¿Dolor marca registrada?: el debate sobre la apropiación cultural - Razón Pública
Inicio TemasArte y Cultura ¿Dolor marca registrada?: el debate sobre la apropiación cultural

¿Dolor marca registrada?: el debate sobre la apropiación cultural

Escrito por RazonPublica

Manifestaciones culturales de afrocolombianos.

Karim Ganem¿Es deseable prohibir que un escritor invente personajes pertenecientes a minorías? ¿Y que un político blanco se postule por un partido de negritudes? ¿A quién le pertenecen las experiencias traumáticas de una comunidad? Aquí, algunas reflexiones al respecto.

Karim Ganem Maloof*

¿Corrección o censura?

Digamos que en cierto lugar hay una arboleda de magnolias que limita en perfecta línea recta con un prado florido. Si la polinización y el viento hacen que las flores germinen en la arboleda, rompiendo el margen, y si la ausencia de pájaros que tiren semillas en el prado evita que las magnolias proliferen de igual manera, ¿no sería absurdo reprocharle al suelo que recibe las semillas por no respetar los límites entre uno y otro lado? Los árboles, por supuesto, tienen sus propias flores ¿Y si las del prado vienen cargadas de espinas? ¿Y si quienes portan las semillas de un lado al otro fueran implacables industriales blancos en lugar de tiernas aves?

Algo similar ocurre con el problema de la apropiación cultural. En los últimos años se han ido sumando las voces en contra de lo que se entiende como una usurpación de las expresiones culturales ajenas, de forma ventajosa y con irrespeto de su significado original. El último y más sonado caso fue la pintura de Emmet Till hecha por Dana Schutz (basada en la fotografía de un joven afroamericano linchado por una turba en los años cincuenta) y que un grupo de artistas negros hicieron retirar de un museo en Estados Unidos y quemar por considerar que la artista, una blanca protestante anglosajona (o WASP), no tenía derecho a referirse al dolor de la persecución racial ni nada que decir sobre esta.

Por coincidencia, y en simultánea con este paradójico caso de censura, nos enteramos de que tres editores de medios canadienses (Hal Niedzviecki, Jonathan Kay y Steve Ladurantaye) perdieron sus trabajos en los últimos meses por defender de una forma u otra el derecho que tiene todo escritor de ficción a crear personajes ajenos a su cultura (incluyendo a escritores blancos que inventan protagonistas pertenecientes a una minoría).

Pero estos eventos no se limitan al hemisferio norte. En Colombia no se hicieron esperar las críticas cuando Ángel Unfried, entonces editor de El Malpensante y su actual director, decidió en 2015 hacer una edición dedicada a la raza negra. Su tocayo, Ángel Perea, como en el caso del debate mayoritario en Estados Unidos, concebía el derecho para hablar sobre el dolor afro como propiedad de un colectivo delimitable (aunque el criterio para delimitarlo no fuera muy claro). Perea regañaba a Unfried por tildar de eufemismo la palabra “afro”, cuestionaba su derecho de bautizar la edición como “Malpensante Negra”, con toda la carga semántica de esta última palabra. Incluso llegaba a decir que el editor no tenía las credenciales de trabajo social para abrogarse el derecho a hablar por los afrodescendientes, mucho menos desde una tribuna de privilegio. No entraré a sopesar la ironía de que alguien no pueda aprovechar sus ventajas para tratar cuestiones sensibles. Pero si Unfried, de piel negra, nacido en Quibdó y barranquillero circunstancial, un tipo perteneciente a la comunidad afrodescendiente a la luz del más suspicaz de los censos, no podía referirse al tema a sus anchas, ¿entonces quién?

Puede ser que Perea viniera encendido por el caso de los hoy fallecidos María del Socorro Bustamante y Moisés Orozco, dos políticos blancos (en la escala de grises colombiana) que en 2014 fueron elegidos como representantes a la cámara por movimientos afro, para ocupar las curules asignadas a las negritudes. El requisito esencial para postularse era tener un aval de un partido afro y autodenominarse como parte de esa comunidad. Hasta donde uno podía ver o saber, ninguno de los dos políticos tenía nada que ver con esa minoría. Y esto sí que tenía una dañina consecuencia política.

Robar los zapatos del otro

Apropiación cultural.
Apropiación cultural.
Foto: Museos Colombianos 

No considero que los disfraces étnicos traten de apropiarse de algo tanto como de ridiculizarlo (cosa reprensible que tiene sus matices, por la misma naturaleza del humor). Digamos que disfrazarse con una barba semítica, halarse los ojos a lo asiático o hacer una rutina “blackface” en Sábados Felices, no son una apropiación sino una caricatura.Hay algunos casos de apropiación más o menos identificables: pregonar sobre experiencias traumáticas de una comunidad a la que no se pertenece; usar expresiones artísticas y tecnológicas ajenas en provecho propio; la autodenominación como miembro de una minoría; y, finalmente, la copia de una cosmovisión, apariencia o conducta. La trasnacional que llega a un pueblo indígena y se aprovecha de sus conocimientos médicos ancestrales y los patenta entra en el primer campo. El rapero blanco o los colombianos que hacen kibbes, caen en el segundo. La tercera tiene dos variantes. Por un lado, el influjo natural de lo que vemos y repetimos, y por el otro, la caricatura. Hay una disyuntiva entre esto último y lo que se da de forma espontánea y es imposible de evitar.

