
Más allá de la polarización: los grandes vacíos en el debate político colombiano
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La discusión política colombiana parece atrapada entre dos narrativas dominantes: una que promete orden, seguridad, fuerte ajuste fiscal y otra que ofrece redistribución y ampliación de derechos. Sin embargo, ambas carecen de un plan sólido que explique cómo llevar a cabo y sostener sus propuestas.
Los resultados de la reciente elección presidencial permiten una reflexión que trasciende tanto a los candidatos como la coyuntura propia de una campaña electoral. Una interpretación frecuente sostiene que el centro político desapareció y que el comportamiento electoral está cada vez más determinado por emociones que por análisis programáticos. Sin embargo, ambas afirmaciones pueden ser compatibles.
La idea de la desaparición del centro y el papel de las emociones
El electorado de centro no ha desaparecido, se ha vuelto más volátil y menos identificado con las estructuras partidistas tradicionales. Hoy, una parte importante de los ciudadanos no vota desde una identidad ideológica rígida, sino desde percepciones sobre el liderazgo, la seguridad, la estabilidad económica y las expectativas de futuro. En ese contexto, las emociones importan, pero no funcionan de manera aislada, constituyen mecanismos a través de los cuales las personas expresan preocupaciones reales sobre su bienestar material, la estabilidad macroeconómica y de las instituciones, sus oportunidades económicas, y la incertidumbre frente al futuro.
La fortaleza de algunos liderazgos recientes no radica necesariamente en la profundidad técnica de sus propuestas, sino en su capacidad para construir narrativas simples y emocionalmente poderosas en torno a conceptos como el orden, la autoridad, la seguridad y el control. Al mismo tiempo, los sectores progresistas han centrado buena parte de su discurso en la justicia social, la reducción de las desigualdades y la ampliación de los derechos. Ambos enfoques logran movilizar emociones y adhesiones, pero dejan sin respuesta una pregunta fundamental para amplios sectores de la población: ¿Cuál es la estrategia para que Colombia produzca más riqueza, genere mejores empleos, aumente los ingresos de los hogares y construya bienestar sostenible para las próximas décadas?
Polarización discursiva y déficit programático
Precisamente allí parece encontrarse uno de los principales vacíos del debate político actual. Mientras de un lado se apela a la necesidad de reducción del estado, seguridad y orden y, de otro, a la de redistribución y ampliación de derechos sociales, ha perdido espacio una narrativa capaz de conectar desarrollo económico, productividad, bienestar social y prosperidad compartida, en un país con importantes problemas estructurales. El resultado es que una parte importante del electorado que no se identifica plenamente con ninguno de los extremos termina votando por percepciones de liderazgo o por emociones asociadas a la incertidumbre del presente, más que por una visión integral de futuro. Lejos de haber desaparecido, el centro político parece haberse convertido en un espacio huérfano de representación programática coherente.
Los resultados también reflejan una realidad que con frecuencia pasa inadvertida: amplios sectores de la población no rechazan las propuestas de cambio social, pero exigen que estas vayan acompañadas de estabilidad, respeto a las instituciones y de una explicación clara sobre cómo se generarán las condiciones económicas para hacerlas viables y sostenibles; persisten interrogantes sobre cómo crecerá la economía, cómo aumentará la productividad, cómo se crearán empleos formales y cómo se financiarán en el largo plazo las aspiraciones legítimas de bienestar colectivo. La demanda principal de muchos ciudadanos no es menos justicia social, sino mayor certeza económica.
La principal lección política que deja este escenario es que existe un amplio espacio para una narrativa que recoja una verdadera visión de país que vincule desarrollo económico, respeto institucional, sostenibilidad fiscal y garantía efectiva de derechos. Tan insuficiente resulta pensar que la ampliación de derechos puede sostenerse mediante la voluntad de una política social amplia y mecanismos redistributivos sin una economía altamente productiva capaz de financiarlos como asumir que el ajuste fiscal intensivo y la seguridad (que valga decir, necesita acciones), constituyen por sí solos una estrategia que va a lograr avances en el desarrollo económico y social. Un gran desafío consiste en explicar cómo ampliar la capacidad económica del país para generar prosperidad, fortalecer el empleo formal y sostener de manera permanente las políticas sociales. En esa dirección se orientan algunas de las reflexiones desarrolladas en el documento titulado Estructura económica, sostenibilidad fiscal y garantía de derechos: restricciones estructurales al cambio, en el que se plantea que los problemas de protección social, sostenibilidad fiscal y garantía de derechos no pueden comprenderse adecuadamente sin analizar las restricciones estructurales de la economía colombiana. Cuando no existe una visión clara de visión de futuro y de logro de prosperidad compartida, el debate público tiende a desplazarse hacia emociones asociadas al temor, la incertidumbre o la búsqueda de liderazgos providenciales capaces de ofrecer soluciones rápidas a problemas complejos.
