Página 3 – Razón Pública

Foto: Ministra de Salud: Ana María Vesga

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El nuevo gobierno propone reorientar la política de salud hacia la atención urgente de más de un millón de pacientes graves. El desafío será financiar un plan de choque de $10 billones sin recursos adicionales y con controles que eviten pagos duplicados o desvíos.

El plan de choque en salud: cambio de paradigma y el gran lío de la plata. 

El gobierno de Petro basó su estrategia en salud en prestar servicios per cápita más baratos y con mayor cobertura poblacional, esperando tener un gran impacto en la salud y en la política electoral, impacto que, por cierto, fue moderado en ambos espacios, pero que sí creó un “hueco” en la atención a los enfermos graves. 

La “Patria Milagro” busca cerrar ese hueco con un Plan de Choque centrado en atender a poco más de un millón de pacientes graves, mediante servicios per cápita más costosos. A diferencia de los equipos extramurales de Petro, la apuesta es responder a demandas urgentes, salvar vidas, fortalecer el prestigio del nuevo gobierno y, en palabras de la ministra Ana María Vesga, “estabilizar el sistema”.

El Plan de Choque, estimado en $10 billones, carece de financiamiento. La inviable compra de cartera fue sustituida por créditos exprés de la Adres, girados directamente a los prestadores y reembolsables sin intereses por las EPS; por tanto, no implica recursos nuevos. 

En el sistema de salud colombiano no solo cambiaron el gobierno y la dirección del Ministerio, sino también el paradigma que orienta su gestión, un giro que merece ser analizado.

La visión de Petro que guio la salud en el anterior gobierno

El gobierno de Petro dio prioridad a la prevención, la predicción y la promoción para evitar enfermedades y detectar oportunamente los riesgos.

Con base en la Ley 1438 de 2011, se reforzó la atención primaria extramural mediante visitas domiciliarias y servicios fuera de la red hospitalaria. Hasta junio de 2026, el Ministerio reportó 10.983 Equipos Básicos de Salud y 1.006 equipos de especialistas, con cobertura de 10,9 millones de familias: hasta el 57% de la población, si los datos son exactos y no incluyen atenciones repetidas.

La estrategia costó $6,87 billones. Aunque podría reducir a largo plazo el agravamiento de enfermedades prevenibles, aún no hay evidencia sólida de que haya disminuido los costos generales del sistema.

Los datos tampoco muestran una mejora sostenida: según el DANE, las muertes bajaron de 287.000 en 2022 a 268.000 en 2023, pero volvieron a subir a 283.378 en 2025. Si bien no todas se deben a fallas del sistema, las 291.143 tutelas y más de 1,2 millones de reclamaciones muestran un creciente déficit de atención a los enfermos.

El plan de choque: ¿marca el camino en el nuevo gobierno? ¿o es aún prematuro afirmarlo?

Como señaló Fernando Galindo en El Espectador, el 21 de septiembre el presidente de la Espriella anunció la primera fase del Plan de Choque en Salud, dirigido a más de un millón de usuarios con medicamentos y procedimientos pendientes. Entre enero y julio de 2026 se registraron más de 1,2 millones de reclamos —unos 5.772 diarios—, de los cuales el 92% se debió a barreras de acceso. La estrategia preventiva de Petro habría debilitado la atención hospitalaria y quirúrgica, como sugieren el aumento de las tutelas y las reclamaciones y el alza del gasto de bolsillo del 14,37% en 2022 al 14,74% en 2024; aunque pudo haber causado muertes evitables, las cifras oficiales muestran una reducción de la mortalidad materna e infantil.

Se debe señalar, además, que Colombia supera ampliamente el promedio de la OCDE en mortalidad prevenible (304 por 100.000 habitantes, frente a 145) y tratable (115 frente a 77).

Con estos datos, el gobierno de la Espriella plantea un plan de choque para atender las urgencias de alta complejidad. La ministra Ana María Vesga ha identificado 1.069.196 pacientes, incluidos casos de cáncer, trasplantes, enfermedades huérfanas y neurodegenerativas, diabetes insulinodependiente y VIH; 700.000 esperan medicamentos, y 300., procedimientos. La prioridad será tratar enfermedades graves ya diagnosticadas que comprometen la supervivencia.

El Plan de Choque, anunciado por $10 billones, no cuenta con respaldo presupuestal y solo tendría medio billón para su primera fase. Como los servicios pendientes aún no se han prestado ni facturado, la compra de cartera es inviable; por ello, el Gobierno optó por anticipos o créditos a EPS e IPS, girados directamente a los prestadores.

El sistema atiende a mucho más de un millón de enfermos graves: registra 124,97 millones de consultas anuales, 4,78 millones de atenciones de urgencia y 2,83 millones de hospitalizaciones. En EPS como Famisanar, excluidos consultas y medicamentos, el gasto se distribuye entre hospitalización (40%), UCI (30%), cirugías (23%) y urgencias (7%); aún es pronto para saber si estas cifras definirán la política permanente del nuevo gobierno.

Foto: Cambio de paradigma en la salud colombiana - Elaboración propia

Impacto del plan de choque en el gasto de salud

El aseguramiento se basa en la solidaridad: los 51.422.914 afiliados —el 97,2% de la población— aportan mediante contribuciones o impuestos según sus ingresos y reciben atención según sus necesidades. En 2022, los regímenes contributivos y subsidiados tenían coberturas similares, aunque este último podría estar sobredimensionado.

Según la encuesta estadounidense MEPS-AHRQ, el 5% de los pacientes concentra la mitad del gasto en salud, mientras que la mitad más sana consume apenas el 3%.

Para dimensionar el plan, en 2025 la Adres administró $100 billones para financiar a las EPS, mientras que el gobierno de Petro destinó $6,87 billones adicionales —el 6,87%— a equipos extramurales que habrían cubierto hasta el 57% de la población.

Petro dio prioridad a servicios preventivos baratos y de amplia cobertura; De la Espriella propone atender a un millón de enfermos graves, con mayor impacto público, pero a un costo más alto. Las EPS destinan a la prevención solo el 1,9% de sus recursos en el régimen contributivo y el 5,1% en el subsidiado. De ahí la importancia del aseguramiento solidario: todos aportan y los enfermos reciben más, conforme al artículo 48 de la Constitución.

La ingeniosa estrategia de la compra de cartera sin poner plata

La novedad del plan es financiarlo sin recursos presupuestales adicionales, mediante un préstamo de la Adres que dé liquidez a las EPS e IPS. La compra de cartera, inicialmente anunciada, enfrenta un obstáculo: busca cubrir servicios aún no prestados ni facturados. Las IPS facturan a las EPS, que auditan y postulan el pago ante la Adres.

La Ley 100 de 1993 estableció un pago en dos etapas: el Fosyga, hoy Adres, giraba mensualmente a las EPS la UPC según sus afiliados; estas anticipaban a las IPS hasta el 90% de los servicios autorizados y pagaban el 10% restante tras auditar las facturas.

Ante las demoras y los riesgos en el manejo de recursos, el Ministerio implementó el giro directo: la Adres paga a las IPS y las EPS solo autorizan servicios y revisan cuentas, sin administrar el dinero. Creado en 2011 para el régimen subsidiado y luego ampliado, en 2026 cubre el 90% de los recursos del aseguramiento, por lo que las EPS solo intermedian el 10% de la UPC.

Lo más increíble es que el Gobierno está sin liquidez y quiere que Adres preste dinero para su “plan de choque” mediante la eventual compra de cartera a las IPS-EPS. Pero hasta ahora solo ha creado un galimatías jurídico difícil de resolver, la situación está así:

  1. El Gobierno prometió, pero no tiene $10 billones para su plan de choque. Quizás solo para una primera etapa de $1 billón.
  2. El Gobierno cree que el único que puede resolver el problema sería la Adres, que podría, según se cree, servir de vehículo para prestar la plata que se necesita mediante “la compra de cartera”, según la versión inicial.
  3. Pero el plan de choque pretende financiar servicios o medicamentos que no se han prestado y que están represados para más de un millón de personas.
  4. La norma establece que la compra de cartera implica adquirir facturas, las cuales en este caso no existen.
  5. Pero ¿cómo comprar facturas por servicios que no se han prestado y que, por tanto, no tienen factura?
  6. La única forma sería prestar plata a las EPS, garantizando su reembolso en cuotas o mediante descuentos futuros durante un año.
  7. Pero no se puede prestar plata ni hacer anticipos a las EPS sin factura, porque la legislación anterior eliminó esta posibilidad al obligar a girar directamente a las IPS el 90% de los recursos, con base en la postulación de facturas ante la Adres.
  8. Si la norma se modifica y no se exige factura previa, ¿para qué establecer la compra de cartera? Esta se convierte en un proceso inútil. Quien conoce de contabilidad sabe que los anticipos se entregan con base en contratos y autorizaciones y no requieren factura.
  9. Pero luego, cuando las IPS emiten la factura, está ya está pagada en un 90% mediante los anticipos de la Adres; entonces, ¿para qué vender la factura si la Adres solo debe el 10% de su valor?

El sistema de crédito directo a las EPS-IPS para el plan de choque

Como era lógico esperar, el Ministerio le debió “echar tierra” a la idea de comprar cartera a futuro y está montando un sistema nuevo de giros directos para el “Plan de choque”, el cual deberá incluir:

  1. Asignación de un monto específico a cada IPS-EPS comprometida en el Plan de choque.
  2. Un convenio regulatorio sobre el contenido de las prestaciones y los medicamentos, y sobre la operación y la auditoría del proceso.
  3. Un giro directo a los prestadores, sin pasar por la tesorería de las EPS, y que sirva de anticipo a las IPS.
  4. Una obligación de reembolso por parte de las EPS dentro de un plazo determinado.
  5. Un reembolso sin intereses reales y ajustado por el IPC.
  6. Una cuota de descuento por pagos futuros
  7. Informar a la mesa de control de la cual forman parte el Ministerio, Adres y la Superintendencia de Salud.

En conclusión, el Gobierno ha optado por modificar la regulación y crear un sistema de crédito para EPS e IPS, autorizado mediante el Decreto 780 de 2016. Sin embargo, con o sin plan de choque, la Adres debe pagar las facturas de las EPS cuando correspondan a la vigencia y exista una UPC asignada, incluso si el paciente no figura entre los 1.069.196 priorizados.

Su éxito exige dos condiciones: reajustar la UPC para que las EPS financien el plan y paguen los créditos, como ordena la Corte Constitucional, y establecer una auditoría médica independiente que evite pagos duplicados y el desvío de recursos.

El plan solo será creíble si, además de atender a los pacientes represados, impide que los recursos públicos vuelvan a ser capturados o desviados por los distintos actores del sistema.

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Iván Jaramillo

Escrito por:

Iván Jaramillo

* Magister en Administración Pública del CIDE (México), director administrativo de la Asamblea Constituyente, secretario general del Fondo Nacional Hospitalario, coordinador del Programa de Consolidación del Sistema Nacional de Salud, docente universitario y consultor internacional.

Foto: "El sistema de salud actual requiere medidas urgentes, con o sin reforma"

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La crisis sigue, los 10 billones no aparecen y el discurso cambió. Petro y De la Espriella acabaron en las mismas confusiones.

Los 10 billones que no aparecen

El gobierno nacional reveló las bases del esperado “plan de choque” para salvar el sistema de salud.

Contrariando las promesas de campaña, que ofrecían 10 billones de pesos para “estabilizar el sistema en los primeros noventa días”, no hay compromisos concretos de recursos. Es más:  no se entiende muy bien en qué consiste el plan.

Y peor aún: ese incumplimiento pasó casi inadvertido; parece que la crisis de la salud dejó de ocupar el centro de la agenda política y mediática.

Hasta las elecciones presidenciales, todos los sectores políticos y ciudadanos —con excepción del petrismo— estaban de acuerdo en que estábamos ante una crisis humanitaria que no daba espera y que necesitaba con urgencia la inyección de cuantiosos recursos para salvar al sistema de la quiebra y a los pacientes de morir por no recibir las drogas y los tratamientos que necesitaban.

Los candidatos no petristas, con matices, parecían estar de acuerdo en que este era un tema que quien ganara debía empezar a resolver incluso antes de posesionarse.

Específicamente, el candidato De la Espriella prometía “4 billones para pagar a prestadores, 3 billones para medicamentos, 2 billones para pacientes crónicos, y 1 billón para intervención en el Invima y en el Instituto de Evaluación Tecnológica en Salud, y para el ajuste a la UPC, como lo ordena la Corte Constitucional”.

Pero pasaron 45 de los “primeros noventa días” en los que se iba a estabilizar el sistema y no hubo ningún anuncio sobre esos 10 billones. Apenas el 22 de septiembre el presidente anunció una “primera fase” del “plan de choque”. No concretó recursos, “porque no hay plata”, y planteó un mecanismo, que no explicó bien, de “compra de cartera” con 0 % de intereses y un año de gracia para atender los casos más críticos de pacientes con medicamentos y procedimientos pendientes.

