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Ciclismo: a propósito del “Giro colombiano”

Escrito por Jorge Humberto Ruíz

En medio de la alegría por el triunfo de los colombianos en el Giro de Italia, también es posible aventurar algunas reveladoras – e inquietantes- reflexiones sociológicas sobre la relación de Colombia con su ciclismo.

Jorge Humberto Ruiz*

"El final de una etapa de montaña es, por lo tanto, un compendio de toda la aventura humana: Están los vencedores… Están los que no han tenido suerte… Está la desesperación.
Está la sabiduría".

Roland Barthes, Del deporte y los hombres.

 

Las emociones y el deporte

La participación de los ciclistas colombianos en la reciente edición del Giro de Italia ha suscitado todo tipo de emociones.

Muchas de ellas han sido expresiones de júbilo en torno al triunfo de Nairo Quintana, el subcampeonato de Rigoberto Urán, la etapa ganada por Julián Arredondo y su camiseta de líder de la montaña, así como la notable combatividad del Team Colombia.

Sin embargo, otras voces, que podrían considerarse parte de la “teoría conspirativa de la cortina humo”, han considerado desmedida la importancia que se le asigna a los hechos deportivos, especialmente cuando los asuntos considerados de importancia para el país se encuentran en estado crítico.

Sin desconocer la delgada línea entre el deporte y su instrumentalización política, esta clase de mirada da una visión incompleta de la situación, pues desconoce los mecanismos culturales que subyacen a la identificación de los espectadores con las hazañas deportivas y, en consecuencia, la construcción colectiva imaginaria que ella puede originar.  


El ciclista colombiano Rigoberto Urán.
Foto: nuestrociclismo.com

Lo que hace atractivo al ciclismo

Según el sociólogo Hans Ulrich Gumbrecht, el gusto por los deportes radica en el placer que encuentra el espectador al mirarlos es decir, en una experiencia estética cuya esencia es la virtud del deportista, el desempeño atlético, la lucha por la excelencia y el poner a prueba los propios límites.

En el ciclismo, con mayor claridad que en otros deportes, se observan estos elementos: la fuerza de voluntad y la resistencia para terminar pruebas de larga duración, el último empeño en finalizar las etapas de montaña, la convicción de los velocistas en los últimos metros de los sprints o la notable concentración en las pruebas contra el reloj.

Tal vez ningún deporte como el ciclismo lleve el cuerpo al límite de sus posibilidades, y esto se nota en lo que Gumbrecht llama “enfrentar la muerte”, pues los ciclistas son admirados por solventar situaciones físicas precarias y dramáticas, tal como lo hizo Julián Arrendondo en la Cima Coppi, donde por causa de una hipotermia estuvo a punto de abandonar el Giro, para ganar dos días después la etapa 18 con el ascenso a Panarotta.

O cómo olvidar el epílogo de etapa protagonizado por Jarlinson Pantano, que a pocos metros de la meta perdió la victoria después de haber dejado todo su aliento en los últimos pedalazos. En esto el ciclismo es muy parecido al boxeo, pues se lucha hasta el total desfallecimiento.

Solo los ciclistas conocen esa sensación etapa por etapa. Mientras ellos rozan los posibles límites de la gloria, nosotros, los espectadores, disfrutamos sus gestas a través de narraciones y dramatizaciones en las voces de periodistas deportivos que despiertan las emociones con su parafernalia de pompas y chovinismos.

Los triunfos de los ciclistas colombianos nos han recordado que las gestas deportivas son mucho más que simples hechos al margen de la cultura humana, pero no tanto como para creer que ello basta para ser parte efectiva de una nación.

Deporte y  memoria

El ciclismo es muy parecido al boxeo, pues se lucha hasta el total desfallecimiento.

Pese a que el ciclismo colombiano ha brillado durante los últimos años (por ejemplo, con las actuaciones de Santiago Botero y Mauricio Soler), la excelente participación en el Giro de 2014 nos recuerda la época dorada que inauguró Martín Emilio “Cochise” Rodríguez y continuaron “Lucho” Herrera, Fabio Parra y otros ciclistas como Martín Ramírez y Alfonso Flórez.

Por eso, el Giro ha puesto en relación tres elementos: la emoción, la memoria y el nacionalismo.

Uno de los elementos que hace tan agradable al deporte (practicado o visto) son las emociones y sensaciones que desregulan los controles normativos de la vida cotidiana. Estas emociones no son pasajeras pues, aunque desaparecen una vez acaba el acto deportivo, pueden reactivarse ante otras situaciones equivalentes.

Esto es lo que ha pasado con las generaciones de colombianos que, además de ver en los ciclistas del Team Colombia, o en Urán, Nairo y Julián Arredondo, a una nueva estampa de deportistas, han reactivado viejas emociones que datan de la década de 1980, y han trazado un puente construido por la memoria que transportó a algunos a su infancia mientras que a otros los llevó a momentos de grata convivencia pasada con amigos, vecinos y familiares.

