Carlo Nasi, autor en Razón Pública
Foto: Facebook: Gustavo Petro - Gustavo Petro y Francia Márquez, la fórmula del Pacto Histórico, ganaron las elecciones con el 50,44 %.

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Aunque “los nadies” son importantes para identificar los anhelos e inconformidades de la gente, el diseño de las políticas estatales debe quedar en manos de los tecnócratas.

Carlo Nasi*

Del dicho al hecho

Desde hace tiempo, sabemos que Colombia es uno de los países más desiguales del mundo y que la pobreza afecta a cerca del 40 % de la población. El gobierno de Iván Duque hizo poco para aliviar el malestar social (agravado por la pandemia y la represión de las protestas), y el pueblo se expresó en las urnas: la mayoría manifestó su apoyo al candidato del “cambio real”, Gustavo Petro.

Sin embargo, la sabiduría popular dice que “el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones” y que “el diablo está en los detalles”. Y, en efecto, sin una buena estrategia de gobierno, podríamos terminar en el peor de los mundos.

Recordemos que, en Venezuela, Hugo Chávez y Nicolás Maduro prometieron redimir a los pobres, pero entre 2015 y 2021 las políticas de gobierno llevaron a una contracción del Producto Interno Bruto (PIB) del 80%, y la tasa de pobreza aumentó del 33,1 % al 66,8 %. Ni el presidente electo Gustavo Petro ni nadie querría un escenario así, lo que hace más apremiante la pregunta sobre cómo lograr el cambio.

¿Qué significa incluir a “los nadies”?

Algunos creen que los problemas más complejos del país son asuntos principalmente ideológicos o de clase social. Pueden pensar, por ejemplo, que la situación de los grupos marginados mejoraría por el simple hecho de elegir a personas “de izquierda” en cargos públicos importantes, pues ellos sí obrarían “a favor del pueblo”. O pueden creer, también, que, en altos cargos del Estado, “los nadies” serían solidarios con las personas de su misma clase social.

Ambos razonamientos son falaces. En primer lugar, está más que demostrado que los gobernantes de izquierda pueden ser tan incompetentes y corruptos como sus contrapartes de derecha, de centro y de todos los colores políticos. Ser “de izquierda y progresista” no es una vacuna contra esos males, incluso si los políticos de esas corrientes se presentan como defensores de los pobres y los marginados. Pensemos en Samuel Moreno, Daniel Ortega, Nicolás Maduro entre muchos otros. Peor aún: la sobreideologización de algunos políticos de izquierda los puede cegar y llevarlos a cometer errores catastróficos.

La idea de que la política colombiana ha estado monopolizada por personas que son “alguien” también es falaz. Quizás puede ser cierto en el caso de algunos altos cargos del Estado, pero no así en el nivel territorial.

Gustavo Petro presidente de colombia
Foto: Facebook: Gustavo Petro - Debe privilegiar la experticia y meritocracia sobre los criterios ideológicos y de clase social, porque de otro modo no encontrará soluciones para muchos problemas.
Los criterios de clase social son igualmente problemáticos. El recurso retórico de “los nadies” ha sido hábilmente capitalizado por la vicepresidenta electa Francia Márquez, pero es ambiguo y de hecho tiene dos interpretaciones distintas:

  • De un lado, reivindicar a “los nadies” significa exigir que el poder y los privilegios no permanezcan concentrados en manos de unos pocos, los que son “alguien” –en este caso, las personas pudientes o los que siempre han tenido el poder–.
  • De otro lado, “los nadies” podrían entenderse como las personas que no tienen experiencia, conocimiento ni trayectoria en determinado ámbito. En ese sentido, “los nadies” podrían ser aparecidos: gente que ocupa un cargo sin tener las credenciales o el recorrido necesario para cumplir un papel decoroso.

Si Petro piensa que en una verdadera democracia no se deberían pisotear ni desconocer derechos de “los nadies”, probablemente todos estaremos de acuerdo. Pero eso es distinto de pensar que la inclusión se logra repartiendo cargos claves del Estado a “los nadies”.

El gobierno de “los nadies”

La idea de que la política colombiana ha estado monopolizada por personas que son “alguien” también es falaz. Quizás puede ser cierto en el caso de algunos altos cargos del Estado, pero no así en el nivel territorial.

