidades.

Solo el paso de los días nos mostrará de qué, y para qué, están hechas; a quiénes sirven, y que propósito buscan todas esas puestas en escena que hoy vemos. Y si estas condujeron, o no, a brindar soluciones y respuestas efectivas ante el tamaño del desafío que nos ha dejado el sismo del 10 de agosto pasado.

Aprender del pasado para corregir el rumbo

Debemos escuchar a los que vivieron otras tragedias similares y que lograron conducir a los damnificados del pasado de nuevo por horizontes con un cierto nivel de certeza y serenidad. Es imperativo que recojamos la experiencia de los ingenieros que tienen un conocimiento profundo de la vulnerabilidad sísmica de la región en la que habitamos y que han acumulado, a lo largo de su ejercicio profesional, no pocos aprendizajes. 

Bien serviría a los mejores intereses de los habitantes de las zonas involucradas en esta catástrofe y, en especial, a Pereira, que se corrigiera el mal rumbo que llevamos. 

De lo contrario, las facturas que se pagarán serán de diversa índole. Las más evidentes y próximas son la factura política y, las más importantes y duraderas, la factura económica y la social. Este terremoto dejó el país, y especialmente las regiones directamente afectadas, sobre una bomba social inminente.

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Martha Álzate

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Martha Álzate

* Ingeniera civil de la Universidad Nacional, MBA de la Universidad de los Andes y Doctora en Literatura de la UTP. Ha trabajado en los sectores público y privado; y ha publicado dos libros: "Hojas de viaje" (crónicas) y "El libro de los días" (novela).

Foto: Inversiones América Latina

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Los mercados de deuda soberana de varios países latinoamericanos parecen haberse vuelto menos sensibles a los movimientos financieros de Estados Unidos. Es una buena noticia, pero el promedio regional esconde diferencias importantes y la próxima crisis será la verdadera prueba*.

Estados Unidos estornuda, América Latina se resfría

Durante décadas, las autoridades económicas de América Latina han tenido que seguir muy de cerca las decisiones que se toman en Washington. Un cambio en las tasas de interés de Estados Unidos, una señal de la Reserva Federal o una mayor preocupación por la economía estadounidense pueden afectar rápidamente los flujos de capital, las tasas de cambio y los costos de endeudamiento de los gobiernos de la región.

Un estudio reciente se pregunta si este patrón ha comenzado a cambiar. A partir de información de diez países latinoamericanos entre 2007 y 2026, el trabajo Shielding the Spreads: The Reduced Vulnerability of Latin America to the US Yield Curve, de Giraldo et al. (2026), encuentra que los mercados de deuda soberana de la región se han vuelto, en general, menos sensibles a los movimientos de la curva de rendimientos de Estados Unidos desde 2020. Pero el cambio ha sido muy heterogéneo: algunos países parecen haberse vuelto considerablemente más resilientes, mientras otros continúan expuestos a las condiciones financieras externas.

Esta podría ser una buena noticia para la región. Si los costos de endeudamiento de los gobiernos están menos ligados a las condiciones financieras de Estados Unidos, los bancos centrales y las autoridades fiscales podrían tener mayor margen para responder a sus propios problemas económicos. Pero esto no significa que América Latina esté protegida frente a los choques externos.

Cuando aumenta el riesgo de un país

Cuando los inversionistas consideran que prestarle a un país se ha vuelto más riesgoso, exigen una tasa de interés más alta. El gobierno debe entonces destinar más recursos al servicio de la deuda, lo que deja menos espacio para invertir en infraestructura, educación, salud y otras prioridades. El aumento del riesgo soberano también puede elevar el costo del crédito para las empresas y los hogares.

Giraldo et al. (2026) miden el riesgo soberano mediante dos indicadores: los spreads del EMBI y los spreads de los credit default swaps a cinco años. Estos reflejan la compensación adicional que exigen los inversionistas para mantener deuda de un gobierno latinoamericano en lugar de un activo estadounidense considerado más seguro.

El estudio compara estas medidas con el diferencial entre el rendimiento de un bono del Tesoro a diez años y el de un título del Tesoro a tres meses. Este diferencial contiene información sobre las expectativas de política monetaria, crecimiento económico y riesgo financiero.

Antes de 2020: una relación bastante clara

Antes de la pandemia, el estudio encuentra una relación clara. 

Cuando la curva de rendimientos de Estados Unidos se aplanaba o se invertía, los spreads soberanos de América Latina generalmente aumentaban. En esas circunstancias, los inversionistas internacionales suelen trasladar sus recursos hacia activos más seguros y los gobiernos de la región enfrentan mayores costos de endeudamiento.

Con datos semanales, los autores estiman que la sensibilidad promedio de los spreads soberanos latinoamericanos frente al diferencial de tasas de Estados Unidos era de aproximadamente -0,44 antes de 2020. Un aplanamiento de un punto básico en la curva estadounidense estaba asociado, en promedio, con un aumento de 0,44 puntos básicos en los spreads soberanos.

Entonces llegó la pandemia. La Reserva Federal redujo rápidamente las tasas de interés de corto plazo, lo que hizo más empinada la curva de rendimientos estadounidense. Al mismo tiempo, la incertidumbre global elevó con fuerza los spreads soberanos latinoamericanos, interrumpiendo durante un breve periodo la relación negativa que normalmente existía entre ambas variables.

Después de la pandemia, algo cambió

Una vez superada la fase más intensa de la crisis, la relación no regresó a su comportamiento anterior. En la mayoría de los países estudiados, la sensibilidad de los spreads soberanos frente al diferencial de tasas de Estados Unidos permaneció por debajo de los niveles observados antes de 2020.

Con datos semanales, el promedio regional disminuyó en magnitud de -0,44 antes de 2020 a cerca de -0,09 después de ese año. En los datos diarios, pasó de -0,64 a -0,33. Las diferencias entre los dos periodos son estadísticamente significativas.

El mismo patrón general aparece cuando se utilizan spreads de credit default swaps en lugar del EMBI, con datos diarios y semanales, y cuando se tienen en cuenta los movimientos de los mercados bursátiles locales y de las tasas de cambio.

América Latina no es una sola historia

Las reducciones más claras en la sensibilidad aparecen en Colombia, México, Perú y Uruguay. En las estimaciones semanales, su relación con el diferencial de tasas estadounidense se acerca a cero después de 2020. Brasil, Chile, Costa Rica y Paraguay también presentan una menor sensibilidad, aunque el cambio es más moderado.

Bolivia, por el contrario, continúa siendo relativamente sensible a las condiciones macrofinancieras de Estados Unidos y muestra una reducción limitada después de 2020. Ecuador sigue una trayectoria particular, que incluye un cambio en la dirección de la relación estimada. La evidencia no muestra un desacoplamiento uniforme de toda América Latina.

Las economías latinoamericanas varían en su situación fiscal, la composición de su deuda pública, sus reservas internacionales, sus esquemas monetarios, la profundidad de sus mercados financieros y su credibilidad ante los inversionistas. También dependen en diferente grado del financiamiento externo.

Foto: Reserva federal

¿Por qué podría estar ocurriendo?

Una posibilidad es que los avances logrados durante las últimas dos décadas estén comenzando a mostrar resultados. Varios países han acumulado reservas internacionales, fortalecido sus esquemas de política monetaria, mejorado la regulación financiera y desarrollado mercados de capitales internos más profundos. Algunos gobiernos también han aumentado su uso de deuda en moneda local y su dependencia de inversionistas nacionales.

También podrían haber influido los cambios en la composición de la inversión internacional y las respuestas de política adoptadas durante y después de la pandemia. Sin embargo, el estudio no identifica las causas exactas de la disminución ni explica por qué el cambio es mayor en unos países que en otros.

Los resultados no demuestran que una reforma específica haya producido el cambio observado. Tampoco permiten concluir que los países con menor sensibilidad hayan escapado permanentemente a las presiones externas.

Más margen de maniobra, pero no un cheque en blanco

Si los costos de endeudamiento soberano responden ahora con menor intensidad a los movimientos de la curva estadounidense, algunas autoridades nacionales podrían tener más flexibilidad. Los bancos centrales podrían concentrarse en mayor medida en las condiciones locales de inflación y actividad económica, y los gobiernos podrían tener más espacio para responder a una desaceleración.

El énfasis debe ponerse en la palabra “algunas”. Como los resultados son heterogéneos, el margen de acción también será diferente en cada país. Los gobiernos no deberían tomar decisiones basándose únicamente en el promedio regional.

Incluso en los países más resilientes, América Latina continúa expuesta a las condiciones globales a través de las tasas de cambio, los precios de las materias primas, las exportaciones, el financiamiento bancario, los flujos de portafolio y la disposición de los inversionistas a asumir riesgos.

Los gobiernos tampoco deberían interpretar los resultados como una autorización para endeudarse sin límites. Una mayor resiliencia es valiosa porque permite tomar decisiones responsables con más autonomía, no porque haga menos necesarias la disciplina fiscal y las buenas instituciones.

