Bogotá: primero saqueo, ahora improvisación - Razón Pública
Alberto Saldarriaga

Bogotá: primero saqueo, ahora improvisación

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Alberto-SaldarriagaUn urbanista autorizado pasa revista a las incoherencias del alcalde Petro acerca de los temas más diversos -y al perjuicio innecesario que esto le causa a la ciudad.

Alberto Saldarriaga Roa*

BOGOTA

Improvisación o inexperiencia

En la película Bananas, el personaje interpretado por Woody Allen — un neoyorkino desubicado — llega a ser presidente de una república bananera, tras su paso fortuito por la guerrilla local.

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Bananas de Woody Allen una  historia que viene a mi mente al  tratar de entender lo que pasa hoy  en día en Bogotá, según el autor. 
Foto: woodyallenpages.com
  

En su discurso de posesión anuncia las dos primeras medidas de su régimen: a partir de ese momento, el lenguaje oficial del país será el sueco y los hombres deberán llevar los pantaloncillos por fuera del pantalón. Por alguna extraña razón, esta historia viene a mi mente al tratar de entender lo que pasa hoy en día en Bogotá.

Desde el comienzo de su mandato, el Alcalde Mayor Gustavo Petro ha optado por soltar al aire — pero sobre todo a los medios — una serie de propuestas inconexas, algunas de las cuales no son del todo descabelladas, pero que al quedar aisladas y fuera de contexto parecen fruto de la simple improvisación y no de una reflexión seria sobre el destino de Bogotá.

Basta con echar un vistazo a algunas de ellas para preguntarse de dónde salieron.

El caso de la ALO

Una de las primeras ideas del alcalde fue la de ocupar los terrenos reservados para la Avenida Longitudinal de Occidente (ALO), construyendo vivienda y otros edificios para usos institucionales. No quedó del todo claro si los predios afectados serían los bordes o el espacio reservado para la vía misma desde hace años.

En este último caso la idea resulta descabellada, pues esa avenida es una necesidad no sólo de Bogotá, sino de la región: es un proyecto que cumple medio siglo de haberse esbozado y que algún día, cuando sea realidad, descongestionará otras arterias internas de la ciudad, al desviar el tráfico pesado.

La idea del señor Alcalde fue sufriendo sucesivas transformaciones — entre ellas, la de incluir una línea férrea intermunicipal en su trazado — pero finalmente nunca se supo en qué quedó.

La “revitalización” de la 7ª

La peatonalización de la carrera Séptima entre las calles 19 y 26 se propuso inicialmente como una medida transitoria y complementaria a la construcción del puente vehicular sobre la calle 26, lo cual parecía razonable aunque causara bastantes traumatismos en la movilidad del área central y en los comercios localizados en la vía.

Pero una vez terminado el puente en el plazo previsto, el Alcalde decidió no sólo conservar la peatonalización, sino extenderla desde la calle 11 hasta la calle 26. Sobra decir que el caos vehicular en el centro se quintuplicó y que no hay nadie realmente satisfecho con la medida.

Esto parece demostrar que el alcalde Petro no entiende mucho de cómo opera la movilidad urbana: una medida medio panfletaria como ésta no contribuye para nada a solucionar los muchos problemas del centro de Bogotá y más bien le agrega ruido. Los arbustos sembrados en materas en mitad de la calzada no son precisamente una solución paisajística de primer orden.

Pico, placa y valle de lágrimas

La política de restricción vehicular — el pico y placa — introducida hace más de una década por el alcalde Enrique Peñalosa no ha sido muy efectiva en reducir el tráfico vehicular y ha sufrido alteraciones a lo largo del tiempo.

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La Avenida Longitudinal de Occidente (ALO)
es una necesidad no sólo de Bogotá,
sino de la región.

Foto: Cambio.com.co
  

Primero fueron dos turnos — uno en la mañana y otro en la tarde —; luego se extendió a todo el día. Cuando los ciudadanos ya se habían acostumbrado y resignado a este último régimen, los brillantes asesores del alcalde lo convencieron de cambiarla una vez más: se liberó una buena parte del día para permitir la libre circulación de automóviles privados.

