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Elecciones locales: la realidad después del conflicto

Escrito por Juan Fernando Londoño
Juan fernando londono

Juan fernando londonoRetrato y explicación desoladores pero bien documentados sobre los males del sistema electoral, que van bastante más allá de la violencia. Tendremos que escoger entre tres vías: la  latinoamericana, la gradualista y la de ahondar el proceso de paz.    

Juan Fernando Londoño*

 

Puestos de votación durante las pasadas elecciones presidenciales.

Los males se harán visibles

Los procesos electorales del pasado se caracterizaron por la violación masiva de los  derechos ciudadanos: comunidades enteras que se veían impedidas para asistir a las urnas, líderes asesinados, masacres, desplazamientos y un sinnúmero de vejámenes violentos.   

Ahora, sin una guerrilla empecinada en impedir las “prácticas electorales burguesas” y sin paramilitares dedicados a eliminar cualquier voz crítica dentro de “sus” territorios, podemos apreciar – y ocuparnos por fin- de las precariedades verdaderas de nuestra  democracia.

Seguramente el 26 de octubre todos los partidos reclamarán la victoria. Los que aumentaron las gobernaciones o las alcaldías, los que sacaron más votos en los concejos, los que hace 4 años no existían y ahora tendrán representación local. Pero aunque todos reclamen la victoria, en realidad habremos perdido todos, incluso ellos, porque a partir del 1 de enero no gobernarán los partidos, ni los ciudadanos que eligieron sino los intereses ocultos que en efecto dominan el proceso electoral.

De todos los males que saldrán a la luz cuando callen los fusiles, el más grave será descubrir cómo las mafias se han apoderado de la administración pública local en una gran parte de nuestro territorio: mafias de la contratación, mafias de minería ilegal, mafias de urbanizadores y, por supuesto, mafias de narcotráfico y contrabando.

Estas mafias han llevado las campañas a costos exorbitantes, y estos miles de millones que se invierten en las campañas forzosamente tendrán que convertirse en inversiones rentables. Porque son eso: una inversión, la garantía de que las decisiones públicas beneficiarán a los mafiosos en materia de contratos, prioridad de los proyectos, planes de ordenamiento que harán urbanizable la tierra que obtuvieron previamente, ausencia de control policial sobre sus actividades ilegales y todo un repertorio de opciones para que el gobierno haga o deje de hacer.

Las oportunidades de enriquecerse son múltiples y quienes han invertido en las elecciones saben cómo aprovecharlas.

La trashumancia

Ciudadano buscando su puesto de votación en las pasadas elecciones.
Ciudadano buscando su puesto de votación en las pasadas elecciones.
Foto: Globovisión

Esto explica por qué se da el enorme trasteo de votos. Esta es la forma más práctica de ganar una elección local: ni siquiera hay que internar convencer a los habitantes del municipio, solo llevar gente desde otro sitio y pagar por sus votos.

Dado que el censo electoral está compuesto por 33 millones de personas, la cantidad  de nuevas inscripciones es impresionante: nada menos que cuatro millones doscientos mil personas decidieron inscribir su cédula en un lugar distinto de las pasadas elecciones. Esto es cerca del 13 por ciento del total de posibles votantes.

Con relación a los votantes de 2011 (17.543.463 personas), los re-inscritos equivalen al 24 por ciento, o seas que una cuarta parte de los electores decidieron trastear su sitio de votación.

Esta situación es absolutamente anormal. En un país con los niveles de desapego cívico de Colombia, donde el promedio de votación supera escasamente el 50 por ciento de electores para los comicios locales (57 por ciento en 2011, 55 por ciento en 2007 y 51 por ciento en 2003), esta forma de conducta  electoral no es la señal de un vigoroso compromiso democrático, sino la prueba de una masiva manipulación de la voluntad ciudadana.

Las oportunidades de enriquecerse son múltiples y quienes han invertido en las elecciones saben cómo aprovecharlas.

Hay que reconocer que la anulación de 1.600.000 cédulas por parte del Consejo Nacional Electoral le habrá arruinado la fiesta a más de uno, al igual que el arresto de unos cuantos presuntos responsables por parte de la Fiscalía. Pero el hecho de que se haya intentado manipular de esta manera las elecciones locales muestra la osadía de los competidores.

La trashumancia demuestra que existen la voluntad y la capacidad para alterar masivamente los resultados electorales mediante el fraude. Y no se trata de un fenómeno de la Colombia apartada. En Cota, a doce kilómetros de Bogotá, se anularon seis mil cédulas en un municipio de 22 mil votantes.

La trashumancia ha sido uno de los fenómenos que más llama la atención en estas elecciones, pero no es un hecho nuevo, ni tampoco el único o el más grave. Junto a ellas proliferan fraudes que incluyen la participación en política de funcionarios públicos, la compra de votos y el excesivo gasto electoral, así como el intento descarado de candidatos inhabilitados para acceder a cargos públicos. Todos son síntomas de un sistema político degradado.

Cómo llegamos aquí

La descripción de los males de nuestro proceso electoral puede ser larga, pero la reflexión que resulta pertinente  es cómo hemos llegado aquí y – sobre todo- cómo podremos salir de esta situación.