El discurso también cambió

Aquí no hay solo un incumplimiento en términos de recursos, sino un cambio en el discurso.

Se suponía que el aumento acelerado de las deudas sin pagar del sistema de salud venía de que el gobierno Petro no les giró a las EPS toda la plata necesaria para cubrir la atención de sus afiliados. Es decir, que año a año no aumentó lo suficiente la famosa Unidad de Pago por Capitación (UPC), que es el monto que el Estado les asigna a las EPS por cada uno de sus afiliados. Esta postura estaba respaldada incluso por providencias de la Corte Constitucional.

La deuda, según eso, no sería en realidad de las EPS o de otros intermediarios y prestadores, sino del Estado, por asignar un presupuesto que no daba abasto para cubrir los costosos tratamientos que millones de pacientes necesitan. Se esperaba que un gobierno no petrista remediara esto poniéndose al día con las deudas acumuladas.

Por supuesto, esto significaba un reto enorme en términos presupuestales, en un momento de estrechez y descuadre de las finanzas públicas. Pero esto se sabía, y era de esperar que la promesa abelardista de los 10 billones tuviera alguna estrategia detrás para responder al reto.

Hoy, en vez de estrategia, se presenta un plan confuso, muy acotado en su alcance, que parece más bien un salvamento financiero, como si el problema viniera de un mal manejo de los recursos por parte de las aseguradoras o las prestadoras. Además, se promete “comprar una cartera” que las EPS, o no se sabe quién, tendrán que pagar en algún momento —no se sabe cómo—.

Esto no significa que las críticas al manejo que el gobierno Petro le dio a la salud fueran infundadas. Detrás del cambio de discurso hay más que simple cinismo político y doble rasero de quienes atacaban al gobierno pasado y ahora callan. Lo que está quedando en evidencia son las paradojas y confusiones ideológicas del debate sobre el sistema de salud.

¿Qué aseguran las EPS?

En el gobierno pasado abundaban las voces críticas calificadas que señalaban, con razón, las manipulaciones e imprecisiones del discurso petrista sobre el funcionamiento del sistema de salud. Pero, al mismo tiempo, quienes defendían el sistema desde la derecha no parecían tener claro qué defendían.

Supuestamente, la disputa era contra la estatización de un sistema de aseguramiento privado. Pero, si era por eso, ¿por qué lo que exigían era más presupuesto público para el sistema?

La verdad es que, en términos generales, entendemos muy poco cómo funciona nuestro sistema de salud. Hablar de las EPS (Entidades Promotoras de Salud) como “aseguradoras” contribuye a la confusión. En realidad, quienes hacemos parte del régimen contributivo no “cotizamos” a nuestras EPS. Hacemos una contribución obligatoria al sistema, acorde con nuestros ingresos, y no con nuestro “perfil de riesgo”, como ocurre con las aseguradoras.

Los recursos que pagamos van a la ADRES, es decir, al gobierno, que suma este pago a muchos otros pagos y fuentes de ingresos y los distribuye luego a las EPS para que los administren y cubran tanto a los afiliados del régimen contributivo como a los del subsidiado. Lo que llaman “aseguramiento” es hacer rendir la plata para que alcance.

El problema es que este propósito muchas veces choca con la garantía del derecho a la salud, consagrado desde la Ley Estatutaria de 2015 como respuesta a una larga lucha de los pacientes y los profesionales de la salud.

Dentro de la lógica original de la Ley 100, de claro talante neoliberal, se suponía que las EPS privadas iban a hacer rendir la plata controlando ineficiencias y promoviendo la prevención. Sin embargo, en la práctica esto se traducía en negar autorizaciones y tratamientos costosos.

Es cierto que siempre ha existido la sospecha de desvío de recursos, corrupción de las EPS o exceso de lucro de los privados que participan en el sistema. Esas sospechas son fundadas y evocan casos muy sonados de corrupción de las EPS, como el de Saludcoop.

Sin embargo, los abundantes testimonios de los pacientes que sí recibían sus medicamentos y sus tratamientos costosos, y que los dejaron de recibir durante el gobierno Petro, sugieren que no toda la plata asignada a las EPS se iba en derroche y corrupción.

No se trata solo de evidencia anecdótica. Con todas sus limitaciones, defectos y constantes crisis, el sistema de salud colombiano sí había logrado mejorar el acceso de la población a medicamentos y tratamientos costosos, así como proteger de la quiebra a las familias que tienen que hacer frente a una enfermedad crónica o de alto costo y que no tendrían posibilidad de pagar un seguro que les diera esa cobertura. Es lo que los expertos demostraban con “un menor gasto de bolsillo” de los colombianos frente a otros países, tanto desarrollados como en desarrollo.

Foto: Ministra de Salud - Plan de Choque en Salud

Los derechos cuestan

El logro social que mostraban esos indicadores y testimonios no era el resultado ni del mercado ni de la eficiencia privada, sino de un gasto público generoso, resultado a la vez de un acuerdo y una presión social en favor del derecho a la salud.

Como lo señaló en 2023 la socióloga Tatiana Andia (Q. E. P. D.), el sistema de salud neoliberal que denunciaba Petro ya no existía: “Aunque su versión tuvo mucho fundamento en la década de los 90 e inicio de los 2000, hoy en día no aplica. La razón es que la historia de nuestro sistema de salud desde el año 2002, aproximadamente, es la historia del derecho fundamental a la salud. Es una historia de médicos, litigantes y jueces que le han dado forma a lo que hoy es nuestro sistema”.

Andia, que tanta falta hace hoy en este debate, escribió esto cuando se empezaba a tramitar en el Congreso la reforma a la salud del gobierno. Después de que esta se hundió en 2024, la principal forma en que el gobierno Petro afectó el funcionamiento del sistema fue a través de su financiación.

Las sonadas intervenciones a varias de las EPS con mayor número de afiliados, antes que un intento de estatización por la puerta de atrás, fueron una consecuencia lógica de esa estrategia de desfinanciación. El argumento era que, si a las EPS no les alcanzaba la plata, no era porque no recibieran suficientes fondos, sino por malos manejos y corrupción, lo que según Petro justificaba esas intervenciones.

Teníamos así un debate en que el gobierno de izquierda hablaba de sostenibilidad financiera y ponía en duda la necesidad de cubrir tratamientos de alto costo, mientras que la derecha defendía la financiación estatal generosa para garantizar universalmente el derecho a la salud, pero al mismo tiempo se quejaba del Estado derrochón y de los impuestos que tenía que pagar para sostenerlo.

La efectividad en la garantía del derecho a la salud era además, en buena medida, resultado de decisiones de los jueces, denostadas en su momento por la tecnocracia neoliberal, que habían obligado a los gobiernos a rebuscar constantemente fuentes adicionales de recursos para cubrir el crónico descuadre financiero del sistema.

Petro y la derecha cambiaron de lugar

Petro, que nunca quiso entender el funcionamiento del sistema de salud, se dedicó a satanizar ese déficit perpetuo como un desangre financiero que el Estado podía solucionar rediseñando el sistema. Ya en el poder, el gobierno de ultraderecha parece estar de acuerdo.

Las deudas del sistema ya no le corresponden al Estado: se convirtieron en descuadres financieros que se van a cubrir con más “eficiencia” y con un mejor manejo de las EPS, si bien la lógica ya no va en dirección de atacar el lucro privado, sino de responsabilizar de la quiebra a la corrupción e ineficiencia de la izquierda.

Al final, el gobierno Petro le hizo un inmenso favor a la derecha, que nunca hubiera podido reducir los beneficios del sistema de salud sin pagar un alto costo político. A su vez, la derecha, incluyendo la centroderecha, se apoderó de manera oportunista de la bandera del derecho a la salud, pero la dejó tirada apenas dejó de servirle para atacar a Petro.

Le recomendamos: Intermediación y fallas institucionales: una lectura del sistema de salud en Colombia

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Isabel Arroyo

Escrito por:

Isabel Arroyo

*Doctora en Historia, docente universitaria, consultora de Datos&Relatos

Foto: Fenómeno del Niño y cultivos

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Colombia conoce con meses de anticipación la llegada de El Niño, pero sus pequeños productores siguen enfrentándolo con escasez de agua, de crédito y de asistencia técnica limitada. El desafío no es solo responder a la emergencia, sino convertir los pronósticos en decisiones y recursos oportunos antes de que la sequía llegue a las fincas, a la despensa y a la mesa.

Hace dos años, Colombia enfrentaba El Niño de 2023-2024 con embalses en niveles críticos y temperaturas récord que superaron los 40 °C en varios municipios. Los pronósticos anunciaban entonces la llegada de La Niña y su posible permanencia hasta 2025, pero el episodio fue breve y débil. 

La NOAA declaró su fin en abril de 2025, sin que se registrara como un evento en su serie histórica. Hoy, el péndulo climático vuelve al extremo opuesto, con un Niño que el Ideam confirmó en junio de 2026 y cuyo índice de temperatura en el Pacífico ecuatorial marcaba, a mediados de septiembre, una anomalía de +3.0 °C (IRI, 2026). La NOAA estima una probabilidad superior al 90% de que el evento sea muy fuerte y de 75% de que, entre octubre y diciembre, se encuentre entre los más intensos registrados desde 1950 (NOAA Climate Prediction Center, 2026). 

Pocas amenazas climáticas pueden anticiparse con tanta claridad. Sin embargo, la respuesta ante sus efectos sobre el campo y la producción de alimentos sigue formulándose en términos de emergencia. La vulnerabilidad de los pequeños y medianos productores no se explica tanto por la sorpresa como por la brecha entre el conocimiento disponible sobre el clima y la capacidad de traducirlo a tiempo en decisiones sobre el uso del agua, el acceso a recursos y la planificación de las siembras.

La vulnerabilidad empieza por el agua

La primera dimensión de esa vulnerabilidad es climática y tiene un calendario. Poveda et al. (2001) han mostrado que en Colombia las anomalías asociadas a El Niño son más intensas entre diciembre y febrero, meses en los que este fenómeno alcanza su fase más fuerte y coinciden con la primera temporada seca del año en las regiones Andina y Caribe. 

Esas anomalías se sienten con más fuerza en los caudales que en la lluvia, porque al déficit de precipitación se suman la pérdida de humedad del suelo y la evapotranspiración. Esa cadena de lluvia, suelo y caudal sostiene la producción de alimentos, con la humedad del suelo como soporte de los cultivos de secano y de los pastos, y el agua de los ríos como fuente de riego. 

Según el último Censo Nacional Agropecuario (CNA), en el 66,7% de las fincas con cultivos no se utiliza ningún tipo de riego (DANE, 2015a), de modo que, para ellas, el agua disponible es la que se encuentra en el suelo. La infraestructura del país refleja esa misma dependencia de la lluvia, ya que de 18,4 millones de hectáreas aptas para riego y drenaje solo 1,1 millones cuentan hoy con ese servicio (DNP, 2018; UPRA, 2026). 

En la ganadería, que depende de esos mismos pastos, los efectos ya son visibles y, entre el primero de junio y el 21 de septiembre, Fedegán reportó 19.030 animales muertos por condiciones asociadas al fenómeno y 511.604 desplazados. Esas cifras ya superan en 13,7% las muertes y en 12,6% los desplazamientos que el mismo gremio registró para 2023 y 2024, y lo hacen antes de que el evento llegue a su punto más fuerte.

El doble golpe sobre las economías rurales

La segunda dimensión de esa vulnerabilidad es financiera y, para entenderla, hay que mirar el tamaño de las fincas. El mismo CNA muestra que el 69,9% de ellas tiene menos de cinco hectáreas y ocupa apenas el 4,8% del área censada, y que en casi la mitad de las más pequeñas una parte de la producción se destina al consumo del hogar (DANE, 2015b). 

Para esas familias, El Niño llega como un doble golpe, pues pierden parte de la cosecha que comen y venden y, al mismo tiempo, deben comprar alimentos en un mercado que se encarece y en el que el Banco de la República proyecta una inflación del 9,0% al cierre de 2026 (Banco de la República, 2026). 

Las herramientas para amortiguar ese golpe son escasas, con solicitudes de crédito agropecuario en apenas el 10,7% de las fincas (DANE, 2015a). Además, estas economías no parten de una situación estable, porque quienes perdieron cultivos por las lluvias de La Niña entre 2020 y 2022 y pasturas por la sequía de 2023 y 2024 enfrentan este evento con un patrimonio que quizá no ha alcanzado a recomponerse, lo que nos obliga a preguntar por las capacidades disponibles para responder durante la emergencia y para adaptarse antes de la siguiente.

