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Obama en América Latina: en busca del tiempo perdido

Escrito por Diana Rojas
Diana Marcela Rojas

Diana Marcela RojasUn mensaje matizado y una estrategia de reconquista parecen sugerir que América Latina vuelve a entrar en la agenda geoestratégica de Estados Unidos, tras años de descuido y de desplantes. ¿Qué resortes subyacen a este cambio en la política internacional norteamericana hacia la región?

Diana Marcela Rojas*

Una vieja promesa 

0100La reciente visita del presidente Barack Obama a algunos países de la región deja la impresión de un gesto diplomático que no acaba de convencer sobre la intención de Estados Unidos de darle un papel relevante a América Latina dentro de su política exterior. 

Después de dos años de un mandato que ha tenido que enfrentar una fuerte recesión económica, la exacerbación de la pugna bipartidista y las crisis en Medio Oriente y el Norte de África, el presidente Obama parece recordar su promesa de relanzar las relaciones con la región, que hizo durante la Cumbre de Las Américas en Trinidad y Tobago en 2009. 

Pese a que la coyuntura resultó ser la menos propicia, debido a la ofensiva en Libia y a la crisis en Japón que acapararon la atención internacional, la visita revela matices interesantes que muestran hacia dónde quiere Washington encaminar las relaciones. 

¿Qué vino a decir Obama? 

No por casualidad se seleccionaron tres países emblemáticos a visitar: Brasil, Chile y El Salvador. Y básicamente el mensaje de Obama fue el siguiente: 

  • queremos socios comerciales que demanden nuestros productos y nos ayuden a revitalizar nuestra economía mediante el aumento de las exportaciones y la generación de nuevos empleos;
  • queremos ser los principales compradores de sus materias primas, sobretodo de recursos energéticos;
  • queremos países estables y democráticos que sean fuertes institucionalmente y nos ayuden a contener las amenazas que provienen del narcotráfico, el crimen organizado, el terrorismo y la migración ilegal, para que no traspasen nuestras fronteras ni afecten a nuestros ciudadanos;
  • estamos dispuestos a apoyarlos en esas tareas;
  • sin embargo no disponemos de muchos recursos, porque tenemos compromisos prioritarios en otros lugares del mundo, y finalmente,
  • queremos aliados que compartan nuestra visión del mundo globalizado y respalden nuestras políticas en los escenarios multilaterales.

Cuatro asuntos 

La visita de Obama refleja así el panorama actual, donde la región aparece cada vez más vinculada a la agenda global promovida por Estados Unidos, y de una manera menos marginal de la que imaginamos. 

En América Latina encontraríamos escenificadas cuatro grandes temáticas que se constituyen en asuntos centrales de la agenda internacional estadounidense y, a la vez, en métodos para realizar los intereses de la "hiperpotencia": 

  • El primer asunto es la necesidad de controlar los recursos energéticos planetarios, particularmente los fósiles.
  • El segundo es el deseo de crear un bloque comercial sólido en el hemisferio; no hay que olvidar que la política global estadounidense tiene como divisa fundamental la promoción de la democracia y el libre comercio;
  • El tercero es desarrollar una capacidad militar sin competencia, flexible y a la medida de amenazas de diversa naturaleza, que respalde el proyecto de globalización desde la perspectiva estadounidense.
  • Finalmente está el tema de la migración, que no sólo atañe a la agenda internacional sino que toca asuntos sustanciales de la política doméstica norteamericana.

Controlar los recursos energéticos 

"Quien controle el petróleo, controlará el mundo". Esta parece ser la divisa de la actual geopolítica mundial. La competencia mundial por el acceso a los mercados – que dominó la visión geoestratégica durante los años 90 – dio paso a la rivalidad en torno a los que se consideran los recursos estratégicos para el crecimiento económico y el dominio de los mercados mundiales. 