También cambia la forma de mirar a la región

La deuda soberana latinoamericana suele tratarse como una sola clase de activo que responde de manera similar a las fuerzas globales. La evidencia sugiere que esta visión es cada vez menos adecuada. Si la importancia de las condiciones estadounidenses difiere entre países, será necesario prestar más atención a las condiciones propias de cada economía.

Consideramos que estos resultados ofrecen motivos para un optimismo prudente. Una fuente importante de la vulnerabilidad financiera de América Latina parece haberse debilitado desde 2020, al menos en varios países. Pero no existe una sola historia regional.

La próxima crisis será la verdadera prueba

La próxima crisis global será una prueba seria para determinar si este cambio es duradero. 

Mientras tanto, los países que han ganado resiliencia deben proteger sus avances. Los que siguen muy expuestos necesitan entender las razones y atender las debilidades que mantienen esa vulnerabilidad.

América Latina no ha escapado de la influencia financiera de Estados Unidos, y es poco probable que lo haga. Sin embargo, algunos países podrían estar ganando un mayor margen para manejar su propio futuro económico.

Le recomendamos: Entendiendo los Riesgos Gemelos: Clave para la Estabilidad Macroeconómica y Financiera en América Latina

* Este artículo hace parte de la alianza entre Razón Pública y la Facultad de Economía de la Universidad Externado de Colombia. Las opiniones expresadas son responsabilidad de los autores.

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Jacobo Campo Robledo y Jose E. Gomez Gonzalez

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Jacobo Campo Robledo y Jose E. Gomez Gonzalez

Foto: Influencia religión campaña ADLE

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Del Arca de Noé del Antiguo Testamento al Reino de Dios anunciado por Jesús en el Nuevo, la Biblia ofrece maneras muy diferentes de entender la relación entre Dios, la sociedad y el poder. ¿Cuál de ellas inspira el lenguaje religioso de la “Patria Milagro” y qué significa poner a Dios en el centro de la política?

¿De qué Dios estamos hablando?

En los últimos años, el uso del discurso religioso en la política se ha vuelto cada vez más frecuente. 

En muchos países y, por supuesto, también en Colombia, algunos dirigentes insisten en la necesidad de «volver a poner a Dios» en las aulas de clase, en las instituciones públicas y en el ejercicio del gobierno. Incluso han difundido en redes sociales su participación en retiros espirituales, presentándolos como un signo de compromiso con los valores cristianos.

Estas expresiones reabren el debate sobre el Estado laico, entendido no como una negación de la fe, sino como una garantía para la libertad de conciencia, la convivencia democrática y el respeto a todas las personas, independientemente de sus creencias religiosas.

Como creyente, no considero que Dios deba permanecer encerrado en los templos ni reducido al ámbito privado. Todo lo contrario. Creo que Dios debe iluminar cada dimensión de la vida humana, también la vida social y política. La fe inspira valores como la justicia, la solidaridad, la compasión, la defensa de la dignidad humana y el cuidado de la creación.

La verdadera pregunta no es si Dios debe estar presente en la vida pública. La pregunta decisiva es otra: ¿de qué Dios estamos hablando?

El Arca de Noé

Llamar «Arca de Noé» al proceso de empalme del presidente Abelardo de la Espriella no parece ser una decisión improvisada. Tampoco lo parecen las expresiones “Patria Milagro”, “Viva Cristo Rey” ni sus recurrentes expresiones de orden religioso.

Llamar Arca de Noé a su equipo de empalme es una expresión simbólica que merece ser analizada. Las palabras crean realidades. Estas expresiones religiosas nunca son neutrales y, trasladadas al escenario político, pueden legitimar prácticas ajenas al bien común.

La imagen del Arca de Noé se encuentra en los capítulos 6 al 9 del libro del Génesis. El uso que se le pretende dar parte de una narrativa de crisis total. El mundo aparece dominado por el mal y el caos. En ese contexto, Dios elige a Noé para preservar la vida dentro del arca. Si esta imagen se aplica a la política, el mensaje que puede transmitirse es inquietante: existe un país condenado, un líder providencial y un pequeño grupo de personas que serán “salvadas”, mientras quienes quedan fuera del arca aparecen como parte del problema.

Este tipo de lenguaje alimenta una narrativa mesiánica. Presenta al gobernante como el único capaz de rescatar a la nación y divide a la sociedad entre quienes merecen ser salvados y quienes representan el mal. La historia demuestra que los proyectos políticos construidos sobre la lógica de los «elegidos» y los «enemigos» terminan debilitando la democracia, porque sustituyen el pluralismo por la exclusión.

Sin embargo, esa no es la enseñanza central del relato bíblico. El punto culminante no es el diluvio ni el arca. Es la alianza. Después de las aguas, Dios establece un pacto con Noé, con sus descendientes y con todos los seres vivientes. El arco iris no simboliza la victoria de unos sobre otros, sino la promesa de Dios de que nunca más destruirá la creación: “Pongo mi arco en las nubes, y será la señal de la alianza entre mí y la tierra” (Génesis 9,13).

El mensaje bíblico es claro: la respuesta de Dios frente al pecado no termina siendo la destrucción, sino una alianza para la vida. El relato concluye con una promesa de reconciliación, no con la invitación a buscar nuevos diluvios contra quienes piensan diferente.

Cuando la religión legitima el poder

Por eso preocupa que el lenguaje religioso sea utilizado para construir una supuesta «Patria Milagro» basada en un relato de salvación reservado para unos pocos. El Evangelio nunca presenta la salvación como un privilegio de un grupo político o ideológico. Jesús no vino a clasificar personas entre dignas e indignas. Vino a buscar a todos, especialmente a quienes eran excluidos. Él mismo afirmó: “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Juan 10,10).

La historia nos ha dejado grandes testimonios de cómo el nombre de Dios ha sido utilizado para liberar, pero también para oprimir; para defender la dignidad humana, pero también para justificar guerras, exclusiones, discriminaciones y privilegios. Por eso, cuando un gobierno, un presidente o un vicepresidente afirma que quiere «poner a Dios en el centro» y además utiliza expresiones como “Arca de Noé”, “Patria Milagro” o “Viva Cristo Rey”, es legítimo preguntarse:

  • ¿Se trata del Dios revelado por Jesús, que camina junto a los pobres, denuncia la injusticia y llama a construir fraternidad?
  • ¿O de un Dios utilizado para legitimar proyectos de poder, imponer una única visión de la sociedad o descalificar a quienes piensan diferente y así justificar el exterminio de los supuestos monstruos enemigos?

Los símbolos religiosos, por sí solos, no garantizan una política inspirada en el Evangelio. Llevar un rosario, citar la Biblia o participar en un retiro espiritual puede expresar una experiencia sincera de fe, pero no constituye el criterio para discernir la autenticidad cristiana de un proyecto político.

Los cristianos y cristianas sabemos que ningún gobernante puede ocupar el lugar del Mesías. Ningún proyecto político puede apropiarse del lenguaje de la salvación para legitimar el poder. Cuando la política se reviste de categorías religiosas para presentar a un líder como el elegido que rescatará a la nación, la fe deja de anunciar el Reino de Dios y corre el riesgo de convertirse en un instrumento ideológico.

El Reino de Dios y la vida pública

Si queremos saber qué significa realmente poner a Dios en el centro de la vida pública, debemos mirar a Jesús de Nazaret. Él nunca propuso una teocracia ni buscó imponer la religión mediante el poder político. Anunció un proyecto muy diferente: el Reino de Dios.

Ese Reino comienza por la justicia. El profeta Miqueas resume la voluntad de Dios con una frase contundente: “Practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con tu Dios” (Miq 6,8).

El profeta Isaías invita a defender al huérfano, a la viuda y al oprimido (Is 1,17), mientras que Amós proclama: “Que el derecho fluya como las aguas y la justicia como un torrente inagotable” (Am 5,24).

Jesús confirma este camino al identificarse con quienes sufren: “Tuve hambre y me dieron de comer; fui forastero y me acogieron…” (Mt 25,35-40).

El Reino también dignifica el trabajo. Desde el Génesis, Dios confía al ser humano la misión de cultivar y cuidar la tierra (Gn 2,15). Jesús recuerda que “el obrero merece su salario” (Lc 10,7), mientras la Escritura condena toda forma de explotación laboral (Lev 19,13; Dt 24,14-15; St 5,4).

El Reino implica cuidar la creación, porque “del Señor es la tierra y cuanto la llena” (Sal 24,1). Somos administradores y no dueños absolutos de la naturaleza.

Poner a Dios en el centro de la vida pública exige acoger al migrante: “Amarás al extranjero como a ti mismo” (Lev 19,34), y Jesús se identifica con él: “Fui forastero y me acogieron” (Mt 25,35).

Defender la vida, promover el perdón y trabajar por la paz forman parte del mismo proyecto. “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).

