Acuerdo Nacional: de la imaginación a la puesta en marcha
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Acuerdo Nacional: de la imaginación a la puesta en marcha

Escrito por Juan Fernando Mejia
El Acuerdo Nacional 2022

El acuerdo nacional que propone Petro resultaría del diálogo entre distintos sectores políticos. Las primeras decisiones del presidente electo parecen apuntar en dirección correcta.

Juan Fernando Mejía Mosquera*

Un país asombrado

La elección de Gustavo Petro como presidente y Francia Márquez como vicepresidenta es un acontecimiento mayor, cuyo significado trataremos de apreciar en los próximos días, meses y años, cuando tengamos perspectiva suficiente para entender su lugar en la historia de Colombia.

Por ahora las luces y los ecos iniciales se disipan un poco y nos permiten ir acostumbrándonos al hecho, a que es un hecho.

Ahora las responsabilidades comienzan a asentarse sobre los hombros de este hombre y esta mujer que no se parecen a quienes han ocupado este lugar antes que ellos. Algo ha ocurrido en la democracia colombiana, muchas voluntades se unieron para que ocurriera, y ese proceso tuvo tanto de poético como de prosaico y de polémico.

Desde la apoteosis de las plazas hasta la crudeza de los videos, desde los heroicos viajes en chalupa para votar hasta las reuniones de las clientelas políticas a la antigua, este hecho tiene todo tipo aspectos y valores, puede ser medido como hazaña o juzgado como negocio.

Concretar esta idea implica muchos esfuerzos para lidiar con las ilusiones de los propios que no van a cumplirse y los miedos de los ajenos que no están plenamente fundados.

Hoy el polvo va asentándose y se imponen imágenes de otras dimensiones: líderes que se reúnen en una oficina, apretones de manos, actos públicos donde los dignatarios toman la palabra. Todo es usual y se mide en la escala de lo cotidiano, pero vale la pena preguntarnos “¿Cómo es la vida cotidiana de Colombia cuando decimos “presidente Petro”?

No es fácil suponer que el sistema funciona y que la situación es legítima cuando Gustavo Petro es el presidente electo. Aceptar “que este hecho es un hecho” es una dificultad que se compone de otras, es un sapo que se traga y se pasa con otros muchos. Veamos aquí esas dificultades desde la idea de lo cotidiano, lo prosaico y lo difícil de la vida política concreta.

Un acuerdo prometedor

El primer asunto en pasar de la promesa de campaña hasta la cruda realidad de la logística es la idea de un Acuerdo Nacional. Petro presentó esta idea con mayor insistencia cuando podía ganar la elección y en su discurso de aceptación comenzó a aclarar esta propuesta y a gestionar los hechos y los pactos necesarios para ponerla en marcha.

Concretar esta idea implica muchos esfuerzos para lidiar con las ilusiones de los propios que no van a cumplirse y los miedos de los ajenos que no están plenamente fundados.

Las ilusiones de los propios comenzaron a deshacerse con el nombramiento de Roy Barreras como presidente del Senado. Al senador se le reconocen capacidades para el manejo de reglamentos, bancadas y negociaciones con congresistas de la oposición, porque ya tuvo el mismo puesto. Pero esta decisión da pábulo a quienes dicen que el cambio no puede hacerse con los mismos de siempre y probablemente traerá disputas entre los petristas.

Con respecto a los miedos de los ajenos, los gremios económicos han tenido gestos de buena voluntad desde las primeras horas. Además, el nombramiento de José Antonio Ocampo como Ministro de Hacienda calmó los ánimos y, hasta ahora, parece gozar del respaldo de todos.  Mientras la imagen de Petro y Ocampo conquistaba la benevolencia de muchos, otros comenzaban a preguntarse con temor por esa brillante economista de la UCL Mariana Mazzucato, de la que pocos sabían y que es una inspiración para el desarrollo del capitalismo que pretende emprender Petro. Sin embargo, el miedo no se disipa del todo cuando se nos proponen nuevas tareas o se nos invita a abrirnos a ideas desconocidas.

