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Uribe y el uribismo en época de Santos y del santismo

Escrito por Juan Fernando Londoño

juan fernando londoñoEl primer gran desafío del nuevo Presidente es el de reconfigurar la gobernabilidad del país. ¿Cómo manejará el nuevo mapa político que surge de estas elecciones?

Juan Fernando Londoño *

El triunfo del uribismo

La primera gran pregunta que suscita la elección del nuevo Presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, es si logrará configurar un gobierno propio o si su gestión simplemente será la continuación de la de Álvaro Uribe, pero en cuerpo ajeno.

La segunda es si estas elecciones han servido para reconfigurar el mapa político de Colombia y cuáles son los posibles escenarios de gobernabilidad en el país.

El primer elemento de análisis tiene que ver con los apoyos y factores de poder que rodean al nuevo mandatario. Sin duda, la elección de Santos se debe en gran parte a la popularidad del presidente Uribe y a la conducción de una campaña que logró convertirla en un plebiscito sobre la continuidad de las políticas actuales.

La estrategia de Santos: esperar con paciencia para convertirse en el heredero de la popularidad del Presidente, demostró ser efectiva pues transmitió a las corrientes uribistas la confianza necesaria sobre la lealtad del candidato, con lo cual logró superar a sus potenciales competidores, principalmente Noemí Sanín y Germán Vargas. Esta situación convierte claramente la victoria de Santos en un triunfo del uribismo y por tanto la fuerza principal que guiará la gestión del nuevo gobierno seguirá siendo la representación de esos sectores.

La unidad, algo más que maquillaje

Sin embargo, varios factores matizan esta afirmación y muestran que el nuevo Presidente aspira realmente a hacer un gobierno propio. En primer lugar su intención clara de avanzar hacia la convocatoria de un "gobierno de unidad nacional". El alcance de dicho acuerdo está por verse, pero implicará como mínimo concesiones en torno a las políticas características del uribismo. En la medida que otras organizaciones acepten la invitación a participar en el nuevo gobierno se incrementará el margen de maniobra. De esta manera la invitación a la unidad no es una forma de maquillar el continuismo, sino una necesidad imperiosa para construir márgenes de gobernabilidad propia para el próximo gobernante.

La gran paradoja de quienes no han sido partícipes del uribismo es que, si quieren ayudar a cambiar las políticas que han criticado, el ingreso al gobierno es la forma de lograrlo. Obviamente las motivaciones de la clase política para ingresar al nuevo gobierno no parece tener mucho que ver con la modificación de las políticas tanto como con la distribución de los recursos del Estado.

Lo que va del 2002 al 2010

Un segundo elemento de gran importancia que marca diferencias entre la gobernabilidad de Uribe y la gobernabilidad de Santos tiene que ver con la configuración de los apoyos políticos en los cuales se sustentan. Santos recoge el caudal político y electoral del uribismo, es cierto, pero el uribismo de 2010 no es el mismo de 2002. El presidente Uribe llegó al poder en medio de una ola de indignación contra las FARC y de frustración ante el fallido proceso de paz del gobierno Pastrana. En medio de ese furor que llevó al candidato independiente Álvaro Uribe a la Presidencia, llegaron también apertrechados sectores claramente relacionados con la ilegalidad, el más visible de ellos, por supuesto, el de los paramilitares.

El paramilitarismo había desarrollado una estrategia clara para torpedear los diálogos de paz con la guerrilla pues consideraba que el avance de los mismos implicaba condenarlos a ellos a la categoría de simples delincuentes. Su estrategia dio resultado porque no sólo evitaron que cristalizara una negociación que los excluía, sino que propiciaron un gobierno que les abrió las puertas a la interlocución política, que hasta entonces les había sido esquiva. La gobernabilidad de Uribe estuvo condicionada por la necesidad de resolver la situación política, jurídica y militar del paramilitarismo. Gran parte de la coalición parlamentaria que apoyó la elección de Uribe estaba ligada a estos grupos, tal como se demostró posteriormente gracias a las investigaciones de la parapolítica. Uribe siguió gobernando con estos sectores incluso en su segundo periodo.

El uribismo que recibe Santos está mucho más depurado de este tipo de relaciones, no tanto porque su antecesor haya hecho un esfuerzo en ese sentido sino porque la extradición de los jefes paramilitares y las investigaciones de la parapolítica desterraron a los principales protagonistas de esos apoyos. La herencia que recibe el nuevo gobierno es un uribismo que electoralmente está representado principalmente por el conservatismo y el nuevo partido de la U, ambos compuestos principalmente por políticos profesionales que reproducen su capital político mediante mecanismos principalmente de clientelas. Y junto a ellos el partido Cambio Radical, que tiene características similares, pero con un líder con aspiraciones y capital político propio, y el Partido de Integración Nacional que navega ambiguamente entre la representación de los rescoldos de ilegalidad y el clientelismo regional. En una palabra, la gobernabilidad del ex ministro de Defensa no estará ligada a los factores de ilegalidad que tanto pesaron en la agenda de su antecesor.

