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Mañana no te presentes: literatura para aplacar la guerra

Escrito por Iván Andrade

Padre Francisco de Roux.

Ivan AndradeLa literatura puede ser valiosa para rescatar la humanidad aun en medio de la guerra, o para abordarla de manera que ayude a terminarla, no a atizarla. Y en la literatura colombiana también se encuentran ejemplos.

Iván Andrade*

6 de noviembre de 1985

A veces da la impresión de que la historia de Colombia no es más que una larga serie de encrucijadas trágicas, de disyuntivas donde hemos tomado el camino equivocado. Episodios en donde pudimos haber tomado un mejor rumbo, donde pudimos hacer bien las cosas, pero no lo hicimos. Momentos cuando debimos engrandecernos como seres humanos, pero decidimos deshumanizarnos. Días en los que confundimos la justicia con la venganza.

La toma del Palacio de Justicia fue uno de ellos.

El holocausto del Palacio de Justicia no ha dejado de proyectar su sombra sobre nosotros. Las razones de la toma y la retoma, los métodos usados, lo que realmente sucedió en esas largas horas infernales, lo que ocurrió con los desaparecidos, son preguntas que siguen acechándonos. La del Palacio de Justicia es una historia llena de fantasmas, de dudas y de espejismos.

Uno de los problemas en el esclarecimiento de lo sucedido en el Palacio es que la historia suele contarse desde algún bando. O bien se defiende a capa y espada la actuación del Ejército ese día, o se la condena sin miramientos; se denuesta la acción del M-19, o se matiza y se le dan leves justificaciones.

Estas posiciones suelen estar apoyadas en la ideología. Con esa mirada se evalúa lo ocurrido en el Palacio. Sin embargo, estos grandes discursos, estas verdades estáticas y añejas, suelen dejar de lado lo principal en una tragedia así: la vida y el sufrimiento humanos. Porque cuando hablan de las vidas perdidas y de la sangre derramada suele ser para instrumentalizarlas y hacer que la realidad quepa en el marco estrecho de la ideología y de sus intereses políticos.

Cada bando quiere aparecer como el poseedor de la verdad histórica. Y en ese proceso las vidas perdidas del bando contrario parecen menos importantes, menos válidas. Se deshumaniza al adversario para que su eliminación no parezca algo terrible y doloroso, sino algo necesario para “salvar” al país.

Esa es una expresión de la polarización que ha marcado buena parte de la historia política y social de Colombia. También de la visión complotista de la que habla Fernán González en Poder y violencia en Colombia: la desconfianza, los engaños y la falta de diálogo siempre han llevado a equívocos a la hora de analizar la situación del país y las intenciones del contrario, lo cual ha resultado en esta violencia que se resiste a terminar y ha hundido al país en un drama fatídico.

¿Cómo acercarnos entonces a un mejor entendimiento de la desgracia del Palacio de Justicia, a un entendimiento más humano?

La literatura, la empatía

Rebelión de los oficios inútiles, el libro de Daniel Ferreira.
Rebelión de los oficios inútiles, el libro de Daniel Ferreira. 
Foto: Centro de Memoria Paz y Reconciliación

Mañana no te presentes, la novela de Marta Orrantia cuya historia se desarrolla en la toma del Palacio de Justicia, es un ejemplo de cómo el tratamiento literario puede ser un vehículo para acercarnos a la catástrofe del Palacio fijándonos en el sufrimiento, las dudas, los miedos, los odios y los ideales de quienes estuvieron involucrados en ese episodio de horror.

En Los ejércitos, Evelio Rosero supo mostrarnos con maestría la agonía de quienes siempre han estado atrapados en la guerra y han sido víctimas de los violentos de todos los lados, de todos los credos, de todas las ideologías. Ejércitos sin rostro claro que hablan distinto pero matan igual y dejan tras de sí un reguero de cadáveres, desaparecidos, mutilados, familias rotas, futuros truncos. Es una lectura que nos afecta, nos estrella de frente con una aflicción que pasa desapercibida para la mayoría de los colombianos. La tristeza que sentimos al leer la novela nos lleva al terreno de la empatía, a comprender un poco mejor el dolor y la angustia de los personajes, víctimas de un conflicto demoledor.