En Colombia hay más de 1.100 municipios y es muy frecuente que las alcaldías y curules en los concejos municipales queden en manos de “los nadies”: personas que no provienen de familias adineradas, que son desconocidas y no tienen mayor trayectoria. Claro, en ciertas regiones algunos clanes –como los Char– ponen sus fichas, pero con todo y clientelismo, mucha gente pobre y anónima ha alcanzado cargos de poder local a punta de sagacidad y agallas. Eso lo ha permitido la democracia y ¡bien por ellos!

Pero eso no debe ser motivo de idealización. En Chía, por ejemplo, hace unos años eligieron de alcalde a “un nadie”. En el pueblo, decían que “ni tenía dónde caerse muerto”. Al concluir su mandato “misteriosamente” se convirtió en un señor próspero y dueño de varias propiedades. Como él, ¿cuántos otros “nadies” entran en la política para enriquecerse a punta de corrupción? ¿Será esa la regla o la excepción?

De hecho, también se podría decir que, en cierto sentido, Duque se anticipó a Francia Márquez en lo de “los nadies”, pues nombró en altos de cargos de su gobierno a un montón de “ilustres desconocidos”, quizás de la élite, pero sin las credenciales ni la trayectoria requeridos, sin mayor presencia o prestigio en el debate público.

Más allá de la retórica, Petro es “un alguien”. Y necesitará de otros “alguien” (no los ricachones, sino personas con las mejores mentes y trayectorias del país) para llevar a cabo políticas realistas y que de verdad beneficien a “los nadies”.

Los costos de hacer esto fueron muy altos. La falta de pericia y trayectoria se tradujo en ausencia de ideas y de liderazgo. Muchos ministros y funcionarios parecían primíparos que disfrutaban las mieles del poder, pero carecían de iniciativa y cuando actuaban daban palos de ciego. Todo esto aumentó sensiblemente la sensación fundada de que con Duque nos transformamos en una “bobocracia” a la deriva. Otro punto en contra de “los nadies.”

El papel de los tecnócratas

Si Petro realmente quiere avanzar en materia de inclusión social, debe formar un equipo competente que sepa cómo impulsar los cambios y diferencie entre lo que es posible y lo que no lo es.

Para eso debe anteponer el saber y meritocracia a los criterios ideológicos y de clase social, porque de otro modo no encontrará soluciones para muchos problemas. Por supuesto, “los nadies” cumplen un papel importantísimo para identificar los anhelos, aspiraciones e inconformidades de la gente en los territorios, pero el diseño de políticas viables y sostenibles debe quedar en manos de personas con mucha experticia y capacidad de negociación.

En ese sentido, los tecnócratas deben jugar un papel clave si se busca impulsar cualquier cambio estructural positivo. Más allá de la retórica, Petro es “un alguien”. Y necesitará de otros “alguien” (no los ricachones, sino personas con las mejores mentes y trayectorias del país) para llevar a cabo políticas realistas y que de verdad beneficien a “los nadies”.

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Carlo Nasi

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Carlo Nasi

Profesor Asociado Departamento de Ciencia Política, Universidad de los Andes. Las opiniones aquí expresadas no comprometen la posición institucional de la Universidad de los Andes.

Foto: Twitter Movimiento Naranja Cali - Aunque el derecho a la protesta es fundamental en las democracias, también es cierto que ningún país aguanta una parálisis prolongada.

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Una mirada realista al gobierno que tenemos y al desarrollo del paro nacional muestra qué es lo mejor y qué es lo peor que podríamos esperar de este proceso.

Carlo Nasi*

Un gobierno de segunda para una crisis de primera

La pandemia que nos ha tocado vivir es algo inédito en el último siglo. Las medidas tomadas para frenar los contagios, sumadas al paro y a los bloqueos de carreteras del último mes, causaron una suerte de “tsunami económico”: empresas que quebraron, despidos y desabastecimiento, así como la caída de 3,6 millones de personas por debajo de la línea de pobreza.

Para sortear una crisis de semejante envergadura se necesitan líderes excepcionales. ¿Qué tenemos en Colombia? Un presidente a quien desde el primer día el país le quedó grande.

Frente al desmadre que vivimos, Duque debió replantear radicalmente la forma de gobernar. Ha debido asesorarse mejor, buscar consensos políticos y llamar como ministros a las personas más capacitadas y de más reconocida trayectoria.