La trayectoria hasta la situación actual implicó pasar de formas tradicionales de clientelismo a modos refinados de corrupción como método principal para reproducir el capital  electoral en cabeza de individuos cada vez más audaces y más proclives a traspasar las líneas de la legalidad.

El escenario local se ha convertido en la base de un sistema político corrupto. Hacer política es una forma práctica de amasar pequeñas fortunas y la impunidad total es el gran incentivo para que los más inescrupulosos entren en la contienda. Como en todo proceso electoral, no existe mejor ejemplo que el éxito. Y las elecciones locales son hoy por  un espacio para que los más corruptos tengan éxito.  

Esto se debe en primer lugar a la ausencia de partidos que representen intereses colectivos. Cuando los partidos no representan los distintos intereses sociales en conflicto, los elementos básicos para lograr votos pasan a estar en cabeza de individuos, y para ellos el desafío es aumentar la eficacia de sus maquinarias electorales.

Don dinero

Para ser electo se necesitan básicamente tres cosas:

  1. Una propuesta capaz de seducir la opinión y motivar a los votantes.
  2. Una organización que respalde la aspiración, lo que se suele llamar maquinaria y que normalmente se construye con amigos, funcionarios, líderes locales y contratistas.
  3. Dinero para respaldar la aspiración.

Como las propuestas no suelen ser claras – y como en todo caso no es fácil hacerlas conocer entre un público amplio-  y como las maquinarias son limitadas, la posibilidad de aumentar el caudal electoral depende sobre todo del dinero que se invierta en la campaña.  

Con dinero se compra publicidad, pero también se compra organización. De hecho, el principal gasto electoral no es la publicidad en medios (como ocurre en las democracias industriales), sino el financiamiento de líderes locales que aportan la maquinaria para movilizar los votos.

Quienes han aprendido a controlar grupos de votantes se vuelven los mejores agentes electorales. Es a ellos a quienes se debe conquistar (con dinero) para que ayuden en la campaña y a quienes se hace preciso financiar para que organicen las actividades proselitistas y garanticen la movilización del día de las elecciones. No en vano las campañas reservan al menos una cuarta parte de su presupuesto para el día de los comicios.

Tres salidas posibles

Puestos de votación durante las pasadas elecciones presidenciales.
Puestos de votación durante las pasadas elecciones presidenciales.
Foto: Globovisión

Cambiar la situación anterior es sin duda el mayor desafío para que nuestra democracia sea transparente y permita que los ciudadanos no solo voten por personas sino que  elijan entre distintos programas o propuestas. No existen fórmulas mágicas para ello, pero si existen tres caminos bastante bien definidos:

1. El que podría llamarse la vía latinoamericana, consistente en la emergencia de un líder que encarne el hastío generalizado con la corrupción y obtenga un mandato mayoritario. Esto propicia rupturas institucionales, porque su acceso a la Presidencia los enfrenta con las formas establecidas de hacer política; es lo que ha sucedido con Chávez, Correa, Evo y, previamente, también con Fujimori.

2. La opción del camino gradual. El crecimiento económico permite ampliar la clase media, y esto hace que los políticos no puedan capturar las mayorías electorales por  métodos fraudulentos. Lograr esto implica un buen manejo macroeconómico y una buena política social, acompañados por lo real modernización del Estado mediante la profesionalización de la función pública y una verdadera carrera administrativa. Es el camino que recorrieron muchos países desarrollados.

Una cuarta parte de los electores decidieron trastear su sitio de votación.

3. La otra opción consistiría en que el proceso de paz desate una nueva generación de reformas que modifiquen el sistema político: una organización electoral independiente, un financiamiento público más amplio y por anticipado para garantizar la equidad entre campañas, una Fiscalía comprometida con la lucha contra los delitos electorales y, por supuesto – la más difícil de todas- listas cerradas que eliminen los incentivos individuales para hacer política.

Este es un camino incierto y de gran dificultad debido a la cerril oposición que habrá de despertar. Los procesos de paz no conducen necesariamente a la modernización de la política, aunque sí a la ampliación de la competencia electoral, y no se puede descartar que las FARC (al igual que el Polo de hoy) acaben por adaptarse a la “real politik” y se acostumbren al clientelismo y a la corrupción para asegurar el poder político.

El próximo domingo acudiremos a las urnas, no para elegir los mandatarios del posconflicto, como anunciaron algunos, sino para presenciar la consolidación de este sistema político que hará que las tareas de construcción de la paz sean mucho más difíciles.

Por supuesto, hay muchos políticos que intentan hacer las cosas bien y actuar de manera decente, pero dadas las evidencias, son tan solo una minoría. Ojalá los votantes se decidan acompañarlos.

 

* Comunicador social de la Universidad de la Sabana, máster en Ciencia Política de la Universidad de los Andes y en Relaciones Internacionales en la Universidad Johns Hopkins, ex viceministro del interior,  director del Centro de Análisis y Asuntos Públicos.

@JuanFdoLondono

 

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