“Bienaventurados los que trabajan por la paz” (Mt 5,9). “La obra de la justicia será la paz” (Is 32,17).

Por eso, hablar de Dios en la política solo tiene sentido cuando esas opciones se traducen en políticas públicas, decisiones institucionales y formas concretas de construir el bien común.

Cuando Dios deja de ser un símbolo del poder para convertirse en criterio de autoridad y de valores, puede entrar en diálogo con un Estado laico.

Este debate ya llegó a los tribunales. El Juzgado Quinto Laboral del Circuito de Bogotá concluyó que durante la posesión presidencial se vulneró la neutralidad religiosa del Estado y ordenó al presidente ofrecer disculpas públicas. El fallo recordó que los funcionarios conservan su libertad religiosa, pero, cuando actúan como autoridades, deben evitar asociar el ejercicio de sus funciones oficiales con una religión específica.

Foto: Religión y actos públicos

La fe no está al servicio del poder

Jesús nunca utilizó a Dios para conquistar el poder. Hizo exactamente lo contrario: utilizó la autoridad moral del Evangelio para cuestionar todo poder que olvidara la dignidad humana.

Por eso criticó a quienes convertían la religión en espectáculo, denunció la hipocresía de quienes multiplicaban prácticas religiosas mientras descuidaban la justicia y recordó que el sábado fue hecho para el ser humano y no el ser humano para el sábado, recuperando la idea del descanso y la solidaridad.

El profeta Isaías recuerda cuál es la práctica religiosa que le agrada a Dios: “El ayuno que yo quiero consiste en romper las cadenas injustas, liberar a los oprimidos, compartir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al desnudo y no desentenderte de tu hermano” (Is 58,6-12).

Jesús hace suyo ese mismo programa al comenzar su ministerio en Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la Buena Nueva a los pobres; me ha enviado a proclamar la libertad a los cautivos, la vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4,18-19).

Este es el verdadero criterio para discernir el uso del lenguaje religioso en la política. No basta con invocar a Dios. No basta con exhibir símbolos religiosos. No basta con hablar de valores cristianos. Como creyentes, no estamos llamados a poner a Dios al servicio del poder. Estamos llamados a poner el poder al servicio del proyecto de Dios. Solo así la fe deja de ser un instrumento de legitimación política y se convierte en una fuerza capaz de transformar la historia desde la justicia, la misericordia y el amor.

Una mesa, no un arca

Colombia no necesita un arca para unos pocos. Necesita una mesa donde todas y todos tengan un lugar. No necesita un nuevo Noé que decida quién entra y quién queda fuera. Necesita dirigentes capaces de construir puentes y no muros; acuerdos y no exclusiones; una alianza nacional por la vida, la reconciliación, la justicia y el bien común.

Le recomendamos: Dios y patria: ¿qué significa el regreso de la religión al poder en Colombia?

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Henry Ramirez Soler cmf

Escrito por:

Henry Ramirez Soler cmf

*Misionero claretiano. Licenciado en Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás. Profesional en Teología de la Universidad Javeriana, Bogotá. Maestría en Sociología.

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La suspensión de los premios del Programa Nacional de Estímulos del Ministerio de Cultura, sumada al bloqueo de parte del presupuesto del SENA, reabre una pregunta de fondo: qué pierde una sociedad cuando la cultura y el conocimiento dejan de ocupar un lugar central entre las prioridades del Estado.

Por primera vez en 27 años, el Ministerio de las Culturas suspendió la entrega de los premios nacionales y reconocimientos del Programa Nacional de Estímulos y dejó sin evaluar 1.308 postulaciones ya habilitadas. A esto se sumó la decisión de bloquear $719.913 millones del presupuesto del SENA, que finalmente no financiarán los programas a los que estaban destinados. Ambas decisiones ponen sobre la mesa una discusión siempre oportuna sobre el lugar que ocupan la cultura, la educación, la investigación y, sobre todo, la creación entre las prioridades de un Estado. También dejan al descubierto el problema de juzgar con criterios de rentabilidad inmediata aquello cuyo valor se gesta paulatinamente desde procesos de creación y conocimiento amparados por la inversión sostenida del Estado.

Por mucho que quiera ocultarse bajo la retórica de la austeridad, hay una falla de fondo difícil de disimular en una visión de la cultura y la educación subordinada a criterios de rentabilidad: creer que el mercado basta para sostenerlas. Un país necesita una base pública fuerte y generosa para que su vida cultural y educativa pueda desarrollarse. De ahí la importancia de los premios y las becas, los estímulos y reconocimientos, las pasantías, la formación, la investigación, la circulación y el apoyo sostenido a la creación. También de los programas que permiten preservar el patrimonio, fortalecer organizaciones culturales o darle tiempo a un creador para hacer aquello que el mercado difícilmente financiaría mientras todavía no sabe si será rentable. El mercado, por sí solo, tiende a financiar aquello que ya ha demostrado que puede serlo y deja por fuera buena parte de la creación nueva, experimental, minoritaria o menos comercial.

Pero incluso la creación más comercial necesita primero encontrar y formar a su público, darle tiempo y espacio para que pueda crecer. Cualquier empresario que alguna vez haya pensado en apoyar a jóvenes con buenas ideas reconoce, aunque sea intuitivamente, este principio: sin ese impulso inicial, muchas de esas ideas difícilmente llegan a desarrollarse. Si solo se apoya lo que ya tiene público y mercado, se condena la cultura a reproducir lo que ya funciona y se cierra el espectro para que pueda surgir la innovación y la originalidad. Es como si un país solo conociera el pan y el agua para comer y beber: nadie tendría siquiera la posibilidad de desarrollar el paladar para el vino, el queso o cualquier otra cosa. La política cultural pública existe precisamente para romper ese círculo: para ampliar lo que una sociedad conoce, desea y es capaz de crear.

La misma lógica vale para la investigación. Decir que toda la riqueza la produce el sector privado supone olvidar las condiciones que hacen posible esa riqueza. Las empresas producen bienes y servicios sobre una infraestructura construida durante décadas por profesionales formados dentro de un sistema educativo que también depende de inversión pública; además, se benefician de conocimientos científicos cuya investigación inicial difícilmente habría financiado una empresa. Un maestro de escuela pública, un investigador universitario o un médico de un hospital público no producen una utilidad empresarial inmediata, pero generan capacidades sin las cuales tampoco existiría una economía privada próspera. La educación y la salud son, precisamente, componentes centrales de lo que los economistas denominan capital humano y están estrechamente vinculadas con la productividad futura.

La historia tecnológica está llena de ejemplos. Internet, el GPS y parte de la investigación que hizo posibles las pantallas táctiles recibieron financiación pública antes de convertirse en piezas fundamentales de industrias privadas enormemente rentables. La propia National Science Foundation reconoce el papel de la investigación federal en tecnologías que terminaron incorporadas a los teléfonos inteligentes, y DAROA incluye entre los desarrollos surgidos de su financiación tecnologías que después transformaron la vida civil. Todo esto muestra que oponer el Estado a la empresa privada parte de una falsa disyuntiva: sin una inversión pública capaz de asumir la incertidumbre y los largos tiempos de maduración de la investigación, buena parte del desarrollo tecnológico y de la producción privada no sería posible.

La suspensión de los premios y reconocimientos del Ministerio de Cultura y la decisión de bloquear $719.913 millones del presupuesto del SENA no son asuntos aislados: forman parte de una manera de ordenar las prioridades públicas. En este gobierno, ese desequilibrio se hace especialmente visible en una paradoja muy actual que lo condensa con crudeza: mientras se cierran los caminos de apoyo al arte y la creación, se levantan las restricciones al porte de armas.

Por eso, cuando un gobierno reduce esa responsabilidad y deja la cultura a merced del mercado, no está tomando una decisión económica como cualquier otra. Está reduciendo el campo de posibilidades culturales de toda una sociedad. El error está en convertir el dinero en un fin absoluto y exigir que toda manifestación cultural sea rentable, como si el dinero no fuera también un medio para producir cultura, conocimiento, educación y salud. Una sociedad no se enriquece únicamente cuando aumenta una utilidad privada: también es rica cuando sabe más, cuando crea algo que antes no existía o cuando desarrolla capacidades que solo mostrarán su valor muchos años después. Cuando la riqueza de una sociedad se mide solo por su rentabilidad inmediata, se debilitan las condiciones que permiten una vida cultural crítica y diversa, y la cultura corre el riesgo de quedar reducida a puro espectáculo y consumo.

No estoy diciendo que toda iniciativa cultural deba financiarse con recursos del Estado ni que la creación tenga que depender exclusivamente de lo público. El problema comienza cuando cualquiera de los dos extremos pretende bastarse a sí mismo. Una sociedad compleja necesita ese tejido social y cultural que la inversión pública construye y sostiene en el tiempo, y sobre el cual puede asentarse un desarrollo colectivo que no dependa únicamente de lo que produce una ganancia inmediata ni de los vaivenes imprevisibles de la economía.

