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El consentimiento del padre no debe ser necesario para abortar

Escrito por Ana Patricia Pabón
Ana Pabon

La propuesta de la senadora del Centro Democrático es inconstitucional, ignora la realidad de miles de mujeres, e implica un retroceso en la lucha contra la desigualdad de género.

Ana Patricia Pabón*

El proyecto de ley

La senadora del Centro Democrático María del Rosario Guerra sugirió un proyecto para que el consentimiento del padre sea obligatorio a la hora de decidir sobre un aborto.

La médica, feminista y psicoanalista Martha Rosenberg señala acertadamente que el derecho al aborto es una lucha por la libertad de las mujeres, y no una lucha contra la maternidad. En el contexto colombiano, habría que modificar ligeramente la frase para explicarles a la senadora Guerra y a los defensores de este proyecto que el derecho al aborto no atenta contra la paternidad.

Dado que la palabra aborto tiene una connotación negativa y es usada con frecuencia para culpar a las mujeres por cometer un ‘pecado’, usaré en su lugar las expresiones “interrupción voluntaria del embarazo” y “libre opción de la maternidad”. No hay que olvidar que es importante la forma como nombramos las cosas.

Mujeres de carne y hueso

El proyecto de la senadora Guerra ha vuelto a abrir el debate sobre el derecho de las mujeres a decidir si quieren o no ser madres. En los últimos años, ese debate ha popularizado un prototipo de mujer infame y ficcional que se opone a la maternidad y priva a los hombres de ser padres.

Naturalmente, ese prototipo es rechazado por una sociedad que espera que las mujeres no seamos más que santas, madres y esposas, y que desconoce el sinnúmero de barreras que las mujeres de carne y hueso enfrentan cuando deciden interrumpir un embarazo a pesar de que existen causales legales que respaldan su decisión.

En febrero, la senadora Guerra manifestó que no estaba de acuerdo con las causales de la Corte que avalan el aborto, y recientemente confirmó que trabajará para lograr que la voz de los padres sea tenida en cuenta en los casos de interrupción del embarazo.

Sin duda, la senadora desconoce las historias de dolor y humillación psicológica que han experimentado miles de mujeres colombianas al optar por interrumpir el embarazo. Si las conociera no habría sugerido un proyecto que busca imponer una barrera más en ese dramático proceso.

La senadora parece desconocer también que darle fin a la gestación nunca es un proceso deseable, y que sería preferible prevenir los embarazos no deseados, pero que, lamentablemente, en Colombia miles de mujeres y niñas son abusadas sexualmente y otras miles carecen de educación sexual y de acceso a anticonceptivos.

Idealmente, todos los embarazos deberían ser producto de una decisión autónoma y planeada, pero en el mundo real, muchas mujeres escogen darle fin a la gestión por diferentes razones y, al hacerlo, se ven obligadas a aguantar maltrato médico y social. Por eso, la interrupción del embarazo no debe ser entendida como una lucha contra la maternidad ni contra la paternidad, sino como un fenómeno social que necesita un enfoque sensato y realista.

Foto: Wikimedia Commons La propuesta de María del Rosario Guerra desconoce el sufrimiento que puede haber en una IVE.

Una larga lista de desigualdades

Para comenzar debe reconocerse que, a lo largo de la historia, los cuerpos de las mujeres han sido mutilados, violados, asesinados, encerrados en conventos, vendidos, despreciados y juzgados por los estándares de belleza dominantes. La lista de las restricciones de la autonomía de las mujeres es prácticamente interminable, y encubre la idea de que sus cuerpos deben cumplir con las expectativas de los hombres y, por ende, no pueden ser administrados por ellas mismas. La propuesta de impedir que las mujeres decidan libremente sobre la gestación no es más que otra restricción de esa lista.

Mientras que la paternidad es vista como un “favor”, la maternidad es concebida como algo “esperado” y “natural”. Paradójicamente, la paternidad es más valorada socialmente que la maternidad a pesar de que, biológicamente, el embarazo representa numerosos riesgos para la salud de las mujeres entre los que se destacan el síndrome del ovario poliquístico, la tiroides, la hipertensión arterial y enfermedades de salud mental como la depresión, la ansiedad y los trastornos posteriores al parto. Además, los cuerpos de las mujeres y sus relaciones sociales, sexuales y afectivas cambian después de tener hijos, algo que no ocurre con los hombres.

Como si fuera poco, en el ámbito laboral, las mujeres con hijos son más propensas que las mujeres sin hijos y los hombres a tener empleos informales y mal remunerados lo cual perpetúa la feminización de la pobreza.

La contradicción sobre la paternidad

Volviendo a la paternidad, muchas mujeres se ven obligadas a interponer recursos legales para lograr que los padres de sus hijos se comporten como tales y respondan por ellos afectiva y económicamente. Esto ocurre porque, en términos legales, la noción de padre aparece únicamente después del nacimiento de los hijos.

Por eso, no existen tipos penales para los hombres que participan de la concepción y, posteriormente, presionan u obligan a las mujeres a que interrumpan el embarazo. Incluso cuando esto sucede, el reproche social es dirigido hacia las mujeres, y no hacia los hombres.
Si bien es cierto que cada día más hombres acompañan la crianza y establecen vínculos afectivos con sus hijos sin necesidad de que la ley intervenga, es innegable que su cuota de sacrificio y esfuerzo no se puede comparar con la de las madres. Por ahora, el costo de la maternidad sigue siendo muchísimo más alto que el de la paternidad.

Justamente por eso, el Congreso debería legislar sobre el aborto, pero no para que la aprobación del padre sea necesaria como propone la senadora Guerra, sino para permitir que las mujeres decidan libremente si quieren ser madres o no.

Foto: Ybierling La defensa de la libre opción por la maternidad no va en contra la paternidad.

La lucha por la libertad

En definitiva, legalizar la interrupción del embarazo no es una lucha contra la paternidad ni contra los hombres que quieren ser padres, sino contra un sistema social injusto que reproduce la desigualdad de género en pleno siglo XXI.

Además, la Corte Constitucional ha declarado que, en materia de interrupción voluntaria del embarazo, es inconstitucional establecer normas que supongan un retroceso en los logros obtenidos en 2006, lo cual implica que la propuesta de la senadora sería inconstitucional.

Las mujeres no seremos verdaderamente libres hasta que no tengamos autonomía sobre nuestros cuerpos, nuestra economía y nuestras decisiones políticas y sociales. Las mujeres no seremos verdaderamente libres hasta que el Estado deje de estigmatizar nuestras necesidades y deseos. ¡La lucha por nuestra libertad debe continuar!

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