Es indudable que en el tema de recursos energéticos, varios países de la región han cumplido el papel de abastecedores o de reservorios para la gran economía estadounidense; es el caso de Venezuela, México y Ecuador. 

A su turno, estos países han entendido que tienen en sus manos una oportunidad extraordinaria para hacer valer sus reservas energéticas como recursos de poder internacional. En la medida en que los rivales reales o potenciales de Estados Unidos han manifestado su interés y avanzado en gestos hacia la región, los recursos energéticos se vuelven aún más relevantes como bazas en la política exterior latinoamericana. De hecho, China es ya el primer comprador de recursos energéticos y minerales de Brasil y Chile. 

Ese interés por el tema energético se hizo patente en la visita a Brasil, que se centró en promover el uso del etanol y el desarrollo de los biocombustibles. La administración Obama ha insistido en la necesidad de desarrollar alternativas a los combustibles fósiles como una forma de romper con la dependencia de los países petroleros. Y aunque se trate de un proyecto a largo plazo, lo cierto es que en ese campo, Brasil pesa mucho como socio provechoso. 

Libre comercio e integración 

Desde el final de la guerra fría, Estados Unidos defiende férreamente el libre comercio como "pierre de touche" del nuevo orden mundial. Esta visión se basa en la creencia de que el mercado promueve la estabilidad, a la paz y las relaciones de cooperación internacional. Hasta cierto punto, Washington ha visto en el hemisferio el espacio más cercano y natural para promover esta visión. 

El primer paso en este sentido fue la promoción y la presión sobre América Latina para llevar a cabo programas de reestructuración y apertura económica, a través de los organismos financieros internacionales a lo largo de los años 90. Luego, la administración de Bush padre lanzó la idea de una gran área de libre comercio para las Américas, que luego se concretó como ALCA y durante la administración Clinton se vio como una extensión del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, proyecto éste que Obama ha retomado como divisa frente a América Latina. 

El fracaso del ALCA, debido en buena medida a la oposición brasileña y a la insistencia en la reducción de los subsidios agrícolas, no significa que Estados Unidos haya abandonado el proyecto; en vez de ello instauró como método una especie de ALCA a la carta, cuya primera fase ha sido la negociación y firma de tratados de libre comercio subregionales, como en el caso de CAFTA para Centroamérica, o bilaterales como con Chile y posteriormente con Perú, Colombia y Panamá (los dos últimos pendientes aún de aprobación en el Congreso estadounidense). 

Supremacía militar 

El proyecto de orden global estadounidense no está sustentado sólo en la cooperación resultante de la integración de los mercados mundiales, como sostienen los "interdependentistas" inspirados por Kant. También estaba respaldado por una capacidad de coerción sin rival. Desde el final de la guerra fría, Estados Unidos ha reformulado su doctrina de seguridad nacional y ha estado comprometido con un programa de modernización de sus fuerzas militares. 

Durante la guerra fría, la estrategia en diversos lugares de América Latina fue la contención mediante el apoyo a las dictaduras, la formación de los militares latinoamericanos en estrategias contrainsurgentes y la represión de los movimientos de protesta y los partidos comunistas. 

Hoy, en respuesta a los cambios en el contexto de seguridad, a la naturaleza diversa de las amenazas y al desarrollo tecnológico en el sector de la defensa, la intervención militar estadounidense se ha diversificado y en cierto modo se ha sofisticado. Lo que ahora tenemos es un menú de usos de la capacidad militar para respaldar la visión e intereses de Estados Unidos en América Latina. Se trata de intervenciones con métodos más flexibles y con distintos grados de intensidad, que por lo mismo son más difíciles de identificar, sobre todo si se piensa con esquemas del pasado. No se trata de intervenciones masivas, como en el caso de Irak, sino de intervenciones más sutiles y adaptadas a las circunstancias del país en cuestión. 

