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Vidas robadas por intereses particulares: la difícil gestión de Fragmentos, espacio de arte y memoria

Escrito por Diana Galindo
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Un análisis sobre Vidas robadas y el manejo del arte después del Acuerdo de Paz.

Diana Galindo Cruz*

Vidas robadas

Hasta el 27 de junio puede visitarse la exposición Vidas robadas, curada por la artista Doris Salcedo y María Belén Sáenz de Ibarra, de la Dirección de Patrimonio Cultural de la Universidad Nacional de Colombia, en alianza con el portal de periodismo independiente Cuestión Pública.

La muestra recoge información de 56 víctimas mortales durante las protestas organizadas entre 2019 y 2021 en Colombia y esta ubicada en Fragmentos, espacio de arte y memoria, uno de los monumentos ordenados en el punto tres del acuerdo entre el gobierno y las FARC.

Si bien se aplaudió la iniciativa en distintos medios de comunicación, no deja de ser objeto de análisis y señalamientos por parte de distintos sectores de la crítica y el público no especializado que acudió al espacio.

Es necesario señalar que las críticas no siempre carecen de interés particular. El campo del arte en Colombia también esta signado por “microviolencias” enmascaradas en discursos que aparentemente democratizan.

Pero esto no invalida la posibilidad de debatir sobre la obra. Las dudas que recaen sobre la apuesta museográfica de las curadoras de Vidas robadas parten del complicado origen de Fragmentos en el marco del Acuerdo de La Habana.

Un cubo no tan blanco

Actualmente se disputa la noción del espacio expositivo como un cubo blanco, es decir, como un telón de fondo neutral, despojado de tensiones sociales y políticas. La puesta en escena de Vidas robadas no puede aislarse del lugar social que ocupa.

En una entrega anterior de esta revista describí con detalle las características de Fragmentos, el polémico antimonumento creado por Doris Salcedo. Las principales críticas que recibió pueden sintetizarse en tres puntos:

  • La selección de Doris Salcedo para crear la obra no fue plenamente justificada.
  • El diseño y gestión posterior del monumento no manifiestan el espíritu del Acuerdo, ya que no tienen un carácter colectivo ni incluyen a las FARC en el proceso.
  • La creación y gestión de Fragmentos se vincula con el ideal de la élite y las exigencias estéticas del mercado del arte.

A diferencia de Kusikawsay, el monumento realizado por el artista Mario Opazo para la sede de la ONU en Nueva York, para la selección de Doris Salcedo no se realizó una convocatoria. El Ministerio de Cultura justificó su decisión a partir de la reconocida trayectoria de la artista.

Las dudas que recaen sobre la apuesta museográfica de las curadoras de Vidas robadas parten del complicado origen de Fragmentos

Claro, ser reconocida en el campo del arte no es un impedimento para realizar la obra. Pero como señala la experta en arte y derechos humanos Yolanda Sierra, no se trata de cualquier obra, Fragmentos debe responder a un marco jurídico específico e incorporar puntos del Acuerdo.

Según el documento, la obra debía ubicarse “en territorio colombiano en el lugar que determine la organización política surgida de la transformación de las FARC-EP, en acuerdo con el Gobierno Nacional”. Pero la decisión de ubicar la obra en Bogotá se tomó de manera unilateral y Salcedo consideró que “estar al lado del centro de gobierno era importantísimo”.

Además de incumplir el requisito de la desterritorialización, la obra tampoco obedece el requerimiento de la autoría suprapersonal. Cuando se menciona el monumento es ineludible hablar de la artista. La creación de un Comité de Actividades Artísticas que incluye a Salcedo y a la Cámara Colombiana de Comercio pero excluye a los representantes de las FARC empeora la situación.

“No tengo ningún pedigrí, soy mujer, hago un arte político, no soy precisamente blanca” comenta Salcedo. Aun así, Fragmentos no esta al margen de la hegemonía artística.

Un ejemplo de eso son las convocatorias para intervenir el espacio que exigen “una trayectoria de más de quince (15) años continuos de trabajo profesional”, contraviniendo el carácter colectivo y plural que debería tener la obra.