La suspensión de los premios y reconocimientos del Ministerio de Cultura y la decisión de bloquear $719.913 millones del presupuesto del SENA no son, entonces, asuntos aislados: forman parte de una manera de ordenar las prioridades públicas. En este gobierno, ese desequilibrio se hace especialmente visible en una paradoja muy actual que lo condensa con crudeza: mientras se cierran los caminos de apoyo al arte y la creación, se levantan las restricciones al porte de armas. Apenas unos días atrás, mediante el Decreto 1368 del 8 de septiembre, el Gobierno había levantado la suspensión general de los permisos para el porte de armas de fuego que regía desde 2015. Luz verde al plomo y luz roja al pensamiento.

Ese orden de prioridades puede terminar arrasando el suelo fértil donde germinan los creadores de un país, truncar los incipientes talentos de sus nuevas generaciones y empobrecer gravemente su reserva sensible. Y, de ese modo, llevarlo a perder buena parte de su capacidad para pensarse y transformarse, y su facultad profundamente humana de imaginarse un futuro más rico en matices y posibilidades.

Le recomendamos: La batalla cultural entre la propaganda política y la libertad de prensa

*Una versión de este texto se publicó en Contexto Media el 17 de septiembre de 2026.

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Paul Brito

Escrito por:

Paul Brito

* Escritor barranquillero. Su libro Restos orgánicos de un mundo anterior fue publicado por editorial Seix Barral (Planeta).

Foto: Educación primaria

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Los resultados de PISA 2025 confirman el rezago educativo de Colombia: el país continúa por debajo del promedio de la OCDE y acumula retrocesos en lectura y matemáticas. El informe reabre el debate sobre la falta de una política de Estado sostenida que convierta la calidad educativa en una prioridad nacional.

La OCDE publicó el informe PISA 2025, la mayor evaluación de las competencias de los estudiantes de quince años para aplicar sus conocimientos y capacidades en lectura, matemáticas y ciencias para enfrentar desafíos de la vida real. Según esta organización, se presentaron 760.000 estudiantes de 91 países, de los cuales 7.268 fueron de Colombia. 

Desde su creación, PISA evalúa las competencias de los estudiantes en lectura, matemáticas y ciencias, pero en 2025, agregó una nueva evaluación: la resolución de problemas computacionales. 

Los resultados de PISA 2025 muestran que, en general, los puntajes de los estudiantes de los países de la OCDE disminuyeron, y el que más bajó fue el cuartil que concentra a los estudiantes más ricos, según su condición socioeconómica.  

Colombia vuelve a ocupar los últimos lugares

Para Colombia, nada nuevo, los resultados de Pisa 2025 señalan que a los estudiantes de Colombia les fue muy mal, como ha ocurrido desde el año 2006. Al compararnos con los 37 países de la OCDE que participaron en PISA 2025, Colombia ocupó el último lugar en lectura, matemáticas, y el penúltimo en ciencias. Solo superamos a México.

Recordemos que desde 2006 el gobierno de Colombia decidió participar en las pruebas internacionales de evaluación educativa PISA. Desde entonces, en las nueve evaluaciones realizadas cada tres años (excepto en 2021, por la pandemia, que se pospuso a 2022), los resultados de los estudiantes de Colombia fueron muy malos. 

Esto era de esperarse. Otros países con mayor desarrollo económico unieron esfuerzos de los gobiernos y de la comunidad educativa para preparar a los docentes, pagarles bien por su trabajo, promoverlos y apoyarlos, además de dotar, en la mayoría de los casos, a las instituciones escolares de materiales de apoyo y de padres de familia comprometidos, quienes participan en el proceso de formación de sus estudiantes para mejorar la calidad de la educación de estos.

Durante los últimos veinte años, los diferentes gobiernos de Colombia no han tenido una sola política educativa que dé respuesta integral a los resultados de la evaluación PISA, a pesar de que el país conoce el progreso o el retroceso en las competencias de los estudiantes en las áreas de lectura, matemática y ciencias. 

Además, PISA permite comparar el desarrollo alcanzado por los estudiantes de países latinoamericanos y otros que participan en la evaluación, lo que puede ayudar a Colombia a seguir ejemplos de mejoramiento continuo de países que en algún momento tenían condiciones similares de desarrollo educativo y que hoy nos superan, como Vietnam, Turquía y otros que han realizado políticas especiales con éxito de lectura, como Inglaterra. 

Dos décadas de avances insuficientes y retrocesos

En el cuadro siguiente se muestra que el mayor problema de los bajos resultados para el sistema educativo de Colombia, entre PISA 2015 y PISA 2025, es el descenso en lectura, -26 puntos, lo que equivale a la pérdida de más de un año de aprendizaje en lectura, y de matemáticas, -9 puntos, cerca de medio año de aprendizaje en matemáticas; mientras que ciencias se mantiene en -2 puntos. 

PISA 2025 muestra que en Colombia los estudiantes del cuartil socioeconómico más favorecido logran 89 puntos más, en promedio, en lectura, frente al cuartil más desfavorecido (364 vs. 453); en OCDE la brecha es de 76,5 puntos y en los países de América Latina es de 77,5. PISA 2025 acepta que el factor socioeconómico incide como elemento central en la explicación de los resultados de los estudiantes.   

La “buena noticia” podría ser que la brecha entre los estudiantes de Colombia y el promedio de los países de la OCDE disminuyó en el período 2015-2025, aunque este hecho se debe al decrecimiento de los puntajes de los estudiantes de los países de la OCDE y no al mejoramiento de los puntajes de los estudiantes de Colombia. 

La baja en los resultados de los estudiantes desde 2015 no solo es un problema de Colombia, que algunos, con odio o sin evidencia, han querido endilgar a los maestros, a Fecode o a la educación oficial. 

El problema es mundial. Los estudiantes de los países de la OCDE vieron disminuir sus resultados entre 2015 y 2025. La puntuación media en lectura disminuyó en 32 puntos, lo que equivale a perder un año y medio de aprendizaje. Mientras que la puntuación en matemáticas cayó 27 puntos, lo que representa la pérdida de algo más de un año de aprendizaje, y la puntuación en ciencias bajó 11 puntos, lo que es igual a perder cerca de medio año de aprendizaje.

PISA y SABER 11: información clave poco aprovechada

PISA es Importante porque permite a los gobiernos de Colombia y la comunidad educativa, conocer cada tres años los resultados del sistema educativo, así como el ICFES lo hace con las pruebas SABER 11, donde, también, los bachilleres logran pésimos resultados; en 2025, sobre un total posible de 500 puntos, los estudiantes de colegios privados alcanzaron, en promedio, 281 puntos y los estudiantes de los colegios oficiales lograron 250 puntos.

Según los resultados de PISA 2025 y SABER 11 2025, el sistema educativo de educación básica y media en Colombia no ofrece a los estudiantes una educación de calidad que les permita desarrollar las competencias básicas para vivir, progresar e integrarse con mayor plenitud a la vida social, política y económica. Esta situación es más grave para los estudiantes que viven con dificultades socioeconómicas porque la educación de mala calidad reproduce y acentúa las condiciones socioeconómicas con las que se nace.  

Foto: Comprensión lectora

Solo el 1% de los estudiantes en Colombia alcanzó el nivel 5 (los estudiantes de los países de la OCDE: 11,9%), según PISA 2025. Los estudiantes del nivel 5 alcanzan las competencias para desarrollar el pensamiento crítico, evaluar métodos y evidencias, manejar información compleja y justificar decisiones en contextos inciertos o desconocidos.

Según PISA 2025, El 54% de los estudiantes de Colombia no alcanzó el nivel mínimo en las competencias en lectura, lo que significa que la mayoría de  adolescentes de quince años no tienen la posibilidad de comprender, analizar, reflexionar y argumentar sobre lo que leen; más grave, el 71% de los estudiantes de Colombia no alcanzó el nivel mínimo en las competencias en matemáticas, luego no tienen la competencia para resolver problemas diarios con datos o interpretar datos sencillos para efectuar análisis o para replantear problemas; y en ciencias, el 50% de los estudiantes no alcanzó el nivel mínimo que les permita utilizar la ciencia de manera consistente para explicar, evaluar evidencias, fundamentar decisiones o aplicar los conocimientos científicos de manera práctica al desarrollo e interpretación de su vida. 

La proporción de lectores precipitados —aquellos que dieron respuestas rápidas e incorrectas— pasó del 7% en 2018 al 11% en 2025. La lectura precipitada es lo contrario de la lectura profunda y comprensiva. La lectura precipitada permite construir el engaño y la manipulación, el pensamiento fácil; nadie lee textos largos, menos libros; se prefiere el texto o el video corto del experto, del mentiroso, del militante, de los hacedores de fe para determinar que es verdadero o falso y la decisión a tomar; así como utilizar la IA para los trabajos académicos, sin ningún esfuerzo: se pregunta y se copia la respuesta.

