Fútbol, fiesta y violencia: ¿por qué van de la mano? - Razón Pública
Inicio TemasEconomía y Sociedad Fútbol, fiesta y violencia: ¿por qué van de la mano?

Fútbol, fiesta y violencia: ¿por qué van de la mano?

Escrito por Jorge Humberto Ruíz

Los triunfos deportivos de Colombia siguen dando pie a celebraciones que desembocan en desorden y en violencia. A partir de una fina lectura sociológica, este artículo  intenta una respuesta al por qué de nuestros festejos desbordados. 

Jorge Humberto Ruíz*

¿Qué significa celebrar?

Una celebración es un acto que indica la importancia de un hecho, de una situación que se considera y se valora como algo que trasciende las pautas cotidianas de la vida social.

No se celebra lo que siempre ocurre, lo que es normal o lo que no tiene valor en la cultura: celebramos solo aquello que sucede por fuera de nuestra cotidianidad y que posee un alto significado colectivo.

Las celebraciones son mundos alternos a lo conocido que funcionan bajo reglas diferentes: las pautas de comportamiento de las rutinas diarias se suspenden temporalmente para dar paso a formas de acción desreguladas que trastornan los papeles comunes.

Las celebraciones tienen la misma lógica del carnaval: la fiesta nos aleja de lo cotidiano y nos convierte en seres lúdicos sin temor a la sanción moral.

En una celebración usamos vestimentas notorias, nos mofamos del poder, bebemos alcohol, gritamos y reímos, bailamos y nos relacionamos con los demás de unas maneras que no haríamos en los espacios laborales, familiares e incluso, recreativos. Las celebraciones tienen la misma lógica del carnaval: la fiesta nos aleja de lo cotidiano y nos convierte en seres lúdicos sin temor a la sanción moral.

El hecho de que la fiesta constituya una suspensión temporal de la vida cotidiana no implica que una y otra se encuentren tajantemente separadas, pues, por el contrario, entre ellas se tejen profundas relaciones.

– Una de las funciones sociales de la fiesta consiste, precisamente, en proporcionar los relatos y actualizaciones de las prácticas y pautas de comportamiento necesarios para ejercer los roles de la vida diaria. Esto quiere decir que la fiesta, a través del rito, ayuda a que los miembros del grupo se apropien o “internalicen” esas pautas de comportamiento.

Y lo anterior  constituye una paradoja en tanto la ruptura temporal con los papeles cotidianos sirve, precisamente, para reforzar esos papeles.

– Otra de las funciones de la fiesta es relajar las rígidas rutinas de la vida y permitir la expresión de emociones que las normas sociales no permiten expresar. El sociólogo Norbert Elias ha llamado “función mimética” a este aspecto de las celebraciones, pues en ellas se imitan diferentes comportamientos sin que se altere la estructura social y política, al mismo tiempo que se imitan emociones (entre ellas las que llevan a la violencia) sin poner en riesgo la integridad física de los partícipes del acto festivo.


Celebración de los hinchas de la selección Colombia
en Bogotá.
Foto: Juan Carlos Pachón – Arttesano

Celebrar y celebrar

Podemos encontrar dos tipos de celebraciones.

1. Aquellas que son ritualizadas -y por tanto periódicas-. Fiestas que tienen un lugar específico en el calendario (como los carnavales o los nacimientos) o que se programan en función de un evento de particular importancia (matrimonios, por ejemplo).

Estas celebraciones, al ser planeadas, no irrumpen drásticamente en la rutina diaria, pues los miembros del grupo  se preparan con antelación para la fiesta y esperan pacientemente a que comience. La fiesta, entonces, es parte consciente de las actividades del grupo pues todos sus miembros saben que deben destinar parte de su tiempo para celebrar en el momento indicado.

2. Pero existen otras formas de celebración que irrumpen decididamente en la apacible vida de las personas: estas son fiestas que resultan de una situación inesperada.

Estas celebraciones no hacen parte de los calendarios festivos, no son planeadas ni tampoco hacen parte de las actividades que la gente tiene entre sus compromisos; simplemente suceden súbitamente. Ganarse la lotería, la llegada inesperada de un ser querido, una victoria política o un triunfo deportivo, son ejemplos de situaciones que dan pie a este tipo de celebraciones.

Agresiones en las celebraciones

Los triunfos de la Selección Colombia en el Mundial de fútbol de Brasil pueden leerse como un hecho generador de este último tipo de celebraciones.