El resultado no pudo ser peor: las llamadas “horas valle” por los técnicos se convirtieron en un valle de lágrimas para quien intenta movilizarse en Bogotá. Ni los propietarios de autos particulares — que ahora tienen la ciudad a su merced y abusan de la gabela ofrecida por el señor alcalde — pueden circular a velocidades razonables.

Prejuicios y cambio de uso

La abolición de las corridas de toros de la Plaza de Santamaría es otra desafortunada decisión del alcalde Petro: sus razones personales para rechazar la fiesta brava — indudablemente compartidas por muchos ciudadanos — resultan comprensibles.

Pero así, de golpe y porrazo, sin previa consulta, pretender eliminar de la ciudad una tradición centenaria — que además representa empleo e ingreso no sólo para los que participan en ella, sino para muchos otros — es una decisión con tintes de arbitrariedad que con razón ha levantado ampolla en muchos sectores de la ciudadanía.

Si con justa razón se critica también al Procurador General de la Nación por imponer sus prejuicios religiosos sobre los derechos civiles, se puede igualmente criticar al alcalde por imponer los suyos con relación a los toros.

Los recientes fallos jurídicos retiran a los alcaldes la facultad de tomar este tipo de decisiones, lo cual pone en tela de juicio la suerte que ha corrido la plaza de Santamaría de Bogotá, recinto que no fue concebido ni como sede cultural ni como templo de la poesía (ver a ese propósito el artículo reciente de Gustavo Guerra y Andrea Padilla, publicado en Razón Pública el pasado 5 de noviembre).

El tranvía: otra alcaldada

La construcción de una línea de tranvía por la carrera Séptima es indudablemente una idea muy atractiva. El tranvía es quizá el medio más civilizado de transporte urbano, que al integrarse con otros sistemas masivos como los buses y el metro, constituye un componente de un sistema multimodal funcionalmente apto para resolver la movilidad en las grandes ciudades.

El tranvía en Bogotá fue suprimido mediante otra alcaldada — en 1951, Mazuera ordenó cubrir con asfalto los rieles durante un fin de semana — para entregar el transporte público a empresas privadas de buses, responsables de gran parte del caos en la movilidad de la ciudad.

Una vez más, la idea del alcalde Petro fue lanzada al aire y aún no cuenta con los soportes técnicos o económicos que demuestren su factibilidad y menos aún con algún tipo de diseño de detalle.

Unos críticos de esta propuesta afirman que el tranvía no resuelve el problema de transporte para grandes grupos de usuarios. Otros aducen que la idea se apoya únicamente en que el Distrito asumiría el control directo de la línea, lo cual tampoco es necesariamente cierto, pues podría darse en concesión. La falla principal radica en la falta de una articulación coherente con el resto del sistema de movilidad y, en última instancia, con un modelo definido de ciudad.

Redensificar el centro con pobres

El señor alcalde quiere construir vivienda de interés social e incluso prioritario en las áreas centrales de Bogotá. La idea, aunque loable, no resulta factible por ahora dados los interrogantes sin resolver: ¿En qué predios? ¿Cómo se adquieren? ¿A qué plan obedecen? ¿Con qué recursos?

Bogotá no es Caracas, donde Hugo Chávez puede expropiar y gastar los petrodólares a su antojo. El tema de la vivienda social no ha sido resuelto en el país y mucho menos en Bogotá. Las erráticas políticas públicas no favorecen una solución adecuada. Y Petro no dispone de petro–dólares para gastar. Si se pensaran mejor las cosas, la idea podría resultar viable, en determinados sectores y a una escala apropiada. Pero primero es preciso bajarla de las nubes.

Usos múltiples, caos asegurado

Una de las últimas perlas de la administración distrital surgió esta vez de la mente privilegiada del secretario de Planeación: en un momento de inspiración, resolvió acabar con los barrios exclusivamente residenciales — como Santa Ana — para promover los usos múltiples por toda la ciudad.