En PISA 2025 menos de la mitad de los estudiantes (46%) declaró verificar la credibilidad de las fuentes de información y confiar más en la evidencia científica que en el sentido común (en Colombia el 41% de los estudiantes); mientras que el 37% de los estudiantes declaró verificar las fuentes, pero confía en el sentido común (en Colombia el 40% de los estudiantes); el 11% declaró confiar en la evidencia científica sin verificar las fuentes (En Colombia el 14%) y el 5% declaró no verificar las fuentes ni dar prioridad a la evidencia científica (En Colombia el 6%).  

Estrategias para mejorar los resultados educativos

  1. Nombrar ministros y equipos directivos en el Ministerio de Educación Nacional con experiencia en educación, con conocimientos pedagógicos y curriculares, capaces de concertar acuerdos de Estado para avanzar hacia un sistema de calidad en la educación.
  2. La unidad de gestión educativa para la calidad es la institución escolar; el país debe confiar en sus maestros y directivos docentes; si se les apoya (formación y condiciones materiales en los colegios), la mayoría se comprometerá en una apuesta por la calidad.   
  3. Se requiere la participación de todos los estamentos de la sociedad para establecer un gran plan lector, cuyo eje prioritario sea el compromiso con las metas y objetivos de cada escuela, a fin de que todos los estudiantes, al finalizar la primaria, tengan las bases para desarrollar la comprensión lectora. La lectura debe ser el eje transversal del desarrollo curricular de cada una de las áreas o campos del pensamiento y una responsabilidad de todos los docentes, no solo de los profesores de primaria y de lenguaje. Las escuelas deben contar con libros, bibliotecas y la posibilidad de imprimir documentos para sus estudiantes, especialmente las ubicadas en zonas rurales. 
  4. El país requiere establecer un sistema de evaluación y seguimiento para cada escuela y cada estudiante, así como para las facultades de educación, que permita ajustes en el desarrollo de políticas y programas, y en los procesos de mejora continua para el desarrollo de la competencia de comprensión lectora. La evaluación en educación no debe ser usada para castigar o sancionar, es un camino para avanzar. 
  5. Fecode debe ligar su lucha sindical a mejorar la calidad de la educación pública, hoy esa es la mejor defensa que se puede hacer de la educación pública.   
  6. Reestructurar a fondo para mejorar las facultades de educación y las normales donde se forman los futuros docentes, los egresados de las facultades de educación presentan los más bajos resultados en Saber Pro y los resultados en lectura crítica son deficientes. Los docentes están llamados a ser el techo de la calidad educativa en Colombia.

Le recomendamos: Las pruebas PISA: no paramos de rajarnos en educación

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Ángel Pérez

Escrito por:

Ángel Pérez

Profesor y asesor en temas educativos.

Foto: Caricatura

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No deja de resultar paradójico que una acción militar que produjo muertes de personas sea bautizada con un nombre tomado de la tradición bíblica, mientras que sobre los que la ordenaron pesa también el quinto mandamiento de la ley de Dios: “No matarás”.

Ver no es un acto inmediato, es un proceso.

Y fotografié entonces los tableros de Bojayá.

J. M. E.

Silencios: cuando la guerra también mata la educación.

Me referiré al bombardeo de aviones de la Fuerza Aérea Colombiana, el 30 de agosto, a un campamento de las disidencias de las FARC. He leído montones de lo mucho que se ha escrito sobre este espantoso evento, coronado por el presidente con la exhibición pública de los cadáveres. Acción esta última que muchos de los que juzgan los hechos podrían, más que condenar la acción militar —de la cual poco o nada se dice—, condenar la decisión política y comunicativa de mostrar los  cadáveres de los muertos en la operación y al presidente caminando entre estos con inocultable orgullo —¿católico?— y mostrándolos como trofeos de guerra, tal como lo representó el caricaturista colombiano Ricardo Rendón cuando ilustró la masacre de las bananeras ocurrida en Ciénaga (Magdalena) en 1928. De eso ha pasado casi un siglo y la foto es exactamente la misma. Regreso de la cacería, 98 años después.

En ambos casos se ve una clara asimetría de medios y de poder; si algunos de los trabajadores bananeros estaban armados, no podría ser sino con machetes, mientras el ejército colombiano estaba fuertemente armado. La caricatura de Rendón denunciaba un abuso de poder mientras la operación Azarías fue presentada por De la Espriella como una demostración de fuerza. El ataque se hizo desde aviones que volaban a gran velocidad. Vale preguntar si el Ejército Nacional había localizado el campamento del frente Carolina Ramírez, tal como el presidente lo anunció en su discurso de posesión cuando dijo: “Todos esos bandidos serán perseguidos sin tregua en el marco de la Constitución y las leyes de la República. Serán buscados, serán capturados, serán juzgados…” ¿Por qué, en este caso, se optó por una acción aérea de semejante poder destructivo? No pasó un mes de pronunciar en todos los canales de la nación esa frase para que se le olvidara su obligación de respetar las vidas de todos los colombianos, tanto hombres como mujeres. Y de los humanos y los inhumanos. También resulta llamativo el nombre escogido para la operación —Azarías—, un nombre de evidente resonancia bíblica. ¿Qué relación quiso establecer el Gobierno entre una acción militar de esta naturaleza y esa referencia religiosa? ¿Qué significa exhibir muertos como trofeos cuando quien lo hace invoca públicamente a Cristo?

Prefirió atacarlos desde el aire y de noche. No deja de resultar paradójico que una acción militar que produjo muertes de personas sea bautizada con un nombre tomado de la tradición bíblica, mientras que sobre los que la ordenaron pesa también el quinto mandamiento de la ley de Dios: “No matarás”. La contradicción me hace recordar una de esas frases que se repiten con frecuencia: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”.

Lo que queda claro es que la caridad y la misericordia cristianas no acompañaron esta acción del Gobierno. Y resulta particularmente difícil conciliar esos valores con la manera como el presidente De la Espriella se exhibe ante las imágenes de las personas abatidas en ese bombardeo. La misericordia cristiana, al menos en su sentido más elemental, no parece compatible con convertir a los muertos en imágenes de victoria.

Hasta la fecha, no he encontrado una manifestación de la Conferencia Episcopal de Colombia, ni de alguno de sus prelados que se refiera específicamente a la utilización de estos cadáveres. Y ese silencio, frente a la ostensible presencia de símbolos cristianos en el discurso presidencial, también plantea una pregunta que merece ser formulada: ¿Qué dice —o deja de decir— la jerarquía católica ante la utilización de símbolos cristianos por un presidente que convierte las imágenes de sus enemigos muertos en una pieza clave de su comunicación política? Y por eso la pregunta sigue abierta: ¿Puede un gobernante invocar públicamente a Cristo y, al mismo tiempo, convertir los cadáveres de sus enemigos en imágenes de triunfo, sin que la Iglesia tenga nada que decir?

Pocos días después del bombardeo, un juez de la República ordenó “suspender temporalmente bombardeos cuando exista información sobre menores reclutados”. Ciertamente, la Constitución, en su artículo 44, señala que “los derechos de los niños prevalecen sobre los derechos de los demás”. Esto no quiere decir que la vida de un niño vale más que la de un adulto. Lo que dice la Constitución es que los niños tienen una protección reforzada. A mi modo de ver, esto no debe interpretarse como una potestad del Estado de disparar contra colombianos adultos por la seguridad nacional y por hacer justicia desde el cielo y en horas de la noche. Lo que corresponde, en el marco de la Constitución y las leyes, es capturarlos y llevarlos ante la justicia. La operación debió hacerse buscando proteger las vidas de todas las personas que estaban en el campamento. Si las unidades del Ejército fuesen atacadas, corresponde responder al ataque. Pero, según la información pública conocida sobre este caso, esa no fue la situación que precedió al bombardeo.

Es justamente esa particular protección constitucional del derecho a la vida de los niños —consagrada en el artículo 44 de la Constitución— la que, en determinadas circunstancias, puede ser aprovechada por organizaciones criminales. Algunos delincuentes se acompañan de menores para protegerse frente a la acción de la fuerza pública y, más grave aún, utilizan a niños y adolescentes para la comisión de delitos.

Otro hecho del gobierno de Abelardo de la Espriella que también es difícil de entender, y que sin duda hace parte de los símbolos o mensajes que nos ha querido transmitir el presidente en sus primeras semanas de gobierno, es la orden de desmontar, en el edificio del Ministerio de Educación Nacional, la importante obra “Silencios” del maestro Juan Manuel Echavarría¹. Una obra que ha llamado la atención por la potencia de su mensaje, su calidad técnica y la fuerza de lo que proyecta. Amén de todo ello, por su belleza estética. Una exposición que  ha sido vista en prestigiosos museos y galerías de Europa y Estados Unidos. Además de haber estado expuesta en cinco universidades públicas del país y en la Universidad Externado de Colombia, en Bogotá².