Algo similar ocurrió con la designación de Álvaro Leyva como canciller, quien deberá poner en marcha una política exterior orientada a la paz total. Vemos en el horizonte la reparación de la decepcionante actuación del gobierno Duque en el manejo de fondos y programas impulsados por los países que apoyaron el Tratado de Paz. Leyva tendrá que mantener relaciones fluidas con esos países, reestablecer las relaciones diplomáticas con Venezuela y buscar apoyo para una eventual negociación con el ELN. La izquierda siempre ha reconocido las cualidades de Leyva con mucha más claridad que la derecha que no termina de entender que un hombre inteligente y bueno pueda pensar como él y ser conservador.

Durante los últimos cuatro años, el ejercicio político consistió en la custodia del poder por parte del uribismo y no en un diálogo entre los distintos sectores políticos. Hoy ese diálogo parece posible, pero hay una lista de pendientes que solamente se resolverán si se les pesa por lo que valen y no por el temor que despiertan.

Tanto Ocampo como Leyva le dieron un cuerpo más concreto a la idea del Acuerdo Nacional y aclararon las formas en que este podría llevarse a cabo. Tal vez el punto más prosaico de este proceso ocurrió cuando Petro se reunió con César Gaviria para establecer la postura oficial del Partido Liberal frente al nuevo gobierno. El respaldo de Gaviria no fue realmente sorprendente porque, desde hace tiempo, ha dejado ver sus ansías de poder. Ahora el desencuentro que tuvo con Francia Márquez, quien le dijo unas cuantas verdades, debe quedar en el pasado.

Esta sensación familiar que podría ser el modelo de los cambios que estamos viendo: cómo se concreta una idea, cómo todos los héroes se muestran vulnerables, cómo los justos también tienen sus guardados. A través de este camino, el acontecimiento que al principio era impensable empieza a volverse imaginable y toma consistencia.

El Acuerdo Nacional 2022
Foto: Twitter: Gustavo Petro - Un Uribe anciano y debilitado políticamente ante un Petro haciendo el ejercicio muy pensado de mostrarse generoso en la victoria.

Un encuentro esperanzador

Cuando el Partido Conservador anunció que sería independiente y no se declararía en oposición, el mundo parecía un lugar muy familiar donde cada uno se dedicaba a cuidar su tienda lo mejor posible. Pero entonces llegó una imagen inesperada en la que Álvaro Uribe Vélez y Gustavo Petro aparecen sentados frente a frente. Las razones que dificultaban este encuentro eran muchas más de las que lo hicieron posible y, sin embargo, ocurrió. Uribe fue uno de los primeros en reconocer abiertamente el triunfo de Petro y es posible que dicho reconocimiento haya evitado un desastre. Ante ese gesto de paz, Petro decidió invitarlo a una conversación a la que el expresidente acudió con una enorme claridad sobre su poder, pero también con la certeza de que su situación actual es desfavorable.

Uribe acudió a la cita debilitado políticamente, pues carga con un proceso judicial pendiente y un partido dividido. En contraste, Petro acudió victorioso y con ánimos de mostrarse generoso en la victoria. Muchos pensamos que había ocurrido lo imposible, pero no de forma grandiosa, sino cotidiana: dos fuerzas, dos historias que podrían haberse expresado a través de gritos y furia se congregaron ante una agenda legislativa, una lista de problemas y un país dividido, pero común. Fue un encuentro extraordinario empacado en la envoltura del trámite habitual de las democracias que constituye una verdadera oportunidad de paz.

Aunque ese encuentro ocurrió en los plazos y los ritmos del tiempo habitual, constituye una especie de fractura histórica que aún no podemos entender porque aún es frágil. Durante los últimos cuatro años, el ejercicio político consistió en la custodia del poder por parte del uribismo y no en un diálogo entre los distintos sectores políticos. Hoy ese diálogo parece posible, pero hay una lista de pendientes que solamente se resolverán si se les pesa por lo que valen y no por el temor que despiertan.

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