El nivel de intervención militar más intenso ha sido el Plan Colombia, una estrategia para combatir al mismo tiempo la amenaza de los grupos armados ilegales y la del narcotráfico que sirve para financiar la subversión. Este Plan no ha implicado la intervención directa de tropas norteamericanas, sino más bien la asesoría en decidir planes de acción en el terreno, la organización y el entrenamiento de tropas, la dotación de armamento y tecnologías de comunicación y detección. Aquí también participan empresas privadas norteamericanas, todo ello respaldado por una ayuda anual importante que en su mayoría se dedica al sector militar. 

Pero Colombia no es el único escenario de intervención militar "soft". En niveles menos intensos pero igualmente eficaces, Estados Unidos ha desplegado su poderío militar en: 

  • Una serie de bases que se extienden a lo largo del hemisferio.
  • La influencia sobre la organización, formación y orientación de la mayor parte de los ejércitos latinoamericanos, y
  • La atención especial a la región andina y más recientemente a México y Centroamérica en relación con la amenaza de seguridad que implican el narcotráfico y el crimen organizado.

La migración 

El tema de la migración latinoamericana ha ido ganando relevancia en la política externa e interna de Estados Unidos. Las constantes manifestaciones y demandas ciudadanas por una reforma migratoria muestran hasta qué punto la población latina comienza a ganar peso e influencia en el debate público doméstico. 

Según los datos recién publicados del censo de 2010, en Estados Unidos viven 309 millones de personas, de las cuales más de 50 millones son hispanos (lo que representa el 16 por ciento de la población), una cifra que supone un crecimiento del 43 por ciento en comparación con los datos de 2000. 

Lo anterior se traduce en que uno de cada seis estadounidenses es latino, de modo que esta población es hoy la primera minoría del país, por encima de los afroamericanos. Si se mantiene esta tasa de crecimiento, la población de origen latino llegará a los 100 millones en el 2050, lo que para entonces equivaldrá al 24 por ciento del total, y asimismo sería el mayor país hispanohablante del mundo, después de México. 

El crecimiento demográfico ha ido acompañado de mayor influencia y participación en la vida política, económica y cultural estadounidense. Los representantes y líderes políticos son cada vez más conscientes de su relevancia en la política local, del interés de la población latina en la política exterior de Estados Unidos hacia sus países de origen, y de su peso en estados como California, Florida, Texas, Arizona, Illinois y Nueva York, justamente los estados que cuentan con mayor número de votos en el colegio electoral. 

En lo político esta fuerza se puso de presente en la atención del entonces candidato Obama a la conquista del voto latino y en la creciente presencia de políticos de origen hispano en el Ejecutivo y en el Congreso estadounidense. 

En lo económico, las remesas superan en volumen a toda la cooperación externa y la inversión extranjera directa en la región. De hecho, en varios países las remesas se han convertido en un rubro muy importante de la economía nacional. Esto demuestra que la migración no es simplemente un asunto de seguridad. 

Replantear las relaciones, también del lado latinoamericano 

En suma, ante la pérdida de terreno que ha tenido en las dos últimas décadas debido tanto al surgimiento de otros competidores mundiales, como a los cambios profundos que han vivido las sociedades latinoamericanas, cada vez más globalizadas y complejas, todos estos temas muestran por qué Estados Unidos quiere recuperar la región como su "espacio de proyección estratégica" económica, política y militar. 

Pero esta recuperación, como lo demostró la era Bush, ya no se puede hacer bajo los parámetros de la guerra fría. El mundo cambió y ahora Obama está en la búsqueda del tiempo perdido con América Latina; sin embargo, todavía no es claro a partir de qué elementos ni de qué manera replantear estas relaciones dada la creciente interdependencia y la heterogeneidad de intereses. Se trata, sin duda, de una tarea que no le corresponde sólo a la potencia sino también a los latinoamericanos. 

* Filósofa e internacionalista. Codirectora del Centro de Estudios Estadounidenses CEE-Colombia. Investigadora y docente del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales IEPRI. Universidad Nacional de Colombia.

 

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