Los resultados de las elecciones: de la frustración a la reforma - Razón Pública
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Los resultados de las elecciones: de la frustración a la reforma

Escrito por Juan Fernando Londoño

juan fernando londooEl problema de fondo no es la Registraduría sino la desorganización interna de los partidos, y esto requiere cambios en el sistema electoral y en el sistema político. Un aporte perspicaz y diferente a un debate que se está trivializando. 

Juan Fernando Londoño*

Lo sorpresivo de las elecciones del pasado domingo 14 de marzo no fueron los resultados sino la forma demorada e incompleta como nos enteramos de los mismos. Mientras que el triunfo del uribismo (el Partido de la U, el Partido Conservador y el Partido de Integración Nacional) había sido pronosticado, nadie previó que el procesamiento de los votos y los datos fuera a ser tan tortuoso, menos aún cuando el país se había acostumbrado a recibir con rapidez las cifras sobre el nuevo Congreso y sobre las consultas de los partidos. 

Aparentemente, el problema estuvo en la demora ocasionada por la transmisión de los datos, atribuible a dificultades técnicas. Sin embargo esta es apenas la punta del iceberg, pues conseguir que la democracia colombiana realmente se sustente en elecciones libres y justas requerirá avanzar en reformas de carácter político y electoral que van más allá del conteo y transmisión de los votos.

Un tarjetón confuso

Hay que partir de un hecho elemental: cualquier sistema electoral debe basarse en que el elector pueda identificar de manera fácil las opciones que se le presentan y por tanto, evitar la confusión a la hora de depositar su voto. El caso paradigmático de esta situación ocurrió en una democracia avanzada, los Estados Unidos; la fecha, el año 2000; los contendores, George W. Bush y Al Gore. El resultado: catastrófico para la humanidad. Los ciudadanos de la Florida se enfrentaron a una tarjeta electoral que inducía a error, muchos votaron por el candidato que no querían, siguieron varias semanas de pugna judicial y al final la Suprema Corte de Justicia negó la posibilidad de reconteo. De ese tamaño pueden ser las consecuencias de un tarjetón mal diseñado.

En el caso colombiano es claro que los tarjetones están mal diseñados. En el mismo tarjetón de Senado, por ejemplo, los ciudadanos tienen que escoger entre varias circunscripciones, situación que induce a error. En la Cámara el número de circunscripciones es aún mayor (departamental para Cámara y de minorías por afros e indígenas), y por ello el número de errores también es mayor. Prueba de ello son las cifras del pasado domingo: 1.403.913 votos nulos y 473.351 votos no marcados, cerca de un 15% de electores que no pudieron expresar de forma clara su intención política.

Menos partidos pero muchos candidatos

Pero el diseño del tarjetón no es el mayor de nuestros problemas, es apenas el reflejo de la situación que vivimos. Los últimos intentos de reforma política han concentrado su atención en disminuir el número de partidos, y ciertamente lo han conseguido. Después de tener  más de 70 organizaciones con personería jurídica en el año 2002, hemos reducido su número a cerca de 16, de los cuales sólo 8 corresponden a partidos que podríamos llamar nacionales mientras los otros 8 subsisten gracias a obtener representación en circunscripciones minoritarias.

El esfuerzo de reforma ha partido de un diagnóstico equivocado, o por lo menos insuficiente: que el problema radica en el número de partidos. Por ello la reforma de 2003 impuso un umbral del 2% y la reforma de 2009 subió dicho umbral al 3% a partir de 2014.  Sin embargo, el número neto de candidatos se ha incrementado porque los partidos asumen como estrategia llenar la lista de personas que no tienen mucha opción pero que con pequeños aportes pueden ayudar a subir su votación total y con ello el total de curules. Nuevamente un ejemplo ilustra mejor el problema: en el Senado sólo se presentaron 16 partidos a la competencia, pero dentro de ellos compitieron 948 candidatos (en el 2006 habían sido 815 candidatos en 20 listas). El resultado neto: más gente haciendo campaña y más dificultades para el elector a la hora de identificar las diferencias entre ellos y a la hora de seleccionar entre tanta oferta. Este tipo de consecuencias constituye un ejemplo de lo que Albert Hirschman llamó los efectos imprevistos de las reformas.

Tenemos entonces que las recientes reformas han reducido el número de partidos pero han aumentado el número de candidatos porque las organizaciones políticas encuentran altamente rentable llenar el número total de renglones. Esto implica no sólo más gente en las listas, sino más competencia electoral, más gasto en campañas, más confusión para el ciudadano, mas facilidad para la infiltracion ilegal.