Concepción y práctica políticas

Así pues, el tamaño de los apoyos políticos varía entre uno y otro gobierno y la composición de esos apoyos también difiere significativamente. A estos dos elementos se añade también la concepción y práctica políticas, lo que es mucho más que el estilo, entre ambos candidatos. Mientras Santos siempre ha sido defensor de la institucionalidad democrática como elemento clave de su discurso del buen gobierno, y ha ofrecido un entendimiento institucional con los partidos, el presidente Uribe sostuvo que los partidos no eran necesarios para la democracia y sus prácticas de cooptación clientelar fueron claramente desinstitucionalizadoras para las organizaciones políticas.

La combinación de estos tres elementos: el tamaño de los apoyos políticos, la composición de los mismos y el tratamiento que se establezca con las organizaciones políticas, marcan de entrada una diferencia grande entre la gobernabilidad de Álvaro Uribe y la de su sucesor. En un terreno más incierto todavía, es muy probable que estas diferencias lleven también a cambios en las políticas públicas, con lo cual depende enteramente del nuevo Presidente la posibilidad de avanzar en construir espacios de gestión autónoma. La tesis de que la unidad nacional es sólo un maquillaje para legitimar el uribismo merece ser analizada con más detenimiento.

Los verdes y la oposición

Colombia ha sido tierra árida para la oposición. Quienes han tratado de hacerla suelen desaparecer del mapa político. Desaparecer, en Colombia, no es un término figurativo. Las estrategias para destruir la oposición han incluido el asesinato, la persecución y el desprestigio. La política centrada en el Estado y en los recursos públicos ha construido una cultura política en la cual hacer oposición resulta prácticamente suicida. Esto no significa que la tradición deba continuar. Por el contrario, estos años en los que se intentó avasallar cualquier intento de crítica, mostraron la importancia de la misma. Sin una ciudadanía crítica y sin fuerzas organizadas para representarla, Colombia hubiese podido seguir los pasos de Venezuela. Por esta razón, la contraparte de una gobernabilidad democrática ha de ser una oposición democrática. El Partido Verde y el Polo Democrático tendrán que cumplir esa función en los años siguientes.

El liberalismo, que cumplió una labor importante de crítica al gobierno Uribe, terminó exhausto porque mientras las directivas nacionales trataban de mostrar una cara moderna, sus corrientes internas siguieron practicando la misma política de siempre. Se dijo durante muchos años que no existía razón para modernizar el liberalismo porque tal como estaba ganaba las elecciones. Durante los últimos años el liberalismo dejó de ganar, pero sus líderes desperdiciaron la oportunidad de modernizar el partido. Esa falta de coherencia entre un discurso progresista y una organización tradicional hizo poco creíble la propuesta liberal y condujo al fracaso de sus aspiraciones de poder. Su destino más probable es la recomposición de sus distintas vertientes en torno al nuevo gobierno y el tránsito definitivo hacia una organización más de centro derecha que la centro izquierda que ha querido representar.

Este desplazamiento del liberalismo hacia la comodidad de la participación en el gobierno deja un espacio abierto en términos de opinión pública que podría ocupar el Polo si adopta también una estrategia más ligada al modelo socialdemócrata que al del socialismo del siglo 21. Dada la composición ideológica de las fuerzas al interior de ese partido. dicho tránsito tampoco parece probable. Es posible que siga un camino de radicalización ideológica frente al gobierno de Santos en un intento por llevar a sus límites las contradicciones internas del actual modelo, o algo similar. El Polo puede convertirse en el único referente ideológico alternativo ante el consenso que hay respecto del modelo actual, pero esto dependerá de que el Partido Verde decida adoptar o no una posición ideológica más definida.

Organización e identidad

Los verdes son hoy la segunda fuerza política, gracias a la votación que obtuvieron en las dos vueltas presidenciales. Pero el 20 de julio, cuando se instale el nuevo Congreso, su capital político real será el de una pequeña bancada. En adelante, el desafio de la ola verde será justamente lograr ser un partido y cerrar la distancia entre los tres millones seiscientos mil votos de junio 20 de 2010 y los 5 senadores con que cuentan en el Parlamento. Para cerrar dicha brecha tendrán que enfrentar dos retos: el primero darse una organización real, apta para hacer política y enfrentar las elecciones locales de 2011, y el segundo, darse una identidad política propia que le dé coherencia a sus propuestas y credibilidad al electorado. El único espacio del espectro que podrán ocupar será el de centro izquierda. Falta ver si la conjunción de liderazgos personales permite hacer el tránsito hacia un partido moderno que ayude realmente a modernizar al país.

* Analista político. Editor de la Revista Política Colombiana.

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