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Trump y el reencauche del conservadurismo estadounidense

Escrito por Diana Rojas

La candidata demócrata Hillary Clinton junto al Presidente Estadounidense Barack Obama durante la convención del Partido Demócrata.

Diana Marcela RojasNo es la primera vez que una crisis económica, social y cultural se traduce en populismos de derecha. Por eso y sin ir muy lejos, son tantos los parecidos entre el fenómeno Reagan en los años 80 y el espectáculo que estamos presenciando.     

Diana Marcela Rojas*

La política como espectáculo

Según las encuestas de esta última semana, Hillary Clinton aventajaba a su rival por doce puntos en la intención de voto. A pesar de ese margen, la campaña de Clinton sigue estando a la defensiva ante los continuos embates del candidato republicano, quien no cesa de avivar la controversia y prodigar insultos y acusaciones contra la candidata del partido demócrata.

¿De qué se trata esta campaña convertida en un auténtico circo mediático? ¿Qué muestran estas maquinaciones acerca de los cambios en la sociedad más rica y -se supone- más democrática del mundo? ¿Estamos ante algo inédito o ante una vuelta al pasado?

Que la política se ha convertido en un espectáculo destinado a seducir -más que a entretener- a las masas es algo que intelectuales y analistas han señalado desde hace tiempo. Desde el primer debate televisado, a principios de los años sesenta, donde John F. Kennedy se impuso sobre Richard Nixon no tanto por la fuerza de su razonamiento sino por su carisma y atractivo, la lógica del debate político se ha ido transformando progresivamente hasta poner en riesgo las bases de la democracia misma.

La política se ha convertido en un espectáculo destinado a seducir- a las masas.

La argumentación racional y el pensamiento analítico para explicar fenómenos complejos acabaron por claudicar ante la aplastante lógica simplificadora, emotiva y descontextualizada que prevalece hoy en la mayoría de los medios de comunicación.

Desde ese momento y cada vez con mayor contundencia, los políticos que aspiran a ser elegidos para un cargo público deben atender primero su imagen y captar la atención del público a cualquier precio antes que preocuparse por las respuestas a las demandas de sus posibles electores.

La cúspide de esta tendencia se alcanzó con la elección de Ronald Reagan a principios de los años ochenta. A partir de su imagen de hombre recio pero afable que construyó a lo largo de los años como actor y presentador de televisión, Reagan convenció al pueblo estadounidense de que -como los sheriff en sus películas del Viejo Oeste- un solo hombre sería capaz de resolver todos los problemas del país, restaurar la ley y el orden y devolverle a Estados Unidos su lugar de preeminencia en el mundo. ¿Suena familiar el discurso?

La historia se repite

El candidato republicano Donald Trump.
El candidato republicano Donald Trump.
Foto: Disney / ABC Television Group

Con la intención de aportar un poco de contexto a la avalancha de noticias sobre la carrera presidencial -que suelen concentrarse en el escándalo del día o en seguir las alzas y las bajas de los dos aspirantes en los sondeos más recientes-, aquí expondré algunas similitudes entre la actual campaña republicana y el hito establecido por Reagan unas décadas atrás.

A finales de los años setenta Estados Unidos vivía una crisis generalizada, no solo a raíz de la pérdida de competitividad y el estancamiento de la economía, sino del cambio en los valores que definían su identidad como nación y su capacidad como superpotencia para contener la expansión del comunismo.

El desprestigio de las instituciones políticas por el escándalo de Watergate y la renuncia de Richard Nixon, el fracaso en la guerra de Vietnam y las rápidas transformaciones sociales que se reflejaron en el movimiento de la contracultura, contribuyeron a crear una sensación de desconcierto y declive entre aquellos sectores sociales que se vieron más afectados por los cambios. De allí surgió la base social que llevó a Reagan al poder, lo que dio lugar a la llamada “revolución conservadora”.

Más de tres décadas después, Estados Unidos vive un momento comparable en términos de transformaciones sociales, así como de los múltiples efectos que estas tienen. Además del impacto calamitoso de la crisis económica que empezó en 2008 y que afectó a una buena parte de los norteamericanos, la creciente desigualdad y el empobrecimiento de la clase media, los rápidos cambios en la composición étnica de la población, así como la diversificación de las trayectorias de vida, los valores y las creencias, hacen cada vez más difícil definir una identidad común como base de un proyecto político compartido.