Entretanto, la distribución de votos dentro de los partidos es la siguiente: (a) Cerca de un 20% de los votos va al símbolo; se trata de ciudadanos que votan al partido de su preferencia, pero que no tienen un candidato identificado (en la última elección las cifras oscilaron entre el Partido Verde que obtuvo un 23% y el PIN con un 15%); (b) Entre un 40 y un 50 por ciento de los votos corresponden al caudal de aquellos que finalmente resultan electos, y (c) Cerca de un 30% corresponde a candidatos que no salen elegidos. Por esta razón los partidos tienen grandes incentivos para llenar las listas ocupando todos los renglones disponibles.

Votos para el partido, no para los candidatos

Quienes proponen incorporar fotos y nombres en los tarjetones o acabar con la circunscripción nacional para el Senado no apuntan al fondo del problema, que es uno: la desorganización interna de los partidos. Mientras las organizaciones políticas carezcan de los recursos financieros, administrativos y políticos para ser verdaderos partidos y no simplemente agrupaciones de jefes electorales (que además trastean su electorado de partido en partido en cada elección) ningún tarjetón solucionará nuestros problemas.

Nuevamente, las dificultades técnicas no son el origen sino una consecuencia del problema de fondo. Y el remedio de fondo tiene que consistir en que los ciudadanos se encuentren  en la urna ante un conjunto de opciones fáciles de identificar y después de una campaña protagonizada por los partidos que compiten con mensajes relativamente claros y homogéneos. 

Las reformas políticas y electorales no pueden seguir centrándose en reducir el número de partidos, sino en organizarlos internamente. Para lograr este resultado hay que adherirse a un principio muy simple: hacer que los votos pertenezcan al partido y no al candidato. ¿De qué manera?

  • Aquí (también) la opción que parece más razonable no necesariamente es la más deseable: cerrar las listas de manera que el votante sólo deba escoger al partido; pero el beneficio de esta medida no compensa los costos que tendría la lista cerrada en una  democracia como la colombiana: candidatos desconocidos, oligarquía interna de los partidos.
  • Una posible alternativa consistiría en cerrar las listas progresivamente, empezando por la lista de Senado que es la que más confusión genera. La Comisión de Reforma Política propuso cerrar las listas por dos periodos consecutivos.
  • Otra opción sería adoptar el sistema de Europa, donde los partidos no usan el voto preferente para que el elector señale el orden de la lista, sino para que lo altere. Esto le da el poder básico al partido, pero permite que surjan figuras que lo renueven. En Colombia, esto  permitiría que los partidos recluten figuras de opinión y gente capaz pero sin trayectoria política.

Partidos fuertes, pero ¿cómo?

Para que los partidos sean el centro de la actividad electoral se requiere que controlen los mecanismos que permiten reproducir el poder político: el dinero, la organización y el mensaje. Mientras cada candidato tenga que recoger el dinero para su campaña, tener su propia organización política (maquinaria) y su propio mini programa no habrá partidos fuertes.

Inclinar la balanza del otro lado no es un tema puramente jurídico sino sociológico, no lo determinan las normas sino las realidades sociales. Por esta razón no es posible creer que la transformación se logre con un cambio de reglas para la próxima elección, pero entre más se tarde en iniciar la reforma más difícil será tener un sistema político legítimo y confiable.

Reformar el régimen de financiamiento es una tarea prioritaria y es mucho más fácil que pretender que nuestros partidos se vuelvan programáticos en lugar de clientelistas. Ninguna reforma impedirá que quienes tienen alianza con la delincuencia usen dinero ilícito para financiarse, pero un régimen más transparente y mejor organizado permitirá detectar con más facilidad a quienes lo hagan. Si los partidos controlan el financiamiento público y el acceso a la propaganda electoral, los políticos necesitarán menos dinero para sus campañas personales.

Por supuesto, la transformación democrática requiere decisión política. Lamentablemente, el resultado de las elecciones no permite ser demasiado optimistas, pero dada la historia de intentos y fracasos en torno a las reformas políticas lo peor sería no intentarlo.

*Más de 10 años de experiencia en temas relacionados con gobernabilidad democrática y modernización del Estado tanto a nivel nacional como internacional. Master in International Public Policy, Master en Ciencia Política, Especialista en Derecho Constitucional y Parlamentario, Especialista en Gestión Pública. Consultor internacional en temas de gobernabilidad y fortalecimiento institucional. Ha sido Asesor del Secretario General de la Organización de los Estados Americanos (OEA) y de la Coordinadora Ejecutiva de la Unidad para la Promoción de la Democracia de la misma organización.

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