La golondrina de la reforma agraria no hará verano - Razón Pública

La golondrina de la reforma agraria no hará verano

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Freddy CanteEl campo es mucho más que parcelas. La reforma que anuncia el gobierno no parece entender que aquí se juegan el pasado, el presente y el futuro de Colombia.

Freddy Cante*

De la Casa Tomada a Matrix

Hoy sería posible hacer una leve variación al famoso cuento de Julio Cortázar: "Nos gustaba la tierra porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que los espacios construidos sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia…Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así desterrados. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la cerca de entrada y tiré la llave a un hueco. No fuese que algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la tierra, a esa hora y con la tierra tomada."

Ahora es menos difícil imaginar el desierto de lo público y la vacuidad de la escogencia. En el universo virtual de Matrix todo es posible (imaginar y masturbarse no cuesta nada), y no hay controles ni barreras siempre y cuando los entes estén conectados y crean en el sistema. En el mundo real de la película los seres humanos se han convertido en apéndices y fuentes de energía de la máquina. Sus posesiones y libertades individuales son sólo simulacros.

Derecho de propiedad

Hoy no es necesario ser un radical marxista para hacer las siguientes afirmaciones:

  • En términos generales, un derecho de propiedad es un poder que permite excluir, explotar a otra gente y generar externalidades;
  • No es lo estrictamente material sino lo simbólico lo que alude al derecho de propiedad. Este es más una facultad de carácter jurídico y político que da plena libertad económica (licencia irrestricta) a su poseedor para que use su posesión como lo dicten sus caprichos;
  • Mediante barreras a la entrada es posible delimitar lo propio y separar lo ajeno, para no permitir el acceso a foráneos, intrusos o desposeídos; tales barreras pueden ser de carácter cultural, económico, político y social y, por tanto, están respaldadas por poderes de destrucción y disuasión (poderío militar que respalda al derecho y a la política);
  • Los desposeídos pueden ser explotados: a cambio de un salario de subsistencia o de hambre, o del pago por la entrada a una posesión, se les remunera con menos de lo justo, de manera que se pueda transferir la riqueza de su trabajo a los propietarios de medios de producción.

Definamos ahora algunos términos:

Externalidades

  • Las externalidades se pueden entender como "regalos" o "donaciones" puesto que son transacciones unilaterales (sin contraprestación, dado que no constituyen un poder de intercambio y no están internalizadas por un sistema de precios o cualquier contrato). Se hace énfasis en que son de carácter involuntario y pueden ser positivas (benéficas) o negativas (costosas) para la parte receptora.

Clubes

  • Hoy existen distintas tecnologías de la exclusión que sirven para generar "bienes club" (con altas barreras a la entrada y bajos niveles de rivalidad en su interior), de manera que sean cada vez más exclusivos. Los clubes más privilegiados abarcan desde familias, mafias, corporaciones, gremios, partidos políticos e inclusive playas nudistas, hasta Estados-nación o coaliciones internacionales.

Nuevas privatizaciones

  • Existe hoy una preocupante tendencia hacia la privatización de recursos que hasta ahora habían sido más públicos. Y digo "más públicos" porque los bienes públicos puros no existen: hay, sí, bienes públicos impuros con bajas barreras a la entrada y problemas de congestión que aumentan con el número de usuarios. Las pocas minorías que actualmente logran imponer barreras simbólicas, cognitivas, y sofisticados códigos de seguridad, serán las que lleguen a poseer recursos hasta ahora públicos como el agua, los genes, las semillas, el aire y el subsuelo. El alambre de púas y los infames muros de concreto -aunque útiles para resguardar la tierra transitable, habitable y cultivable- habrán de ser inocentes piezas de museo comparados con la sofisticadas formas de exclusión.

Males globales

  • Desde hace pocas décadas se ha hecho evidente una creciente correlación directa entre opulencia (crecimiento y expansión de los poderes económicos y militares) y generación de externalidades, que trasciende las geografías locales y nacionales, para expandirse al ámbito global y aún para extenderse en el tiempo, al punto de afectar a futuras generaciones. Es lo que se conoce como la tragedia de los recursos comunes, o la generación de males públicos a nivel planetario.

    Como consecuencia de este fenómeno, las fronteras internacionales son cada vez más ridículas, frágiles y porosas. Su desprotección ante los flujos indeseados y las externalidades globales es enorme. Hoy compartimos efectos externos benéficos (Internet, telecomunicaciones, redes de solidaridad internacional, migraciones, viajes, intercambios, etc.) y negativos (sobrecalentamiento global, amenazas nucleares, crisis económica, inseguridad planetaria, crecientes flujos de basura física y simbólica, expansión de la sociedad de consumo, entre otros).