Se trata del trabajo que el maestro Echavarría, en compañía de su fiel escudero Fernando Grisalez, “quien durante 13 años seguidos me acompañó a fotografiar las más de ciento cincuenta escuelas abandonadas por la guerra…³ Sin su mirada, sin su dedicación y colaboración, esta serie de fotografías había quedado incompleta”. Fotografiaron 160 tableros del mismo número de escuelas rurales abandonadas en los departamentos de Bolívar, Caquetá, Cauca, Chochó y Sucre. Un triste y necesario testimonio de cómo ha tratado nuestro país a la educación, el más importante componente del desarrollo. 

Una fotografía vista desde tres ángulos. La pobreza y el abandono en nuestros campos; el desinterés por la educación, sobre todo en las zonas rurales, y la violencia a la que ha sido, y sigue siendo, sometida buena parte de la población rural, por parte   no solo de los grupos armados al margen de la ley, sino también, y en no pocos casos, por parte de las Fuerzas Armadas. Queda para la memoria y la historia este registro gracias en el bello libro Silencios de Juan Manuel Echavarría, editado por La Fábrica en el 2025.

La “O” Mampuján, Bolívar 2010

Una idea que, con muy buen tino, concretaron unos funcionarios del Ministerio de Educación del gobierno anterior fue invitar al maestro Juan Manuel Echavarría a instalar, en el corredor más transitado del edificio de este ministerio, 17 de los tableros que hacen parte de Silencios. Estos “tableros” de escuelas rurales conforman una galería que es recorrida a diario no solamente por las más de mil personas que trabajan en este edificio, sino también por los cientos de visitantes nacionales y extranjeros que a diario lo visitan.  

Difícil encontrar un lugar más estratégico y con mayor impacto en la búsqueda de resultados de una mejor educación para nuestros compatriotas. Pero se aplica la máxima que cualquier funcionario público tiene en su agenda: Ttodo lo que hizo mi antecesor está mal hecho, igual lo hizo quien me sucedió”. Difícil progresar teniendo en cuenta este punto de partida. En Colombia ha calado una actitud que se ha llamado “el complejo de Adán.”  

Y, para ser sinceros, no sorprendería que la decisión de desmontar la exposición del maestro Echavarría terminara produciendo el efecto contrario: hacerla aún más relevante, darle mayor visibilidad y despertar un interés que quizá de otro modo no habría alcanzado. Pocas cosas resultan tan atractivas como lo prohibido.

Que así sea. Y que Silencios termine convirtiéndose en un documento de consulta, reflexión e interés en cada rincón de nuestro bello país.

Le recomendamos: Un país atrapado en el bucle la guerra: balance de las tendencias de violencia en Colombia

¹ https://jmechavarria.com/es/#1
² Josée Bienvenu Gallery, Nueva York – Université de Louvain, Bélgica – Musée d’Aquitaine, Burdeos, Francia – Auckland Art Gallery Toi o Tāmaki, Nueva Zelanda- University of Virginia, Charlottesville, Estados Unidos – Brooks School, North Andover, Massachusetts. Y en Colombia en las universidades Universidad Nacional cedes Bogotá y Manizales, Universidad de Antioquia, Universidad Pedagógica Nacional, Universidad  de Nariño y en la Universidad Externado de Colombia.
³https://acrobat.adobe.com/id/urn:aaid:sc:va6c2:660d98bc-a0a9-4115-aa8f-583424833a0f

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Enrique Uribe Botero

Escrito por:

Enrique Uribe Botero

Arquitecto de la Universidad Nacional. Máster en Arquitectura Urbana de la U.P.8 Paris Belleville. Estudios de paisajismo en la Escuela Nacional de Paisaje en Versalles.

Foto: Alumbrado público en Bogotá

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Bogotá era una anomalía nacional al no cobrar este impuesto. La propuesta se alinea con la práctica generalizada en Colombia y en Latinoamérica, aunque por una vía menos común. Valdría la pena revisarla y mantener el concepto de cobro de la sobretasa bajo el principio de universalidad, de manera de incluir a estratos 3 ,2 y 1, así sea con tarifas simbólicas.

El 4 de agosto de 2026, la Alcaldía de Carlos Fernando Galán radicó ante el Concejo de Bogotá el Proyecto de Acuerdo “Ciudad Inteligente”, cuya pieza central es la creación de una sobretasa al impuesto predial destinada exclusivamente a financiar la modernización del alumbrado público. El proyecto prevé recaudar cerca de $1,2 billones para desplegar una red de iluminación 100% LED, con al menos 20.000 nodos telegestionados y capacidad de integración con cámaras, sensores ambientales y otras aplicaciones de internet.

De los 2.255.421 predios registrados en Bogotá, la sobretasa aplicaría a 869.955 (el 38,6% del total). La estructura tarifaria propuesta es la siguiente:

Según proyecciones de la Secretaría de Hacienda, el 60% provendría del sector comercial, el 25% del residencial, el 7% del dotacional, el 5% del industrial, el 2% de lotes y el 1,2% del sector financiero. Esto significa que el peso principal recae sobre el sector productivo, no sobre las viviendas.

El proyecto establece topes de pago (600 UVT anuales para residenciales y 1.200 UVT para los demás) y contempla la posibilidad de pagar en hasta cuatro cuotas sin intereses.

La elección del vehículo tributario no es un detalle técnico menor: define quién paga, cómo se calcula, qué tan estable es el recaudo y qué tipo de progresividad tiene el impuesto. La Secretaría de Hacienda ha ofrecido varios argumentos, y del análisis del contexto surgen otros que no siempre se hacen explícitos.

¿Por qué la sobretasa al predial y no a la factura de energía?

Argumentos oficiales del Distrito:

Estabilidad y previsibilidad para el contribuyente. La secretaria de Hacienda, Ana María Cadena, ha señalado: “No deja sujeto al contribuyente a cuánta luz consume ni a que ese monto suba con el tiempo, sino que lo vamos a hacer como una sobretasa al predial, que es la otra alternativa que nos da la ley”. Al vincular el tributo al avalúo catastral (que se ajusta anualmente en función de los precios inmobiliarios) y no al consumo eléctrico, se elimina la volatilidad del monto ante cambios en las tarifas de energía o el comportamiento del hogar.

Progresividad basada en la riqueza patrimonial y no en el consumo. El consumo eléctrico no es un buen proxy de capacidad de pago: hogares de bajos ingresos con muchos habitantes pueden consumir más que hogares acomodados unipersonales. El avalúo catastral, en cambio, es una señal más directa del patrimonio inmobiliario. Cobrar por avalúo (con exención para estratos bajos) es, en principio, más progresivo.

Destinación específica y separación del recibo de luz. Al no viajar en la factura de energía, se evita alimentar el problema (ya sentido en otras ciudades) de recibos de luz cada vez más cargados de impuestos y contribuciones. Además, el mecanismo del predial permite una trazabilidad clara del recaudo por parte de la Secretaría de Hacienda distrital, sin depender de terceros comercializadores.

Competitividad relativa frente a otras ciudades. La propia Administración ha comparado el impacto: una vivienda estrato 4 con avalúo de $200 millones pagaría en Bogotá ~$1,2 millones de predial (incluida la sobretasa), frente a ~$1,66 millones en Barranquilla, ~$1,92 millones en Medellín y ~$2,2 millones en Cali. El argumento es que, incluso con el nuevo cobro, Bogotá se mantiene por debajo del promedio de las principales capitales.

Razones estructurales que probablemente pesaron en la decisión

  • Fragmentación del mercado eléctrico bogotano: A diferencia de Medellín (EPM), Cali (Emcali) y Barranquilla (Air-e/Enel), en Bogotá conviven múltiples comercializadores de energía tras la liberalización del mercado. Coordinar el recaudo a través de todos ellos añade complejidad operativa y costos de facturación que la sobretasa al predial evita.
  • Fortaleza histórica del sistema predial de Bogotá: La ciudad cuenta con un catastro actualizado y una administración tributaria robusta. Aprovechar esa infraestructura de recaudo reduce costos y errores.
  • Lecciones de otras ciudades: Debates públicos, como los de Cali (excedentes, esquemas de operación), muestran los riesgos reputacionales del cobro de la factura de la luz. Aislar el nuevo tributo en el predial reduce el riesgo de que se perciba como un “impuesto oculto” en la factura eléctrica.
  • Autonomía respecto a la CREG: La fórmula de cobro por consumo depende de la normativa nacional (topes de la CREG, componentes admisibles). La sobretasa predial queda en el ámbito exclusivo del Concejo distrital, lo que otorga mayor control al Distrito. 
  • La sobretasa al predial no es una invención distrital: Está expresamente autorizada por el parágrafo 1 del Artículo 349 de la Ley 1819 de 2016, con un tope legal de 1 por mil. La propuesta bogotana usa 0,4 por mil para residencial (menos de la mitad del tope) y 1 por mil para no residencial (justo en el tope).
Foto: Concejo de Bogotá

¿Por qué solo estratos 4, 5 y 6?