Ahora, la apropiación se da sobre elementos ajenos que tengan algún valor político, y sobre todo económico en un sentido muy amplio. El dolor y la memoria tienen tal valor, así que todo apunta a que la nuez del asunto, la cuestión de fondo de la apropiación cultural, tiene cierto dejo económico.

La cultura propia involucra, además de la influencia del entorno donde nacimos, la construcción más o menos voluntaria de la identidad y los hábitos de consumo. Algunos sociólogos (como los esposos Jean y John Comaroff) han apuntado al curioso hecho de que esos hábitos, y la muy moderna visión de todo grupo humano como una empresa en potencia, han devenido en la constitución de la etnicidad y la nacionalidad como dominios de marca registrada.

Eso explicaría por qué hablamos de “apropiarse”. Prohibir que alguien se beneficie de los desarrollos o de la historia de una comunidad sin dar nada a cambio es una especie de equidad económica en un sentido amplio. Pero hacer una patente de propiedad intelectual sobre la expresión del dolor (el propio o el de nuestros antepasados) no es defendible porque desdeña la facultad de imaginación y la posibilidad de empatía humanas.

Quienes acusan a un artista de apropiación cultural (el término es en sí mismo peyorativo, lo que hace que esta defensa sea un sinsentido) pueden olvidar que una de las características más valiosas del arte es la posibilidad de establecer vínculos. Conectarnos con experiencias ajenas, ponernos en los zapatos de otro, vestir su piel, es ser humano. Admitir de entrada que tal identificación es despreciable e imposible en la práctica es una especie de censura que confina la experiencia ajena a una privacidad estéril.

¿Apropiación o apertura?

Manifestaciones por la obra de Emmet Till.
Manifestaciones por la obra de Emmet Till. 
Foto: Wikimedia Commons 

¿A quién le pertenece una “cultura” en concreto? ¿A quién le pertenece el ramen: a los japoneses, a los chinos o a los gringos que se han encargado de difundirlo? ¿A quién el denim, el cristianismo, el yoga, la fotografía? ¿A quién el derecho a reflexionar sobre el genocidio y la esclavitud?

Los grupos son una abstracción que las ciencias sociales se han esforzado por enlazar, pero a los que nunca se les ha podido poner linderos (véase, por ejemplo, la reflexión que hace Zadie Smith sobre el derecho que tienen o no sus hijos –un octavo negros, octaroons– para identificarse con el dolor producido por la esclavitud). En una sociedad como la nuestra la experiencia de los individuos trasciende una genealogía que ni siquiera podríamos delimitar.

Sacralizar los objetos culturales de un grupo acaba en la aridez de la interacción humana en favor de una equívoca idea de respeto. Lo que sí se puede juzgar son los resultados a posteriori de esa interacción, pero intervenir en un terreno cultural que se pueda considerar ajeno no se puede convertir en un tabú. Sobre todo debemos evaluar si la incomodidad que producimos merece dar un paso atrás (porque motivos para indignarse abundan, pero se puede abusar de ellos).

A los dueños de una discoteca de champeta en la Zona Rosa de Bogotá se les criticaría el adueñarse de una música marginal y ponerla, gracias a sus recursos, en un lugar en el que harán más dinero con ella de lo que nunca han podido hacer los champeteros cartageneros por cuenta propia. Incluso si se tratara de sagacidad económica en lugar de gusto, ¿no estarían sirviendo a un público que disfruta de esa música?

Ahora, estas expresiones de “apropiación” no tienen que deleitarnos, al contrario, siempre podremos hacer una mueca ante la imitación y la impostura. Es lamentable que quienes idearon la música original no sean capaces de explotarla mejor que nadie, pero esto no se debe en sí mismo a la interacción y al aprovechamiento del conocimiento ajeno, sino a las circunstancias de empobrecimiento a las que está sometida parte de la población de nuestro país (asunto que sí tiene un trasfondo racial).

En muchos casos, esta clase de apertura prepara el terreno para que los artífices de la expresión original se aprovechen de ella (como ya ha pasado con el negocio del hip-hop en Estados Unidos), en otros, es cierto, solo los despoja de la posibilidad de hacerlo. Cada caso debe ser evaluado por sus consecuencias. Y en definitiva, no puede prohibírsele a alguien expresarse de cierta forma o referirse a un tema solo porque salga de la sombra de su árbol genealógico.

 

* Abogado y literato, becario de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, ha escrito para Rolling Stone y es el editor de El Malpensante, revista en la que además publica sus crónicas, reseñas y traducciones.

 

Artículos Relacionados

Dejar un comentario

Este sitio web utiliza cookies para mejorar tu experiencia. Leer políticas Aceptar

Política de privacidad y cookies