Trump personifica una respuesta reaccionaria en momentos de cambio e incertidumbre.

Así lo demuestra la fuerte polarización política entre los dos partidos mayoritarios que ha prevalecido durante los últimos años. Y a esto se suman los fracasos en las guerras de Irak y Afganistán, la proliferación del terrorismo islámico y los desafíos que enfrenta la superpotencia de un mundo cada vez más multilateral e interdependiente. Como Reagan, Trump personifica una respuesta reaccionaria en momentos de cambio e incertidumbre.

El Ex-presidente estadounidense Ronald Reagan junto a su esposa Nancy Reagan
El Ex-presidente estadounidense Ronald Reagan junto a su esposa Nancy Reagan
Foto: Wikimedia Commons

Las épocas de crisis suelen también provocar visiones apocalípticas de la realidad. Para Reagan, las ciudades de Estados Unidos estaban entonces corroídas por la violencia y el consumo de drogas, mientras el país en general se hallaba en franco declive. De igual modo, Trump se regodea pintando un panorama desastroso donde campean el crimen y la impunidad, proclamándose, en consecuencia, como el campeón de “la ley y el orden”. Todo ello sin que lo inmuten los estudios serios donde se muestra que, por el contrario, los índices de criminalidad y violencia en las principales ciudades han disminuido sustancialmente en los últimos años.

Ante la catástrofe, un sector de la población -donde predominan los hombres blancos y mayores- quiere respuestas contundentes, rápidas y directas: “hacer a Estados Unidos grande de nuevo” (make America great again). Este eslogan, el mismo utilizado por Reagan en 1980, vuelve a ser la consigna de la campaña republicana.

Y de nuevo hay clamor por un salvador. Alguien que no esté contaminado por el sistema, que no pertenezca al “establecimiento” culpable de toda esta confusión. Esta vez vuelve a ser un hombre de medios: un empresario metido a presentador de reality shows, alguien que ya no parece un vaquero sino un energúmeno sin pelos en la lengua que está dispuesto a decirles en la cara a todos esos políticos de Washington lo corruptos e ineptos que son, alguien listo para “echarlos a todos” y cambiar el sistema que se desmorona.

Como en su propio programa de televisión, Trump es percibido por sus simpatizantes como el nuevo “director ejecutivo” que viene a reestructurar la empresa nacional y a darle otro rumbo. Y ahora los héroes ya no son los vaqueros sino los gerentes.

Otro elemento similar entre la campaña de Reagan y la actual candidatura republicana es el uso de una retórica nacionalista. En la primera, el discurso patriótico adoptó la forma de reavivamiento del anticomunismo y la oposición al “imperio del mal” soviético. Hoy, Trump recurre al nacionalismo del “América primero” en contra del ascenso de las potencias emergentes -como China- y la competencia que estas significan para la creación de empleos dentro de Estados Unidos.

El discurso también denuncia la “invasión” de migrantes latinos, asiáticos y musulmanes, que -de acuerdo con el credo conservador- no solo son ajenos a las tradiciones y valores americanos, sino que implican amenazas para la supervivencia misma de la sociedad.

El muro que Trump propone construir en la frontera con México para impedir la entrada de los migrantes latinos es también una metáfora del estado emocional dominante entre quienes lo apoyan. Se trata de construir una barrera que refuerce las fronteras y proteja a la sociedad norteamericana de todo lo que proviene del exterior y es percibido como amenaza a su imagen, su identidad y sus intereses. Se trata, en últimas, de un muro contra los flujos y la interdependencia que resultan del proceso de globalización.

La historia muestra que en los momentos de profundas y rápidas transformaciones las divisiones internas y la percepción de amenazas externas se exacerban, haciendo que los pueblos recurran a salidas radicales.

De este modo, las similitudes de la campaña republicana actual con la reacción conservadora de Reagan tres décadas atrás revelan parte de lo que está en juego en esta contienda presidencial, aunque los extremos de procacidad, incivilidad e incorrección política que exhibe la campaña de Trump no estaban presentes en ese momento.

El conservadurismo como reacción defensiva frente al cambio se reencaucha con Donald Trump, pero esta vez en una espuria versión clonada del reaganismo de los años ochenta.

 

* Docente e investigadora del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales, IEPRI, de la Universidad Nacional de Colombia.

 

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