La tierra ya no es la tierra

Ahora es posible sugerir una lectura renovada de los fisiócratas. Quizás ellos tenían razón: la tierra es fuente de energías que se localizan no sólo en su corteza visible, sino que se expanden hacia el nadir del subsuelo y hacia el cenit de la atmósfera. Quienes trabajan en los sectores secundario (desde la manufactura hasta la industria pesada) y terciario (desde actividades de organización e intercambio, hasta sofisticadas labores simbólicas) simplemente se dedican a transformar diversas clases de materia y energía que provienen de la tierra.

En los legendarios tiempos de Smith y Ricardo se podía afirmar que la tierra se entendía como una despensa circunscrita al suministro de alimentos y de algunas materias primas. En nuestra época es un recurso más complejo sujeto a una competencia descarnada. La corteza cultivable es apenas un segmento cuyo uso para agricultura compite con los de las energías que se puedan extraer del subsuelo y con los sofisticados empleos del aire y de la atmósfera.

Hace más de medio siglo el economista Kalecki [1], al discutir sobre el tema de la demanda efectiva y de la oferta de bienes de consumo de primera necesidad, advirtió que en la lógica desquiciada y violenta del mundo competitivo en el que vivimos, los grandes inversionistas tienen prioridades de poderío económico y militar mucho más importantes (y rentables) que las de solucionar temas del hambre y pobreza extrema o indigna.

Los crecientes usos de la tierra cultivable para dedicarla a la producción de biocombustibles que alimentan máquinas y autos, y la inclemente inundación de áreas propias para la agricultura con el fin de generar colosales proyectos hidroeléctricos (la gigantesca represa china de las tres gargantas, por ejemplo) son evidencia empírica que soporta la visionaria argumentación de Kalecki.

La virtuosa senda del capitalismo

A mediados del siglo XX, el recordado profesor Currie, enviado por el Banco Mundial, influyó en la política pública de Colombia para, supuestamente, encaminar al país por los virtuosos senderos transitados por naciones más desarrolladas. Currie ideó todo un sistema de incentivos y estrategias para que, de manera voluntaria -sin salir empujados hacia abismos inciertos, sino más bien teniendo la libertad de abrir las puertas hacia un horizonte deseable-, millones de campesinos emigraran hacia las ciudades.

La filosofía económica de Currie, fiel al legado de grandes defensores del mercado como Smith o aún Hayek, le permitía afirmar que las personas deberían abandonar las actividades con baja rentabilidad y emigrar hacia las altamente rentables. Para él, la  senda virtuosa del capitalismo era la promesa de mayores ingresos y comodidades, siempre y cuando la gente fluyera hacia donde sus actividades laborales fueran más productivas y mejor remuneradas[2].

Los mayores niveles de urbanización son una consecuencia directa (supuestamente benéfica) de la correlación directa entre el incremento en la división social del trabajo y expansión de los mercados. El modelo de desarrollo sugerido por Currie, basado en motores (sectores líderes) como la construcción de vivienda urbana y las exportaciones, se complementaba con proyectos agroindustriales altamente intensivos en la capital y en ciudades receptoras de desplazados (felizmente voluntarios) para acceder a una creciente y creativa oferta de empleos bien pagados.

Cambia el paisaje

Sin embargo, como es normal en la senda de desarrollo capitalista, el mayor nivel de urbanización se tradujo en una sustantiva reducción de los derechos de propiedad individual.

El marxista canadiense C. B. MacPherson mostró que existe una tendencia hacia la reducción de la propiedad: las ciudades se tornan más pobladas y densas y, por tanto, los citadinos habitan espacios cada vez más congestionados; los excluyen de lo público; sus posesiones son más contingentes y reducidas; sus apartamentos urbanos, pese al lujo con el que se construyen, no pasan de ser celdas y espacios de hacinamiento elegante; y las urbes son máquinas para transitar, trabajar a un ritmo desenfrenado, consumir compulsivamente, y dormir[3].

Mientras tanto, el campo pierde sus habitantes, y cuantiosas porciones de tierra quedan en manos de pocos propietarios, poseedores de megaproyectos mineros, agroindustriales o hidroeléctricos.

¿Mini caldo de cultivo?

La pequeña propiedad rural que tanto defendió Carlos Lleras Restrepo y de la cual han sido campeones algunos herejes económicos como Albert Hirschman, garantiza algún espacio de soberanía y una mayor amplitud de derechos si se la compara con la vida urbana.

Obviamente los más furibundos tecnócratas la consideran como algo anómalo y anticuado, algo que pertenece a un ingenuo romanticismo, o un caldo de cultivo para que los campesinos ingresen a las filas de la insurgencia o del paramilitarismo. Es posible que teman peligrosas reediciones del experimento ecológico de Henry David Thoreau en los fríos bosques de Walden, cerca a Boston.

Por otros caminos (los de la violencia más atroz) y contrariando el optimismo de Currie, salvo unas pocas, las ciudades no llegaron a ser en su gran mayoría focos que atrajeran y generaran un empleo productivo. Por lo demás Currie, como otros estrategas del desarrollo, descuidó los aspectos políticos y el persistente conflicto interno.

