Carlos Andres Arango Lopera, autor en Razón Pública
Foto: Facebook: J Balvin

Compartir:

La esencia popular del reggaetón y otros géneros musicales se transformó en Medellín y después se expandió por el mundo. Esta es una historia compartida entre la música y la capital antioqueña.

Carlos Andrés Arango-Lopera*

Esto se llama reggaetón

Corrían los primeros años del dos mil cuando “El Gurú del Sabor”, sin duda el locutor más importante del momento, dijo al aire: “En Medellín, el reggaetón llegó para quedarse”. Y soltó “Latigazo”, de Daddy Yankie. Eran las diez de la mañana. Minutos después, explicó: “Esto se llama reggaetón, y es lo que ahora se está escuchando en Puerto Rico”. Poco más de veinte años después entendimos que, más que a un gurú, habíamos escuchado a un profeta.

Así fue: el reggaetón llegó y se quedó en la primera década del siglo. Y desde aquí, desde Medellín, una década después, salió remozado, más blanquito y listo para expandirse por donde lo recibieran (aunque fuera a regañadientes, como había entrado acá).

La historia ya se ha contado mucho y la integran nombres de cantantes mundialmente conocidos (ya saben: Balvin, Maluma o Karol G), productores mencionados en los tags de éxitos mundiales (ajá, Mosty, Ovy y Sky) y otros artistas no tan famosos por fuera de Colombia, pero fundamentales en la génesis del reggaetón local (cómo olvidar a Tres Pesos, Fainal, Golpe a Golpe y Shako, entre otros).

Puede leer: Música en la era de los algoritmos

“En Medellín todo florece”

Sin embargo, revisando las palabras de Fernando Londoño, “El Gurú”, es bueno recordar que lo que ocurrió con el reggaetón en Medellín ya había pasado un par de veces antes en esta misma ciudad.

Yo, en cambio, creo lo contrario: Medellín les impregna otro sello, otra forma de ser auténticos y, sobre todo, los deja listos para el mundo

Hablamos de la fusión de sonidos sabaneros y paisas que dio con lo que se conoce internacionalmente como cumbia y que en el ámbito local reconocemos más como chucu-chucu; y luego, cuando la capital de la montaña se hizo cuna del vallenato llorón (sí, ese mismo que le dio cabida a las lágrimas de Nelson Velásquez en Los Inquietos, a las de Jean Carlos Centeno con el Binomio de Oro y a las de Alex Manga con Los Diablitos).

Incluso, podría decirse que también el tango llegó a Medellín para quedarse, si bien para entonces no había una industria sólida de producción que permitiera que luego, mediante grabaciones y gestiones culturales, de acá saliera para el resto del mundo.

En ese caso, el tango mismo se encargó de ir a Europa y volver más afrancesado, para los oídos dispuestos o necesitados de glamour. Lo cierto es que mientras Argentina, Francia y Uruguay se siguen disputando ser el lugar donde nació Gardel, nadie puede discutir que murió aquí, en Medellín.

El proyecto de marca ciudad que proclama que “En Medellín todo florece” necesita esconder que en la naturaleza el surgimiento de una vida implica varias muertes. En Medellín murió Gardel, pero quedó el tango; murieron muchas formas de interpretar la cumbia y los aires de nuestra región Caribe, pero se inmortalizó, para la música comercial, ese patrón de tres golpecitos que arman el parrandón a donde quiera que llegan (de la Patagonia a México, con alegres escarceos por países del norte de Europa) y que se conoce como cumbia; murió el vallenato juglar (ya los juglares no los hacen como antes) pero nos queda la posibilidad de tramitar una tusa con la voz pectoral de Jean Carlos.

No es que Medellín los haya matado. Es que, por alguna razón, que puede ser también la casualidad, luego de que llegaron acá se transformaron. Puede que haya algo en el modo de ser de los paisas que hace que esas cosas sucedan. Puede ser, por ejemplo, el remarcado espíritu comercial de los habitantes de esta parte del mundo.

Sin embargo, cuando uno mira la historia del reggaetón hecho acá necesariamente tiene que admitir que entre “Candela” de Tres Pesos (de 2004) y “Ay vamos” (error ortográfico incluido), de Balvin (de 2014), no solo hay diez años sino mucho trabajo y muchos nombres de gente que se quedó por el camino. Entonces la explicación de que todo esto ocurre por ganas de vender se queda un tanto corta.

El mismo Sky, que, cuando no está rompiendo el bajo, a veces da entrevistas, ha dicho varias veces que entre la primera vez que una canción producida por él estaba sonando en la radio y la primera vez que recibió dinero por ello pasaron algo así como siete años.

Pensemos que un humano de siete años es alguien que ya lee, escribe, suma y multiplica. No es poco. Pero, entre otras, ¿quiénes pueden pasar siete años sin recibir pago por su trabajo? Exacto: adolescentes que viven en familias en las que no deben trabajar. Pero, sobre todo, personas que quieren hacer cosas (y tienen el tiempo para ello).

El reggaetón que suena a café con leche

De cierta forma, la relevancia social que comienza a ganar Blessed, se debe a que sus letras vuelven, aunque a la manera paisa, al origen lírico del reggaetón, al barrio de donde lo habían sacado Balvin y Maluma, por ejemplo.

Pero es que en la primera generación local, los raperos convertidos en reggaetoneros, se dedicaban justo a eso: cantar sobre el barrio. Y ese es el gran éxito de la tríada Balvin/Sky/Mosty: blanquizar el asunto, pasteurizarlo, aplicarle antibacterial, de forma que se pudiera escuchar en las salas de las casas y superar con éxito el sigiloso recelo de las tías antioqueñas, pacatas y moralistas como ya sabemos que son.