Capacidades que no siempre llegan a los productores

Esas capacidades existen en dos planos: el de los productores y el de las instituciones. En las fincas, responder a la emergencia significa reprogramar siembras, preferir cultivos de ciclo corto, reducir el área sembrada, trasladar el ganado o vender animales, decisiones que se apoyan en el conocimiento local del ciclo hidrológico y en las redes asociativas, pero que se pagan con los recursos del propio hogar. Adaptarse, en cambio, depende de lo que se hizo antes de la pérdida, como almacenar agua, guardar forraje o contratar un seguro, y allí las diferencias de tamaño son marcadas. 

En el plano institucional, el país cuenta con un Ideam que anticipó este evento desde marzo, con Mesas Técnicas Agroclimáticas que traducen esos pronósticos en recomendaciones por región y con un incentivo al seguro que cubre hasta el 85% de la prima de los pequeños productores y que, a junio de 2026, había beneficiado a 39.171 productores de cultivos como café, arroz, plátano y papa. Lo que falta es el eslabón entre esas capacidades y las decisiones de los productores, que el CNA deja ver en una asistencia técnica que apenas llegaba al 16,5% de las fincas (DANE, 2015a) y sin él la recomendación llega, pero se queda sin agua para aplicarla, sin recursos para invertir antes de perder y sin reglas claras sobre quién puede usar el agua cuando escasea.

Foto: Afectación sobre cultivos

Cómo romper el ciclo de la emergencia

El plan de choque que el gobierno nacional anunció el 4 de septiembre, con forraje de Agrosavia y crédito subsidiado de Finagro para pozos, bombas y paneles solares (Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural, 2026), apunta a una parte de ese eslabón, pero llega cuando el evento ya está encima, pasa por un crédito al que pocos acceden y financia pozos sin que el anuncio prevea coordinación con las corporaciones autónomas regionales (CAR), que administran el agua. Esos rasgos encajan en un patrón que el climatólogo Donald Wilhite denominó el ciclo hidroilógico, en el que la preocupación crece durante la crisis, se disipa cuando vuelve la lluvia y da paso a la apatía hasta el siguiente evento (Wilhite et al., 2014). 

Es el ciclo que se repite cuando el país atiende El Niño y La Niña como emergencias separadas, aunque sean dos fases de una misma oscilación, y salir de él exige ordenar las medidas según el momento en que cada una sea útil. Antes del pico, la herramienta es la acción anticipatoria, con umbrales de pronóstico por municipio acordados con las Mesas Técnicas Agroclimáticas, que, al superarse, liberen recursos para acciones definidas de antemano, como semillas de ciclo corto, reservas de forraje o la reprogramación de cuotas de crédito. Es lo que se conoce como financiamiento basado en pronósticos (Coughlan de Pérez et al., 2015), que acepta actuar a veces en vano a cambio de llegar a tiempo, y la Niña débil de hace dos años muestra el valor de pactar esas reglas antes, cuando todavía se decide con probabilidades.

Durante el pico, lo decisivo es la gobernanza del agua por cuenca, con reglas de reparto pactadas antes de la crisis entre las CAR, los distritos de riego y los usuarios, que den prioridad al consumo humano y la pequeña producción de alimentos y cierren la brecha entre quien financia y quien administra el agua. Entre un evento y otro, la tarea es guardar la lluvia que trae La Niña, porque sin dónde almacenarla, esa agua pasa de largo por la finca pequeña. 

El Plan Nacional de Riego y Drenaje para la Economía Campesina, Familiar y Comunitaria, vigente desde 2020, contempla riego de pequeña escala y cosecha de agua para más de 95.000 hectáreas en once años, lo que representa poco más del 2% de los 4,15 millones de hectáreas que la UPRA identifica como objetivo para esas soluciones (UPRA, 2025). Es también el momento de ampliar el seguro con esquemas paramétricos colectivos, que pagan según un índice climático, sin verificar daños finca por finca, y que, si son contratados por municipio o asociación, podrían llegar a muchos más productores. Y es el momento de actualizar el censo agropecuario, porque sin datos sobre los pequeños productores, entre un evento y otro, resulta difícil focalizar cualquier medida.

Los pronósticos indican que este Niño se debilitará hacia mediados de 2027 (IRI, 2026), y entonces la tentación será cerrar el capítulo con un balance de pérdidas. Romper el ciclo hidroilógico supone medir el éxito por lo que quedó guardado: agua almacenada, productores asegurados y reglas pactadas para repartir lo que escasea. Las cifras aquí citadas tienen límites porque provienen de un censo de hace más de una década, de reportes gremiales sin verificación independiente, de una inflación con múltiples causas y de pronósticos que son probabilidades, pero todas apuntan en la misma dirección. Si lo único que queda es el recuerdo de la emergencia, la próxima Niña volverá a pasar de largo por la finca y el siguiente Niño llegará otra vez a la despensa y a la mesa de todos.

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María Cristina Arenas

Escrito por:

María Cristina Arenas

* Ing. Agrícola, M.Sc. Ing. Agrícola y Ph.D. Ing. Civil. Profesora de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales en la Pontificia Universidad Javeriana.

Foto: Aspersión con glifosato en cultivos de coca

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Se debe diseñar una política integral para abordar un tema tan complejo, y abrir un debate nacional sobre el uso del glifosato con controles sanitarios y ambientales serios, limitar la fumigación aérea a cultivos extensos, profundizar las políticas de sustitución de cultivos, llevar a cabo una política internacional con Perú y Bolivia, y analizar el impacto ambiental y en la salud pública de los precursores utilizados en el procesamiento de la hoja de coca.

Hace pocos días, mediante la Resolución 007 de 2026, el gobierno nacional anunció la reanudación de la aspersión aérea de cultivos ilícitos de hoja de coca con glufosinato de amonio, un herbicida altamente soluble y volátil utilizado para controlar malezas y que, según los expertos, es menos eficaz, más costoso y muy perjudicial para la salud, al autorizar un plan piloto “controlado y evaluable” con dos aeronaves de la Policía Nacional sobre cultivos en Putumayo. La medida revive el debate abierto en 2017 cuando la Corte Constitucional suspendió la fumigación con glifosato en aplicación del principio de precaución, tras la clasificación de la International Agency for Research on Cancer (IARC) como probablemente cancerígeno. Por ello, resulta necesario promover una discusión nacional tanto sobre el retorno de la aspersión aérea como sobre los riesgos y la conveniencia del nuevo producto. 

Panorama global de la cocaína

En los últimos años, la producción y el consumo de cocaína han aumentado en todo el mundo. Aunque los dos principales mercados siguen siendo Estados Unidos y Brasil, el consumo también ha crecido en Europa. En este año se alcanzó un récord en la producción de cocaína que el Informe Mundial sobre Drogas 2026 calcula en más de 4.000 toneladas, es decir, cuatro veces más que hace una década, destinadas a satisfacer la demanda de un mercado de 25 millones de adictos. En 2013 eran 17 millones. Es decir, la demanda mundial de cocaína, lejos de disminuir, está en aumento, ante la indiferencia o la impotencia de los países consumidores. 

Según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, Colombia concentra actualmente el 67% de los cultivos de coca del mundo. Por el contrario, en Bolivia la producción no ha aumentado y en Perú se ha reducido ligeramente. Es decir, por múltiples factores, el Programa Nacional Integral de Sustitución de los Cultivos de Uso Ilícito (PNIS) no ha dado los resultados esperados y, día a día, aumentan no solo los cultivos ilegales de hoja de coca, sino también la productividad de las plantas, gracias a la manipulación genética. Las nuevas variedades (crespa, gigante, tingo pajarito, pomarrosa y peruana blanca) son actualmente las preferidas por los cultivadores (“Narcos alteran la coca para hacerla más gigante e hiperresistente”, en Vanguardia, 11 de octubre de 2021).

Es más, actualmente, la hoja de coca ocupa, por hectárea sembrada, el noveno lugar en Colombia detrás del café, el arroz, la palma de aceite, los frutales, el maíz, el plátano, la caña de azúcar y el cacao, y supera a la yuca, la caña panelera, las papas y las hortalizas (Manuel Alejandro Correa, en https://www.agronegocios.co/). Y, según distintos analistas, esta economía ilegal representa el 4,2% del PIB del país. Al respecto, es importante señalar que hoy en día solo el 10% de la producción de coca en Colombia se utiliza con fines lícitos (culturales, medicinales, nutricionales y agroindustriales) y el 90% restante se destina al mercado ilícito. Una proporción que debemos revertir. 

Aspersión aérea y efecto globo

Ahora bien, a diferencia del PNIS, el Programa de Erradicación de Cultivos Ilícitos mediante la Aspersión Aérea con Glifosato (PECIG) había sido muy exitoso en la disminución de estos cultivos, tal como se puede observar en el gráfico siguiente:

Para bien de Colombia y para mal de Bolivia y Perú (lo cual no es motivo de alegría), gracias a la aspersión aérea, los cultivos de coca se habían desplazado hacia esas dos naciones como resultado del llamado “efecto globo”. Sin embargo, una vez que la Corte Constitucional le puso una talanquera al uso del glifosato, Colombia volvió a ocupar el primer lugar. Pasamos de 40.000 a más de 300.000 hectáreas. Obviamente, la prohibición de la aspersión aérea no fue el único factor que incidió en esa expansión: también influyeron el crecimiento de los grupos armados ilegales, el debilitamiento del control territorial del Estado y el fortalecimiento de la “cultura de la ilegalidad” en el país. 

Daniel Brombacher, director del Observatorio Europeo sobre Crimen Organizado, afirma que el debate sobre la causa del auge de la cocaína divide a los expertos: unos dicen que el mercado está impulsado por la oferta; otros, por la demanda. La verdad está en algún punto intermedio. La oferta y la demanda se retroalimentan mutuamente: la oferta crea mercado, la demanda incentiva la producción. Argumentar que somos víctimas de los consumidores extranjeros es una falacia. Somos tan responsables como estos.

Silencios cuestionables 

En el debate sobre los cultivos de coca y su procesamiento, resulta cuestionable el silencio de analistas y funcionarios públicos ante las conclusiones de las investigaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y de la Unión Europea (UE) sobre el glifosato. Este herbicida, el más utilizado a nivel mundial, fue clasificado por la IARC en el Grupo 2 como potencialmente dañino al lado de las carnes rojas, por lo cual, la UE renovó por unanimidad su uso por diez años en 2023.

El silencio ante las conclusiones de la OMS y de la UE plantea varias preguntas claves.

En primer lugar, ¿por qué se ignoran los estudios de la OMS y las agencias europeas? Aunque la Corte Constitucional aplicó justificadamente el principio de precaución en 2017, mediante las sentencias T-080 de 2017, T-236 de 2017, y T- 300 de 2017, ante la falta de evidencia concluyente sobre el carácter no cancerígeno del glifosato, cabe preguntarse si este criterio sigue vigente a la luz de las investigaciones de la OMS y la UE, o si conviene evaluar su uso controlado, con dosis, concentraciones y alturas adecuadas, incluso mediante drones que protejan los cultivos vecinos, el medio ambiente y a los encargados de la erradicación frente a francotiradores y campos minados.

En segundo lugar, ¿por qué se restringe en cultivos ilícitos, pero se usa ampliamente en cultivos lícitos? En Colombia, el glifosato está prohibido para erradicar cultivos ilícitos, pero es el herbicida más utilizado en cultivos lícitos como caña de azúcar, palma, algodón, maíz, tomate y arroz, así como en potreros para ganado (Mauricio Ochoa, “Glifosato: ¿qué tan cerca está Colombia de dejarlo de usar en el agro?”, en Semana, 31 de marzo de 2020) bajo la supervisión del Invima y el ICA, los cuales ejercen un control de inocuidad y eficacia sobre todos los insumos químicos y biológicos que se utilizan en la agricultura y la ganadería. ¿La prohibición para la aspersión aérea de la hoja de coca se debe a la dosis utilizada —muy superior a las usadas en la agricultura— y a la mezcla con otros aditivos que generan alteraciones nocivas en el producto? ¿Es esta la razón? 

En tercer lugar, ¿por qué usar el glufosinato de amonio que, según la OMS, es un “plaguicida altamente peligroso” (HHP)? En el Sistema Globalmente Armonizado de Clasificación y Etiquetado de Productos Químicos (SGA), el amonio está clasificado como una sustancia con toxicidad reproductiva demostrada de tipo I, criterio 4, hasta el punto de que la UE no permitió su uso tras la expiración de su autorización en 2018. Además, es más costoso que el glifosato y resulta eficaz sobre todo en malezas de veinte o treinta centímetros de altura, por lo que su efecto sobre plantas altas de coca es dudoso.

