El colapso del proceso de paz del Oriente Medio - Razón Pública
Militares de Israel trabajando

El colapso del proceso de paz del Oriente Medio

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Militares de Israel trabajando

Una mirada realista y sin embargo optimista sobre las dificultades, los cambios que ha tenido Israel en los últimos años y las opciones para avanzar hacia la paz en un conflicto que a todos nos afecta.   

Bernardo Kugler*

Soluciones razonables y escalonadas

Con ocasión de los más recientes desarrollos del “Proceso de Paz del Oriente Medio” he recibido la amable invitación de Razón Pública a presentar una visión personal acerca del conflicto árabe-israelí.   

Hace apenas  un año me hubiera resultado casi imposible emprender esta ventura.  Sin embargo, leer Mi tierra prometida, triunfo y tragedia de Israel del periodista israelí Ari Shavit me abrió una perspectiva realista y balanceada sobre el modo de buscar soluciones escalonadas para los problemas más apremiantes que hoy enfrentan a israelíes y palestinos. Y sobre por qué a las dos partes les conviene buscar directamente este tipo de soluciones, en lugar de insistir sobre la victoria definitiva de unos sobre los otros.

Quienquiera esté medianamente familiarizado con Israel sabe bien que desde su origen ha existido una proporción significativa, aunque quizás minoritaria, de la población para la cual la  convivencia pacífica con el pueblo palestino es absolutamente necesaria.


Simpatizantes palestinos de Hamas marchan en
la ciudad de Belén.
Foto: Wikimedia Commons

Pesimismo en Israel

Hace tres años visité Israel y me impresionó profundamente el escepticismo de todas las personas con quienes tuve la oportunidad de dialogar acerca del llamado “proceso de paz”.  Me impresionó porque a lo largo de sus vidas esas personas habían reconocido claramente el derecho de los palestinos a manejar sus asuntos de la manera que ellos consideraran apropiada siempre y cuando aceptaran el derecho del Estado de Israel a su existencia.

El caso más frustrante fue el de una trabajadora de un hospital que lleva cuarenta años conviviendo con vecinos o colegas y atendiendo pacientes palestinos, quien me manifestó su escepticismo, no porque hubo la Intifada y tampoco por los atentados suicidas, sino porque sentía que sus vecinos, colegas y pacientes palestinos habían desarrollado sentimientos negativos contra Israel y su gente, cosa que no se había experimentado décadas atrás.

Yo mismo tuve la oportunidad de observar eventos que reflejan la tensión permanente entre judíos y palestinos en la ciudad vieja de Jerusalén y en el Golán.  Casi que sobra anotar que también pude observar cómo los ciudadanos palestinos de Israel viven en condiciones similares a las de cualquier país desarrollado.  Siempre he tenido muy claro que una condición esencial para que Israel pueda sobrevivir como Estado es que el pueblo palestino tenga un Estado donde pueda hacer lo propio. Es muy infortunado que hayan transcurrido 66 años sin que esto se haya hecho realidad.  Así como analizar las causas por las cuales esto no ha ocurrido trasciende mis capacidades, oír decir que la  tensión se ha debido  exclusivamente a la intransigencia del Estado de Israel y del pueblo judío trasciende mi capacidad de comprensión.

Sin consensos internos

La retirada de Gaza es una muestra clara de que los asentamientos no son irreversibles.

Una dificultad grave para el avance de las conversaciones de paz es la intensa división de opiniones que existe en ambos países. El abanico político en Israel es muy variado y los gobiernos elegidos democráticamente no disponen de mucho tiempo para asumir compromisos en este campo.  Por el lado palestino, las complejas relaciones entre sus líderes y los demás países árabes y movimientos islámicos también limitan la posibilidad de suscribir acuerdos firmes.

Esta vez el proceso se frustró debido a la actitud conciliadora de la Autoridad Palestina (AP) con un grupo terrorista. Los presagios que tanto habíamos oído se hicieron realidad con el acuerdo entre el Movimiento de Resistencia Islámico (Hamas) y la  Organización para la Liberación de Palestina (OLP), acuerdo  que llevó a Israel a suspender el proceso de diálogo.

La razón fue obvia: Hamas no reconoce el derecho a la existencia del  Estado de Israel (su agenda incluye el viejo dicho de “tirar a todos los judíos al mar”) y hace apenas dos semanas salieron proyectiles-cohetes de Gaza (territorio controlado por Hamas) que cayeron sobre Israel. Además, Estados Unidos incluye a Hamas en su lista de organizaciones terroristas. Supongo que algo debería ocurrir respecto de estos tres temas antes de poder sentar a Hamas en el “Diálogo de Paz”.

Las divisiones internas también dieron al traste con los procesos de paz que han estado más cerca de tener éxito: los Acuerdos de Oslo que suscribieron  Itzhak Rabin y Yasser Arafat en 1993, y que habrían de resultar en el asesinato de Rabin a manos de un ciudadano israelí en 1995. El fracaso se consolidó en 2000  puesto que Arafat no logró sacar adelante los nuevos compromisos de Camp David. Este fracaso le costó el poder al Partido Laborista de Ben Gurion que había logrado mantenerlo durante cerca de cuarenta años.