Cada partido se vive como una fiesta y eso explica el uso de camisetas, pelucas, trompetas, así como el consumo de alcohol y la guerra de harina una vez termina el partido.

¿Cuál es la razón, entonces, para que una situación que se vive como fiesta, como una suspensión de las pautas cotidianas de la vida, conlleve a resultados de agresión y violencia?

Como hace poco reiteró Germán Gómez Eslava en esta revista, durante la fiesta se relajan los controles internos del comportamiento (aquellos que se instauran en la conciencia) y afloran otro tipo de pautas. El asunto, entonces, se encuentra en los mecanismos que llevan a que dichos controles se relajen más allá de lo aceptado socialmente.

La tensión acumulada durante el largo periodo de abstinencia mundialista, el carácter repentino de los triunfos de la Selección y el sentimiento exacerbado de patriotismo aumentan la intensidad del júbilo y, por tanto, el relajamiento de los controles internos de la conducta.

La tensión acumulada durante el largo periodo de abstinencia mundialista, el carácter repentino de los triunfos de la Selección y el sentimiento exacerbado de patriotismo aumentan la intensidad del júbilo y, por tanto, el relajamiento de los controles internos de la conducta.

Este argumento de por sí no explica las agresiones, pero permite comprender la posibilidad de pasar con tal facilidad de la celebración a la violencia.


Hinchas de la selección Colombia.
Foto: Universidad de Antioquia

Fútbol y pasión

Ahora bien, estos tres elementos se conjugan más idóneamente en el fútbol que en cualquier otro deporte, no por sus propias características sino por la forma como se ha inscrito en la cultura colombiana y en muchas otras.

En primer lugar, el fútbol ha sido un elemento central en el proceso de socialización o aprendizaje de  los roles masculinos, de manera que en él se ponen en juego los valores constitutivos del ser hombre; en síntesis, el fútbol es un espacio de disputa de la identidad masculina.

Además el mayor reconocimiento simbólico que tiene este deporte, su práctica común en muchas culturas y su difusión global, lo convierte en una arena donde se disputan la identidad nacional y los valores asociados con ella ( por eso se ha formado también un público femenino que siente el fútbol como algo profundo, como algo que atañe a su existencia misma).

Ahora bien, la transformación de la fiesta en agresión se puede comprender más fácilmente al tener en cuenta las formas  diferentes como los sujetos viven la fiesta, los diferentes significados que se le asignan y las distintas intensidades de su experiencia.

Al no tratarse de un evento programado, la celebración futbolística es experimentada con diferentes temporalidades; la suspensión temporal de la vida cotidiana es diferente para cada sujeto.

Para los  jóvenes, por ejemplo, la duración de la celebración es mayor que para los adultos,  quienes reasumen con mayor velocidad las pautas cotidianas de la vida, pues deben retomar de inmediato las responsabilidades laborales y familiares propias de su edad.

Los jóvenes, que pueden seguir celebrando, entran así en tensión con quienes ya volvieron a la vida normal. La harina y la espuma, elementos centrales de la fiesta, se convierten entonces en afrentas para quien no está celebrándola.

Lo mismo sucede con el significado que cada quien adscribe a la celebración, ya que para algunas personas el fútbol no tiene importancia y por esto tienden a sentir los actos de las celebraciones como agresiones a su integridad personal.

Así las cosas, el problema de la violencia en las celebraciones no pasa por nuestro supuesto ethos violento ni por factores asociados como el alcohol o la harina, sino por otro aspecto de nuestra cultura: la incapacidad para identificar los límites y fueros de los demás sujetos, de comprender que no todos están obligados a experimentar las mismas sensaciones que nosotros y que una fiesta nacional no implica necesariamente que todos celebremos de la misma forma.

 

 *Sociólogo y magíster en Estudios Políticos, autor del libro La política del sport: élites y deporte en la construcción de la nación Colombiana, 1903-1925, miembro de la Asociación Colombiana de Investigación y Estudios Sociales del Deporte –ASCIENDE-.

 

Artículos Relacionados

Este sitio web utiliza cookies para mejorar tu experiencia. Leer políticas Aceptar

Política de privacidad y cookies

Cuando ayudas a Razón Pública


· Apoyas el análisis independiente
· Apoyas el debate con argumentos
· Apoyas la explicación de las noticias
 
Apoya a tu Revista

DONA A RAZÓN PÚBLICA