Y, finalmente, ¿por qué no se denuncian los precursores altamente tóxicos del proceso? Producir cien kilogramos de cocaína expone a trabajadores sin protección y contamina suelos y ríos, con graves efectos ambientales y sanitarios. (ver gráfico)

Por el contrario, en la industria química, para evitar el contacto con los mismos precursores utilizados en el procesamiento de la hoja de coca, se emplean “equipos de protección personal” (EPP) como guantes, gafas de seguridad, trajes químicos, protección respiratoria (respiradores o mascarillas) y calzado de seguridad, además de equipamiento de seguridad en el área de trabajo, como campanas extractoras y sistemas de emergencia. Por el contrario, en las “cocinas” clandestinas de cocaína, los trabajadores (hombres, mujeres, adolescentes) laboran sin la menor protección. Además, utilizan insecticidas muy tóxicos que almacenan en sus propios hogares con alto riesgo para todo el núcleo familiar. Por ello, es urgente un control riguroso de estos precursores e insecticidas por parte de las autoridades aduaneras y otras autoridades. 

Por ello, cabe preguntarse si, con el argumento de que los cultivadores de coca no tienen otra opción para alimentar a sus familias, se está silenciando el alto riesgo que corren al consumir sustancias altamente tóxicas. 

Conclusión: una respuesta integral

Actualmente se estima que, alrededor de 200.000 familias dependen directamente del cultivo de coca, cifra que se duplica al incluir los vínculos indirectos: entre uno y dos millones de personas. Además, el 19% de los cultivos se concentra en comunidades negras y el 10% en resguardos indígenas. Por ello, dado el impacto social que conllevaría una política de fumigación aérea indiscriminada, es importante diseñar una política integral para abordar un tema tan complejo.

Primero, rechazar de plano el uso del glufosinato de amonio —sobre el cual no hay incertidumbre sobre su toxicidad, como afirma erróneamente el Ministerio de Justicia— y abrir un debate nacional sobre el uso del glifosato con controles sanitarios y ambientales serios.

Segundo, limitar la fumigación aérea a cultivos extensos (cuatro o más hectáreas), con objeto de privilegiar otras medidas para los pequeños cultivadores. Hay que diferenciar entre las familias que cultivan la coca por necesidad y los cultivadores que lo hacen por afán de enriquecerse o para alimentar las finanzas de las organizaciones criminales. 

Tercero, profundizar las políticas de sustitución de cultivos para quienes deseen abandonar definitivamente la producción de hoja de coca destinada a los laboratorios de cocaína. Según el Fondo Colombia en Paz —bajo la acertada dirección de Mariana Gómez—, la primera etapa de Colombia Sostenible llegó a más de 36.000 familias, intervino en 82.700 hectáreas y fortaleció treinta líneas productivas sostenibles, tales como el cacao. Sin duda, los programas de sustitución deben plantear con claridad los modelos de desarrollo alternativo viables en cada región, acompañados de planes de expansión de los servicios públicos y de las vías de acceso. 

Cuarto, llevar a cabo una política internacional en asociación con Perú y Bolivia, para llamar la atención de los principales países consumidores y reducir el consumo interno.

Finalmente, es clave analizar el impacto ambiental y en la salud pública de los precursores utilizados en el procesamiento de la hoja de coca, al igual que se hace con el mercurio en la minería de oro artesanal.

La lucha contra la producción de drogas ilícitas como la cocaína y la marihuana de la variante creepy, cuya siembra se halla hoy en día muy extendida en Cauca —con una alta concentración de tetrahidrocannabinol (THC) y, por tanto, muy adictiva—, es urgente, dado que constituye, junto con la minería ilegal y la extorsión, una de las tres principales fuentes de financiamiento de las organizaciones criminales en nuestro país.

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Eduardo Pizarro Leongómez y Hernando Corral Garzón

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Eduardo Pizarro Leongómez y Hernando Corral Garzón

Foto: Avance obra Cárcel Metropolitana de Medellín

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El gobierno busca construir diez megacárceles con participación privada, pero la ampliación del sistema penitenciario no basta. Las APP tienen límites legales y las nuevas cárceles deben respetar los derechos humanos de las personas detenidas.

Megacárceles con capital privado

En su campaña presidencial, Abelardo de la Espriella (ADLE) prometió construir diez “megacárceles” en zonas aisladas de los centros urbanos, así como transformar o eliminar el Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (INPEC) y una mayor vinculación de veteranos de la fuerza pública en sus tareas. 

Marcando una distinción frente al gobierno anterior, ADLE presentó su visión carcelaria en dos frentes: primero, como parte de una política de seguridad basada en el sometimiento de grupos armados y bandas criminales y, segundo, como única alternativa frente a un inminente exterminio derivado de operaciones militares y policiales.

Algunos pronunciamientos recientes del gobierno han matizado la retórica y el posicionamiento mediático de mano dura del primer mandatario. Al respecto, el gobierno ha planteado la erradicación de actividades criminales desde las cárceles, la recuperación y el monopolio del control estatal, la restricción de las comunicaciones vinculadas al delito de extorsión, la terminación de las condiciones privilegiadas de detención otorgadas a ciertos detenidos, los traslados a regímenes de mediana y alta seguridad, la puesta en marcha de cárceles productivas y la aplicación del principio de resocialización.

Bajo la justificación de una crisis fiscal y de un déficit presupuestario, el gobierno también anunció la construcción de megacárceles mediante asociaciones público-privadas (APP). En este contexto, cabe considerar los desafíos y límites legales que rodean la participación del sector privado ante el crecimiento sostenido de la población privada de la libertad, una tasa de hacinamiento crítica del 125 % y condiciones de detención por debajo de los estándares de dignidad humana, habitabilidad y calidad.

Lo que ordenan las leyes y las cortes

El presidente ADLE ha subrayado que la persecución del crimen y las operaciones de la fuerza pública se rigen por el principio de legalidad. Así pues, esta premisa también debería abarcar las condiciones de ejecución de la prisión preventiva y de la pena privativa de la libertad. Por tanto, las APP deberían ser examinadas bajo la lupa de la legislación nacional, los principios, reglas y estándares de la Corte Constitucional y el derecho internacional.

En primer lugar, las APP cuentan con un régimen jurídico propio (Ley 1508 de 2012, artículo 3) y sus procesos de selección, contratación y ejecución de contratos también deben sujetarse al Estatuto General de Contratación de la Administración Pública (Ley 80 de 1993; Ley 1150 de 2007). 

Adicionalmente, la reforma de 2014 a la ley penitenciaria estableció la posibilidad de utilizar APP para los contratos de construcción, mantenimiento y conservación de los centros de reclusión, así como para la prestación de servicios a cargo del INPEC o de la Unidad de Servicios Penitenciarios y Carcelarios (USPEC). Lo anterior complementó la figura ya prevista de la concesión y excluyó explícitamente la delegación en actores privados de la guardia y la vigilancia de las personas privadas de libertad, así como de las actividades relacionadas con su resocialización (Ley 65 de 1993, artículo 163; Ley 1709 de 2014, artículo 90).

En segundo lugar, las APP deberían actuar bajo la órbita de monitoreo y supervisión de la Corte Constitucional sobre el estado de cosas inconstitucional del sistema carcelario, penitenciario y de detención transitoria (Corte Constitucional, sentencias T-153/1998, T-388-2013, T-762/2015, SU-122/2022). En medio de esta crisis humanitaria, la Corte Constitucional ha subrayado que los planes de construcción y remodelación de centros de detención deben garantizar su mantenimiento y su operación, así como condiciones de vida dignas para la población privada de la libertad.

Ante la Corte Constitucional también se ha documentado la creación de espacios sin ventilación adecuada, con limitaciones en el acceso y en el suministro continuo de agua potable, así como fallas en la evacuación de aguas residuales. Igualmente, se han señalado planes de construcción centrados en la reclusión de hombres, que ignoran las necesidades de otros sujetos de especial protección constitucional, sin abordar las estructuras obsoletas de su detención (Corte Constitucional T-282/2014). 

En estas circunstancias, la Corte Constitucional ha remarcado varias salvaguardias como la imperiosa necesidad y obligación legal de supervisión y vigilancia por parte de la USPEC, el INPEC y el Ministerio Público a los proveedores de servicios, el papel protector de la tutela frente a la asimetría entre los detenidos y las empresas y sus limitaciones en el recaudo de evidencia, y la referencia a estándares y normas técnicas promovidos por el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) (Corte Constitucional T-260/2019; CICR, 2017; CICR, 2019; CICR, 2026).

En tercer lugar, el gobierno y las empresas privadas deberían asegurar que el esquema de APP respete el derecho internacional de los derechos humanos, que, bajo el principio de debida diligencia, les impone la obligación de abstenerse de apoyar o emprender proyectos que los vulneren (ONU, Principios Rectores sobre las Empresas y Derechos Humanos, 2011). Dentro de dicho examen, se debería asegurar que los planes de construcción de cárceles o prisiones estén permeados y condicionados por el principio de reintegración y trato digno, sin que conduzcan a un deliberado amontonamiento y depósito de cuerpos deshumanizados, su exposición a inclemencias climáticas o vulnerabilidad ante condiciones y fenómenos naturales y ambientales, el distanciamiento frente a las redes de servicios médicos de segundo y tercer nivel, la imposición de condiciones de aislamiento solitario, prolongado e indefinido y costos e impactos negativos derivados de la separación familiar y el abandono de las responsabilidades de cuidado (Reglas Mínimas de las Naciones Unidas para Tratamiento de los Reclusos, Reglas Nelson Mandela, 2015; Convención Americana sobre Derechos Humanos, artículo 5 (6); Corte IDH, Opinión Consultiva OC-29/2022 enfoques diferenciados respecto de determinados grupos de personas privadas de la libertad). Igualmente, se debería tener presente que los estándares internacionales aconsejan que, en lo posible, la administración de las industrias y granjas penitenciarias recaiga directamente en la administración penitenciaria y no en contratistas privados (Regla Nelson Mandela 100 (1)).

Por otro lado, se debería considerar que los agentes de las APP pueden comprometer su responsabilidad individual al quebrantar el derecho penal internacional, que proscribe como delito de lesa humanidad la privación grave de la libertad física en violación de normas fundamentales de derecho internacional, así como, como crimen de guerra, las violaciones graves a las normas mínimas de trato digno previstas por el artículo 3 común a los Convenios de Ginebra aplicables a la detención en situaciones de conflicto armado de carácter no internacional (Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, artículos 7(1)(e) y 8(c).

En suma, es esencial que los tres niveles legales expuestos condicionen y modelen tempranamente los procesos de planeación y construcción de infraestructuras penitenciarias. Esto no solo evitará vulneraciones de los derechos de la población privada de la libertad y sus familias, sino que también podría redundar en una menor congestión judicial derivada de acciones de tutela o de reparación directa por responsabilidad extracontractual del Estado, y en una menor necesidad de recurrir a peticiones ante organismos internacionales y sus respectivas reparaciones e indemnizaciones económicas.

Foto: Vulneración persistente de derechos humanos en el Sistema Penitenciario y Carcelario evidencia crisis humanitaria

Un debate necesario

La actual propuesta de expansión carcelaria debería incentivar un debate público que, de manera crítica y minuciosa, examine las experiencias nacionales y regionales sobre las concesiones y los esquemas de participación o cooperación del sector privado en el ámbito de la privación de libertad. 

Igualmente, se deberían considerar los estándares para regímenes de detención restrictiva o de máxima seguridad, cuya aplicación no debería ser masiva ni generalizada, y que debería basarse en clasificaciones y análisis individuales de riesgos y necesidades, más allá de la gravedad del delito. Dichos lineamientos establecen como fines legítimos la prevención de fugas, de la violencia interpersonal y de la continuidad de actividades criminales.

Además, tales marcos establecen requerimientos especiales y de altos costos como la acomodación en celda individual o dormitorios para grupos pequeños, la ubicación de personas con perfiles violentos, agresivos o disruptivos, la debida capacitación y profesionalización de personal para su atención individualizada, y el establecimiento de reglamentos con criterios objetivos sobre el tránsito entre regímenes de menor o mayor seguridad y la posibilidad de controversia y control judicial de los procesos de clasificación (UNODC, Manual sobre la Gestión de los Reclusos de Alto Riesgo, 2016; UNODC, Manual sobre clasificación de los reclusos, 2020).

Por último, la Comisión de Seguimiento a la Vida en Prisión, conformada por organizaciones de la sociedad civil, la academia y organismos internacionales, desempeña un papel fundamental en esta coyuntura. Su consulta, aportes y observaciones son esenciales como parte del control ciudadano, al igual que lo son el poder judicial y el legislativo, en consonancia con el principio de colaboración armónica con la administración pública. 

En particular, no se debería abandonar la pendiente revisión y transformación de una política criminal ligada a la pena privativa de la libertad que agrava el hacinamiento, sin considerar científicamente sus impactos humanos, familiares, comunitarios, sociales y económicos. Sobre todo, lo anterior debería generar una discusión sobre la necesidad de equilibrar o redirigir la inversión del sector privado hacia propuestas que aborden la prevención del delito y el bienestar de las comunidades más excluidas del sistema económico.

