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Río Muerto: una invitación oír a nuestros muertos

Escrito por Iván Andrade
Río muerto Ricardo Silva Romero

Ivan AndradeLa nueva novela de Ricardo Silva Romero nos recuerda la importancia de conocer nuestra historia y de honrar a sus víctimas.

Iván Andrade*

Vomitar a los muertos

Hace varios años, José Saramago afirmó en una entrevista que Colombia podría salir de la apatía si empezaba a vomitar a sus muertos, es decir, si los vivos dejaban de fingir que todo estaba bien, y empezaban a reconocerlos, a contar con ellos. Con esas palabras, el escritor portugués nos invitó a apropiarnos de la desgarradora historia de Colombia.

Sin duda, la investigación histórica y la construcción de memoria son los mejores instrumentos para rescatar voces pérdidas y recuperar el dolor que los verdugos pretenden enterrar, pero la ficción, con sus innumerables técnicas, recursos y ambiciones, también puede ayudarnos a “vomitar a los muertos” dándoles forma y visibilidad a sus testimonios.

Río Muerto

Río Muerto, la nueva novela de Ricardo Silva Romero, comienza con una escena cruenta: el asesinato de Salomón Palacios a manos de los paramilitares frente a su casa. Perplejos, sus hijos, Maximiliano y Segundo, y su esposa, Hipólita Arenas, recogen su cuerpo y se preguntan qué hacer ahora que se han convertido en víctimas de la vorágine de violencia y desamparo.

Belén del Chamí, el pueblo donde viven, está tan olvidado que a duras penas aparece en el mapa, y las pocas veces que el Estado se asoma por allí, lo hace a través de personajes corruptos. En épocas pasadas, los guerrilleros detentaron el poder e impusieron los castigos draconianos que describe Alfredo Molano en Selva adentro, pero en el presente de la narración, los paramilitares del Bloque Fénix son la autoridad absoluta: son ellos quienes controlan el negocio del narcotráfico y quienes deciden quién vive y quién muere.

Pretendían despejar los pasadizos y los túneles de la droga, según se dice en los reportes de los historiadores, y aspiraban a pasar por ahí siempre que les viniera en gana, pero ellos repetían hasta creérselo que estaban devolviéndole la independencia a “esta bella nación”.

Foto: Facebook: Ricardo Silva Romero
Narraciones como Río Muerto nos ayudan a entender lo que pasó y sigue pasando en nuestro país.

Se trata de un pueblo en medio de la manigua donde la guerra no se acaba, sino que se transforma cada cierto tiempo. Aunque sus habitantes temen al Mohán, la Llorona, la Patasola y la Madremonte, han visto y han sentido en carne propia cosas mucho peores que sus espantos.

El pueblo de Hipólita, Segundo, Maximiliano y Salomón está lleno de miedo soterrado, delaciones y caretas. Un pueblo representado con un puntito negro en los abigarrados mapas de la muerte. Un pueblo donde ser una persona decente puede convertirse en la excusa perfecta para ser asesinado. Este es el caso de Salomón, quien cae preso de los intereses de los dueños de la guerra.

En Belén del Chamí cualquiera puede ser acusado de guerrillero, comunista o sapo. La muerte camina por sus calles con la tranquilidad de un vendedor puerta a puerta que se aparece repentinamente ante sus víctimas usando la máscara de la preocupación y de la lástima.

Después hablaron de lo que tenían que haber hablado hacía tanto: del crimen cobarde del mudo Salomón Palacios. El agente Sarria les preguntó si era cierto que le habían masacrado al papá a unos pasos de la entrada de la casa, si era verdad que los asesinos eran cuatro encapuchados y si a Maximiliano y a Segundo les había tocado cargar el cadáver hasta la casa: “Sí”, “sí y “sí”.

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Enfrentar el horror

¿Acaso hay una forma correcta de enfrentar el horror? ¿Cómo es posible seguir adelante cuando la incertidumbre y el terror atropellan la vida de repente? Hipólita quiere morirse, no sabe cómo vivir en un pueblo donde su esposo fue sepultado a escondidas y a las carreras. Mientras ella se hunde en su dolor, Maximiliano y Segundo se ven obligados a madurar de repente: su niñez muere con su padre abaleado y su madre derrumbada.

La violencia quiebra la cordura, y deja lágrimas y zozobra, especialmente en las mujeres, las principales víctimas del conflicto colombiano. Sin embargo, a Hipólita, la rabia y el deseo de morir la sacan de su trance doloroso y la ayudan a recuperar su firmeza para ajustar cuentas con el pueblo de la única forma posible: diciendo la verdad, desenmascarando a los culpables de que el miedo, la corrupción y la codicia reinen en Belén del Chamí.

Foto: Facebook: Ricardo Silva Romero
La nueva novela de Ricardo Silva Romero, comienza con el asesinato de Salomón Palacios a manos de los paramilitares frente a su casa.

La ira hace que Hipólita cumpla el dictum del ‘ojo por ojo y diente por diente’ que sus hijos no han podido concretar por las preocupaciones inmediatas. La ira la lleva a enfrentarse a los vecinos solapados e infames, al policía paramilitar, al pastor que está convencido de ser un enviado de Dios pero se parece más a un heraldo del Diablo. La ira la lleva hasta Triple Equis, el comandante del Bloque Fénix, a quien enfrenta con la esperanza de que acabe con su vida y la de sus hijos, pues no soporta la carga de vivir con el recuerdo de un padre y un esposo asesinado.

La violencia engendra miedo y rabia. Es un remolino que engulle a las víctimas convirtiéndolas a veces en victimarios. La violencia deja cadáveres a su paso, fosas comunes, tumbas sin nombre y cuerpos arrastrados por las aguas de ríos como el Río Muerto.

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Escuchar a los espectros

El espectro de Salomón, mudo como lo fue en vida, está presente en toda la narración, pero solo puede comunicarse con Polonia, la bruja del pueblo. Ella es la única que lo siente y entiende por lo que está pasando. Ella es la encargada de transmitir las palabras que el difunto tiene para sus hijos y su esposa.

—¿Qué me van a hacer —les gritó Hipólita a las gafas plateadas del comandante Triple Equis—: ¡mátenme aquí enfrente de todos a ver si son tan capaces!

—¡Señora Hipólita!: ¡no se haga matar, ¡despiértese!, ¡no se mate —gritó la bruja Polonia desde la silla de ruedas, y luego intentó hacerlo poniéndose de pie con su sombrilla reducida a bastón, pero su voz era un soplo.

—Mátennos a todos de una vez! —repitió Hipólita.

—¡Señora Hipólita! —pregonó de nuevo Polonia, a pesar de los matones uniformados que le repetían “atrás, atrás”, mientras trataba de tocar a la viuda con su paraguas—: manda a decir su marido que haga caso!

—¡Dejen de andar matando a escondidas como si nadie supiera quiénes son!

Las obras de ficción abren la posibilidad de que seamos como Polonia y de que oigamos las voces de los muertos y las víctimas que corren el riesgo de ser olvidados porque no tienen poder, y porque los asesinos intentaron borrar hasta su recuerdo.

Narraciones como Río Muerto nos ayudan a entender lo que pasó y sigue pasando en Colombia. Debemos leer estas historias para tratar de escuchar a los espectros que la guerra intentó enmudecer.

 

* Historiador y magíster en Escrituras Creativas, corrector de estilo y editor.

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