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Sobra decir que el caos vehicular  en el centro se quintuplicó y que  no hay nadie realmente satisfecho  con la medida de “revitalizar” la 7a.
Foto: fvs.gov.co
  

El señor secretario ha intentado matizar sus primeras afirmaciones diciendo que sólo se autorizarían tiendas de barrio y otros usos de menor impacto, lo cual no arregla la metida de pata: por el contrario, lo que le falta a Bogotá son sectores de vivienda que no sean víctimas en su interior de los usos múltiples que traen consigo deterioro de la calidad de vida.

Hace algunos años salió una idea similar de la Secretaria de Planeación: autorizar los usos múltiples prácticamente por toda la ciudad. Gracias a ello se destruyó la calidad de vida en barrios como el Antiguo Country, Normandía y Modelia.

Bogotá no es el París renovado por el Barón Haussmann hacia 1860, con sus elegantes edificios de seis pisos, donde se ha instalado comercio a nivel de la calle, pero existe una estricta regulación que propicia la convivencia pacífica entre usos.

Densificar toda la ciudad en la forma como se hace actualmente resulta fatal. Se levantan edificios altos sin cambiar las redes de servicios ni aumentar el espacio libre: basta ver el caso de Chapinero Alto. Los barrios patrimoniales se han salvado milagrosamente: ojalá no caigan en la mira del alcalde y de su secretario de Planeación.

Altura ilimitada

Además de la idea de "dotar" de usos múltiples los pocos barrios residenciales que aún sobreviven, la secretaría de Planeación propone, en la reforma del Plan de Ordenamiento Territorial (POT), autorizar altura ilimitada en el área central (algo así como llenarla de BD Bacatás) para densificarla. Como paliativo de esta medida se añade que el control se ejercerá con la exigencia de ceder espacio público para poder subir más pisos (el BD Bacatá no cedió ni un metro cuadrado). Esto quiere decir que, según Planeación, el que peca y reza empata.

De aplicarse esta norma, el área central de Bogotá será en el futuro una mala réplica de Panamá o de Bocagrande en Cartagena, ejemplos de por sí bastante malos, una colección de puntillas desproporcionadas, pensadas en función del negocio y poco en función de la ciudad.

Bogotá: víctima y botín

Si se quisiera indagar sobre cómo se justifican estas y otras decisiones seguramente se llegaría a: “porque sí”. El listado de ideas improvisadas podría prolongarse, lo mismo que el listado de la enorme cantidad de problemas que dejaron sin resolver las dos administraciones anteriores:

  • Las obras de la tercera etapa de Transmilenio siguen sin terminarse.
  • Los derrumbes de la Avenida Circunvalar siguen prácticamente intactos.
  • La movilidad sigue caótica.
  • Las calles siguen destrozadas.
  • Aún peor, la ciudadanía sigue desmotivada y escéptica.

Esta administración, al igual que las anteriores, emplea como escudo de defensa sus programas sociales, que indudablemente son urgentes y necesarios. Pero nunca se ha despejado la duda de si la inversión en esos programas se hace a costa de los recursos para otros temas prioritarios: dadas las sumas astronómicas de las contrataciones (y del saqueo) en otros sectores de la administración, las finanzas de Bogotá dan para todo…

El alcalde Petro fue elegido para que reconstruyera la ciudad y el espíritu ciudadano, bastante descuadernados después de la alcaldía de Samuel Moreno. Hasta el momento, la ciudad no solo ha mantenido la trayectoria decadente, sino que empeora cada día. Ojalá el señor alcalde pase a la historia como el mejor amigo de Bogotá y no como su peor enemigo.

* Arquitecto de la Universidad Nacional de Colombia, especialista en Vivienda y Planeamiento Urbano del Centro Interamericano de Vivienda y Planeamiento (CINVA), docente en el Doctorado de Arte y Arquitectura de la Universidad Nacional.

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