Clinton vs. Trump: ¿dónde estarán las apuestas? - Razón Pública
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Clinton vs. Trump: ¿dónde estarán las apuestas?

Escrito por Diana Rojas

La Casa Blanca, en Washington D. C.

Diana Marcela RojasUna mujer que puede llegar a presidenta. Uno de los dos grandes partidos en franca decadencia. Disidencias de izquierda y de derecha. Tres novedades visibles que apuntan a la crisis política profunda en el país más poderoso del orbe.    

Diana Marcela Rojas*

Una campaña distinta

Una vez concluido el proceso de elecciones primarias en Estados Unidos, la carrera por la Presidencia entra en una nueva y definitiva etapa que culminará en noviembre. Aunque los candidatos oficiales solo serán confirmados en las convenciones nacionales de sus respectivos partidos, ya es un hecho que el debate político, así como el cubrimiento mediático, estarán concentrados en el mano a mano entre Hillary Clinton y Donald Trump.

¿Qué sigue ahora? ¿Cuáles sorpresas nuevas nos deparará esta campaña tan particular? Y, sobre todo, ¿qué implicaciones tiene la actual carrera hacia la Casa Blanca para la democracia en la potencia del norte?

Que estas han sido unas elecciones fuera de lo común es algo que se repite sin cesar en los medios de comunicación, debido sobre todo al tono y al ritmo que acabó por imponer el polémico empresario Donald Trump. Pero la novedad no se reduce al ascenso vertiginoso y al estilo provocador del casi seguro candidato republicano. Esta campaña ha sido el escenario donde  a través de tres fenómenos particulares, se ha puesto de presente la gran transformación del ejercicio de la política en Estados Unidos.

La candidata

La candidata demócrata Hillary Clinton.
La candidata demócrata Hillary Clinton.
Foto: Truckee Meadows Community College

Por una parte y por primera vez en la historia está la nominación de una mujer como candidata de uno de los partidos mayoritarios. Tras la elección del primer presidente afroamericano, la opción de una mandataria muestra de qué modo comienzan a debilitarse las barreras que durante mucho tiempo obstaculizaron el acceso de grandes sectores de la población a las altas esferas del poder.

Los republicanos quieren derrotar a la candidata demócrata a cualquier costo.

No parece imposible que más adelante pueda haber un presidente de origen latino o asiático y, quién sabe, tal vez en este mismo siglo un musulmán, un judío o un transgénero ocupe el Despacho Oval. Lo cierto es que esta apertura es un signo de algunos de los cambios profundos en la composición, la identidad y la mentalidad de la sociedad estadounidense durante estas últimas décadas.

La decadencia

El segundo cambio en el sistema político es el resquebrajamiento de uno de los dos partidos tradicionales: el Partido Republicano ha perdido influencia y capacidad de atraer a la mayoría de los ciudadanos.

Los signos de este declive se hicieron patentes a partir de las últimas elecciones  presidenciales. En 2008 el entonces carismático candidato Obama se impuso al veterano senador John McCain y después, en 2012, lo hizo de nuevo en la disputa por la reelección frente al republicano  Mitt Romney.

Desde entonces el mensaje del Partido Republicano parece dirigirse cada vez más a un sector predominantemente blanco, de clase media, masculino y mayor de 50 años que, según los sondeos, considera que está perdiendo su predominio y que su identidad corre peligro. Al mismo tiempo el Partido ha venido experimentando un proceso continuo de “derechización”, acentuado por la llegada del Tea Party. Este movimiento intensamente  conservador acabó por imponer su agenda a todo el Partido y ha contribuido a  radicalizar  las bases tradicionales republicanas, polarizando aún más el discurso político.

Las elecciones primarias de este año vinieron a confirmar esta tendencia. La presencia inicial de dieciocho precandidatos de los más diversos pelambres, entre quienes ha resultado triunfante el aspirante más controvertido – y el que por ende parecía menos viable, muestra hasta qué punto el republicano se ha vuelto un partido a la deriva, sin perfil y carente de un proyecto político coherente. Al parecer, aquello que sigue manteniendo unido al Partido es su confrontación sin cuartel contra los demócratas y, en particular, contra el gobierno de Obama.

No sorprende entonces que en la Convención Republicana del próximo mes la divisa sea: “respaldamos a cualquier candidato, por polémico y cuestionable que sea, con tal de que tenga algún chance de derrotar a Hillary Clinton y ocupar la Casa Blanca”. Y sin duda el elegido será Trump.