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Germán Parra Gallego

Escrito por:

Germán Parra Gallego

*Investigador doctoral de la Facultad de Derecho y Criminología de la Universidad de Gante, en Bélgica. Sus estudios se centran en el impacto del Derecho Internacional de los Derechos Humanos sobre las personas privadas de libertad en Latinoamérica. Las reflexiones esbozadas en este artículo no comprometen a la institución académica a la que se encuentra vinculado.

Foto: Importación y comercio exterior a Colombia

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Colombia prohibió la importación de mercancías producidas mediante trabajo forzoso. Pero la cosa no será tan sencilla. Esta es la experiencia internacional, y estos son los desafíos para aplicar la prohibición en Colombia.

Una prohibición difícil de aplicar

El pasado 28 de septiembre, el gobierno colombiano expidió el Decreto 1444 de 2026, mediante el cual prohíbe importar a Colombia mercancías producidas total o parcialmente con trabajo forzoso. 

Esta medida abordará un problema señalado con frecuencia en foros dedicados al análisis de la relación entre el comercio internacional y la protección de los derechos humanos. La Organización Internacional del Trabajo (OIT), por ejemplo, encontró que, para el 2024, 27,6 millones de personas estaban sometidas a esta práctica y que esta generaba unos US$236.000 millones en beneficios ilícitos anuales.

A pesar de su importancia, la prohibición plantea una pregunta decisiva: ¿cómo proteger los derechos humanos sin convertir estos esfuerzos en una barrera proteccionista o en un obstáculo para el comercio? El desafío es especialmente complejo, dadas las dificultades prácticas para demostrar que una mercancía está efectivamente vinculada al trabajo forzoso. A continuación, se analizarán los problemas que plantea la medida y se señalarán los retos para el país. 

¿Competencia legítima o dumping social?

Durante buena parte del siglo XX el modelo comercial dominante mantuvo cierta separación entre el comercio y las condiciones laborales. La lógica de la ventaja comparativa implicaba aceptar que los países producen con estructuras de costos, niveles de productividad y salarios distintos.

No obstante, a lo largo del siglo XX surgieron dudas crecientes sobre si el comercio debía ignorar las condiciones en las que se producían los bienes. Las diferencias salariales y laborales podían reflejar ventajas legítimas, pero también prácticas abusivas que reducían artificialmente los costos. Lo que configuraría un «dumping social»: competir mediante el deterioro o el incumplimiento de los derechos laborales.

Sin embargo, este debate también generó dudas sobre si la defensa de los derechos laborales podía utilizarse como medida proteccionista para limitar la competencia de países con salarios más bajos.

Esa preocupación quedó reflejada en la Declaración Ministerial de Singapur de 1996 (párrafo 4), en la que la OMC reafirmó la protección de las normas laborales fundamentales, pero rechazó su uso con fines proteccionistas y defendió la ventaja comparativa de los países con salarios bajos.

No obstante, el trabajo forzoso es distinto. Una empresa puede competir legítimamente pagando salarios más bajos, pero no puede reducir sus costos mediante amenazas, deudas, retención de documentos, violencia o impedimentos para que los trabajadores abandonen su empleo.

La idea subyacente es que el trabajo forzoso genera una ventaja artificial.  Quien no asume el costo real del trabajo puede vender a un precio más bajo. Por ello, excluir esas mercancías no contraviene la libre competencia. Así lo han entendido varios países. Estados Unidos, por ejemplo, prohibió en la Sección 307 de la Ley Arancelaria de 1930 la importación de mercancías producidas total o parcialmente mediante trabajo forzoso; Canadá, adoptó una prohibición similar en 2020; y la Unión Europea, prohíbe en el Reglamento 2024/3015 comercializar e importar dichos productos al mercado europeo.

Esta distinción encontró respaldo en el artículo XX del GATT de 1947, que permite a los países adoptar medidas restrictivas para proteger la moral pública o, en el caso de bienes producidos mediante trabajo penitenciario, siempre que dichas medidas no discriminen arbitrariamente ni encubran una restricción comercial.

El cambio de enfoque: de las características del producto a la historia de su elaboración 

En paralelo, en la segunda mitad del siglo XX, la narrativa y la práctica del comercio comenzaron a considerar no solo las características del producto, sino también cómo se elaboró, pues dos bienes idénticos pueden provenir de prácticas muy distintas, como el trabajo libre o el forzado.

La jurisprudencia de la Organización Mundial del Comercio (OMC) evolucionó hasta admitir que las restricciones comerciales basadas en métodos de producción o en valores como el bienestar animal pueden justificarse en virtud del artículo XX del GATT, como lo demostraron los casos US v. Shrimp y EC—Seal Products. 

Sin embargo, ambas medidas también enfrentaron objeciones por su carácter discriminatorio. Un Estado puede incorporar valores no comerciales a su política comercial, pero debe demostrar la necesidad, la proporcionalidad, la coherencia y la ausencia de discriminación arbitraria.

El Decreto 1444 recoge esa evolución.  Invoca las excepciones del artículo XX del GATT y exige evitar la discriminación arbitraria o las restricciones encubiertas al comercio. Aunque aclara que no es un reglamento técnico sobre métodos de producción, adopta la lógica de estos al preguntar cómo se produjo la mercancía y al extender el análisis a toda su cadena de suministro.

Seguir el rastro: el desafío de la cadena global

Al extender el análisis a toda la cadena de suministro, el Decreto 1444 enfrenta el reto central del comercio global: una mercancía puede incorporar insumos provenientes de múltiples países y empresas. Por ello, ya no basta con identificar su origen; es necesario rastrear cada etapa para determinar dónde y cómo fue producida. El problema pasó de la procedencia del bien a su trazabilidad. 

Estados Unidos y la Unión Europea, por ejemplo, han reforzado sus medidas contra el trabajo forzoso con un enfoque centrado en toda la cadena de valor. Estados Unidos eliminó en 2016 una excepción a la prohibición de importar estos bienes y, mediante la Uyghur Forced Labor Prevention Act (UFLPA), estableció presunciones de que ciertas mercancías vinculadas a Xinjiang y determinadas entidades están vinculadas al trabajo forzado. 

Por su parte, el Reglamento 2024/3015 de la Unión Europea exige identificar y concentrar las investigaciones en el punto de la cadena en el que probablemente se realizó el trabajo forzoso, con base en el riesgo, el volumen comercial y la proporción del componente afectado.

El decreto colombiano adopta claramente esa nueva filosofía. Permite utilizar información sobre trazabilidad, auditorías, certificaciones y debida diligencia; crea listas indicativas de riesgo relacionadas no solo con países, sino también con bienes, sectores, productores, exportadores, entidades y cadenas de suministro; y ordena que dichas listas se basen en información objetiva, verificable y suficiente.

Por tanto, el Decreto 1444 no es simplemente una prohibición para ser aplicada en las aduanas, sino un instrumento de gobernanza de las cadenas globales de valor; de ahí su importancia, pero también sus riesgos.

El verdadero problema comienza ahora: probar el trabajo forzoso

Precisamente porque el decreto pretende gobernar cadenas globales de valor, su verdadero reto es de carácter probatorio. Aprobar la prohibición es sencillo, pero determinar si un cargamento concreto está vinculado al trabajo forzoso es mucho más difícil y exige una arquitectura institucional capaz de investigarlo. 

El siguiente gráfico muestra cómo se distribuyen estas funciones entre la DIAN, el Ministerio del Trabajo y MinCIT, y por qué su coordinación es esencial para probar el vínculo entre el trabajo forzoso y una mercancía concreta.

La separación tiene lógica jurídica, pero plantea un enorme desafío práctico. Pensemos en una prenda importada. Una organización internacional documenta el trabajo forzoso en determinadas plantaciones de algodón. Eso todavía no demuestra que el algodón de esa prenda provenga de ellas.

Habría que reconstruir algo parecido a lo siguiente:

Y si el algodón se mezcló con el de otros productores, la prueba se vuelve aún más difícil.

Estados Unidos lleva décadas desarrollando esa capacidad. Su modelo combina Withhold Release Orders, investigaciones de Customs and Border Protection (CBP), información del Departamento de Trabajo, trazabilidad presentada por los importadores y, bajo la UFLPA, reglas probatorias particularmente estrictas. El Departamento de Trabajo mantiene, además, una lista que actualmente comprende 204 bienes provenientes de 82 países y territorios asociados con trabajo infantil o forzoso, que van desde materias primas hasta productos fabricados con insumos vinculados a dichas prácticas. Pero incluso allí la aplicación es compleja.

Ese dato debería moderar cualquier expectativa de que Colombia pueda simplemente elaborar una lista y comenzar a decomisar mercancías.

Las listas: necesarias y peligrosas

Ante esa complejidad, el artículo 9 del Decreto 1444 prevé listas indicativas de riesgo sobre bienes, sectores, empresas y cadenas de suministro, que deberán actualizarse al menos cada tres meses. Para evitar decisiones arbitrarias, una investigación en curso no bastará para incluir a alguien y deberán garantizarse la transparencia, la defensa y la contradicción.

Las listas de riesgo tienen la clara ventaja de permitir focalizar la vigilancia y actuar antes de que ingresen mercancías vinculadas al trabajo forzoso. Pero su poder también entraña riesgos. Una inclusión puede aislar comercialmente a una empresa antes de cualquier decomiso, incentivar denuncias entre competidores y convertirse en una barrera proteccionista si no se basa en criterios precisos, transparentes y verificables.

Por ello Colombia debería evitar listas excesivamente generales del tipo: «textiles de China: alto riesgo». Sería mucho más adecuado trabajar con combinaciones precisas: producto, región, productor, proveedor, insumo y evidencia disponible.

La experiencia de la Unión Europea apunta precisamente a una administración basada en el riesgo y focalizada en los puntos de la cadena en los que existe una mayor probabilidad de trabajo forzoso.

¿Quién debe demostrar qué?

El riesgo de las listas conduce a un problema aún más difícil: definir quién debe probar qué. Aunque el decreto aclara que la inclusión en una lista no invierte por sí sola la carga de la prueba —a diferencia de la UFLPA estadounidense—, en la práctica, el importador investigado tendrá que acreditar el origen y la trazabilidad de la mercancía para defender su ingreso.

El problema es determinar qué prueba basta. Una declaración del proveedor, una auditoría privada o un certificado de origen pueden aportar información, pero ninguno de ellos demuestra por sí solo las condiciones laborales. Un expediente sólido puede requerir facturas, contratos, registros de producción, lotes, documentos de transporte e información sobre proveedores de distintos niveles.

Ese estándar afecta especialmente a las pequeñas y medianas empresas, que tienen menor capacidad para reconstruir sus complejas cadenas de suministro. Si es demasiado exigente, favorecerá a los grandes importadores con sistemas sofisticados de cumplimiento; si es demasiado débil, una simple declaración privada podría vaciar de contenido la prohibición.

El reto colombiano

El Decreto 1444 incorpora garantías importantes —debido proceso, información objetiva, cooperación, confidencialidad y revisión de las listas—, pero su aplicación aún debe desarrollarse. Aunque la prohibición ya está vigente, la DIAN, el MinCIT y el Ministerio del Trabajo deben definir los procedimientos para evaluar riesgos, verificar las cadenas y valorar las pruebas.

El reto tiene cuatro dimensiones: institucional, porque la aduana deberá investigar hechos ocurridos en cadenas internacionales; probatoria, porque debe determinarse qué evidencia permite el decomiso sin generar presunciones irrefutables; económica, porque los recursos deben concentrarse en sectores de alto riesgo y con trazabilidad posible; y comercial y jurídica, porque una finalidad legítima no justifica una aplicación arbitraria o proteccionista.

En definitiva, estos cuatro retos definirán el alcance real del Decreto 1444. El éxito de la medida dependerá de que Colombia pueda distinguir, con pruebas sólidas y sin arbitrariedad, entre una cadena vinculada al trabajo forzoso y un competidor legítimamente más eficiente. De esa distinción dependerá que el decreto sea una herramienta de derechos humanos y no una nueva forma de proteccionismo.

Le recomendamos: Por qué los nuevos aranceles de Trump no buscan combatir el trabajo forzoso

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Marcela Anzola

Escrito por:

Marcela Anzola

* Abogada de la Universidad Externado de Colombia, LL. M. de la Universidad de Heidelberg y de la Universidad de Miami, Lic. OEC. INT. de la Universidad de Konstanz, Ph. D en Estudios Políticos de la Universidad Externado de Colombia, consultora independiente.

Foto: Autodefensas Conquistadores de la Sierra Nevada

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Pese a los golpes militares, las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada mantienen su capacidad de coerción y control territorial. El reto del Estado es desmantelar las redes que sostienen su poder y reemplazarlas por instituciones duraderas.

Desde que Abelardo de la Espriella asumió la Presidencia de Colombia se acabó la política de Paz Total, que solo dejó como resultado la desmovilización del Frente Comuneros del Sur, una disidencia del ELN en Nariño. Lo que hicieron los diversos grupos armados del país fue aprovechar los diálogos sin método del gobierno de Petro como medio para fortalecerse militarmente y ampliar su área de influencia, ya que pudieron moverse por el territorio con relativa tranquilidad.

