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Reforma política sin fórmulas mágicas

Escrito por Juan Fernando Londoño

juan fernando londoñoNecesitamos que los partidos escojan candidatos, no que los candidatos escojan los partidos. La Ley Estatutaria que propone el gobierno puede ayudar en algo.

Juan Fernando Londoño*

Un exceso de reformas

Central_3_-_20_de_SeptiembreCada cuatro años los colombianos emprendemos la búsqueda de la fórmula mágica que resolverá nuestra insatisfacción con la política. La indagación por este grial de la democracia ha hecho que la Constitución deje de ser la regla del juego y se haya convertido en parte del juego mismo. Como siempre estamos discutiendo y poniendo en tela de juicio las reglas de juego,  nunca tenemos voluntad ni decisión para respetarlas y hacerlas cumplir.

Después del Frente Nacional, todos los Presidentes han intentado dejar su impronta en la constitución política:

  • López, Turbay, Betancur y Barco fallaron en sus intentos.
  • La crisis de finales de los ochenta por fin permitió que Gaviria reformara la Carta del 86 y la Constituyente entregó una nueva en 1991.
  • Samper y Pastrana también fracasaron en sus intentos de reforma política.
  • Uribe tuvo una reforma constitucional en el 2003, pero no era la que él quería. La que realmente deseaba se hundió en el referendo de ese año. Luego quiso hacer otra para quedarse en el poder, y la consiguió -pero sus gestores todavía están pagando las consecuencias de la forma como lo hicieron. En el 2009 Uribe llevó a cabo otra reforma política que tampoco deseaba, pero que tenía que hacer dado el escándalo de la parapolítica.

Constitución y no leyes

Así pues, para cambiar la realidad de la política y los partidos hemos pasado por múltiples intentos de reforma constitucional y por tres actos legislativos cristalizados. En el entretanto se ha expedido sólo una ley para partidos, la 130 de 1994 y ni siquiera se ha modernizado el Código Electoral, que data de 1985.

Es una rara mentalidad esta de cambiar la Constitución pero no hacer leyes para aplicarla. Quizás por eso, en un extraño círculo vicioso, la Constitución cada vez parece más una ley. Y entre más cosas están en la Constitución, más necesario se hace reformarla con cada nuevo problema que aparece.

Esta vez, por fin, parece que hemos iniciado el camino correcto: el de hacer las leyes. A lo mejor algún día logremos que también se cumplan. Pero bueno, que haya leyes ya es algo.

Un buen comienzo de Santos

La propuesta del actual gobierno se basa en sacar adelante las leyes y sólo después dar paso a nuevas discusiones constitucionales. El Ministro del Interior, quien proviene del Congreso, sabe bien que una iniciativa de reforma constitucional paraliza la agenda legislativa: los congresistas simplemente argumentan que hay que esperar a ver que arroja el nuevo marco constitucional. 

La propuesta de Ley Estatutaria tiene un objetivo claro: que los partidos políticos funcionen. La propuesta tiene la gran ventaja de que no tiene fórmulas mágicas. No se va a cambiar la realidad de la política de la noche a la mañana, contrario a los anuncios de ocasiones anteriores que sólo generan nuevas frustraciones. La nueva reforma tiene un propósito concreto: que haya organizaciones partidistas.

Candidatos sin partidos

La realidad de la política colombiana, hay que seguir repitiéndolo, es que no son los partidos los que escogen candidatos, sino los candidatos los que escogen partidos. En cualquier lugar del mundo, los partidos son organizaciones que buscan llevar la sus candidatos al poder. No son sólo eso, por supuesto, pero son -como mínimo- eso: organizaciones para buscar el poder. La fortaleza del partido depende de la capacidad que tengan de ser efectivos para conseguir ese objetivo y controlar la carrera política de quienes estén dentro de la organización.