Las preguntas acerca del programa político, la orientación ideológica, los valores del Partido o las consecuencias de la posible presidencia del excéntrico magnate de la construcción no tienen lugar; los republicanos quieren derrotar a la candidata demócrata a cualquier costo y después… ¡que arda Roma!

Las disidencias

Marcha en contra de Donald Trump en Washington D. C.
Marcha en contra de Donald Trump en Washington D. C.
Foto: Stephen Melkisethian

El tercer fenómeno importante en estas elecciones es el auge de los “ni-ni”: ni con Hillary ni con Trump, que pone en evidencia el rechazo del sistema político en su conjunto, así como de la “politiquería” donde los dirigentes profesionales anteponen sus intereses particulares al bien común.

Dado que en Estados Unidos el sistema bipartidista ha sido y sigue siendo muy fuerte, estas disidencias todavía se siguen expresando dentro de los partidos para tener alguna oportunidad de hacerse oír. Pero no debe descartarse la posibilidad de que en los próximos años aparezcan nuevos movimientos que reivindiquen un espacio político propio y logren poner en jaque al hasta hoy tan poderoso bipartidismo de Estados Unidos.

La segunda etapa de la carrera por la Casa Blanca ya arrancó.

Una expresión de este cambio puede verse en el avance y permanencia del senador  socialista Bernie Sanders en las primarias demócratas. Mientras en las filas republicanas no se logró consolidar una alternativa a Trump (dejando de paso sin opciones a los republicanos a los que no les gusta), en el seno de los demócratas, Sanders ha obtenido un respaldo que lo mantiene muy cerca de la candidata principal. El apoyo al septuagenario congresista proviene principalmente de jóvenes urbanos e intelectuales liberales que se identificaron con las reivindicaciones del movimiento de protesta “Occupy Wall Street”.

Por su parte, el presidente Obama, los líderes del partido y la propia campaña de Clinton han exhortado a Sanders para que se aparte de la carrera de modo que la candidata pueda concentrar sus energías en derrotar a Trump.

Aunque no podrá contar con una mayoría de los delegados, Sanders insiste en que llegará hasta la convención. No  porque crea que puede derrotar a Clinton y obtener la nominación, sino para asegurar que la plataforma demócrata tenga en cuenta la demanda de una mayor regulación por parte del Estado y las reivindicaciones sociales de los sectores más desfavorecidos. En ello, el contraste con los republicanos es evidente: no se trata de ganar a cualquier precio, sino de saber para qué se quiere ganar.

El comienzo del fin de la campaña

Estos tres elementos: la llegada al poder de sectores antes excluidos, el declive de uno de los partidos tradicionales y la reivindicación de las disidencias, dan cuenta de una profunda crisis del sistema político estadounidense y de la necesidad de un cambio igualmente profundo.

Durante estos meses de elecciones primarias los medios de comunicación se concentraron en presentar los datos: el número de votos que obtiene cada quien y en dónde; pero muy poco espacio y esfuerzo se dedicó a la presentación y al análisis de las plataformas políticas. Los debates televisivos entre los precandidatos, aunque numerosos y frecuentes, se limitaron a establecer quiénes tenían mayor aceptación.

El imperativo en las campañas fue mantener la vigencia mediática y el interés por parte de las audiencias. La discusión se limitó en muchas ocasiones a repetir eslóganes, desacreditar a los contendores y suscitar controversias. En ello Donald Trump mostró ser un verdadero campeón y obtuvo una ventaja que disimuló su falta de conocimiento y de experiencia en el campo político.

La segunda etapa de la carrera por la Casa Blanca ya arrancó: ahora están frente a frente los dos candidatos que de aquí a noviembre buscarán por todos los medios ganarse el favor de los ciudadanos.

Es deseable que una vez superadas las disputas dentro de los partidos la contienda tome un curso más sustancial y reflexivo; que el contenido se imponga sobre la forma, la realidad sobre la apariencia, y que por fin veamos un debate digno de ese nombre que les explique a los electores por qué elegir entre una presidenta demócrata o un presidente republicano.

Esta aspiración, aunque pueda ser muestra de un excesivo optimismo, no proviene de la preferencia por un candidato o un partido en particular, sino de la expectativa de ver si la democracia estadounidense está en capacidad de recomponerse a sí misma.

 

* Docente e investigadora del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales, IEPRI, de la Universidad Nacional de Colombia.

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