Foto: Museo Nacional - Fragmentos

Arte y periodismo

Vidas robadas se define como una acción colectiva que puede dividirse en dos momentos. El primero es el acto de apertura, adelantado en línea debido a la contingencia actual. El segundo es la experiencia de visitar la muestra.

La interpretación del último movimiento del Réquiem IV Lacrimosa, del compositor húngaro György Ligeti por 35 músicos del conjunto de estudiantes del Conservatorio de Música de la Universidad Nacional de Colombia, con las voces de Valeria Bibliowicz y María Paula Gómez, bajo la dirección de Guerassim Voronkov, es un canto fúnebre conmovedor.

Durante la interpretación se hace patente la presencia de las víctimas mediante sus nombres y fotografías gracias a los juegos de la cámara. Pero la exposición en sí misma es menos persuasiva.

Cabe recordar que la muestra parte de la investigación del portal Cuestión Pública, recientemente perseguido por su cubrimiento del paro.

Como mencionaron sus directoras en la inauguración de Vidas robadas, el portal procuró darle voz a las familias con la compilación y divulgación de la información de las víctimas para “quebrar el formato judicial del periodismo, aquel en donde ese ser humano del que estamos hablando queda en una cifra, queda en un dato frio y no quedan contadas sus vidas”.

Pero desafortunadamente este esfuerzo narrativo no se refleja en la exposición, que Salcedo define como “austera y solemne”. Sin duda puede lograrse un gran proyecto con poco presupuesto, pero no se entiende por qué el recurso del vinilo adhesivo se limitó a la organización cronológica de los nombres de las víctimas y, cuando se pudo, una foto y un breve texto con las circunstancias de su muerte.

Según sus curadoras, la muestra “presenta el resplandor y el significado que cada nombre y que cada rostro tiene para sus familias”. Pero en realidad este significado está ausente.

La representación de la víctima se limita a la descripción del asesinato y se pierde la oportunidad de usar la falta de información para reflexionar sobre las víctimas que son “un nombre más” en los medios. En este caso, el espacio en blanco no tiene la potencia significativa del silencio.

Hay que destacar que la exposición sí recoge la intención del portal de desestimar la versión oficial de los hechos, por eso puede considerarse como un formato no convencional de denuncia, que no anula otras intervenciones artísticas populares realizadas durante el paro.

El futuro de Fragmentos

La producción de Vidas robadas tiene un desafortunado precedente: el encuentro entre el presidente Iván Duque y líderes religiosos el 9 de mayo del presente año en Fragmentos.

Si bien este espacio puede tener distintos propósitos, su uso no fue consultado con el Consejo Asesor y afectó la exposición de la obra Salam Tristesse Irak 2016-2020, de Francis Alÿs, como denunció Salcedo.

No se entiende por qué el recurso del vinilo adhesivo se limitó a la organización cronológica de los nombres de las víctimas

Vidas robadas puede considerarse una apuesta para desvirtuar la reciente instrumentalización del espacio por parte del gobierno central. Salcedo es abierta opositora de Duque y comentó en la inauguración su intención de descentralizar el espacio de memoria mediante una propuesta que sería llevada a otras regiones y que no recibió el respaldo del gobierno: “la censura me bloqueó”.

Es angustiante pensar en el futuro de un monumento visto como un mecanismo de justicia restaurativa, más si su gestión depende de un gobierno ajeno al Acuerdo de Paz. Salcedo señala que

“vendrán venganzas, reducirán los presupuestos con la excusa de que la pandemia les obliga a ello. Esto es solo el principio, pero la gente se ha rebelado. Estamos dentro de este gran paro, de esta protesta, en buena parte, porque se destruyeron los acuerdos de paz. Volvemos a ese escándalo en que hacen uso de la fuerza pública para lo que a bien tengan. Hemos visto tanquetas asesinar, imágenes violentas, testimonios de mujeres forzadas y lo terrible es que todo eso se va normalizando”.

La población colombiana tiene la tarea de apropiarse y mejorar este espacio colectivo de memoria, al margen de su autoría y de una gestión que prefiere ostensiblemente a Fragmentos sobre el monumento en la ONU.

No hay que olvidar que se acordaron tres monumentos. De aquel que debe ubicarse en La Habana, sede de las negociaciones del Acuerdo, nada se sabe hasta ahora. Este vacío dice mucho, probablemente algo que la gente no quiere oír.

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