El Gobierno ignoró el papel que durante los últimos veinte años han desempeñado los mandos medios en la reconfiguración de los grupos armados emergentes. Tras el Acuerdo de Paz de Santafé Ralito y la desmovilización de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) en 2006, exparamilitares y sus redes de apoyo conformaron las Bandas Criminales (Bacrim), reciclando la violencia armada. Un fenómeno similar ocurrió después del Acuerdo Final de Paz con las FARC en 2016: varios frentes no se acogieron al proceso y dieron origen a las disidencias, hoy agrupadas en el Estado Mayor Central, comandado por Iván Mordisco, y en otras estructuras rearmadas.

Esta hibridación criminal responde a la lógica de las “nuevas guerras” descrita por Mary Kaldor: conflictos que combinan guerra, violaciones de derechos humanos y crimen organizado, y cuya continuidad sirve a intereses políticos y económicos. Sin una identidad ideológica definida, estas estructuras mezclan retórica política y cálculo criminal —en el sentido de Gary Becker— para maximizar ganancias y reducir riesgos; operan en redes con cierta autonomía, controlan a la población mediante la coacción y regulan las economías ilegales. Esta lógica obliga a examinar si una respuesta centrada en la ofensiva militar basta para desmantelar su poder territorial y social.

La ofensiva incondicional

El actual gobierno emprendió operaciones militares en la zona de influencia de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (ACSN), sin condicionarlas a ataques recientes contra la población civil o la fuerza pública. A diferencia del gobierno anterior, optó por una ofensiva incondicional, con los siguientes resultados:

      • Nain Andrés Pérez Toncel, alias Bendito Menor, fue dado de baja en un operativo policial en un barrio de Riohacha (La Guajira).
      • José Luis Pérez Villanueva, alias Cholo, también conocido como Comando 25, murió en combate junto con siete de sus hombres al enfrentarse a unidades antinarcóticos y comandos jungla. Este hombre era jefe de finanzas y jefe militar de las ACSN y era el segundo al mando después de Pinocho, máximo comandante de esa organización.

Estos hechos provocaron la reacción armada descrita por Kalivas: ejercer presión violenta para imponer costos políticos y forzar un cambio de política. El 22 de septiembre, las ACSN decretaron un paro armado que paralizó el comercio y restringió la movilidad en Santa Marta. También bloquearon la Troncal del Caribe —corredor que conecta Magdalena y La Guajira— y quemaron vehículos de carga y buses. El paro se extendió a zonas rurales de la Sierra Nevada y afectó municipios como Zona Bananera y Ciénaga, así como áreas rurales de La Guajira cercanas a la Sierra.

El paro armado fue una muestra del poder militar y del control territorial de las ACSN, que enviaron un mensaje claro al gobierno de ADLE de que, a pesar de los golpes militares recibidos hace pocos días, su capacidad operativa permanecía intacta y su sistema de mando y control no se había visto debilitado.

La génesis de este grupo armado

Las ACSN son producto del reciclaje de los grupos paramilitares posteriores a la desmovilización de las AUC en 2006, lo que dejó unos reductos armados que no se acogieron al proceso de Justicia y Paz, los cuales entraron en disputa por el control del Macizo de la Sierra Nevada.

De las facciones armadas enfrentadas, surgieron dos estructuras conexas: la Oficina del Caribe, un conjunto de oficinas de sicarios que prestaban diversos servicios criminales, y los Pachenca, familiares y lugartenientes de Hernán Giraldo, quien fue comandante del Bloque Resistencia Tairona de las AUC, que luego de su desmovilización, en 2006, fue extraditado por el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, lo que generó una reconfiguración delictiva en la región.

El 17 de julio de 2019 fue neutralizado por la Policía Nacional en cercanías de la Sierra Nevada a Jesús María Aguirre Gallego, alias Chucho Mercancía, máximo jefe de los Panchenca. Fue a partir de esto que la estructura se reorganizó y cambió su nombre a las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (ACSN); en ese proceso, terminó absorbiendo la Oficina del Caribe y la subordinó por completo.

Un elemento clave de este grupo es que sus jefes no provienen de otras regiones, a diferencia de lo que ocurre en otros grupos criminales. En este caso, el factor territorial y el parentesco consanguíneo crean redes clánicas, que garantizan la cohesión interna, afianzan el control social local y disminuyen el riesgo de sufrir infiltraciones.

Según el informe de la Fundación Paz y Reconciliación “Tiempos Violentos Radiografía del poder Armado en Colombia”:

Para 2026, las ACSN tienen presencia en 24 municipios, una cifra que evidencia una expansión considerable respecto de su núcleo histórico. Su área de influencia comprende territorios de La Guajira, Magdalena y Cesar, donde tiene una disputa abierta con el EGC-Clan del Golfo por el control de Troncal Caribe. Este corredor conecta buena parte de los territorios donde las ACSN han hecho presencia y permite articular las zonas de la Sierra Nevada con Riohacha, Dibulla, el norte de Magdalena y otros puntos del Caribe.

Las ACSN en el año 2025 son reclasificadas por el Consejo de Seguridad Nacional, y pasan de ser un Grupo de Delincuencia Organizada (GDO) a una GAO. Esto según la Directiva Permanente No. 15 de 2016, expedida por el Ministerio de Defensa Nacional de Colombia el 22 de abril de 2016, que establece: Los Grupos Armados Organizados son los que, “bajo la dirección de un mando responsable, ejerzan sobre un territorio un control tal que les permita realizar operaciones militares sostenidas y concertadas”.

Al enfrentar este nuevo tipo de amenazas a la seguridad, el Estado debe considerar que la lucha no solo puede centrarse en los aspectos militares, ya que se tienen que considerar las lógicas y dinámicas asociadas a los territorios en los que opera este tipo de GAO, los cuales, ante la ausencia del Estado, se han convertido en reguladores de la vida cotidiana de la gente, manejan las dinámicas sociales y son proveedores de bienes y servicios. Debido a su variado portafolio criminal, a su vez controlan mercados ilegales ligados al día a día de la gente de los sectores populares, como es el caso del conocido pagadiario.

Un mecanismo masivo de control social es el de la extorsión, ya que, mediante el llamado cobro por protección del que habla Gambeta en su estudio sobre la mafia siciliana, se imponen normas, se crea un tipo de autoridad y se intimida a la población sin recurrir a la violencia homicida.

Desde el informe de la UNODC “Autodefensas Conquistadores de la Sierra Nevada: tensiones entre el desarrollo turístico y la gobernanza criminal” de 2024, se establece que:

Aunque existe poca claridad sobre la composición interna y su operatividad, las ACSN se encuentran estructuradas en cinco frentes alrededor de la región de la Sierra Nevada, entre ellos: Frente Renacer, que opera en La Guajira; Frente Cóndor de la Sierra, que opera propiamente en la Sierra Nevada; Frente Bananero, con asiento en Zona Bananera; Frente Urbano Cacique, en Santa Marta, y por último el Frente Metro, que se extiende hasta Barranquilla.

Foto: Operativos contra Autodefensas Conquistadores de la Sierra Nevada

Los retos que se imponen

Las ACSN presentan una diferencia sustancial respecto de otras GAO, ya que en este caso el vínculo consanguíneo es un elemento fundamental, debido a la decena de hijos que dejó Hernán Giraldo en la región. Esto hace que este grupo funcione como un clan, lo que da lugar a que la subordinación no sea producto de una lógica militar ni se motive por temas económicos, sino que garantice lealtades basadas en una solidaridad de sangre.

Es por esto que este grupo armado tiene un fuerte arraigo en el territorio, ya que no es visto por la gente como un agente externo, sino como propio de la zona, donde, básicamente, se establece que le dicen al Estado: “El territorio es de ustedes, pero la gente es nuestra”. Lo que implica que la presencia militar esporádica no debilitará el orden social que han construido con base en el uso del miedo como medio de control, y a ello se suma que las redes familiares completas forman parte de la organización. Se genera entonces un capital perverso, en términos de Mauricio Rubio, en el que las redes de parentesco y confianza familiar no sirven para la integración comunitaria, sino que se convierten en un recurso para garantizar el secreto, la cohesión interna, la lealtad y la continuidad intergeneracional del delito.

Es importante, para analizar la complejidad de este tipo de GAO, recurrir a los planteamientos de Norberto Emerich, quien señala que “El narcotráfico no es solo la venta o el tráfico de sustancias. Ya que, por medio de esta actividad criminal, se acumula capital y, mediante el dinero que genera, se establece una relación de dominación sobre la población”. Para el narcotráfico, es fundamental el control del territorio. En primer lugar, aprovechando las condiciones históricas de desigualdad social y segregación territorial, construye mercados y sistemas normativos que hacen que quienes habitan el territorio que controlan se conviertan en vasallos de un señor que actúa como poder paraestatal.

Es por eso que la presencia militar en las calles no garantiza al Estado el control real, ya que las tropas no estarán ahí de forma permanente, a diferencia de las organizaciones criminales, que ocupan el espacio social e inciden en la vida cotidiana de la población, lo que impide que el territorio sea recuperado por la sociedad. Otra cosa que no se puede ignorar es que estos grupos imponen códigos de conducta paralelos a las normas del Estado, al definir lo que está permitido y lo que no, y, con ello, ejercen una autoridad que crea un orden social ajustado a sus intereses.

La estrategia del Gobierno parece ser la de desatar una ofensiva incondicional para obligar a las estructuras armadas a someterse a la justicia, demostrando que el Estado tiene la capacidad de imponerse por medio del uso legítimo de la violencia en términos weberianos; sin embargo, el éxito de las operaciones militares habrá que verlo más allá del número de efectivos enemigos fuera de combate, ya que lo central será la construcción de instituciones fuertes en el territorio, capaces de garantizar el orden social.

El camino parece ser el mismo que ha estado inconcluso en Colombia desde hace décadas, ya que este es un país que tiene más territorio que Estado, y en esos espacios donde se ha generado un vacío de poder han llegado los grupos armados a crear un entramado relacional que les ha permitido mantenerse en el tiempo.

Le recomendamos: Paros armados: qué son y algunas reflexiones desde el Caribe

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John Jairo Hernandez Montilla

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John Jairo Hernandez Montilla

*Analista e investigador social. Trabajador social con estudios en investigación judicial y criminalística, conflicto armado y violencia. Analista en ÁgoraQRadio y columnista de El Quindiano.

Foto: Mujeres y agua

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En Colombia, la falta de agua potable y de saneamiento no afecta a todos por igual. Son las mujeres quienes cargan el agua, cuidan a los enfermos que deja la contaminación del agua y administran la escasez. Una política hídrica que no considere esa realidad seguirá dejando atrás a la mitad del país.

Un problema que se mide en litros y en horas

Cuando se habla de agua y saneamiento en Colombia, el debate suele quedarse en las coberturas, las tuberías y los presupuestos. Todo eso importa. Pero detrás de cada punto porcentual sin acueducto hay una pregunta que las estadísticas rara vez responden: ¿Quién va por el agua cuando no llega por el grifo? En la mayoría de los hogares rurales y periurbanos la respuesta es la misma: una mujer o una niña.

No es una intuición. El informe más reciente del Programa Conjunto de Monitoreo de la OMS y Unicef señala que en la mayoría de los países con datos disponibles, las mujeres y las niñas son las principales responsables de recoger agua. Ese trabajo no aparece en las cuentas nacionales, no tiene salario y rara vez figura en los planes de desarrollo. Sin embargo, sostiene la vida cotidiana de millones de familias.

La brecha colombiana

Colombia suele presentarse como un país con una buena cobertura de agua. Las cifras urbanas lo confirman, pero también ocultan una desigualdad profunda. La Contraloría General de la República advirtió que más de cinco millones de personas aún carecen de agua potable, cerca de 12,5 millones no cuentan con alcantarillado sanitario y 8,6 millones no tienen recolección de basuras.

La geografía de esa carencia es elocuente. Según el mismo órgano de control, en 2024 la brecha urbano-rural fue del 36% en acueducto, del 78,4% en alcantarillado y del 67,5% en aseo, y la Amazonia sigue rezagada con apenas 46,8% de cobertura en acueducto, frente al 93,6% en la Región Andina. Incluso donde hay redes, el servicio es intermitente: en 190 municipios el acueducto solo funciona unas doce horas al día, mientras que en las principales ciudades supera las 23,5 horas.

Cada una de esas horas sin agua tiene una consecuencia concreta: alguien debe llenar tanques, hervir, almacenar, racionar y limpiar. Ese alguien, casi siempre, es una mujer.

El tiempo que el agua les roba

La Encuesta Nacional de Uso del Tiempo del DANE ofrece una radiografía precisa. En el período 2024-2025, las mujeres dedicaron, en promedio, 7 horas y 34 minutos diarios al trabajo no remunerado, frente a 3 horas y 13 minutos de los hombres. En la región Oriental, que incluye a Santander, las mujeres alcanzan 8 horas y 21 minutos diarios de trabajo no remunerado.