Pero en vez de formar el equivalente a la Selección Colombia en su equipo de gobierno, Duque optó —con contadísimas excepciones— por nombrar ministros que parecerían provenir de las divisiones inferiores del “Facatativá Fútbol Club” (con todo el respeto por los facatativeños). A la mayoría de los ministros les falta mucho recorrido. Sus principales credenciales parecen ser que son “amigos de Duque” o son leales al Centro Democrático.

Por eso, en medio de semejante crisis, los ministros han pasado “de agache”. Produce mucha sospecha entre la ciudadanía que estos ministros no tengan un diagnóstico claro sobre lo que está pasando, y mucho menos un plan —o un norte— para tratar de atender los problemas urgentes del agro, la educación, el empleo, la pobreza, la justicia o la seguridad.

Elegir mejores líderes

Es muy fácil criticar al gobierno, pero no hay que olvidar que Duque fue elegido por la mayoría de los ciudadanos. Aquí nos cabe una buena dosis de autocrítica.

El problema no fueron las elecciones en sí, sino que en 2018 las elecciones se definieron por el miedo. Muchos votaron a favor de Duque por miedo a que Petro subiera al poder (igual que muchos otros votaron a favor de Petro por miedo al uribismo). Votar por miedo tiene consecuencias.

¿Qué tenemos en Colombia? Un presidente a quien desde el primer día el país le quedó grande

Claro: hay diferencias importantes entre izquierda y derecha, tanto en términos ideológicos como en las políticas que se ejecutan. Pero cuando el sentido de votar se reduce a mantener a raya al “castrochavismo” o al “fachouribismo”, se pierden de vista otros factores muy importantes.

En particular, hay graves vicios en la política que trascienden las ideologías y que deben tomarse muy en cuenta en cualquier elección para que la democracia funcione. Los electores debemos considerar:

  • La competencia: ¿los candidatos (y sus equipos) son personas con suficiente capacidad y recorrido para manejar el destino del país?
  • La corrupción: ¿hay evidencia de que los candidatos y sus círculos cercanos hayan depredado recursos públicos para obtener beneficios privados?
  • El autoritarismo: ¿los candidatos demuestran (con palabras y acciones) respeto por la oposición, o han tendido a atropellar los derechos ajenos?

Tanto en la derecha como en la izquierda abundan los ejemplos de políticos incompetentes, corruptos y autoritarios. En el peor de los casos (como Maduro, en Venezuela), todos los vicios se combinan en proporciones estratosféricas. Acá, la mayoría eligió (en parte por miedo) a Duque, un presidente menos malo que Maduro, pero también desastroso. Y aunque una de las grandes ventajas de la democracia estriba en que ella permite, mediante las elecciones, sacar del poder a los políticos malos, si vamos de desastre en desastre la democracia se deslegitima y hay estallidos sociales.

Nos urge tener mejores líderes políticos. ¿Qué condiciones permiten tenerlos? La primera, y más fundamental, es una oferta suficientemente amplia de candidatos(as) competentes y honestos(as). Y aquí encontramos una de las fallas más grandes de nuestra democracia: si quienes tienen altas cualidades intelectuales y morales se marginan del juego político, el espacio acaba siendo copado por malandrines e ineptos. Eso es lo que ha pasado una y otra vez en Colombia — lo cual, por lo demás, no nos excusa como ciudadanos si acabamos votando por ellos—.

Por eso creo que es muy ingenua la consigna del paro según la cual, con las movilizaciones, “el pueblo —finalmente— despertó.” ¿De veras lo hizo? El pueblo apenas se dio cuenta de la mala decisión que él mismo (o la mayoría) tomó cuando eligió a Iván Duque. Que ahora el pueblo se vuelque a las calles, lamentando su propia decisión, no es garantía de cambio.

Sólo si ese mismo pueblo deja de elegir (y reelegir) a personajillos políticos nefastos —como Pablo Ardila, Samuel Moreno, María Fernanda Cabal, Ernesto Macías y similares (la lista puede seguir por varias páginas)—, creeré la consigna de que realmente despertó. Antes no.

Foto:Facebook Central Unitaria de Trabajadores - Es importante que los promotores del paro entiendan el momento político y opten por una agenda realista.

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¿Tiene salida el laberinto?

Aunque el derecho a la protesta es fundamental, también es cierto que ningún país aguanta una parálisis prolongada de la actividad económica debida a los bloqueos. Los incumplimientos y mentiras del gobierno Duque ante las peticiones del paro en 2019 han llevado a los manifestantes a mantener un duro pulso en las calles, con la idea de que debe prolongarse la protesta hasta que el gobierno negocie y hasta verificar que cumpla lo pactado.