Niños víctimas de un pogrom en Yekaterinoslaw
(actualmente Dnipropetrovsk, Rusia) en 1905.
Foto: Wikimedia Commons

El ejemplo de Gaza

El siglo XXI ha traído novedades que alientan a usar la imaginación e invitan a reafirmar la voluntad de buscar soluciones conjuntas.

Uno de los eventos más significativos fue la retirada de Israel de la Franja de Gaza.  Que esto lo haya hecho Ariel Sharon, el responsable de las masacres de refugiados palestinos de Sabra y Shatila en 1982, y que lo haya hecho pasando por encima de los partidos religiosos  y de la opinión de cerca del 50 por ciento de los israelíes es algo que  sobrepasa la imaginación. Que Gaza se hubiera convertido en base de lanzamientos de proyectiles contra Israel nunca llevó a Sharon a manifestar su  arrepentimiento por la retirada.

La retirada de Gaza es una muestra clara de que los asentamientos no son irreversibles y de que serían posibles los acuerdos con el pueblo palestino sobre uno de los motivos fundamentales de la discordia.

Estado binacional

Una de las soluciones más imaginativas –y ambicionas- al conflicto ha sido defendida por intelectuales tan destacados como Edward Said en el lado palestino y Tony Judt en el lado israelí: que Israel se constituya en un Estado binacional, no en un Estado judío. Esta es la fórmula preferida por los palestinos que tienen ciudadanía israelí, pero no parece viable pues tiene poca acogida entre los israelíes judíos. 

En efecto: el riesgo demográfico de un Estado binacional sería demasiado alto para los judíos, porque la población árabe de Israel crece más rápidamente. Y a los judíos no les interesa vivir en un país que no sea controlado por ellos. Esto puede ser antidemocrático, pero en justicia hay que tener en cuenta que los países vecinos no son muy democráticos y tampoco garantizarían la seguridad militar de un Estado binacional.

Para entender la actitud de los judíos hay que retroceder a los orígenes del sionismo.  Este fue la respuesta a las persecuciones que amenazaban la existencia del pueblo judío.  Los progroms  (del ruso, “destrucción”) en la Europa del Este durante la primera mitad del siglo XX fueron solo el preludio del exterminio que se propuso Hitler: el sionismo no es más que la búsqueda de un Estado propio para asegurar la sobrevivencia del pueblo judío.

Sin embargo, el mismo artículo menciona las encuestas según al cuales las tres cuartas partes de la población israelí apoya la solución de establecer los dos Estados.  

La inmigración judía a Palestina durante la primera mitad del siglo XX era por eso una cuestión de vida o muerte, como también lo fue para el pueblo palestino que resultó desplazado con motivo de la guerra desatada al declararse el Estado de Israel.  Estas son las raíces tan fuertes de un conflicto que aún no se resuelve y que sigue implicando penalidades y costos para unos y otros.

¿Cómo avanzar? 

La solución entonces pasa por el establecimiento de un Estado Palestino con el cual Israel pueda convivir de manera segura y constructiva. Y el camino para ello, aunque difícil, no parece imposible.

En el balance que hizo The Economist tras la suspensión del proceso de paz, los editores concluyen que los palestinos están debilitados y confundidos (tanto que la AP no anticipó el acuerdo con la OLP que llegaría una semana después) y que Israel está fortalecido aunque profundamente dividido: varios partidos se oponen a establecer un Estado Palestino. Sin embargo, el mismo artículo menciona las encuestas según al cuales las tres cuartas partes de la población israelí apoya la solución de establecer los dos Estados. 

En todo caso parece que el proceso ha traído avances en varios frentes que parecían intocables hace quince años. Este es el caso del retiro de la Franja de Gaza, el de la partición de Jerusalén y el de los límites fronterizos con variantes a los de la partición original. 

Hay otro cambio importante en Israel: el país se ha secularizado. Los religiosos judíos son minoría y cada vez hay más necesidad de ajustar la definición de quién es judío.  Si ésta definición llega a ser posible sin referencia a la religión, sería más clara la separación entre Estado y religión, lo cual conllevaría un gran avance democrático en un Estado que igualaría los derechos de toda la población. Esto sería ejemplar en una región donde no abundan los Estados democráticos.

Pienso que tanto para Abbas como para Netanyahu había llegado el momento de tomar decisiones importantes y para ambos ha resultado más cómodo no hacerlo.  En el entretanto los costos se hacen cada vez más altos para los pueblos que ellos gobiernan.

 

 

Acerca del autor

Bernardo Kugler
bernardokugler@razonpublica.org.co |  + posts

Ingeniero Civil, Universidad Nacional. M.A. y candidato a Ph. D. de Economía de la Universidad de Minessota.

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Bernardo Kugler

Ingeniero Civil, Universidad Nacional. M.A. y candidato a Ph. D. de Economía de la Universidad de Minessota.

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