
Humedales agresores, humedales agredidos
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Nuevamente la temporada de lluvias en la Sabana de Bogotá con sus correspondientes inundaciones pone de presente las dificultades de la urbanización.
El hecho
Se inundó la autopista norte con consecuencias alarmantes. Viajes de regreso a casa se prolongaron hasta la madrugada. Algunos estudiantes de colegio debieron dormir en los planteles. Angustia generalizada, carros dañados, altos costos de atención de la emergencia, en fin, una negra noche. No será la última.
Las causas
Oficialmente nos dieron varias explicaciones.
El 11 de noviembre, en su página web, la Alcaldía de Bogotá expresa:
“La disposición adecuada de residuos es una de las principales acciones para evitar los taponamientos de quebradas, ríos y humedales”, anotando que “las autoridades revelaron en zonas del Humedal Torca la inadecuada disposición de residuos, la cual ocasiona obstrucción de quebradas e incrementa los riesgos de desbordamiento e inundación”.
Hace tres recomendaciones:
1) disposición adecuada de residuos y escombros: evitar arrojar basura, residuos ordinarios y escombros en calles, canales y cuerpos de agua; 2) evitar ocupaciones ilegales en zonas de riesgo: el Distrito recalca la importancia de no ocupar terrenos en áreas propensas a inundaciones; y 3) reportar árboles en riesgo: los árboles en riesgo de caída deben ser reportados a través de la Línea 123. Bogotá requiere la colaboración de todos para afrontar los desafíos del cambio climático y reducir el impacto de las lluvias en la ciudad.
Y, en efecto, la escasa cultura de los bogotanos en asuntos como éste es un problema. Ante esto, la administración debe reforzar sus acciones. El gobierno distrital sabe que estas conductas se presentan, y atribuye la inundación a los taponamientos originados por el mal comportamiento, evidentemente debió haber limpiado los cauces naturales y artificiales de desagües ante la temporada de lluvias que siempre se produce en los meses de octubre a diciembre.
Así mismo, intensificar la educación a la ciudadanía bogotana en la gestión adecuada de residuos y, naturalmente, las estrategias de cultura ciudadana, con el objeto de cambiar los comportamientos colectivos, que, como lo explicaba un apreciado exalcalde, es la verdadera función del gobernante.
Luego nos dieron más explicaciones. El alcalde Galán se refirió a la emergencia en entrevista con Caracol Radio, que este medio tituló en su página web:
“Autopista Norte está encima del humedal, la situación de ayer era inevitable: Galán”.
Cierto, la autopista pasa sobre el humedal, seccionando los humedales de Torca y Guaymaral, que originalmente eran un solo cuerpo, el humedal Torca – Guaymaral. La construcción de esta vía hace muchos, muchos años, pasó impunemente sobre él. Los ingenieros comprenden la geometría y saben que la línea recta es el camino más corto entre dos puntos, sin importar si en medio hay personas, una montaña… o un humedal.
Esto es crítico, porque pasa por alto las dinámicas hidráulicas y biológicas del humedal.
Las normas de ordenamiento territorial del Distrito Capital definen y valora los humedales como
“ecosistemas de gran valor natural y cultural, constituidos por un cuerpo de agua permanente o estacional de escasa profundidad, una franja a su alrededor que puede cubrirse por inundaciones periódicas (ronda hidráulica) y una franja de terreno no inundable, llamada zona de manejo y preservación ambiental”.
O sea, en la dinámica hidráulica, el humedal acumula el agua mientras encuentra su cauce hacia el río Bogotá, lo que amortigua las eventuales inundaciones. De pronto si los cauces naturales no hubieran estado taponados, la inundación habría sido a lo largo del río, como ya ha pasado. Consecuencias de esa hermosa geografía que llaman sabana.
El taponamiento producido por la autopista hace que, con precipitaciones excesivas y al no poder fluir de forma natural, el agua quede sobre la vía.
Se ha planteado como solución la ampliación de la autopista como un viaducto en la zona del humedal, mejorando así la conexión entre los sectores oriental (Torca) y occidental (Guaymaral) del humedal. Este proyecto, a través de una APP, está pendiente de la entrega de estudios más precisos a la ANLA para la aprobación de la licencia ambiental, como lo informa la revista Semana el 8 de noviembre en nota titulada “Esta es la verdad de por qué se inunda la Autopista Norte, en Bogotá, y lo que se debería hacer para solucionar el problema”.

No es el humedal, son los humedales
El problema no se limita a la autopista con el viaducto como solución. Para evitar inundaciones es necesario respetar el espacio del agua. Recordemos la recomendación de los expertos 75 años atrás.
En la década de los 50 sin cambio climático, Colombia tuvo una temporada invernal particularmente fuerte con una inmensa inundación en las márgenes del río Magdalena. El presidente Alberto Lleras preguntó a quién acudir y le recomendaron hablar con los holandeses, expertos en ingeniería hidráulica. Llamó al embajador de ese país, quien de manera presta hizo los contactos con los expertos. Los holandeses respondieron positivamente: “apenas deje de llover nos avisan y vamos de inmediato”. Terminadas las lluvias fueron con el ministro de Obras Públicas y desde un cerro le dijeron: “¿ve usted hasta dónde entró el agua?” Sí, respondió el ministro. “Pues ahí no hay que hacerse”, dijeron los expertos.
