
Venezuela tras Maduro: petróleo primero, democracia después
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La salida forzada de Nicolás Maduro abre un nuevo escenario en Venezuela: Estados Unidos apuesta por la estabilidad y la reactivación petrolera, mientras la transición democrática queda relegada. El orden no es casual y plantea dilemas profundos para el chavismo y para la oposición.
Estabilidad como prioridad estratégica
Los acontecimientos en Venezuela tras la operación militar de Estados Unidos del 3 de enero, que extrajo del país a Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores para ser juzgados en Nueva York, abren nuevas perspectivas en una crisis de larga duración. Sin embargo, los desenlaces posibles son múltiples y todavía resulta difícil anticipar cuál de ellos prevalecerá.
La administración de Donald Trump, por boca de su secretario de Estado, Marco Rubio, ya trazó la hoja de ruta que pretende recorrer en Venezuela durante los próximos meses. El proceso, que Washington busca tutelar ejerciendo la máxima presión e influencia sobre el gobierno encabezado por Delcy Rodríguez, se resume en un mantra reiterado desde la Casa Blanca: estabilización, recuperación y transición.
El orden de estos objetivos no es inocente. La prioridad otorgada a la estabilidad apunta a generar las condiciones necesarias para reactivar, al menos parcialmente en el corto y mediano plazo, la industria petrolera venezolana, con un papel destacado para compañías estadounidenses. Se trata de un objetivo explícitamente anunciado por el propio presidente Trump.
Delcy Rodríguez y el cálculo del chavismo
La apuesta por la estabilidad no solo busca hacer viable la reactivación petrolera, sino asegurar la propia sostenibilidad del plan estadounidense.
En Washington existe la convicción de que la oposición democrática venezolana no está hoy en condiciones de garantizar el control efectivo del país, dado el dominio que el chavismo conserva sobre el entramado institucional, en especial sobre las Fuerzas Armadas.
Estados Unidos quiere evitar a toda costa un escenario de convulsión política e ingobernabilidad. Por ello ha optado por respaldar, al menos transitoriamente, a Delcy Rodríguez —hasta ahora vicepresidenta de Maduro— como figura encargada de conducir esta etapa, cuyos plazos siguen siendo inciertos. Trump también busca esquivar cualquier escenario que implique el despliegue de tropas en Venezuela, una opción que chocaría frontalmente con una de sus principales promesas electorales.
La actual presidenta interina parece dispuesta a participar en este arreglo impuesto desde Washington. Lo hace, en primer lugar, por supervivencia política tras la caída de Maduro, pero también por cálculo estratégico: el chavismo puede considerar que aún tiene margen para convivir con Estados Unidos si satisface sus demandas petroleras o, en el peor de los casos, preservarse como una fuerza política relevante en un escenario de cesión del poder.
Rodríguez ha actuado con rapidez en el terreno económico. La reforma de la Ley de Hidrocarburos constituye un giro profundo respecto a las políticas impulsadas desde los tiempos de Hugo Chávez y busca atraer inversión extranjera en el sector energético, en línea con las exigencias de Washington.
La transición democrática, en suspenso
Muy distinto es el panorama en el terreno político. No está claro cuánto tiempo permanecerá Rodríguez al frente del país. El Tribunal Supremo de Justicia, controlado por el chavismo, creó la figura de la “ausencia forzosa” para eludir la convocatoria de elecciones prevista en la Constitución. Tampoco se conocen avances sustantivos en la construcción de una agenda de transición con los distintos sectores de la oposición.
Un ejemplo ilustrativo es la excarcelación de presos políticos, que se ha producido de manera parcial, lenta y acompañada de información falsa destinada a inflar cifras oficiales, como han documentado organizaciones de derechos humanos como Foro Penal y Justicia, Encuentro y Perdón.
Además, no se trata de libertades plenas. Los excarcelados mantienen procesos judiciales abiertos y están sometidos a medidas cautelares que limitan su movilidad y su libertad de expresión. Esta situación podría modificarse si se concreta la amnistía general anunciada por Rodríguez, bajo la presión creciente de familiares de los detenidos y de protestas ante organismos públicos y embajadas.
Una relación incómoda con Washington
Por ahora, la sintonía entre los gobiernos de Trump y Rodríguez es evidente. Se refleja tanto en las declaraciones públicas como en hechos concretos, como el desbloqueo de activos venezolanos en Estados Unidos. Expresiones como “tenemos una muy buena relación” o “Delcy ha demostrado un liderazgo muy fuerte”, desde Washington, y agradecimientos explícitos desde Caracas, confirman que el guion estadounidense está funcionando.
Queda por ver el impacto de esta relación dentro del chavismo. Aunque en público sus dirigentes exhiben unidad, es difícil descartar tensiones internas. Todas las miradas se dirigen hacia Diosdado Cabello, figura clave del aparato represivo y con ambiciones de poder nunca ocultas. Para las bases chavistas, el giro resulta desconcertante: el antiguo enemigo imperialista que derrocó a su líder aparece ahora como un socio confiable.

La oposición ante una disyuntiva estratégica
La situación tampoco es sencilla para la oposición democrática ni para su principal figura, María Corina Machado. La líder opositora quedó descolocada tras el 3 de enero, al ser excluida inicialmente de la hoja de ruta diseñada por Trump. Aunque el presidente estadounidense suavizó el gesto con una declaración posterior en la que habló de “involucrarla de alguna manera”, hasta ahora no se le ha asignado un papel claro.
La oposición aún no se repone del golpe. Debe reorganizarse con fuerzas muy mermadas por años de represión, pero cuenta con un activo político central: haber ganado las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024 con cerca del 70 % de los votos, una señal inequívoca de que el chavismo es hoy minoritario en términos electorales.
La disyuntiva es compleja. La oposición puede optar por un seguidismo pasivo de la estrategia estadounidense, con el riesgo de volverse irrelevante, o intentar construir dentro de Venezuela una amplia alianza social y política que presione por una transición democrática con calendario electoral. Esta última opción, sin embargo, chocará con la prioridad de Washington: estabilidad y petróleo, incluso si ello implica prolongar la convivencia con sectores del chavismo.
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Acerca del autor
Txomin Las Heras
*Periodista, editor y consultor en temas de comunicacionales, investigador adscrito del Observatorio de Venezuela de la Universidad del Rosario, presidente de la asociación Diálogo Ciudadano Colombo Venezolano.
2 comentarios





La Asamblea Constitucional que los colombianos estamos preparando deberá incluir la mejor relación posible con Venezuela : geográfica, ecológica, económica y politica, incluso militar.
La excarcelación parcial con medidas cautelares no es libertad. Si la transición es seria, debe traducirse en derechos y garantías verificables.