La Constitución de 1991 mostró la debilidad del bipartidismo colombiano. Con la ruptura del dique que implicaban las circunscripciones departamentales, los partidos explotaron. Del bipartidismo formal pasamos a un multipartidismo caótico. Los constituyentes de entonces no hicieron una lectura integral de la reforma política, crearon la circunscripción nacional, pero se les olvidó que la fórmula electoral premiaba la dispersión. Los noventa fueron el reino de la supervivencia individual: cuánto es el mínimo de votos que necesito para salir elegido. Y cuál partido, movimiento, agrupación, o marca me sirve más. Los nuevos partidos fueron simples nombres para tramitar aspiraciones individuales.

Falló la repartidora

La reforma de 2003 intentó reversar el proceso, subir el umbral y modificar la fórmula electoral, en adelante la cifra repartidora. Se premiaría la agrupación. El problema es que el todo no es simplemente la suma de las partes. Muchas de las partes estaban podridas, porque la supervivencia individual genera incentivos para que cada cual se salve como pueda. Y como pueda, en Colombia, implica superar los linderos aceptables de una sociedad democrática: alianzas con paramilitares, dineros de los narcotraficantes, gobiernos al servicio de carteles, la corrupción como regla, la eliminación de los enemigos, todo esto es lo que fuimos construyendo por el camino.

Para que la ley del más fuerte no sea la única regla del juego de la política se requiere que la acción colectiva tenga más sentido que la acción individual. Para ello se necesita que los recursos de poder no estén exclusivamente en manos del individuo, sino en manos del partido. En el  2003 se eliminaron las listas individuales avaladas por partidos, se tendría que inscribir una sola lista, y solo sobrevivirían las agrupaciones que superaran el dos por ciento de los votos. El problema es que las listas no reflejaron una decisión del partido, sino de los individuos, fueron estos los que escogieron en qué partido quedarse. El mecanismo individual y el sálvese quien pueda siguieron siendo la regla.

Fortalecer los partidos

Las opciones de salir elegido no dependen del partido, de hecho es fácil trastearse entre ellos, antes en cualquier momento y ahora cada vez que se hace una reforma constitucional. Los recursos necesarios para ser elegido siguen siendo propiedad  individual: el financiamiento político, en primer lugar, la estructura organizativa en segundo y  las propuestas de campaña, en tercero. Estos tres elementos dependen de la gestión del candidato que compite: por ello, a la hora de presentar la candidatura, evalúa cual partido le resulta más adecuado para tramitar su aspiración y se resuelve por él.

Para tener partidos es importante que la organización tenga los recursos para hacer la elección. Los seguidores de fórmulas mágicas creen que el mecanismo es cerrar las listas, pero para ello se requeriría de partidos con mecanismos democráticos internos y del control de los recursos financieros. Nada de esto existe y por ello es inviable cerrar las listas. Mucho más práctico es intentar que los partidos tengan recursos para ayudar a que sus candidatos salgan elegidos. Este debe ser un proceso gradual, partiendo de la realidad actual y buscando que con el paso de los años, los partidos controlen las carreras políticas de sus miembros.

El dinero es un comienzo

El proyecto de Ley Estatutaria que el gobierno ha puesto a consideración del Congreso es el primer paso en esa dirección. Su intención es que los partidos dejen de ser espectadores en la campaña electoral. El primer paso es que tengan recursos económicos para hacer la campaña, así de simple, y así de importante. Mientras la financiación siga siendo un esfuerzo individual no habrá campo para la solidaridad con el partido.

Los anticipos para la campaña permitirán que los partidos tengan la obligación de diseñar una estrategia política, de aportar una infraestructura al proceso de elección, y de construir un mensaje para el electorado. Obviamente, si lo hacen bien. Si no lo hacen bien van a reforzar la tendencia individual y sólo ayudar a seguir ahondando en la causa de sus propios problemas.

El norte de la reforma no es encontrar una fórmula mágica para resolver los problemas políticos de los partidos. Se trata tan sólo de poner una piedra para empezar a avanzar en la dirección correcta. Es posible que sea, eso sí, la piedra angular.

* Analista político. Editor de la Revista Política Colombiana.

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