Las dinámicas observadas en el proceso electoral sugieren que el debate político colombiano se encuentra atrapado entre narrativas que para una parte importante de la población no dejan de generar miedo, sumado a un vacío discursivo en torno a una pregunta fundamental: ¿cómo se garantizaran las condiciones económicas, sociales, productivas e institucionales que permitan lograr las aspiraciones de bienestar que la sociedad demanda? El sentimiento de incertidumbre no parece ser menor frente a ambas apuestas: algunos perciben riesgos para la estabilidad institucional, la seguridad jurídica y el respeto de las reglas de juego; otros temen que los enfoques que se perciben un tanto autoritarios, centrados principalmente en el ajuste fiscal y la seguridad resulten perjudiciales para ampliar oportunidades, reducir desigualdades y construir bienestar futuro. Entre ambas preocupaciones está el vació y la necesidad de una visión capaz de articular desarrollo económico, sostenibilidad fiscal, estabilidad macroeconómica e institucional y protección de derechos sociales.

Las restricciones estructurales del desarrollo colombiano
Esta reflexión adquiere especial relevancia en un país que enfrenta simultáneamente altos niveles de desigualdad, persistente informalidad laboral, crecientes restricciones fiscales y profundas brechas territoriales. Como se argumenta en el documento mencionado, la restricción estructural fundamental que atraviesa los debates económicos y sociales se relaciona con la brecha entre la garantía normativa de derechos y la capacidad económica real para financiarlos de manera sostenible en el tiempo. La garantía efectiva de derechos no depende exclusivamente de su reconocimiento jurídico por parte de los programas sociales; requiere una estructura productiva capaz de generar ingresos, una base contributiva suficiente y una arquitectura fiscal que preserve dichos compromisos a largo plazo.
De otra parte, el programa, que centra su propuesta principalmente en el ajuste fiscal, la reducción del gasto y el fortalecimiento de la seguridad, tiende a ofrecer respuestas a preocupaciones legítimas e inmediatas de la ciudadanía relacionadas con la estabilidad macroeconómica y el orden institucional. No obstante, si bien se reconoce que la estabilidad fiscal y la seguridad son condiciones necesarias para el desarrollo, difícilmente constituyen por si solas un proyecto serio para el país. Una sociedad no se mejora únicamente con la promesa de corregir desequilibrios o controlar amenazas; también requiere un programa de progreso y bienestar social.
Las preguntas que deberían estar definiendo las políticas de la próxima década
El caso colombiano resulta particularmente ilustrativo, la discusión sobre pobreza, desigualdad y ampliación de derechos conduce inevitablemente a una reflexión sobre cómo generar riqueza, elevar la productividad, fortalecer la infraestructura, impulsar la innovación, promover la industrialización moderna y ampliar la formalización laboral, asuntos que no constituyen objetivos opuestos a la justicia social; son precisamente las condiciones materiales que la hacen posible a la vez que se genera mayor equidad y redistribución de la riqueza generada. Importa mucho el qué, pero también el cómo.
La experiencia internacional muestra que los sistemas de bienestar más sólidos surgieron de economías capaces de generar altos niveles de productividad, ingresos y capacidad fiscal. La pregunta estratégica para el país no es cuánto ajustar el gasto público, reducir el Estado o limitar derechos sociales, sino cómo construir una economía más productiva y más integrada territorialmente que permita sostener en el tiempo las legítimas aspiraciones de bienestar de la población.
En un contexto de profundas desigualdades, informalidad persistente y crecientes demandas sociales, el verdadero desafío consiste en articular estabilidad, crecimiento económico y políticas sociales dentro de una visión de futuro capaz de ofrecer no solo certidumbre frente al presente, sino también expectativas creíbles de prosperidad para las actuales y próximas generaciones, discusiones hasta el momento ausentes en el escenario político.
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Acerca del autor
Flor Esther Salazar
* Doctora en Ciencias Económicas, Magister en Ciencias Económicas y Contadora Pública de la Universidad Nacional.
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