Hace un poco más de un siglo la Sabana de Bogotá contaba con 50.000 hectáreas de humedales. Pero llegaron los seres humanos, y hoy quedan apenas 727 has., según nos informa Jorge Escobar, director de la Fundación Humedales Bogotá.
Esta disminución se debe a los cultivos de flores y otras actividades agrícolas y a los procesos de urbanización en Bogotá y otros municipios de la sabana. Bogotá ha sido la protagonista central del proceso de urbanización que marca al país desde mediados del siglo XX. Las necesidades de vivienda alimentaron en la década de 1970 el plan de desarrollo Las Cuatro Estrategias del presidente Misael Pastrana y, posteriormente, el programa de vivienda sin cuota inicial del gobierno de Belisario Betancur, a los que siguieron otras políticas de urbanización del país con construcción masiva de vivienda en las grandes ciudades.
En 1951 la población urbana representaba el 38.9% del total y en 2024 el 77% (DANE, censos de población 1951 y proyecciones censo 2018). Así, las ciudades construyeron edificaciones para vivienda y otros usos, en un periodo donde las variables ambientales no tenían un peso significativo. De esta forma la urbanización se tomó el territorio, ocupando lo que pudo, incluyendo ciertamente los espacios del agua, con las consecuencias que hoy vemos.
Y seguimos urbanizando. El proyecto Lagos de Torca anuncia la construcción de 135.000 unidades de vivienda, lo que equivale a ciudades como Riohacha, Tunja o Barrancabermeja. Hay en agenda otros desarrollos en el norte de la ciudad y en municipios vecinos. Todo esto tendrá consecuencias en la calidad y seguridad ambiental de los entornos urbanos.
¿Para qué y para quién tantas viviendas, si el país ya se urbanizó? ¿Es una necesidad real o es mantener el aspecto especulativo de la inversión inmobiliaria? Sin duda algunas nuevas viviendas serán necesarias, pero ¿cuántas, dónde y con qué modalidades.
¿Qué hacer?
Tres temas de reflexión:
Primero, revisar el POT bajo la pregunta central: ¿Cuál es la capacidad de Bogotá? Es un asunto central para el ordenamiento del territorio. Debe tener en cuenta las proyecciones demográficas mejor soportadas técnicamente.
No se trata de tener una ciudad excluyente, sino de hacer un compromiso serio de una vida con calidad para actuales y futuros bogotanos. De contar con provisión de agua y energía suficiente y sostenible en el tiempo; de aire respirable; de zonas verdes suficientes y gratas; de equipamiento social y cultural adecuado; de educación y trabajo para todos.
Estos temas son hoy insuficientes o desconocidos. Por ejemplo, Lagos de Torca anuncia 8 m² de parques y zonas verdes por habitante, muy superior a los 0.54 m² de zonas verdes y 3.59 m² de parques por habitante para el promedio de Bogotá, de acuerdo al reporte técnico de indicadores de espacio público de diciembre 2016 de la administración distrital. Pero por debajo, en todo caso, de los 20 m² de las ciudades ejemplares (Buenos Aires, San Francisco, etc.) e incluso de los 10 m² establecidos por el primer POT en el 2000.
Segundo, dar uso a la figura de Región Metropolitana Bogotá – Cundinamarca para los nuevos desarrollos de actividades productivas, vivienda e infraestructura social. Una urbanización responsable acordada en el marco de la región resultaría en entornos amables, con la condición de que el Distrito Capital invierta en estos desarrollos garantizando servicios públicos, soporte económico para esta población e infraestructura social adecuada, como lo hace en su propio territorio, entendiendo que en un futuro su límite no será su perímetro urbano; Bogotá también quedaría en Facatativá, en Sasaima, en Ubaté o en La Mesa. Será una forma de distribuir población y actividades en entornos menos estresados que la capital.
Tercero, usar lo que ya tenemos. Bogotá tiene un potencial importante de reciclar y reutilizar parte de su stock inmobiliario, a través de mejoramiento, subdivisión de vivienda y recuperación de edificios vacíos, entre otras posibilidades. Esta debería ser una estrategia central si consideramos que toda nueva construcción constituye un detrimento al planeta. En efecto, un metro cuadrado de un edificio pesa una tonelada. Una tonelada de metales y minerales que extraemos al planeta y que no podemos devolver.
Como referente tenemos muchas edificaciones subutilizadas, muchas vacías como la carrera 10ª en el centro o estructuras industriales en varias zonas, con potencial de albergar miles de unidades adicionales de vivienda, con la ventaja adicional de estar ubicadas en la ciudad central, esto es, sin necesidad de viajar todos los días por la autopista norte. Promisorios también son los bienes de interés cultural (BIC), 6.459 así calificados en Bogotá, con un área total predial de 6.36 millones de metros, con cabida aproximada para 127.000 unidades de 50 m² y localizados. Adicionalmente, cientos de barrios cuyas construcciones no califican como BIC, pero con características físicas y seguramente socioeconómicas similares, con un potencial aún mayor.
Así, considerar modalidades que aprovechen lo ya construido parece una buena idea. Construir sobre lo construido es un lema muy apreciado.
Acerca del autor
José Eslava
*Arquitecto
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