La prolongada acumulación originaria de capital (con la crónica inestabilidad de los derechos de propiedad) y los sesgos hacia la intermediación, la especulación y el contrabando, han sido problemas constantes y desatendidos.

La explosiva tendencia hacia la fragmentación territorial, tan vieja como el sueño de la Gran Colombia, y la persistencia de violentos y autoritarios poderes regionales y locales (señores de la guerra y de la mafia) que nos acercan a una jungla estilo Hobbes, no fueron problemas significativos para Currie ni para otros economistas más ortodoxos y menos cultos. A comienzos del siglo XXI el tema más importante al hablar de desarrollo es el de la diversidad de conflictos violentos y extremos en el país.

La presencia del imperio

Un elemento adicional del subdesarrollo y la dependencia del imperio (aunque los asépticos economistas formados en la maliciosamente neutral teoría neoclásica no le otorguen estatus científico a esta palabra), consiste en que el territorio colombiano es usado y usufructuado por poderosos propietarios foráneos.

Entre las modalidades más descaradas de esta ocupación se destacan varios elementos:

  1. La geografía nacional se usa como una sucursal de Estados Unidos. Un ejemplo sería el de la aún no desechada instalación de las bases militares;
  2. La fragilidad de las fronteras nacionales y de los territorios de etnias en proceso de extinción, lo cual permite que poderosas empresas transnacionales se apropien no sólo de las energías del subsuelo (minerales estratégicos y agua) sino también de los códigos genéticos de la biodiversidad colombiana y de los saberes ancestrales sobre tal riqueza.
  3. El tema de la droga (la marihuana, y en especial la coca y la heroína) es mucho más ignominioso: a medida que crece el número de adictos extranjeros, gran parte de la población colombiana padece una guerra que no es suya. El paraíso económico lo gozan los beneficiarios de los astronómicos niveles de rentabilidad de ese "negocio".

Una breve panorámica del problema de los derechos de propiedad en Colombia ofrece evidencia empírica para corroborar los anteriores argumentos teóricos. Gústenos o no, la tierra, presuntamente colombiana, es objeto de intereses que ya no se limitan a la anacrónica idea de "Estado nación". Hoy influye más la presencia directa o indirecta de poderosas empresas transnacionales en el uso de los variados y cada vez más conocidos recursos de la tierra.

Todo está por hacer

Comparada con el modelo de violenta desaparición del campesinado -presumiblemente bruto, sucio, premoderno e improductivo- y con la acogida que le dieron algunos sectores a los megaproyectos de Andrés Felipe Arias, la tímida reforma agraria anunciada por el actual ministro de Agricultura, Juan Camilo Restrepo, constituye un notable avance.

No obstante, ante la continuidad en lo que se refiere a la promoción de megaproyectos relacionados con minería, hidroeléctricas y biocombustibles, la bienintencionada y valiente política de devolver unos dos millones de hectáreas a más de tres millones de víctimas del desplazamiento forzado no pasa de ser un tímido y deseable acto de justicia.

Sin embargo, al sumar a ese proyecto la necesidad de legalizar decenas de miles de predios, neutralizar y reducir la criminal evasión de impuestos por parte de los terratenientes, y racionalizar el uso de terrenos agrícolas, podrá verse hasta qué punto lo que se anuncia es insuficiente.

Un grano de arena

Si los desplazados retornan al campo (y la valiente iniciativa del ministro Restrepo vence a regresivos y oscuros intereses), la satisfacción de este sector de la población podría ser efímera. El futuro será sombrío a menos que existan atrevidas e imaginativas políticas para recuperar algo de nuestra soberanía nacional y, por lo mismo, para afrontar creativamente las restricciones impuestas por actores internacionales.

Sin oportunos frenos a las tendencias que buscan con desenfreno nuestro nuevo vasallaje, será imposible desarrollar una mínima reforma agraria. Aunque, ya lo sabemos, hay temas tanto y más delicados que este. Entre ellos el de las bases militares, la política antidroga de Estados Unidos, y los poderosos intereses de exportadores de biocombustibles, energía eléctrica y recursos minerales estratégicos.

Doctor en Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Colombia. Asesor de diferentes instancias del gobierno Distrital. Recientemente ha sido consultor del International Center on Non Violent Conflict. Actualmente es profesor principal de la Facultad de Ciencia Política de la Universidad del Rosario, e investigador en temas de acción colectiva y movimientos sociales.
Correo: 
documentosong@gmail.com

Notas de pie de página


[1] Kalecki, M. 1976. Ensayos escogidos de dinámica de la economía capitalista. México, Fondo de Cultura Económica.

[2] Currie, L. (homenaje a Currie), 1993. Cuadernos de Economía. Número especial 18-19. Universidad Nacional de Colombia.

[3] MacPherson, C. B. 1965. The Real World of Democracy. Toronto, Canada. Anansi.

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