Pero los bloqueos prolongados acaban por derrotarse a sí mismos. Si las demandas son de carácter redistributivo, hay que cuidar la producción de recursos. En estos momentos, crear empleo es más necesario que nunca, pero eso no va a ocurrir si muchas empresas (pequeñas, medianas y grandes) quiebran o reducen su operación debido a la pandemia y los bloqueos. El recaudo tributario del gobierno también disminuirá y esto hace más apremiante la pregunta: ¿de dónde saldrán los recursos para costear los programas contra la pobreza?

Ahora bien, las protestas reflejan un malestar real y legítimo. Cualquier persona medianamente inteligente sabe que las protestas no se explican por conspiraciones fantasiosas del ELN, ni de Petro, ni de Santos, ni de Maduro, ni de Rusia. Le hacen un flaco favor al país los políticos y medios que se inventan teorías conspirativas para deslegitimar las protestas, porque eso lleva a diagnósticos equivocados sobre qué se debe hacer.

Aunque el derecho a la protesta es fundamental, también es cierto que ningún país aguanta una parálisis prolongada de la actividad económica debida a los bloqueos.

Pero, más allá de reconocer que el gran malestar ha producido un estallido social, es clave entender bien el contexto para pensar en posibles soluciones. De un lado, los bloqueos prolongados y actos vandálicos rutinarios de una minoría de los manifestantes están causando una sensación de ingobernabilidad, lo que siempre ha derechizado a un segmento grande de la ciudadanía.

Una encuesta del 31 de mayo del Centro Nacional de Consultoría reveló que el 86% de los colombianos considera que los bloqueos “le hacen daño al país,” — de lo cual se inferiría que muchos sectores están transitando de la solidaridad a la fatiga frente al paro—. No es de extrañar que a raíz de la encuesta el gobierno haya decidido mandar a la fuerza pública a desbloquear más de mil puntos en las carreteras y nadie haya rechistado por ello.

De otro lado, Duque ha dilatado las negociaciones; además, le queda apenas un año de gobierno, un tiempo demasiado corto para impulsar grandes reformas. Peor aún: a Duque se le hará difícil el apoyo de las bancadas para hacer reformas en una coyuntura electoral donde cualquier político cuerdo tratará de abandonar el barco que se hunde.

Es decir, antes, el gobierno hizo poco porque es sordo, indolente e incompetente; y ahora, con la presión del paro, en el mejor de los casos va a hacer muy poco porque le queda apenas un año y porque hacer coaliciones es prácticamente imposible.

Por eso es tan importante que los promotores del paro entiendan el momento político y opten por una agenda realista. Si se empecinan en su larga lista de peticiones de todos los sectores, el año que queda se irá en discusiones de una agenda innegociable, intercaladas con muchas protestas y un apoyo ciudadano menguante. Si, a partir de la indignación, el movimiento social pretende cogobernar sobre lo divino y lo humano, es fácil anticipar que no ocurrirá y de aquí a un año no veremos ningún cambio.

Si, por el contrario, los líderes del paro se concentran en sentar las bases de unas pocas (pero significativas) reformas —como el tema de la renta básica, la reorganización de la policía y una política seria para frenar el asesinato de líderes sociales—, de pronto resulte algo bueno del paro, más allá de tumbar la reforma tributaria. Eso necesitará trascender los intereses particulares, renunciar al maximalismo y concertar posiciones.

Lea en Razón Publica: El presidente Duque decidió apoyar a Petro

Los riesgos del maximalismo no se reducen a que, por abarcar mucho, los promotores del paro logren poco. Si la frustración por los pocos avances en la negociación los lleva a revivir los bloqueos, los líderes del paro, sin proponérselo, podrían ayudar a rencauchar a los “redentores de mano dura.” ¿Acaso olvidaron que el desmadre ocasionado por las FARC fue lo que eligió (y luego reeligió) a Uribe con su promesa de “imponer orden”? Ojalá no vaya a ser ese un legado del paro.

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Carlo Nasi

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Carlo Nasi

Profesor Asociado Departamento de Ciencia Política, Universidad de los Andes. Las opiniones aquí expresadas no comprometen la posición institucional de la Universidad de los Andes.

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