Buena parte de ese tiempo se dedica al agua: cocinar, lavar la ropa, limpiar la vivienda, bañar a los niños y cuidar a los adultos mayores. Cuando el agua no llega o llega sucia, cada una de esas tareas se multiplica. La falta de acueducto se convierte así en una carga de tiempo que les resta a las mujeres horas para estudiar, trabajar y generar ingresos, participar en política o simplemente descansar.

Además, hay un costo de salud que también recae sobre ellas. El agua contaminada provoca diarreas, parasitosis y enfermedades de la piel, sobre todo en la infancia. Y en Colombia, como en casi todo el mundo, el cuidado de los enfermos sigue siendo un asunto de madres, abuelas e hijas.

Saneamiento: dignidad, seguridad y salud menstrual

Si el agua es un problema de tiempo, el saneamiento es un problema de dignidad. Un hogar sin baño obliga a buscar un lugar al aire libre, con frecuencia de noche, lo que supone riesgos de violencia para mujeres y niñas. La ausencia de un baño privado y con agua también convierte la menstruación en un obstáculo.

El Programa Conjunto OMS-Unicef incorporó por primera vez datos de salud menstrual de setenta países y encontró que aunque la mayoría de las mujeres tiene materiales y un lugar privado, muchas no disponen de suficientes materiales para cambiarse con la frecuencia necesaria, y las adolescentes de 15 a 19 años participan menos que las mujeres adultas en actividades como la escuela, el trabajo o la vida social durante la menstruación. El dato es claro: sin agua ni baños adecuados en las casas y los colegios, las niñas pierden clases y oportunidades.

En Colombia la situación de las escuelas rurales es preocupante. Unicef señaló que, según el índice Welbin 2022, solo cinco de cada diez escuelas rurales del país cuentan con puntos de lavado de manos funcionales. Una escuela sin agua es una escuela que, poco a poco, expulsa a las adolescentes.

Las mujeres no son solo víctimas: son gestoras del agua

Sería un error presentar a las mujeres únicamente como afectadas. En miles de veredas son ellas quienes sostienen los acueductos comunitarios, recaudan las cuotas, vigilan las bocatomas, reforestan las microcuencas y exigen a las Alcaldías el cumplimiento de sus obligaciones. En el Pacífico, en la Sierra Nevada, en las provincias de Santander y en las comunidades indígenas y afrodescendientes, el conocimiento sobre el agua se transmite con frecuencia a través de la línea femenina.

Ese saber rara vez se traduce en poder de decisión. Las juntas directivas de las empresas de servicios, las mesas técnicas y los consejos de cuenca siguen siendo espacios mayoritariamente masculinos. Reconocer a las mujeres como gestoras del agua implica brindarles representación real, financiación a sus organizaciones comunitarias y asistencia técnica que respete sus formas de trabajo.

Foto: Saneamiento básico del agua

Lo que dice el derecho

El marco jurídico existe. La Asamblea General de las Naciones Unidas reconoció en 2010 el derecho humano al agua y al saneamiento. La Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW), ratificada por Colombia, obliga, en su artículo 14, a garantizar a las mujeres rurales condiciones de vida adecuadas, incluido el abastecimiento de agua y los servicios sanitarios. La Constitución de 1991, en su artículo 366, establece que la satisfacción de las necesidades insatisfechas de saneamiento ambiental y de agua potable es un objetivo fundamental de la actividad del Estado. Y la Corte Constitucional ha reiterado que el acceso al agua para consumo humano es un derecho fundamental.

El problema no es la ausencia de normas, sino la distancia entre el papel y la vereda.

Un presupuesto que retrocede

Esa distancia puede crecer. La Contraloría advirtió que el Presupuesto General de la Nación de 2026 contempla una reducción del 53% en los recursos de inversión del sector: los fondos para agua potable y saneamiento básico pasarían de $1,5 billones en 2025 a $0,7 billones en 2026. En un país donde la brecha rural ya es enorme, recortar la inversión en agua equivale a trasladar el costo a los hogares. Y dentro de los hogares, ese costo lo pagan las mujeres con su tiempo, su salud y sus oportunidades.

El nuevo gobierno tiene la oportunidad de corregir el rumbo. Hacerlo exige algo más que obras.

Cinco decisiones necesarias

Primero, medir con enfoque de género. Colombia necesita saber cuánto tiempo dedican las mujeres a conseguir agua, cuántas niñas faltan al colegio por falta de baños y cuántas familias dependen de acueductos comunitarios liderados por mujeres.

Segundo, dar prioridad a la inversión rural. Cerrar la brecha en el acceso al alcantarillado y al agua potable en el campo es, en la práctica, una política de igualdad para las mujeres.

Tercero, garantizar agua y baños dignos en todas las escuelas, con condiciones adecuadas para la salud menstrual.

Cuarto, fortalecer los acueductos comunitarios mediante recursos, asistencia técnica y seguridad jurídica, y asegurar la participación paritaria de las mujeres en su dirección.

Quinto, incorporar el cuidado en la planeación hídrica. Cada kilómetro de tubería que se construye libera horas de trabajo femenino. Ese beneficio debe medirse y valorarse en la evaluación de los proyectos.

El agua como medida de la igualdad

La forma como un país distribuye el agua dice mucho de cómo distribuye la dignidad. Mientras una niña de la Amazonia o de Chocó tenga que caminar por agua o dejar de ir a clase por no contar con un baño, la igualdad consagrada en la Constitución seguirá siendo una promesa incompleta.

Hablar de mujeres y agua no es hablar de un tema sectorial. Es hablar de tiempo, de salud, de educación, de seguridad y de poder. Es, en última instancia, preguntarnos quién sostiene la vida en Colombia y qué le está devolviendo el Estado a cambio.

Le recomendamos: Financiar la adaptación: agua, clima y el futuro de la seguridad hídrica en Colombia

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Cristina Díaz Díaz

Escrito por:

Cristina Díaz Díaz

*Abogada de la Universidad de los Andes, magíster en Derecho Público y doctoranda en Derecho de la Universidad Externado de Colombia, e investigadora de la Universidad Autónoma de Bucaramanga (UNAB).

Foto: ADLE: Defensores de la Patria

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Este artículo analiza tres dimensiones que atraviesan tanto el discurso como el gobierno de Abelardo de la Espriella: populismo punitivo, fundamentalismo religioso y liberalismo autoritario.

Cada ascenso del fascismo da testimonio de una revolución fallida. 

Walter Benjamin 

¿Por qué son tan difíciles de leer las acciones de este gobierno?

La campaña que llevó a Abelardo de la Espriella (ADLE) a la Casa de Nariño combinó elementos populares, innovadores y ambiguos, por lo que aún no está claro cuáles quedarán en la narrativa electoral y cuáles se convertirán en acciones de Estado. Esta incertidumbre explica las lecturas opuestas sobre su gobierno: para sus seguidores representa el retorno de la mano dura y el orden conservador; para sus detractores, el resurgimiento de las tendencias más fascistas de la política colombiana, comparables al laureanismo de La Violencia.

En Trumpismos: Neoliberales autoritarios, radiografía de la derecha radical, Miguel Urbán distingue tres corrientes reaccionarias: una derecha europea marcada por la fobia migratoria y el deterioro del Estado de bienestar, otra nostálgica del fascismo y del pasado imperial y una tercera, más pragmática, que combina libre mercado, capitalismo sin freno y valores morales reaccionarios. A esta última la denomina “neoliberales autoritarios” y sitúa allí a buena parte de la extrema derecha actual, con Jair Bolsonaro y Donald Trump como referentes.

ADLE se inscribiría en la corriente de los “neoliberales autoritarios”: sus discursos y acciones evocan a las derechas de Brasil y de Estados Unidos, aunque ese libreto internacional no siempre encaja con la realidad colombiana. El tigre de su campaña, cercano al león de Javier Milei pero ajeno al contexto nacional, ilustra esa influencia. La campaña de Iván Cepeda quizá advirtió tarde que no competía solo contra la derecha colombiana, sino también contra una red latinoamericana y estadounidense articulada con operadores nacionales.

Para comprender cómo ese libreto internacional se adapta al contexto colombiano y comienza a traducirse en acciones de gobierno, conviene examinar tres dimensiones: el populismo punitivo, el fundamentalismo religioso y el liberalismo autoritario.

El populismo punitivo

El populismo punitivo tiene referentes como Álvaro Uribe y Rodrigo Duterte, pero su figura más visible es Nayib Bukele. El éxito del presidente salvadoreño —de ascendencia palestina y abierto defensor de Israel— radica en comunicar sus logros y silenciar controversias, entre ellas irregularidades en compras públicas y en la gestión de la pandemia, denuncias de violaciones de derechos humanos y negociaciones secretas con pandillas durante cuatro años de régimen de excepción.

ADLE ha replicado rasgos de este populismo punitivo: su gobierno enfrenta cuestionamientos por las donaciones y la auditoría de la fundación de la primera dama, Ana Lucía Pineda, y por las muertes de menores en bombardeos contra organizaciones criminales, lo que incluso motivó intentos de moción de censura contra el ministro de Defensa. A ello se suman dudas sobre la muerte de alias Bendito menor, atribuida por algunas fuentes a una vendetta interna de las ACSN, lo que cuestiona el principal logro oficial y sugiere posibles pactos secretos. Finalmente, tras la operación militar en Guaviare contra las disidencias de las FARC, ADLE apareció vestido de militar entre los cuerpos de 23 presuntos guerrilleros, una puesta en escena que evocó las visitas de Bukele al CECOT.

La sociedad salvadoreña o la colombiana pueden estar de acuerdo o no con los hechos que aquí se han citado; sin embargo, es innegable que este tipo de acciones son muy populares entre los ciudadanos que buscan el sufrimiento del criminal y soluciones públicas rápidas, aunque estén muy cercanas o incluso dentro de la ilegalidad. Como señalaba Ernest Hemingway, “No hay cacería como la cacería de hombres, y aquellos que han cazado hombres armados el tiempo suficiente y les ha gustado, nunca se preocuparán por nada más después de eso”. De esta manera, los simpatizantes de ADLE están convencidos de que el objetivo del presidente justifica los medios, y el mandatario colombiano está ganando esta lucha de emociones.

Fundamentalismo religioso

El gobierno de “defensores de la patria” ha llenado de simbología religiosa y de referentes bíblicos las diferentes acciones de gobierno; ha hecho uso constante, en su comunicación, de eslóganes como “patria milagro”, “arca de Noé” y el “libro de la verdad”. Incluso, esto llevó al primer “cabrillazo” del Gobierno en esta materia, pues el Juzgado Quinto Laboral del Circuito de Bogotá le ordenó al presidente ofrecer disculpas públicas por haber vulnerado el principio de neutralidad religiosa del Estado durante su discurso y en el acto de posesión. 

En materia de fundamentalismo religioso, ADLE reproduce el modelo de Jair Bolsonaro, quien movilizó a las Iglesias pentecostales y neopentecostales en defensa de la familia nuclear y contra el feminismo y la diversidad sexual. Esta alianza, basada en el pragmatismo de las cúpulas religiosas para relegar las diferencias teológicas y priorizar una agenda moral antiwoke, le aseguró entre el 67% y el 70% del voto evangélico, pero también legitimó, desde el Estado, discursos de odio y un clima de hostilidad y violencia contra las mujeres y la comunidad LGBTQ+.

Siguiendo esta misma lógica, el presidente ADLE no enfrentará mayores resistencias por parte de la pluralidad confesional en Colombia. Por un lado, las Iglesias y denominaciones neopentecostales con mayor peso político —entre las que destacan la Misión Carismática Internacional, la Iglesia de Dios Ministerial de Jesucristo Internacional, Avivamiento, Misión Paz a las Naciones, Iglesia Pentecostal Unida de Colombia y Manantial de Vida Eterna— son permeables a la narrativa del sionismo cristiano promovida por el Ejecutivo. Por otro lado, los sectores del catolicismo conservador, como el Opus Dei y la Fraternidad San Pío X, se alinean en torno a la defensa del orden tradicional. De este modo, la diversidad de cultos queda subordinada a una gran coalición confesional que seguramente respaldará al Gobierno.

La renuncia de la exministra de Educación Viviane Morales no frenó la agenda fundamentalista del Gobierno, que recurre a nociones como la “ideología de género” para impulsar su ofensiva contra Fecode y promover el regreso de Dios a las aulas. Esta orientación ya se refleja en el Proyecto de Ley 074 de 2026, que declara la educación oficial como servicio esencial, restringe la huelga y permite sancionar económicamente la movilización docente. Hasta ahora, ADLE y su bancada dominan esta disputa política y simbólica frente al magisterio.