Es decir, el Giro reactivó en la memoria la construcción de lazos afectivos construidos en el pasado a través de la emoción producida por el deporte.

Nacionalismo deportivo

En sociedades fragmentadas políticamente, ciertos dispositivos culturales, como el deporte, construyen narrativas que proveen un débil pegamento a las precarias solidaridades e identificaciones de sus miembros. Estas narrativas toman la forma de nacionalismos que conjugan la emoción y la memoria como catalizadores de la construcción de identidad.

En el fondo de esto se encuentra la sustitución de una narrativa fallida por otra que, al ser mucho más eficaz, se encuentra más cercana a la instrumentalización. Esta instrumentalización puede ser política, como el caso de Juan Manuel Santos en Cómbita o de Álvaro Uribe, reivindicando los triunfos en el Giro como resultado de las políticas de su gobierno.  

Pero también puede ser económica, mediante lo que el escritor argentino Pablo Alabarces ha llamado “nacionalismos de mercado”, como el factor legitimador en América Latina que para Movistar proporciona el triunfo de Nairo Quintana.


El Presidente Santos celebra la victoria del Giro de
Italia en Boyacá.
Foto: Presidencia de la República

Medios ausentes

Respecto de lo anterior es diciente la posición de la mayoría de medios en Colombia, que no enviaron periodistas a Italia e hicieron el cubrimiento del Giro desde Buenos Aires (lugar de concentración de la Selección Colombia de fútbol), pero que a la hora del triunfo brillaron por un oportunismo maquillado con himno nacional, pompa, ruana rosada y entrevistas desabridas a amigos y familiares de los ciclistas.

La noticia ciclística entonces, se construyó únicamente para tocar los elementos más superfluos y sensibleros del nacionalismo colombiano. Afortunadamente, el día de la última etapa los padres de Nairo Quintana se encontraban en Italia, pues no me imagino el delicioso bocadillo que habría sido para los noticieros de televisión.

La ausencia de la prensa colombiana en Italia es absolutamente reprochable, pues ya se sabía que podrían haber buenos resultados teniendo en cuenta la buena participación del Team Colombia en el Giro del año pasado, así como del subcampeonato de Urán en la misma competencia y de Quintana en el Tour de Francia.

Las imágenes del ciclista colombiano

Otro elemento notable de este furor ciclístico es la construcción discursiva que se ha hecho  de Nairo Quintana y de Rigoberto Urán. Esta construcción se soporta en elementos dicotómicos y evolucionistas del tipo “antes y después”.

Por ejemplo se ha dicho de Nairo Quintana que es hijo de campesinos humildes y sencillos (el Renault 4 del padre se ha convertido en su símbolo), un muchacho delgado, bajo de estatura (“chiquitico” le he oído a más de un periodista), tímido y de pocas palabras, que ha superado estas condiciones para conquistar las montañas europeas y entrar en el circuito internacional de las grandes figuras.

El Giro ha puesto en relación tres elementos: la emoción, la memoria y el nacionalismo.

Esta visión refuerza la imagen de una ruralidad bucólica, inocente, premoderna y típica que vale y se conoce solamente como oposición superada a través de los hijos ilustres que salen del terruño gracias al deporte. Los padres de Nairo representan, de este modo, un pasado simpático, apenas una anécdota entre su presente y su futuro promisorio, lleno de modernidad y glamur internacional.

Por otro lado, la imagen de Rigoberto Urán es la de una víctima de la violencia que reconstruyó su vida gracias al ciclismo, es decir, un ejemplo de superación (que sin duda lo es).

Pero frente a esta construcción caben algunas preguntas: ¿Qué hace diferente a Rigoberto de otras víctimas de la violencia que también han reconstruido su vida? ¿Por qué se da relieve a su persona como ejemplo de tesón y persistencia? ¿Acaso las otras víctimas no son ejemplos de estas cualidades?

Lo que hace diferente a Rigoberto de otras víctimas de la violencia no es precisamente su tesón, sino el instrumento que escogió para sublimar la difícil historia de su niñez (el deporte), cuyo significado generalizado en la población está relacionado con los valores más elevados de la cultura, de tal forma que lo que es común a muchas víctimas en Rigoberto aparece hiperbolizado gracias a los efectos simbólicos del deporte.

La imagen de superación construida sobre Rigoberto Urán enseña, al mismo tiempo, una imagen invertida del deporte colombiano, pues lo que se muestra como un triunfo de la nación en realidad es expresión de la marginalización, la violencia y la pobreza.

 *Sociólogo y magíster en Estudios Políticos, autor del libro La política del sport: élites y deporte en la construcción de la nación Colombiana, 1903-1925, miembro de la Asociación Colombiana de Investigación y Estudios Sociales del Deporte –ASCIENDE-.

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