No hay que acusar a nadie de nada. Estamos hablando de intereses expresivos que se encuentran, a veces felizmente, con los propósitos comerciales; trayectorias de vida y metas de marketing; arte y comercio.

En el ámbito internacional, el surgimiento del reggaetón más digerible llegó en esa segunda década del siglo, cuando los apastelados acordes del pop latino comenzaban a cansar los oídos. El reggaetón de Medellín llegó mezclando el café negro de Puerto Rico (el reggaetón “de la mata”, como nos enseñó a decir El Chombo), con la leche blanca del pop. Entonces sí, nuestro reggaetón es café con leche, y está cargadito de azúcar.

Cumbia, vallenato y reggaetón (al tango no me atrevo a incluirlo del todo porque don Carlos, el señor que es mi papá, podría ofenderse) se parecen bastante si se los mira, y sobre todo si se los escucha, desde ahí: llegan a Medellín todavía con su appeal barriobajero, con su aire popular (en el sentido de pobre), con su vaho de música de ghetto, venida de procesos sociales densos, y acá toma otro aire: En Medellín Todo Florece.

Y florece, sobre todo, en las pistas de baile (y a miles de kilómetros del Atanasio Girardot). Puede ser que sea el espíritu comercial, pero la fórmula siempre es la misma: simplificar lo complejo, tornarlo más atractivo e impregnarle más potencia al sonido.

Luego de la percolación, habrá quienes sientan que Medellín les robó algo de autenticidad, de densidad semántica, de complejidad compositiva. Yo, en cambio, creo lo contrario: Medellín les impregna otro sello, otra forma de ser auténticos y, sobre todo, los deja listos para el mundo, tal como se está tratando de hacer ahora mismo con el regional mexicano en los estudios de Llanogrande y Laureles.

Los paisas y el caribe

El fenómeno de la cumbia paisa nos aporta una anécdota musicológica que puede resultar interesante al respecto. Para los años cuarenta, Cuba era el referente de la música tropical, y entiéndase por ello todo lo que está dirigido a que la gente baile. Sin embargo, después del bloqueo de la isla, en Colombia se seguió escuchando esa música pero no se podían conseguir discos.

el reggaetón floreció en Medellín
Foto: Facebook: Jean Carlos Centeno - En Medellín murió el vallenato juglar y se puso al servicio del amor romántico, como el de Jean Carlos Centeno.

si tú te quieres ver fino mediante mi música, aunque lo que yo hago te parece popular, no tengo ningún problema, te lo empaco de manera fina. Y me pagas.

Medellín estaba lleno de músicos de la costa y la sabana de la región Caribe, básicamente, porque acá el mercado de emisoras era más amplio. Las emisoras contrataban músicos porque era más económico y fácil que conseguir discos.

Cuando Antonio Fuentes trajo su estudio para Medellín por exigencia de su esposa, una paisa cansada del calor barranquillero, necesitó del talento de esos músicos para grabar material. Así que jóvenes antioqueños, que tenían instrumentos de rock (grupos como Teen Ayers y Golden Boys et al), se encontraron en los estudios con músicos costeños.

Sin embargo, la cumbia aún era vista por la élite blanca medellinense como un producto que olía maluco. Las papayeras, entonces, se asociaban a lo pobre, mientras la música de Lucho Bermúdez era fina y olía a perfume francés. Cuentan que, a pesar de que eran los mismos músicos, a unos los recibían en los clubes y a los otros no.

Hasta que entendieron que la fórmula era simple: reemplazar la tuba de las bandas de viento por un contrabajo (sí, el contrabajo, el violín grande que nadie escucha y que, por cierto, nadie sabía interpretar en la época). Primer triunfo de la malicia paisa y costeña conjugadas: si tú te quieres ver fino mediante mi música, aunque lo que yo hago te parece popular, no tengo ningún problema, te lo empaco de manera fina. Y me pagas. Café con leche, y mucha azúcar.

Creo que en ese gesto está la clave de todo. De la complejidad de patrones rítmicos del folclor caribe se extrajo el ti-ti-tí básico del chucu-chucu. Que se ofendan folcloristas y musicólgos. Sabemos que el resultado es “raspa” o “cumbia paisa”, pero si decimos que es cumbia, nadie tiene por qué enterarse.

Del vallenato se extrajo la compleja cosmogonía del Valle de Upar y se lo puso al servicio de una mitología más amplia: la del amor romántico (y llorón). Ocurrió lo mismo con el reggaetón: se le extrajo lo cangri y se suavizó (aunque poco) la misoginia.

Si estamos dispuestos a mirar sin prejuicios, de seguro esta historia tiene muchos más asuntos por enseñarnos. Es solo que se trata de una historia que aún camina entre nosotros, con lo cual descifrarla puede ser un tanto más retador. Como sea, es una historia que ocurre mientras que a miles de personas, contra la pared y a poca luz, nos muestran el poder inconmensurable de la música.

Lea en Razón Pública: El vallenato despide a uno de sus grandes exponentes

¿Por qué vivir ahogado en un mar de desinformación? Razón Pública te ofrece análisis rigurosos y sin restricción como este. Súmate a esta labor a través de una donación.

0 comentarios

Carlos Andres Arango Lopera

Escrito por:

Carlos Andres Arango Lopera

* Doctor en Filosofía de la Universidad Pontificia Bolivariana. Docente-Investigador de la Universidad de Medellín.

ISSN 2145-0439

Razonpublica.com se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported. Basada en una obra en razonpublica.com.