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El debate sobre las barras deportivas en Colombia

Escrito por Jorge Humberto Ruíz
Jorge Ruíz hinchas violencia hinchas estadio

Jorge Ruíz hinchas violencia hinchas estadio

Foto: Diego Bernal2
Hinchas a las afueras del estadio El Campín en Bogotá.

Jorge Ruiz RazonPublica De cómo pueden ser analizados los incidentes de violencia entre barras de fútbol a partir de una lectura sociológica que vaya más allá de ver al barrista como el “enemigo público” y presente el problema en toda su complejidad.

Jorge Humberto Ruiz Patiño*

Simplismo y pocos estudios

Si algo ha caracterizado el debate en torno a las barras ha sido su homogeneidad, su falta  de imaginación y la inmediatez del análisis, causados por la urgencia de acabar con los actos de violencia que enturbian el “buen nombre” del fútbol.

Por estos días se han dicho tantas cosas sobre las barras bravas que el asunto parece agotado. Sin embargo las diferentes voces parecen coincidir en una cosa: la violencia en el barrismo colombiano cruzó los umbrales tolerables y exige soluciones de choque e inmediatas que salven al fútbol (no a los jóvenes) de las pandillas, de la delincuencia y del narcotráfico.

Este artículo es un llamado a enriquecer el debate con las voces de los pocos que han estudiado el problema, así como una invitación a la academia para que lleve a cabo investigaciones novedosas que puedan orientar a las autoridades.

En Colombia son escasos los estudios sobre este fenómeno social pues, exceptuando algunas tesis de grado y unos pocos libros publicados, no contamos con muchos materiales. Pero además esta producción, en concepto del Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (CERAC) se caracteriza, en su mayoría, por la “baja especialización teórica y conceptual”, lo que contrasta con la riqueza empírica que, según el mismo Centro, tienen dichos trabajos.

La revisión de los estudios sobre barras bravas en Colombia identifica, como tema recurrente, la comprensión de los sentidos y significados de la acción del barrista a partir de un enfoque que entrelaza la construcción de identidad, el territorio, la fiesta y la violencia.

Al adoptar un enfoque semejante, los investigadores se apartan de las interpretaciones funcionalistas, donde el comportamiento de los barristas se ve como simple desviación de un sistema normativo estable, desviación que desemboca en acciones agresivas y violentas. Entonces la violencia de las barras, en un sentido general, se ve más bien como resolución de tensiones emocionales asociadas con el territorio y con la identidad.

Como escribe John Alexander Castro: “El aguante es… el acompañamiento incondicional a la barra al equipo (…) es alentar en la tribuna y pelear contra los rivales”. De este modo, la violencia puede ser de dos tipos: simbólica (o ritual) y física (o real).

El barrista como delincuente

Jorge Ruíz hinchas violencia esmad estadio

Foto: Miguel Vaca Miembros del Esmad en el
​estadio El Campín.

La exclusión social como explicación de la violencia no está de moda en Colombia. Hoy, las explicaciones miran más bien al papel de bandas delincuenciales con distintos grados de organización.

Lo propio ocurre en relación con las barras bravas: ya no se trata de jóvenes excluidos social y simbólicamente, sino de vándalos, pandilleros y de redes delincuenciales involucradas en el microtráfico.

Sin desconocer la violencia que a veces practican las barras de fútbol, hay que decir que la reducción de un barrista a un delincuente es tan miope como los remedios que circulan: más acción de la fuerza pública, judicialización y carnetización:

  • Más presencia y acción de la fuerza pública en los estadios desplazó la violencia hacia los barrios y otros espacios públicos.
  • La judicialización no resuelve el problema porque los barristas parecen acudir a la violencia por motivos simbólicos más que instrumentales, es decir que no efectúan un análisis costo/beneficio donde el riesgo de sanción penal pueda servir como disuasión.
  • La carnetización sería tanto como institucionalizar la existencia de barristas buenos y barristas malos (barras futboleras versus barras bravas). Además, nada asegura que los barristas acepten un carné, o que no opten por desplazar la violencia a los barrios, ante lo cual no quedaría más que aumentar el pie de fuerza de la Policía: todo un círculo vicioso.

En cuanto a la visión de las barras como parte de redes delictivas, vale citar el estudio “Fútbol, violencia y política: redes de relaciones en Argentina”, de la antropóloga Verónica Moreira. Esta autora concluye que existen mecanismos de intermediación donde los jefes de los equipos de fútbol y de los partidos políticos les hacen favores a los jefes de las barras y a los barristas de base, lo cual genera lealtades y controles que fortalecen la barra como organización.

A la luz de los hallazgos anteriores, ¿sería posible romper con la idea de la barra como organización criminal y entenderla más bien como organización que provee beneficios a sus miembros – así en el caso colombiano ellas puedan vincularse o ser cooptadas por delincuentes y narcotraficantes?

Todo individuo que pertenece a un colectivo espera un beneficio material o simbólico del grupo. Los barristas no son la excepción, pues pertenecen a una barra porque esperan dos cosas: un lugar en el mundo que les ha sido negado, y medios materiales para mejor atender sus necesidades.

Ahí entran a jugar las redes criminales, y reaparece la exclusión social como elemento central del análisis: el barrista es leal a su jefe a cambio de favores, y el jefe de la barra consigue esos favores mediante el intercambio con grupos de delincuencia organizada.

Por eso la violencia de las barras no resulta del conflicto por las rentas del microtráfico (si bien pueden darse situaciones de ese tipo) sino primeramente de factores emocionales y simbólicos. 

¿Por qué la violencia?

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Foto: Santiago La Rotta
Partido entre millonarios y Pereira en Bogotá.

Suele decirse que las barras de fútbol surgen como respuesta a la pérdida de referentes tradicionales, como el Estado, la religión o la familia. En este sentido, la agresividad de los barristas sería parte de su frustración ante las promesas incumplidas de la modernidad.

Si bien la barra sirve como fuente de identidad alternativa, no es correcto inferir que la violencia resulte de este hecho. Como enseña el psicoanálisis, el barrista construye sus lazos afectivos mediante la identificación inicial con el objeto directo de su deseo, es decir, el equipo y la barra. La agresividad surge cuando una afrenta al objeto de deseo se interpreta como una afrenta a la propia existencia. En este sentido, el barrismo no es distinto del nacionalismo, aunque su objeto sea otro.  

El problema pasa entonces por la pregunta general acerca de la identidad, es decir, ¿por qué ella se construye únicamente a través de la barra, la nación, la etnia o la religión?

Cuando esto sucede, la agresividad se manifiesta como una expresión normal de la imposibilidad del sujeto de construir su identidad en torno a otros objetos de deseo, múltiples y simultáneos.

De este modo, las alternativas no pasan por recuperar la familia nuclear como centro de la vida, ni por buscar que los jóvenes se identifiquen plenamente con el Estado.

Pasa necesariamente, por la posibilidad que tengan los jóvenes de construir múltiples escenarios de identidad más allá del equipo y la barra como fetiche social, posibilidad  que radica en la democratización de bienes simbólicos en torno a los cuales los jóvenes puedan encontrar diferentes posibilidades de identificación. 

Sociólogo y magister en Estudios Políticos, autor del libro La política del sport: élites y deporte en la construcción de la nación colombiana, 1903-1925, miembro de la Asociación Colombiana de Investigación y Estudios Sociales del Deporte –ASCIENDE-. 

 

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