La focalización del cobro únicamente en estratos altos (con exención plena para estratos 1, 2 y 3, salvo en predios de alto avalúo) es quizá la decisión más sensible del proyecto y responde a una combinación de factores técnicos, sociales y políticos. Con todo, valdría la pena hacer el esfuerzo de mantener el principio de universalidad e incluir a estratos 3, 2 y 1 como en las demás ciudades y municipios del país, así sea con cobros simbólicos para generar sentido de pertenencia y cuidado de lo público. 

La secretaria Cadena lo ha resumido así: “Queremos proponerle a la ciudad un sistema inteligente que proteja a quienes no tienen capacidad de pago”. La lógica declarada es que quienes tienen mayor capacidad económica financien una infraestructura que beneficie a toda la ciudad, dando prioridad a los sectores populares, donde la modernización del alumbrado tiene un mayor impacto en la seguridad.

Factores que probablemente influyeron en la decisión

  • Contexto de presión sobre los bolsillos de los hogares. Colombia ha atravesado varios años de inflación elevada, alzas en las tarifas de energía (especialmente en la Costa Caribe) y erosión del ingreso disponible. Extender un nuevo cobro a los estratos 1, 2 y 3 sería políticamente inviable y socialmente regresivo.
  • Viabilidad política en el Concejo. Cualquier propuesta que gravara a los estratos populares tendría un rechazo prácticamente unánime en el cabildo. Al concentrar el cobro en los estratos 4, 5 y 6, especialmente en el sector productivo, la Administración construye una coalición viable: los concejales de partidos que representan a estos estratos electorales tendrán que ponderar entre defender a sus bases y avalar una inversión que la ciudad efectivamente necesita.
  • Concentración patrimonial y capacidad contributiva. En Bogotá, los estratos 4, 5 y 6 concentran una fracción desproporcionadamente alta del avalúo catastral total. Aunque los 531.189 predios residenciales gravados representan aproximadamente el 23,6% del total de predios (2,25 millones), su participación en el avalúo catastral agregado es sustancialmente mayor. Esto permite recaudar montos significativos con tarifas nominalmente bajas (0,4 por mil).
  • Compensación por beneficios diferenciales de la modernización. Un argumento menos explícito pero relevante: el alumbrado inteligente (LED + telegestión + IoT) tiene beneficios ambientales globales, pero estos se concentran principalmente en la seguridad y el valor inmobiliario. Los propietarios de inmuebles de estratos altos se benefician doblemente: por la mejora del entorno urbano y por la potencial valorización de sus predios. Cobrarles la modernización refleja el principio de “quien se beneficia paga”.
  • Consistencia con la estructura del predial existente. El impuesto predial en Bogotá ya opera con una lógica progresiva según el estrato y el avalúo. Adosarle una sobretasa que respete esa progresividad es menos disruptivo que introducir un tributo con una lógica distinta (per cápita o por consumo).

Debate público y consideraciones críticas

El proyecto no ha estado exento de cuestionamientos, que es importante recoger para un análisis balanceado:

  • Sobrecarga en los estratos 4, 5 y 6 y en el comercio. Exsecretarios de Hacienda han señalado que la propuesta concentra un peso muy elevado en un universo relativamente estrecho de contribuyentes, especialmente en el pequeño y mediano comercio.  Algunos concejales han advertido que “los bogotanos no resisten un impuesto más”.
  • Cuestionamientos al nombre “Ciudad Inteligente”. Críticos consideran que el rótulo suaviza lo que en el fondo es un nuevo cobro tributario, y que las funcionalidades adicionales del alumbrado inteligente (cámaras, sensores) podrían financiarse por otras vías.
  • Sostenibilidad temporal del cobro. La modernización tiene un costo de inversión (Capex) mayoritariamente concentrado en los primeros años; sin embargo, la sobretasa quedaría establecida de forma indefinida. Un debate abierto es si debería tener un horizonte temporal claro vinculado al proyecto o convertirse en una fuente estructural.
  • Régimen aplicable a los estratos 1, 2 y 3 con avalúo alto. El proyecto grava predios de estratos populares con un avalúo superior a 20.000 UVT. Aunque busca capturar inconsistencias entre el estrato y el valor real, puede generar litigios en casos límite y sobre la definición misma de “predio de alto valor” en estratos bajos.
  • Doble beneficio requerido. Para que el argumento de progresividad se sostenga, la Administración deberá demostrar, en el tiempo, que efectivamente los beneficios de seguridad y modernización llegan de manera diferencial a los sectores no gravados. De lo contrario, se convertirá en un cobro difícil de defender ante la opinión pública.

Conclusiones

Bogotá era una anomalía nacional al no cobrar el impuesto de alumbrado público. La propuesta actual se alinea con la práctica generalizada en Colombia y en Latinoamérica, aunque por una vía menos común. En todo caso, valdría la pena revisar la propuesta y mantener el concepto de cobro de la sobretasa bajo el principio de universalidad, de manera de incluir a estratos 3 ,2 y 1, así solo les apliquen tarifas simbólicas.

La elección de la sobretasa al predial (en vez del cobro vía factura de energía) es una decisión legalmente sólida (parágrafo 1, art. 349, Ley 1819/2016), técnicamente coherente con la estructura tributaria bogotana y con los antecedentes de gestión del predial en el Distrito, y políticamente diferenciadora frente a los debates que este cobro ha generado en otras ciudades.

La focalización a estratos 4, 5 y 6 y al sector productivo responde a un cálculo mixto: eventual viabilidad política, progresividad tributaria y concentración de capacidad contributiva. En todo caso, insistir en mantener el principio de universalidad e incluir estratos 3, 2 y 1, así se  apliquen tarifas simbólicas con el objeto de generar sentido de pertenencia y cuidado de lo público.

El debate legislativo se centrará en: (i) el tope tarifario, (ii) la definición de “predios de alto valor” en estratos bajos, (iii) la temporalidad del cobro, (iv) los mecanismos de fiscalización del uso del recaudo y (v) posibles alivios o gradualidad para el pequeño comercio.

Para hacerle seguimiento al debate, vale la pena monitorear: proyecciones actualizadas de recaudo, pronunciamientos de los partidos con mayoría en el Concejo, la posición de gremios (Fenalco, Camacol, ANDI Bogotá) y eventuales demandas o consultas ante organismos de control.

Le recomendamos: Los ganadores y perdedores del nuevo paquete tributario de Bogotá

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Clara Rojas

Escrito por:

Clara Rojas

Abogada y Especialista en Derecho de la U del Rosario, Magister en Estudios Políticos, Representante a la Cámara por Bogotá 2014-2018, Consejera en la Unesco, docente universitaria, escritura varios libros, Cautiva -Testimonio de un Secuestro, Resiliencia Personal a Prueba de Fuego, Cartas a Emmanuel, De la Selva al Congreso, entrego otros. Actualmente, Speaker y en proceso preparación siguiente libro.

Foto: Desorden informativo

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Este acrónimo de ocho letras ayuda a ordenar los riesgos que se atribuyen a la inteligencia artificial y a leer las seis posturas en que se agrupan los manifiestos sobre la tecnología que más ha revolucionado nuestras sociedades en los últimos años.

Septiembre ha sido un mes de vértigo para las noticias sobre inteligencia artificial. Anthropic, la empresa que fabrica el modelo Claude, reveló varios usos militares de su sistema. Un grupo del norte de Yemen lo empleó para dirigir cohetes. Programadores rusos, para armar un enjambre de drones. Un investigador ligado al ejército chino, para planear ataques electrónicos contra las defensas de Taiwán.

Dos días después, su director, Dario Amodei, pidió a la industria bajar el ritmo para revisar mejor cada nuevo modelo. Lo respaldaron Sam Altman, que dirige OpenAI, la empresa de ChatGPT; Elon Musk, fundador de xAI, y Demis Hassabis, jefe de la IA de Google, sus tres competidores.

Y el viernes, en Barranquilla, el presidente Abelardo de la Espriella nombró asesor de inteligencia artificial a David Vélez, empresario colombiano que fundó Nubank, el banco digital con más de cien millones de clientes en América Latina. Desde julio integra la junta directiva de OpenAI.

Casi todas esas voces hablan de seguridad y de ética. Vale preguntar entonces qué alarmas menciona cada una y cuáles deja por fuera. Propongo dos herramientas. La primera es el acrónimo HUMAREDA, cuyas ocho letras ordenan riesgos que hoy se discuten. La segunda es un mapa de seis posturas sobre qué hacer con la IA. Cruzadas muestran qué le preocupa a cada quien y qué se calla.

Ocho letras para leer el humo

El acrónimo se entiende mejor si se parte en cuatro preguntas.

La primera es qué hace la IA con el dinero y el poder. La H apunta al hueco que dejaría la burbuja si estalla. Las empresas del sector valen fortunas cuyas ventas todavía no alcanzan esas estimaciones. Gita Gopinath, execonomista jefe del FMI, calculó que una caída como la de las puntocom borraría unos US$35 billones, buena parte en hogares comunes y corrientes. La U reúne los usos de guerra y de vigilancia. La A es la del acaparamiento. Unas pocas compañías entrenan sus modelos con lo que la humanidad escribió durante siglos y luego venden el resultado como propiedad privada.