Foto: Abelardo de la Espriella junto a Ministro de Justicia

Liberalismo autoritario 

El liberalismo autoritario, inspirado en Donald Trump, combina desregulación, reducción del Estado de bienestar y beneficios al gran capital con un ejercicio represivo del poder estatal. En su primer mandato, Trump redujo los impuestos a corporaciones y grandes fortunas mediante la Tax Cuts and Jobs Act de 2017, impuso cargas regresivas al consumo y recortó programas sociales como SNAP, Medicaid y los subsidios de vivienda.

Las primeras decisiones de ADLE siguen esa orientación: eliminar el impuesto al patrimonio, ampliar la base del IVA, flexibilizar la contratación laboral y reducir las cargas no salariales de los empleadores. Al mismo tiempo, la restitución de la planilla única para el transporte intermunicipal individual muestra una agenda que alivia al gran capital mientras aumenta la regulación y los gravámenes sobre trabajadores y sectores populares.

Este liberalismo se vuelve autoritario cuando usa el poder coercitivo del Estado para imponer su agenda. Trump convirtió las exenciones arancelarias en premios discrecionales para empresas afines, desplegó agentes federales militarizados contra las protestas de 2020 y debilitó la representación sindical mediante órdenes ejecutivas y jueces conservadores.

En conclusión, aunque todavía es pronto para medir el alcance punitivo de ADLE, sus anuncios sobre el ingreso de la Fuerza Pública y del ESMAD a universidades públicas, junto con la Resolución 0842 de 2026, que convirtió el libre tránsito de personas y bienes esenciales en un asunto de seguridad nacional, revelan riesgos crecientes para las garantías de la protesta en Colombia.

El mayor éxito del Gobierno, sin embargo, ha sido imponer su lenguaje: sus seguidores aceptan los ajustes fiscales regresivos como necesarios y perciben la protesta como una amenaza al orden que eligieron. Por eso, el desafío de sus opositores no es solo electoral, sino también cultural y simbólico; mientras no disputen ese sentido común, difícilmente podrán alterar la correlación política. El 14 de octubre de 2026 será una primera prueba, en el contexto descrito en La violencia que renace.

Le recomendamos: Abelardo: gobernanza, confesionalismo, seguridad y contrarrevolución cultural

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Jorge Andres Baquero Monroy

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Jorge Andres Baquero Monroy

*Magíster en Administración Pública, licenciado en Ciencias Sociales, y miembro del grupo de investigación Redes de la ESAP (Colombia). jorgebaqueromon@hotmail.com

Foto: Nova et Vetera

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Nova et Vetera y el festival No Convencional subvierten las complacencias intelectuales y emocionales. Así incitan a la indagación que impide aceptar los acontecimientos prefabricados y conllevan el acto insubordinado de elegir una experiencia simbólica experimental que altera los límites y genera condiciones para que, de la negación, emerja lo que no era posible.

Dentro de la diversidad que nos caracteriza como sociedad, hay una cantidad indeterminada de comportamientos y acciones que se aceptan y se consideran correctos sin requerir mayor reflexión ni cuestionamiento. Llamémoslo “convenciones”: formas de ser y hacer que gozan de aceptación general y que, se espera, tengan continuidad en su desarrollo. Su práctica define un conjunto de hábitos y costumbres compartidos que perfilan el entorno, el campo. En la cuestión artística, allí están por igual quienes crean, quienes producen y, por supuesto, los públicos y audiencias que, conscientes o no, esperan una obra dentro de los límites de lo admisible. 

Desde hace tres años, la agencia cultural Nova et Vetera ha desarrollado en Bogotá un festival definido por la negación de la convención, un espacio para lo no convencional. “Espectáculos atípicos en tiempos inesperados” es la divisa de la tercera edición del Festival No Convencional en 2026. Dadas las circunstancias actuales, en las que en Colombia y en otras partes del mundo los campos del arte y la cultura se han visto sacudidos por discursos y directrices reaccionarios, esta frase adquiere una relevancia aún mayor.

Desde el principio, el festival se ha propuesto cuestionar las convenciones de nuestras identidades culturales mediante un conjunto diverso de propuestas estéticas poco comunes. Con ello, también aspira a la formación de una comunidad reflexiva, abierta al riesgo de la escucha atenta, una capacidad decisiva que hoy por hoy se encuentra amenazada. De esa disposición emana el valor del Festival No Convencional como espacio de transformación y liberación. Y como un conjunto de acciones políticas que, mediante la transgresión, reconoce y otorga un lugar central a aquello otro como oportunidad de enriquecimiento.

Foto: Nova et Vetera

La programación

La tercera edición de No Convencional está en curso desde el pasado 11 de septiembre y se llevará a cabo hasta el 11 de diciembre. Su programación incluye ópera contemporánea, performance, danza, instalaciones, cine, audiciones de nuevas producciones musicales y sonoras, además de eventos que reflexionan sobre el archivo, la memoria y la cuestión patrimonial.

En el amplio abanico se han incluido obras consideradas estandartes de esa dirección renovadora. Quizá uno de los mayores aportes de este año ha sido la ópera Einstein on the Beach, que, cincuenta años después de haber sido creada por Philip Glass y Bob Wilson, se presentó por primera vez en Bogotá. Este nuevo montaje, que tuvo dos funciones en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán, fue realizado por Martín Bauer y Alejo Moguillansky. Provenientes de Argentina, contaron con un inmenso equipo técnico y artístico de colombianos que logró una producción impactante.

En las próximas semanas se presentarán obras y artistas que han sido referentes del desarrollo de las artes a nivel global. Allí se destacan nombres como Meredith Monk, Andy Warhol y Derek Jarman. Codo a codo, los aportes de grandes figuras del entorno nacional como Jorge Zalamea y Rogelio Salmona, la pianista Teresita Gómez y la artista Beatriz González, recientemente fallecida y quien fue objeto de un homenaje a través de la instalación sonora Voces para Auras anónimas realizada en los columbarios del Cementerio Central como resultado de una comisión hecha al artista sonoro Benjamin Calais, francés radicado en Colombia.

No es este el espacio para presentar la programación en detalle. Es recomendable consultarla en las redes sociales del festival para encontrar allí artistas de diversas procedencias, como las pianistas Tomoko Mukaiyama (japonesa radicada en Holanda) y Haydée Schvartz (argentina), el guitarrista Gunter Herbig (brasileño radicado en Nueva Zelanda), el artista João Pimenta Gomes (portugués) y el coreógrafo Christos Papadopoulos (griego), junto al Dance On Ensemble. Dentro del inmenso grupo de artistas y músicos colombianos se encuentran Meridian Brothers, Chúpame el dedo, Mateo Rivano, Rizomagic, Julio Victoria, Orly Anan, Mapa Teatro y Yaki Kandru, entre otros.

Una faceta importante de las gestiones de Nova et Vetera ha sido la comisión de obras, que en 2026 alcanza cerca de treinta estrenos. Para esta edición de No Convencional, a la instalación sonora en homenaje a Beatriz González se suma el músico Edson Velandia con Diario de manifestaciones sociales, obra para quince músicos, hecha a partir del archivo fotográfico de Umberto Giangrandi, italiano radicado en Colombia, que contará además con el trabajo visual del cineasta Gustavo Vasco.

Un componente adicional es el cine. Esta edición se centra en la obra de Derek Jarman, con una selección de nueve títulos, entre cortometrajes y películas experimentales, realizados entre 1971 y 1993. La proyección de la película Blue contará con una performance musical en vivo en la que participará Simon Fischer Turner, compositor que participó en varias películas de Jarman. Además, se cuenta con la instalación The Jarman Lost Tapes, creada por Stephan Crasneanski, el propio Fisher y el Soundwalk Collective. Cabe mencionar que Jarman no es lo único en cuanto al componente cinematográfico. También habrá películas de Buster Keaton con música en vivo a cargo del Ensemble Écoute, de Francia, y del argentino Fernando Palomeque; además de documentales sobre Brian Eno, Meredith Monk y Pina Bausch.

Foto: Humberto Junca

Nova et Vetera: tres lustros de transgresión

Santiago Gardeazábal, creador y director de Nova et Vetera, ha vivido marcado por la poesía y la literatura. El mismo nombre de la agencia cultural proviene del título de una de las últimas publicaciones que el poeta León de Greiff hizo en vida. Una muestra explícita de estas inquietudes tuvo lugar el pasado mes de julio, cuando se presentó La gran confusión de las artes, obra en homenaje a De Greiff, en el auditorio de la Universidad Nacional que lleva su nombre, en conmemoración del medio siglo de su muerte (1976). 

El acto poético de Gardeazábal y su equipo acaso pueda encontrarse en el ejercicio curatorial, en la programación y en todas las labores de producción que hay detrás de cada evento. Esto, si se observa allí la necesidad de alterar el orden, la voluntad de desafiar, el impulso de enriquecer los usos de lo cotidiano. La acción de Nova et Vetera resiste la corriente y abre espacio a la gestión de alternativas artísticas experimentales que representan una colección de riesgos no limitados a lo estético. Allí también están la apuesta económica y la capacidad misma de gestión, que se alimenta de la credibilidad.

Es probable que el temor a la respuesta que despierte la negación de lo convencional sea compartido por artistas, su público y sus productores culturales. Asimismo, esta trinidad encuentra el impulso necesario en el tedio: el más horrible del infame circo de vicios infernales que señalara Baudelaire; una rutina que, en la condena del scrolling, parece percibir el mundo en piloto automático. La acción poética transgrede esa barrera para impactar y despertar la atención y la experiencia anestesiada. 

Es en tal sentido que Nova et Vetera, a lo largo de su historia, ha realizado eventos memorables por sus cualidades y su excepcional impacto: la primera visita de John Zorn a Colombia y la Masada Maratón (doce grupos en escena durante cuatro horas seguidas). También cabe mencionar la obra Correspondances del Soundwalk Collective, junto a la gran Patty Smith. Se trató del estreno mundial de un concierto-instalación cuyas reverberaciones han alcanzado numerosos espacios en el mundo. Más recientemente, la ópera Sun and Sea, que, con riesgos manifiestos, mostró posibilidades innovadoras en un escenario tan clásico como el Teatro Colón. Valga solo mencionar, adicionalmente, las obras de Iannis Xenakis y Marco Suárez-Cifuentes presentadas en la Plaza Cultural La Santamaría, con un montaje tan arriesgado como novedoso para el público de Bogotá.

Foto: Nova et Vetera

En conjunto, este ha sido el resultado de labores colaborativas que han puesto en relación a músicos, artistas y colectivos de diversas procedencias, así como a instituciones públicas y privadas, en diferentes ciudades de Colombia, Latinoamérica y Europa. Convenios y becas son solo un par de ingredientes para una receta de gestión cultural mucho más compleja que ha hecho frente a las difíciles circunstancias del medio colombiano. Ahora, con la tercera edición de No Convencional, se apuesta de nuevo por el modelo de “festival”. Así se configura una narrativa coherente que, entre otras cosas, facilita la gestión y potencia su impacto en la divulgación, lo que incrementa el valor de la apuesta por una mayor asistencia. 

Para bien y para mal, la respuesta no siempre es la mejor. No es convencional que, por ejemplo, un festival dure tres meses y, en ese mismo transcurso, se esté reinventando, abriendo posibilidades para nuevos eventos no considerados antes. Pero es la naturaleza misma de las obras ya programadas la que incide en ello. Por un lado, su complejidad no permite producirlas todas en una sola semana. Por otra parte, lo que se tiene es una selección de artistas siempre dispuestos a la aventura, que no dudan en sumarse unos a otros y salir con cosas nuevas. 

Todo ello le da un dinamismo único al festival, a la vez que lo pone en riesgo. Esta serie de montajes novedosos no solo para el público, sino también para los propios productores y el personal técnico a cargo, pone todo en tensión. La inversión, la asistencia, la apuesta por la experiencia de estar y ser en la negación de la convención. No es fácil tarea. La falta de interés puede resultar aplastante cuando se trata de expresiones que no necesariamente apuntan a la identificación con el grupo. Es, por ello, un acto de resistencia que cuestiona la mirada y obliga a percibir desde ángulos inéditos, posiblemente incómodos. 

Nova et Vetera y el festival No Convencional subvierten las complacencias intelectuales y emocionales. Así es que incitan a la indagación que impide aceptar los acontecimientos prefabricados y, en el fondo y en la superficie, conllevan el acto insubordinado de elegir una experiencia simbólica experimental que altera los límites y genera condiciones para que, de la negación, emerja lo que no era posible.

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Foto: Festival No Convencional de Bogotá

Desde Razón Pública los invitamos a conocer la programación del Festival No Convencional de Bogotá 2026. 

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José Fernando Perilla

Escrito por:

José Fernando Perilla

* Musicólogo con experiencia de 22 años en comunicación a través de medios públicos: radio, podcast, contenidos web, investigación, producción, gestión de eventos y publicaciones. Productor cultural. Docente universitario.

ISSN 2145-0439

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