La del Palacio de Justicia es una historia llena de fantasmas, de dudas y de espejismos.

Orrantia logra algo parecido al poner la historia en la voz de Yolanda, una militante ficticia del M-19 que cuenta desde adentro la toma y la retoma del Palacio de Justicia. Su historia de amor con Ramiro, su compromiso ideológico con la causa del movimiento guerrillero, la zozobra, el miedo y la ira del combate, las relaciones de amistad con otros guerrilleros, la nostalgia de la vida en familia, del mundo fuera del M-19, nos recuerdan una verdad fundamental que olvidamos todo el tiempo: los guerrilleros también son personas, son seres humanos.

También los militares. Yolanda ve cómo los militares encargados de la retoma son muchachos asustados, peones arrastrados por la vorágine de la guerra, carne de cañón. Soldados y guerrilleros están en el mismo infierno, encadenados a órdenes que se dan en otro lugar, lejos del olor de la pólvora y la sangre, de los gritos estridentes del dolor y la muerte.

En la novela hay una frase especialmente afortunada, porque pinta una imagen muy elocuente de lo que es la guerra para quienes están atrapados en ella “como pájaros en un huracán”. En esta guerra los soldados, los guerrilleros, las víctimas, son pájaros atrapados en un huracán.

Cuando abordamos así los temas y los eventos de la guerra emprendemos un esfuerzo necesario: sentir empatía, ser capaces, o por lo menos intentar entender la tragedia gigantesca de la guerra. Nos acercamos al entendimiento de que esta guerra es algo terrible que escapa a los discursos, a la fácil clasificación entre amigos y enemigos, entre buenos y malos. Ese maniqueísmo es una fuente inagotable de combustible para la conflagración del conflicto colombiano.

La literatura, la historia

Toma del Palacio de Justicia, acontecimiento histórico del 6 de noviembre de 1985.
Toma del Palacio de Justicia, acontecimiento histórico del 6 de noviembre de 1985.  
Foto: Senado de la República

La literatura no remplaza a la investigación histórica. No es su labor. No borra la estupidez atroz cometida por el M-19 al tomarse el Palacio, ni los excesos asesinos del Ejército en la retoma, ni los desaparecidos de aquel día infausto. Pero nos da herramientas para comprender ese tipo de hechos desde una perspectiva más sensata, para impedir que se repitan, para diluir los odios innegociables que nos han arrastrado por décadas hacia el abismo de la guerra y la muerte.

La literatura nos sirve para reconocernos como humanos, para ver en otros lo que vemos en nosotros mismos: los miedos, los anhelos, las esperanzas, los objetivos, las alegrías, la desazón.

Las vidas perdidas del bando contrario parecen menos importantes, menos válidas.

Aunque estemos en desacuerdo seguimos siendo humanos. Como lo ha repetido Francisco de Roux, un esfuerzo importante que debemos emprender los colombianos es humanizarnos de nuevo, porque la guerra nos ha robado hasta eso. Creo que la literatura, con novelas como Los ejércitos, Rebelión de los oficios inútiles y Mañana no te presentes, puede ayudarnos con eso.

Nuestra historia contada con los recursos de la literatura, con la gramática y no con las estadísticas, como decía Ernesto McCausland, tiene la posibilidad de ponernos frente a nuestras tragedias nacionales y asumirlas en toda su dimensión de sufrimiento, como un dolor que han sentido personas de carne y hueso, no seres indefinidos y sin nombre, sin pasado y sin futuro.

Cuando entendamos eso estaremos mejor preparados para abordar las tareas urgentes de la construcción nacional. Necesitamos comprender que el oponente tiene el mismo derecho a existir que nosotros, que podemos ser adversarios y no enemigos, que ninguno de los bandos posee una verdad absoluta y sin fisuras. Necesitamos desterrar la violencia del debate democrático, dejar de defender las ideas con fusiles.

Así, quizá, podremos construir un país donde tan terribles tragedias sean cosa de ficción. Donde la guerra sea cuestión de novelas. Un país donde los de la derecha y la izquierda, los de arriba, los de abajo, los del centro y los de adentro no crean que son los únicos llamados a defender la democracia, maestro.

 

* Historiador y magíster en Escrituras Creativas, corrector de estilo y editor.

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