La segunda es qué hace con la verdad. La M es la de manipulación y sesgo, la de personas que engañan con ayuda de la máquina y la de sistemas que tratan peor a alguien por lo que es, como su sexo o su color de piel, o por el lugar donde vive. En junio, NewsGuard llevaba contadas 3.749 granjas de contenido que se hacen pasar por portales de noticias en dieciséis idiomas, escritas por máquinas y firmadas por periodistas que no existen. Lo que antes pedía una redacción entera hoy lo produce una persona con una cuenta de pago.

La E es la de engaño, el caso inverso, cuando la máquina engaña a las personas. OpenAI y el evaluador externo de su modelo más reciente admitieron que el sistema suele advertir que está bajo examen y que, si hiciera trampa, nadie lo notaría. Se parece al estudiante que solo se porta bien cuando el profesor lo mira. Entre mayo y julio, unos programas automáticos de esa empresa, llamados agentes, se escaparon del entorno cerrado donde los probaban y entraron en los sistemas de otra compañía.

La tercera pregunta es qué hace con nosotros. La D es la de dependencia. Hay asistentes diseñados para complacer. Les pedimos que terminen la frase o que armen la tarea, y al cabo de unas semanas cuesta escribir sin ellos. Hay también dependencia afectiva. Varias familias en Estados Unidos han demandado a estas empresas por el daño psicológico en sus hijos. La A final es la de atrofia, la destreza que se pierde cuando se deja de usar. Pasó con la memoria cuando los teléfonos guardaron los números. Pasa hoy con la escritura y con el razonamiento. Si una máquina redacta el ensayo del colegio, el estudiante entrega la tarea sin haber aprendido a argumentar. Y está el empleo. Amodei calculó que la IA puede borrar en pocos años la mitad de los empleos administrativos de entrada.

La cuarta pregunta es qué pasa si la tecnología se sale de control. Es la R de riesgo de descontrol. El 8 de septiembre, el investigador Jacob Coxon renunció a Anthropic y escribió que quienes construyen estos sistemas creen de verdad que podrían matarnos a todos esta década. El panel científico de la ONU sobre IA, que copreside Yoshua Bengio, llamó a ese episodio de los agentes de OpenAI aviso temprano de una posible pérdida de control. En mayo, Claude escribía más del 80% del código nuevo de Anthropic, y en agosto ya dirigía, con supervisión humana, una cuarta parte de su investigación. La máquina ya ayuda a construir la que viene después, y ninguna de las seis posturas que siguen propone limitar esa práctica.

Seis maneras de responder

Frente a esos riesgos, en la última década se formaron seis respuestas. La primera es acelerar y ganar la carrera. Es la del gobierno de Trump. En enero de 2025 anunció Stargate, un proyecto privado de hasta US$500.000 millones. Este mes escribió que el único freno que la IA necesita es “un presidente fuerte e inteligente, de alto coeficiente”. Jensen Huang, director de Nvidia, el mayor fabricante de chips para IA, lo respaldó con la idea de que la seguridad es asunto de ingenieros y no de leyes. Esta postura atiende la U de la guerra y descarta casi todo lo demás.

La segunda es regular según el riesgo. En 2024 Europa aprobó una ley que prohíbe algunos usos, como calificar a los ciudadanos por su conducta y vigila otros, como los programas que seleccionan personal. En febrero de 2025, 58 países firmaron en París una declaración por una IA abierta e inclusiva. Estados Unidos no la firmó y Colombia tampoco. Se ocupa de la M de la manipulación y de la A del acaparamiento.

La tercera es frenar un poco y verificar, y la defienden, paradójicamente, quienes construyen los modelos. Amodei propone que evaluadores externos trabajen dentro de las empresas con el mismo acceso de un empleado. El razonamiento es conocido. Las empresas alertan sobre un peligro, se presentan como las más capacitadas para vigilarlo y piden reglas cuyo costo un laboratorio pequeño difícilmente puede pagar. La seguridad se vuelve así una barrera de entrada. Amodei llegó a sugerir que el Gobierno les permita ponerse de acuerdo entre ellas sin que eso cuente como un pacto ilegal entre competidores. Esta postura pone la R en el centro y deja en la sombra la H y el acaparamiento.

La cuarta pone los derechos humanos en el centro y confía en los acuerdos multilaterales. Es la de la Unesco, cuya recomendación de 2021 aprobaron 193 Estados. Este mes, en Riad, ministros de unos sesenta países la reafirmaron sin asumir compromisos nuevos. Atiende la M y la D, y casi nada el dinero.

La quinta defiende la soberanía de cada Estado, es decir, que cada gobierno controle sus datos, chips y reglas. En Nueva Delhi, el sudafricano Cyril Ramaphosa pidió que los BRICS tengan su propio sistema de evaluación científica. China propuso en 2023 que la gobernanza de la IA pase por la ONU, donde tiene poder de veto. Pero lo que hacen sus empresas y sus organismos de seguridad se aleja de lo que firma su gobierno, cuya postura mira la U y la R desde el poder del Estado.

La sexta es la del Vaticano. León XIV escribe en la encíclica Magnifica Humanitas que la IA “debe ser desarmada”. Esto es, sacarla de las lógicas de dominio, exclusión y muerte, y no dejar que una máquina decida sobre la vida. Lo comparó con el llamado de la Iglesia a desarmar el átomo y advirtió que ese control no puede quedar en manos de unos pocos. No propone una ley ni un organismo. Su fuerza es moral. Es la voz de más peso contra la U y el acaparamiento.

El dinero detrás del humo

Si se cruzan las seis posturas con las ocho letras, aparece un vacío (ver infografía). Casi nadie habla de la H. Ninguno de los documentos que revisamos advierte que si la burbuja estalla, arrastrará ahorros y pensiones de millones de personas.

Con la R ocurre lo contrario, porque sus voceros más ruidosos son las empresas que venden los modelos. Anthropic prepara para noviembre su salida a la bolsa de valores, con un precio cercano a US$2 billones. Varios analistas lo llaman marketing del fin del mundo. El mismo día en que el jefe científico de OpenAI advirtió que nadie está preparado, su empresa presentó el modelo más potente que ha construido. La alarma sostiene el precio de lo que se vende.

Nvidia, cuyo director rechaza las reglas que propone Anthropic, negocia invertir hasta US$10.000 millones en esa salida a bolsa. Los que piden frenar y los que piden acelerar están atados por el mismo dinero, y las reglas que hoy se discuten decidirán cuántas empresas siguen en la carrera. El humo de la extinción tapa el del oligopolio.

Colombia entre dos posturas

Ese mapa ubica también a Colombia, que no tiene ley sobre la IA. Desde febrero de 2025 existe el Conpes 4144, con las líneas gruesas de la política nacional. El proyecto de ley del gobierno anterior, inspirado en el modelo europeo, se archivó sin completar su trámite. En julio entró otro, el 025 de 2026, con un texto similar, que debe empezar de cero el trámite.

El viernes, a la visión del nuevo gobierno se le puso nombre propio. De la Espriella designó en un cargo ad honorem al banquero Vélez para “liderar la revolución de la inteligencia artificial” y hacer de Colombia el primer país de América Latina “nativo” en esa tecnología. El encargo incluye un Estado más pequeño y el uso de la IA para decidir a quién llegan los subsidios, un tipo de sistema que el proyecto archivado consideraba de alto riesgo. La Fundación Karisma ya documentó que el Sisbén, el puntaje que abre o cierra la puerta a los programas sociales, discrimina y estigmatiza a los hogares pobres.

Un algoritmo que asigna subsidios puede ahorrar dinero y también repetir los dos sesgos de la M, el que castiga a una persona por lo que es y el que la castiga por el estrato o el municipio donde vive. El anuncio pone el acento en la eficiencia y no dice ante quién podrá reclamar una familia a la que un algoritmo le niegue un subsidio.

Cada postura obedece a un interés y a un miedo, y ninguna cubre las ocho letras. Los gobiernos miran la carrera y las empresas, el riesgo que ellas mismas anuncian. Casi nadie mira el dinero. Colombia escoge en los próximos meses, y de esa escogencia depende algo muy concreto para cada uno de nosotros: ante quién se reclama cuando el algoritmo se equivoca, cuando un programa descarta una hoja de vida o difunde una calumnia Un manifiesto, una ley o una política sirven de algo cuando dicen quién responde, quién vigila y qué pasa si se incumple. Lo demás es humo. 

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Álvaro Duque Soto

Escrito por:

Álvaro Duque Soto

*Ph.D. en Ciencia Política de la Universidad de Turín (Italia). Ha sido docente e investigador de temas de comunicación política, periodismo y educación mediática e informacional. | @alduque

ISSN 2145-0439

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